Un Pequeño Testimonio Julio Zorita No Es Que Sea

Un Pequeño Testimonio Julio Zorita No Es Que Sea

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Un pequeño testimonio.
Julio Zorita
No es que sea un experto, pero aprecio mucho la música clásica;
especialmente me agradan algunas óperas. El gran Lucciano Pavarotti es
mi tenor preferido.
Una mañana de domingo, después de haber asistido a Misa de nueve, me
dio por escuchar un CD en el que se compilan algunas arias de las más
famosas óperas. Se trata de un viejo disco, creo que de los primeros
publicados en forma de CD que, hace tiempo, compré en el extranjero.
Lucciano Pavarotti es el único intérprete.
Dentro de la ópera de Donizetti “ L’elisir d’amore “, casi al final de
las misma, el maestro del “ bel canto” interpreta a Nemorino, un
sencillo mozo campesino que está enamorado de Adina, la guapísima hija
de un terrateniente. Es el eterno drama de un amor entre un chaval
cándido y pobre y una rica heredera.
Adina ve que Nemorino está rodeado por otras chicas del pueblo que,
enteradas de que ha recibido algún dinero, le festejan, y se echa a
llorar. Nemorino se da cuenta de esto y lamenta profundamente las
lágrimas que Adina ha vertido por su culpa. El aria no podía llamarse
de otra forma que “ Una furtiva lágrima”. Es maravillosa, y si la
canta el gran maestro, la belleza todavía se ensalza más. Los ocho
primeros versos dicen lo siguiente:
Una furtiva lágrima Una lágrima furtiva
negl’occhi suoi spunto: apareció en sus ojos
quelle festose giovani parecía que tenía
invidiar sembró: envidia de las otras muchachas:
che piú cercando io vo’? que más quiero ver,
che piú cercando io vo’? que más quiero ver.
M’ama, sí, m’ama, Me quiere, si, me quiere
lo vedo, lo vedo. lo veo, lo veo.
Continúa diciendo que por un solo instante sintió el palpitar de su
corazón, (el de ella), además de otras palabras bellísimas, para
terminar con:
Si puó morir d’amor, Podría morir de amor,
si puó morir d’ amor podría morir de amor.
Después del escuchar último “lo vedo”, El Señor decidió, en su inmensa
misericordia, permitirme ver, y sentir, todo el amor que me tiene/ nos
tiene concedido.
No se de que forma, ni manera, - parece que el mundo se paró -, pero
por milagro del Señor, mi alma identificó meridianamente, sin duda
alguna, con intensa emoción, que todo lo que cantaba Nemorino, me lo
cantaba a mi Jesucristo. Sentí que muy bien podría morirme de amor.
El Buen Pastor, la razón de mi existencia, Jesús, me amaba con tal
intensidad que el resto del Universo dejaba de existir. Todavía,
después de dos semanas, me estremezco de emoción.
Mi Dios verdadero, mi Salvador, me regaló un momento de plenitud tal
que no lo pude resistir. No fui capaz de hacer otra cosa que echarme a
llorar; de aliviar la ternura revelada mediante el llanto gozoso.
Fueron unos momentos de tan fuerte ungimiento, de sentirme tan amado,
de pertenecerle tan íntimamente, que sólo se puede experimentar en el
propio ser; a duras penas contar o describir.
Eso fue todo. Parece pequeño, pero es inmensamente grande y principal.
No podía, no debía quedármelo únicamente para mí; tengo la necesidad
de comunicarlo a todos.
Aquellas personas que hayan tenido una experiencia semejante lo
entenderán y volverán a vivirla. Aquellas otras que todavía no se han
visto enriquecidas con este sentimiento, que no duden que el Señor se
mostrará a ellos con todo su poder y gloria. La revelación de su
inmenso amor a todos nos espera. No hay excepciones para los que se
aproximan al Señor con un corazón humilde y verdadero. Él está y
estará siempre con nosotros. Vivo y resucitado se encuentra el Señor
entre su pueblo.
Soy un privilegiado que ha tenido la suerte, la envidiable suerte, de
haber sido tocado por el amor del Altísimo. No hay tiempo, ni espacio,
suficiente para darle gracias por su dedicación.
Gloria, gloria al Señor. Bendito sea su nombre ¡..
En Madrid, a mediados de Abril de 2006.
Kulungele.