LA PALABRA DE DIOS Domingo De Resurrección Hech 1034a3743

LA PALABRA DE DIOS Domingo De Resurrección Hech 1034a3743

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LA PALABRA DE DIOS.
Domingo de Resurrección.-
Hech 10,34a.37-43: Hemos comido y bebido con él después de su
resurrección
Salmo 117: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y
nuestro gozo.
Col 3,1-4: Busca  los bienes de allá arriba.
Jn 20,1-9: Vio y creyó
Lectura de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43
Pedro, tomando la palabra, dijo: “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en
toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba
Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo,
llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los
que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y
en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero
Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a
todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a
nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección.
Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue
constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan
testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón
de los pecados, en virtud de su Nombre.”
Palabra de Dios.
SALMO Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23
R. Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él.
O bien:
Aleluia, aleluia, aleluia.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! R.
La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos. R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas
3, 1-4
Hermanos:
Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo
donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento
puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque
ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en
Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces
ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Palabra de Dios.
O bien:
Despojaos de la vieja levadura, para ser una nueva masa
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de
Corinto 5, 6b-8
Hermanos:
¿No saben que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?
Despójense de la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que
ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra
Pascua, ha sido inmolado.
Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la
malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza
y la verdad.
Palabra de Dios.
SECUENCIA
Cristianos,
ofrezcamos al Cordero pascual
nuestro sacrificio de alabanza.
El Cordero ha redimido a las ovejas:
Cristo, el inocente,
reconcilió a los pecadores con el Padre.
La muerte y la vida se enfrentaron
en un duelo admirable:
el Rey de la vida estuvo muerto,
y ahora vive.
Dinos, María Magdalena,
¿qué viste en el camino?
He visto el sepulcro del Cristo viviente
y la gloria del Señor resucitado.
He visto a los ángeles,
testigos del milagro,
he visto el sudario y las vestiduras.
Ha resucitado a Cristo, mi esperanza,
y precederá a los discípulos en Galilea.
Sabemos que Cristo resucitó realmente;
tú, Rey victorioso,
ten piedad de nosotros.
ALELUIA 1Cor 5, 7b-8a
Aleluia.
Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Celebremos, entonces, nuestra Pascua.
Aleluia.
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba
oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido
sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que
Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no
sabemos dónde lo han puesto.”
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los
dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y
llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo,
aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en
el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que
había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino
enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había
llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían
comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los
muertos.
Palabra del Señor.
Reflexionando juntos.
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La resurrección de Jesús comporta un "no" rotundo a la impunidad y a
la violencia. Jesús no resucita para reivindicar su muerte, sino para
proclamar que la Vida plena es la voluntad de Dios. Ni los verdugos,
ni los acusadores, ni los traidores tienen la última palabra. Sólo
Dios lleva la voz cantante, pues sólo Él es capaz de dirigir la
historia de manera imprevista e insospechada.
La fiesta cristiana de la Pascua es, sobre todo, una fiesta de la vida
recuperada, de la vida auténtica, de la capacidad de mantener la
propuesta de Dios por encima de la mezquindad y la sordidez que
imponen ciertas instituciones sociales. La Pascua no es una fiesta que
nace del deseo de celebrar algún sentimiento, sino del deseo de
reivindicar una esperanza sostenida con la intransigencia de la
generosidad. La comunidad se reúne para proclamar que la existencia de
ese sencillo hombre de Nazaret ilumina y cambia toda la historia
humana. Una historia hecha de violencias interminables, sobre una
tierra sedienta de esperanza en la que despuntan permanentemente las
flores recónditas de la solidaridad.
La resurrección nos invita a no sofocarnos con la sórdida amargura de
los interminables afanes cotidianos. La Pascua de Jesús nos muestra
otro mundo, un mundo que comienza justo en los límites de la
precariedad de nuestra existencia; un mundo que no nos enajena sino
que abre nuestros ojos a una vida nueva. Una vida que no nace del
voluntarismo o del deseo de querer imponer una opinión o un punto de
vista. Todo lo contrario. La resurrección es primicia de una vida que
nace del perdón, de la misericordia y la reconciliación. Porque sólo
quienes sean capaces de reconocer el germen de la vida futura en medio
de este valle de lágrimas, serán capaces de recoger la cosecha del
reino.
La Pascua es la fiesta de la reconciliación, de la esperanza, de la
resistencia. Con la resurrección, Jesús rompe el cerco de la
impunidad. Su actitud de reconciliación es un grito de justicia. Jesús
perdona a sus victimarios porque sabe que ellos están fanatizados por
una moral que legitima la injusticia. Las instituciones religiosas y
políticas "sólo hacen lo que saben". Instauran la violencia y la
intolerancia como los únicos medios para legitimar su poder. Pero, con
la resurrección, Jesús apela a la justicia de Dios que es el absoluto
respeto por la vida humana y la libertad de todo ser humano. El
perdón, entonces, nace de una conciencia soberanamente madura y
tolerante y nos prepara para una reconciliación verdadera. Porque la
injusticia cometida no se remedia con una agresión mayor.
Jesús sabe que el perdón no atenúa la atrocidad del crimen. El perdón
cuestiona la conciencia del agresor y la respuesta del ofendido. Pues
el perdón no es un recurso de emergencia para tapar con pulcras flores
la irremediable fatalidad del crimen. Ni es tampoco la vana pretensión
de querer superar la violencia con la violencia. La reconciliación y
el perdón nacen de una fe muy profunda, de una confianza radical en el
Dios de la Vida, de una nueva manera de ver la realidad. La actitud
conciliadora es consciente que la vida social no se rige por la fuerza
bruta. La realidad se percibe como una infinidad de lazos afectivos
que sostienen la existencia humana. De este modo, la historia humana,
bajo la luz del nuevo día, muestra un rostro desconocido en el que
predomina el encuentro, la generosidad, la entrega, la confianza, la
tolerancia y el amor. Una realidad que no se identifica por la
mecánica eficacia de los gestos conocidos sino que nos muestra una
nueva humanidad con los brazos abiertos al mundo. A un lado queda el
puño cerrado por la furia y la violencia y ahora las manos acarician
con suavidad, ofreciendo su palma como gesto de apertura sincera.
Con la resurrección, la vida humana supera la mera estadística de las
interminables fatalidades para convertirse en una alternativa
irrenunciable: la vida es un derecho que no se negocia; la vida es
única y cada existencia tiene un valor infinito. La sacralidad de la
existencia humana se revela como el dato absoluto e inalienable que
constituye la vida social. Por esta vía, es posible propiciar un
diálogo creativo, único modo de resolver los irremediables conflictos
que surgen en la convivencia interhumana.
Esto nos lleva a meditar sobre un aspecto de la resurrección de Jesús
que a veces se olvida, pero que es esencial para comprender cómo una
transformación personal, una transformación al interior de un pequeño
grupo, es capaz de cambiar el rumbo de la historia de esa comunidad,
de ese grupo. Esto fue lo que les ocurrió a los discípulos y
discípulas de Jesús cuando se encontraron de repente con una realidad
sorprendente que se les impuso: Jesús había resucitado. No era la
ocurrencia de unas mujeres desconsoladas o de algunos discípulos
confundidos. Era la potente experiencia de una comunidad que había
descubierto que Jesús los estaba llamando para continuar la misión de
anunciar el evangelio a los pobres. Entonces, la resurrección se
convirtió en una experiencia tan desconcertante como novedosa, una
realidad que obligó a toda la comunidad a revisar sus expectativas y a
ponerse de nuevo en camino.
La acción más palpable de la resurrección de Jesús fue su capacidad de
transformar el interior de los discípulos. El resucitado convoca a su
comunidad en torno al evangelio y la llena de su espíritu de perdón.
Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos
eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la
propuesta del Maestro. Por eso, quien no había traicionado a Jesús, lo
había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche,
todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la
comunidad de seguidores, darles cohesión interna en el perdón mutuo,
en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad… era humanamente
un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del
resucitado lo logró.
Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente
esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es
cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya
les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. La imprevista e
intempestiva novedad del Resucitado arranca desde los cimientos las
falsas seguridades y lanza a toda la comunidad a encarar la misión con
una fuerza y una dignidad hasta ese momento desconocida.
El comentario bíblico es tomado
de Servicios Koinonía. 
www.servicioskoinonia.org