Isaac Asimov Visiones De Robot Isaac Asimov Visiones

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Isaac Asimov Visiones De Robot

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Isaac Asimov
Visiones De Robot
Titulo Original: Robot Visions
INTRODUCCIÓN
CRÓNICAS DEL ROBOT
¿Qué es un robot? Podemos definirlo de forma breve y comprensiva como
«un objeto artificial que se parece a un ser humano».
Cuando nos referimos a parecido, primero pensamos en términos de
aspecto. Un robot tiene apariencia de ser humano.
Se le podria, por ejemplo, cubrir de un material suave que se
asemejase a la piel humana. Podría tener pelo, y ojos, y una voz, y
todos los rasgos y accesorios de un ser humano, de forma que, en lo
concerniente al aspecto exterior, seria indistinguible del ser humano.
Esto, sin embargo, no es realmente esencial. De hecho, el robot, como
aparece en la ciencia ficción, casi siempre está construido de metal,
y sólo tiene un parecido estilizado con un ser humano.
Supongamos, por consiguiente, que nos olvidamos del aspecto y
considerarnos sólo lo que puede hacer. Pensamos en los robots como
algo capaz de realizar tareas más rápida y más eficientemente que los
seres humanos. Pero en este caso cualquier máquina es un robot. Una
máquina de coser puede coser más de prisa que un ser humano, una
taladradora puede penetrar una superficie dura más rápidamente de como
puede hacerlo un ser humano sin ayuda, un aparato de televisión puede
detectar y organizar ondas de radio como nosotros no podemos hacerlo,
y así sucesivamente.
Por lo tanto, tenemos que aplicar el término robot a una máquina más
especializada que un aparato ordinario. Un robot es una máquina
computerizada que es capaz de ejecutar un tipo de tareas que son
demasiado complejas para cualquier mente viviente aparte de la del
hombre, y de unas caracteristicas que una máquina no-computerizada no
es capaz de hacer.
En otras palabras, para decirlo de la forma más breve posible:
robot = máquina + computadora
Por lo tanto, es evidente que un verdadero robot fue imposible antes
de la invención de la computadora en los años cuarenta, y no fue
práctico (en el sentido de ser lo suficientemente compacto y lo
bastante económico para aplicarlo al uso cotidiano) hasta la invención
del microchip en los años setenta.
Sin embargo, el concepto de robot, un aparato artificial que remeda
las acciones y, posiblemente, el aspecto, del ser humano es antiguo,
con toda probabilidad tan antiguo como la imaginación humana.
Los antiguos, dado que carecían de ordenadores, tuvieron que pensar en
algún otro sistema para infundir habilidades casi humanas en objetos
artificiales; echaron mano de vagas fuerzas sobrenaturales y
dependieron de habilidades divinas más allá del alcance del hombre.
Así, en el decimoctavo libro de la Ilíada de Homero, Se indica que
Hefesto, el dios griego, tiene como ayudante a «un par de
sirvientas... hechas de oro exactamente como muchachas vivientes;
tienen juicio en sus cabezas, pueden hablar y utilizan sus músculos,
pueden girarse y moverse de izquierda a derecha así como hacer su
trabajo...». Sin duda alguna, Se trata de robots.
Asimismo, se creía que la isla de Creta, en el período de su máximo
poder, contaba con un gigante de bronce llamado Talos que patrullaba
constantemente sus costas a fin de evitar que cualquier enemigo se
acercase.
Durante los períodos antiguo y medieval, se suponía que unos hombres
sabios habían creado cosas vivientes artificialmente por medio de
artes secretas que habían aprendido, o descubierto, artes a traves de
las cuales utilizaban los poderes divinos o diabólicos.
La historia antigua de robots más familiar para nosotros actualmente
es la del rabino Loew de la Praga del Siglo XVI. Se supone que formó
un ser humano artificial -un robot- partiendo del barro, de la misma
forma que Dios formó a Adán del basto. Un objeto de barro, por mucho
que se parezca a un ser humano, es «una sustancia informe» (la palabra
hebrea es «golem»), puesto que carece de los atributos de la vida. No
obstante, el rabino Loew, dio a su golem los atributos de la vida
haciendo uso del sagrando nombre de Dios, y montó a su robot para
trabajar en la protección de las vidas de los judios contra sus
perseguidores.
Sin embargo, siempre existió cierto miedo hacia los seres humanos
involucrados en un conocimiento que pertenece propiamente a los dioses
o a los demonios. Había una sensación de que era peligroso, de que las
fuerzas podían escapar al control humano. Esta actitud nos resulta más
familiar en la leyenda del «aprendiz de brujo», el joven muchacho que
sabía suficiente magia como para desencadenar un proceso pero no
suficiente para detenerlo una vez había dejado de tener utilidad.
Los antiguos eran lo bastante inteligentes para considerar esta
posibilidad y temerla. En el mito hebreo de Adan y Eva, el pecado que
cometieron es el de adquirir conocimiento (al comer el fruto del árbol
del conocimiento del bien y del mal: es decir el conocimiento de todo)
y por ello fueron expulsados del Edén y, segun los teólogos
cristianos, infectaron a toda la Humanidad con el «pecado original».
En los mitos griegos, estaba el titán, o Prometeo, que suministró el
fuego (por consiguiente tecnología) a los seres humanos y por ello fue
terriblemente castigado por el enfurecido Zeus, que era el dios jefe.
Al principio de los tiempos modernos, fueron perfeccionados los
relojes mecánicos, y los pequeños mecanismos que los hacían funcionar
(«aparato de relojería») -los resortes, engranajes, escapes,
trinquetes, etcétera- pudieron asimismo utilizarse para otros
aparatos.
El Siglo XVII fue la edad de oro de los «autómatas». Estos eran
aparatos que podían, por medio de una fuente de energía como un
resorte a cuerda o aire comprimido, llevar a cabo una serie complicada
de actividades. Se construyeron soldados de juguete que marchaban;
patos de juguete que graznaban,
chapoteaban, bebían agua, comían grano y lo evacuaban; niños de
juguete que podían introducir una pluma en el tintero y escribir una
carta (siempre la misma, naturalmente). Este tipo de autómatas se
comercializaron y se demostraron populares en extremo (y, en
ocasiones, lucrativos para los propietarios).
Se trataba de artículos sin futuro, por supuesto, pero dieron vida a
la idea de unos aparatos mecánicos que podían hacer más que las
triquiñuelas de los aparatos de relojería, que podían estar más cerca
de tener vida.
Además, la ciencia estaba avanzando rápidamente, y en 1798, un
anatomista italiano, Luigi Galvani, descubrió que bajo la influencia
de una chispa eléctrica se podía conseguir que los músculos muertos se
crispasen y contrajesen como si estuviesen vivos. ¿Era posible que la
electricidad fuese el secreto de la vida?
Se despertó de forma natural la idea de que la vida artificial podía
existir por principios estrictamente científicos, más que por
dependencia de dioses o demonios. De esta idea surgió un libro que
algunas personas consideran la primera obra de la ciencia ficción
moderna: «Frankenstein» de Mary Shelley, publicado en 1818.
En este libro, Victor Frankenstein, un anatomista, colecciona
fragmentos de cuerpos recién muertos y, utilizando nuevos
descubrimientos científicos (no especificados en el libro), da vida al
conjunto, y crea algo que en el libro sólo es considerado como el
«Monstruo». (En la película, el principio de vida era la
electricidad.)
- Sin embargo, el paso de lo sobrenatural a la ciencia no eliminó el
miedo a un peligro inherente al conocimiento. En la leyenda medieval
del golem del rabino Loew, el monstruo se desmandó y el rabino tuvo
que quitarle el nombre divino y destruírlo. En el cuento moderno de
Frankenstein, el héroe no fue tan afortunado. Abandonó aterrorizado al
monstruo, y éste, con una ira que el libro sin embargo justifica, para
vengarse mató a quienes Frankenstein amaba, y, al final, al propio
Frankenstein.
Esto se convirtió en el tema central de las historias de
ciencia-ficción que han aparecido desde Frankenstein. La creación de
los robots fue considerada como el primer ejemplo de la arrogancia
desmesurada de la Humanidad, de su intento de despojar al teólogo de
su manto, por medio de la ciencia mal
manejada. La creación de vida humana, con un alma, era prerrogativa
única de Dios. Que un ser humano intentase semejante creación era
producir una parodia sin alma que inevitablemente se volvía tan
peligrosa como el golem y como el Monstruo. Por consiguiente, la
creación de un robot era su propio castigo posible, y la lección, «hay
ciertas cosas que la Humanidad no esta destinada a conocer», era
predicada una y otra vez.
Sin embargo, nadie utilizó la palabra «robot» hasta 1920 (casualmente
el año en que yo nací). Aquel año, un dramaturgo checo, Karel Capek,
escribió la obra R.U.R., sobre un inglés, Rossum, que fabricaba seres
humanos artificiales en cantidad. Estos estaban destinados a realizar
las labores arduas de la Tierra, de forma que los seres humanos reales
pudiesen vivir placentera y confortablemente sus vidas.
Capek llamó a estos seres humanos artificiales «robots», que era una
palabra checa para «trabajadores forzados» o «esclavos». De hecho, las
siglas del título de la obra preceden de «Robots Universales de
Rossum», el nombre de la compañía del héroe.
En esta obra, sin embargo, lo que yo llamo «el complejo industrial
Frankenstein» era unos grados más intenso. Donde el Monstruo de Mary
Shelley acababa solamente con Frankenstein y su familia, los robots de
Capek adquirían emoción y seguidamente, resintiéndose de su
esclavitud, aniquilaban a la especie humana.
Esta obra fue producida en 1921 y fue lo suficientemente popular (si
bien cuando yo la leí, mi opinión puramente personal fue que era
espantosa) como para introducir la palabra «robot» en el uso
universal. Hasta donde llega mi conocimiento, en la actualidad, el
nombre para un ser humano artificial es «robot» en todos los idiomas.
Durante las décadas de 1920 y 1930, R.U.R. ayudó a reforzar el
complejo industrial Frankenstein y (con alguna notable excepción como
las series «Helen O'Loy» de Lester del Rey y «Adam Link» de Eando
Binder) empezaron a ser reproducidos multitud de robots de rechinar
metálico y asesinos en una historia tras otra.
En los anos treinta yo era un ardiente lector de ciencia floción y me
cansé del siempre repetido argumento del robot. Yo no veía a los
robots de esta forma. Los veía como máquinas -modernas-, pero
máquinas. Podían ser peligrosos a pesar de los indudables factores de
seguridad en ellos introducidos. Los factores de seguridad podían ser
defectuosos, o inadecuados, o podían fallar bajo inesperados tipos de
tensiones, pero estos fallos siempre podían proporcionar experiencia
susceptible de ser usada para mejorar los modelos.
Al fin y al cabo, todos los mecanismos tienen sus peligros. El
descubrimiento del lenguaje, introdujo comunicación -y mentiras-. El
descubrimiento del fuego introdujo la cocina -y el incendio-. El
descubrimiento de la brújula mejoró la navegación -y destruyó
civilizaciones en México y Perú-. El automóvil es maravillosamente
útil -y mata decenas de miles de norteamericanos cada año-. Los
adelantos médicos han salvado millones de vidas -e intensificado la
explosión demográfica.
En cada caso, se pueden utilizar los peligros y abusos para demostrar
que «hay ciertas cosas que la Humanidad no estaba destinada a
conocer», pero sin duda no se puede esperar que renunciemos a todos
los conocimientos y volvamos al estado del australopiteco. Incluso
desde el punto de vista tecnológico, puede argüír que Dios nunca
habría dotado a los seres humanos de inteligencia para razonar si no
hubiese pretendido que esta inteligencia fuese usada para inventar
nuevas cosas, para hacer un uso juicioso de ellas, crear factores de
seguridad para prevenir un uso imprudente, y para hacer lo máximo que
podamos dentro de las limitaciones de nuestras imperfecciones.
Así, en 1939, a la edad de diecinueve años, decidí escribir una
historia sobre un robot que era usado adecuadamente, que no era
peligroso y que hacía el trabajo que se suponía debía hacer. Dado que
necesitaba una fuente de energía introduje el «cerebro positrónico».
Esto se trataba sólo de una jerga pero sentaba cierta fuente de
energía desconocida que era útil, versátil, rápida y compacta, como el
ordenador todavía no inventado.
La historia recibió finalmente el nombre de Robbie, y no apareció de
inmediato, pero seguí escribiendo otras historias en la misma línea
-consultando con mi editor, John W. Campbell, Jr, que estaba muy
interesado con esta idea mía- y por fin fueron todas publicadas.
Campbell me instó a que expusiese mis ideas con respecto a las
garantías del robot de forma explícita en lugar de hacerlo de manera
implícita, y así lo hice en mi cuarta historia de robot, "El Círculo
Vicioso" (Runaround), que apareció en el numero de marzo de 1942 de
Astounding Science Fiction. En este ejemplar, en la página 100, hacia
la tercera parte de la primera columna (no tengo más remedio que
recordarlo), uno de mis personajes le dice al otro: «Ahora, escucha,
vamos a empezar con las Tres Reglas Fundamentales de la Robótica.»
Esto resultó ser el primer uso conocido de la palabra "robotica" en
publicación, una palabra que es el actualmente aceptado y ampliamente
utilizado término para la ciencia y la tecnología de la construcción,
mantenimiento y uso de los robots. El Oxford English Dictionary, en su
3rd Supplementaiy Volume, me reconoce como el inventor de la palabra.
Yo no sabía que estaba inventando la palabra, por supuesto. En mi
joven inocencia, yo pensaba que era la palabra y no tenía la mínima
noción de que nunca había sido utilizada con anterioridad.
«Las Tres Reglas fundamentales de la Robótica» mencionadas en ese
momento llegaron finamente a ser conocidas como las «Tres Leyes de la
Robótica de Asimov» y son las siguientes:
1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano, o, por medio de la
inacción, permitir que un ser humano sea lesionado.
2. Un robot debe obedecer las órdenes recibidas por los seres humanos,
excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que
esta protección no sea incompatible con la Primera y la Segunda Ley.
Estas leyes, como se demostró después (y como yo no pude en absoluto
prever), resultaron ser las más famosas, las más frecuentemente
citadas, y las frases de mayor influencia que jamás escribí. (Y las
había creado cuando yo tenía veintiún años, lo que me hace dudar si
desde entonces he hecho algo para seguir justificando mi existencia.)
Mis historias de robots tuvieron además un gran efecto en la ciencia
ficción. Yo me ocupaba de los robots de forma no emocional: eran
producidos por ingenieros, presentaban problemas de ingeniería, y se
encontraban soluciones. las historias eran más bien descripciones
convincentes de un futuro tecnológico y no eran lecciones de moral.
Los robots eran máquinas y no metáforas.
Como resultado, la anticuada historia del robot fue virtualmente
descartada de todas las historias de ciencia ficción con un nivel
superior al cómic. Asimismo, los robots empezaron a ser vistos como
máquinas y no como metáforas por otros escritores. Por regla general
llegaron a ser considerados benevolentes y útiles, excepto cuando algo
iba mal, y entonces susceptibles de enmienda y mejora. Otros
escritores no citaban las Tres Leyes -tendían a ser reservadas para
mí- pero las asumieron, y lo mismo hicieron los lectores.
De forma bastante sorprendente, mis historias de robots también
tuvieron un importante efecto en el mundo exterior.
Es de sobras sabido que los primeros que experimentaron con cohetes
estuvieron profundamente influidos por las historias de
ciencia-ficción de H.G. Wells. De la misma forma, a las primeras
personas que experimentaron con robots les influyeron poderosamente
mis historias de robots, nueve de las cuales fueron reunidas en 1950
para hacer un libro llamado «Yo, Robot». Era mi segundo libro
publicado y se ha seguido editando durante las cuatro décadas
transcurridas desde entonces.
«Yo, Robot» cayó en manos de Joseph F. Engelberger cuando era
estudiante de la Universidad de Columbia, en los años cincuenta, y lo
que leyó le atrajo lo suficiente como para decidir que iba a dedicar
su vida a los robots. Aproximadamente en esa época, conoció a George
C. Devol, Jr., en un cóctel. Devol era inventor y también se
interesaba por los robots.
Juntos fundaron la compañia «Unimation» y elaboraron temas para hacer
trabajar a los robots. Patentaron varios apratos, y a mediados de los
años setenta, habían producido todo tipo de robots prácticos. El
problema era que necesitaban computadoras que fuesen compactas y
económicas, pero las tuvieron cuando llegó el microchip. A partir de
aquel momento «Unimation» se convirtió en la primera companía de
robots del mundo y Engelberger llegó a ser más rico de lo que jamás
habría podido sonar.
Siempre se comportó amablemente reconociendo mis méritos.
He conocido otros expertos en robots como Marvin Minsky y Simon Nof,
que también admitieron, de forma simpática, el valor de sus primeras
lecturas de mis historias de robots. Nof, que es israelí, había leído
por primera vez «Yo, Robot», en una traducción hebrea.
Los expertos en robots toman en serio las Tres Leyes de la Robótica y
las adoptan como un ideal para la seguridad del robot. Hasta ahora,
los tipos de robots industriales en uso son esencialmcnte tan simples
que los mecanismos de seguridad deben ser incorporados externamente.
Sin embargo, se puede esperar con confianza que los robots llegarán a
ser más versátiles y capaces y que las Tres Leyes, o sus equivalentes,
serán sin duda incorporadas finalmente a su programación.
En realidad, yo nunca he trabajado con robots, ni siquiera he visto
uno jamás, pero no he dejado de pensar en ellos. Hasta la fecha he
escrito como mínimo treinta y cinco historias cortas y cinco novelas
que tratan de robots, y me atrevo a decir que, si tengo vida para
ello, escribiré más,
Mis historias y novelas de robots parecen haberse convertido en
clásicas por derecho piopio y, con la llegada de la serie de novelas
Robot City, se han convertido también en el amplio universo literario
de otros escritores. Bajo estas circunstancias, puede ser de utilidad
hacer un repaso de mis historias de robots y describir algunas que
considero particularmente significativas y explicar por qué pienso que
lo son:
1.
Robbie
2.
Ésta fue la primera historia de robots que escribí. La realicé
entre el l0 y el 22 de mayo de 1939, cuando tenía diecinueve años
y estaba a punto de graduarme en la Universidad. Tuve algún
problema para publicarla, pues John Campbell la rechazó y lo mismo
hizo Amazing Stories, Sin embargo, Fred Pohl la aceptó el 25 de
marzo de 1940, y apareció en el número de setiembre del mismo año
de Super Science Stories, que él editaba. Fred Pohl, que por algo
era Fred Pohl, le cambió el título por Strange Playfellow, pero yo
lo volví a cambiar cuando la incluí en el libro Yo, Robot y ha
aparecido como Robbie en todas las encarnaciones posteriores.
3.
Además de ser mi primera historia de robots, Robbie es
significativa porque en ella George Weston le dice a su mujer, en
defensa de un robot que hace para ellos el papel de chacha
«Sencillamente no puede evitar ser leal, adorable y amable. Es una
máquina hecha así.» Ésta es la primera referencia, en mi primera
historia, a lo que por último se convirtió en la «Primera Ley de
la Robótica» y al hecho básico de que los robots estaban hechos
con reglas de seguridad incluidas.
4.
Razón
5.
Robbie no habría significado nada por sí mismo si no hubiese
escrito más historias de robots, sobre todo dado que apareció en
una de las revistas de segundo orden. Sin embargo. escribí una
segunda historia de robots. Razón, y ésta le gustó a John
Campbell. Después de una pequeña revisión, apareció en Astounding
Science Fiction en el número de abril de 1941, y despertó interés.
Los lectores tomaron conciencia de que había una cosa que eran los
«robots positrónicos». y lo mismo Campbell. Esto hizo que después
todo fuera posible
6.
¡Mentiroso!
7.
En el siguiente número de Astounding, el de mayo de 1941, apareció
mi tercera historia de robots, ¡Mentiroso! La importancia de su
trama era que presentaba a Susan Calvin, que se convirtió en el
personaje principal de mis primeras historias de robots.
Originarianiente, el argumento era bastante torpe, en gran parte
porque trataba de la relación entre sexos en una época en que yo
todavía no había tenido mi primer encuentro con una joven.
Afortunadarnente, soy un alumno rápido, y es una historia que
modifiqué de forma sensible antes de permitir que apareciese en
Yo, Robot.
8.
El Círculo Vicioso
9.
La siguiente e importante historia de robots apareció en el número
de marzo de 1942 de Astounding. Era la primera historia donde cité
las Tres Leyes de la Robótica de forma explícita en lugar de
indicarlas implícitamente. En ella, tengo un personaje, George
Powell, que le dice a otro, Michael Donovan: «Ahora mira, vamos a
empezar con las Tres Reglas Fundamentales de la Robótica, las tres
reglas que están más profundamente en el cerebro positrónico dc un
robot.» A continuación, las recita.
10.
Posteriormente, las llamé las Leyes de la Robótica, y su
importancia para mí fue triple:
11.
a)Me guiaron para crear las intrigas e hicieron posible que
escribiese muchas historias cortas, así como varias novelas,
basadas en robots. En días, estudiaba constantemente las
consecuencias de las Tres Leyes.
12.
b)Era con mucho mi invento literario más famoso, citado a tiempo y
a destiempo por otros. Si todo lo que he escrito debe olvidarse
algún día, las Tres Leyes de la Robótica serán sin duda lo último
que se desvanezca.
13.
c)El pasaje de El círculo vicioso arriba citado resulta ser el
primer lugar donde se utilizó la palabra «robótica» impresa en
lengua inglesa. Como ya he indicado, por ello soy reconocido
inventor de esta palabra (así como de «robótico», «positrónico» y
«psicohistoria»> por el oxford English Dictionary, el cual se toma
la molestia y el espacio de citar las Tres Leyes. (Todas estas
cosas fueron creadas cuando yo contaba veintidós años y tengo la
sensación de no haber creado nada desde entonces, lo que despierta
dolorosos pensamientos dentro de mí).
14.
La Prueba
15.
Ésta fue la única historia que escribí mientras estuve en el
Ejército por espacio de ocho meses y veintiséis días. En un
momento dado convencí a un amable bibliotecario para que me dejase
permanecer en la biblioteca cerrada durante la hora de la comida a
fin de poder trabajar en la historia. Es el primer relato en el
que utilizo un robot humanoide, Stephen Byerley, el robot
humanoide en cuestión (si bien en la historia no dejo en absoluto
claro si es un robot o no, representa mi primer paso hacia R.
Daneel Olivaw, el robot humaniforme que aparece en un cierto
número de mis novelas.
16.
La Prueba apareció en el número de setiembre de 1946 de Astounding
Science Fiction.
17.
Ha Desaparecido Un Robot
18.
Mis robots tienden a ser entidades benignas. De hecho, a medida
que las historias progresaban, ganaban gradualmente en moral y en
cualidades éticas hasta superar con mucho a los seres humanos y,
en el caso de Daneel, se acercaba a lo divino. Sin embargo, no
tenía intención de limitarme a robots redentores. Seguía los
violentos vientos de mi imaginación allí donde me llevaban, y
podía ver con bastante claridad los lados preocupantes del
fenómeno robot.
19.
Algunas semanas antes (mientras lo estaba escribiendo) recibí una
carta de un lector que me criticaba porque, en una de mis
historias de robots recién publicada, mostraba el lado peligroso
de los robots. Me acusaba de haber perdido nervio.
20.
Que estaba equivocado se demuestra con Ha Desaparecido Un Robot,
donde el malvado es un robot, aun cuando apareció hace casi medio
siglo. La cara vil de los robots no es el resultado de una pérdida
de nervio consecuencia de mi mayor número de años y mi decrepitud.
Ha sido mi constante preocupación a lo largo de toda mi carrera.
21.
Se Puede Evitar El Conflicto
22.
Fue una secuela de La Prueba y apareció en el número de junio de
1950 de Astounding. Era la primera historia que escribía que
trataba principalmente de computadoras (las llamé «Maquinas» en la
historia) más que de robots en sí mismos. La diferencia no es
grande, uno puede definir un robot como una «máquina
computerizada» o como una «computadora móvil». Se puede considerar
una computadora como un «robot inmóvil». En cualquier caso, no
hice claras distinciones entre ambos y, si bien las máquinas, que
de hecho en la historia no tienen un aspecto físico, son
evidentemente computadoras, incluí la historia, sin titubeo, en mi
colección de robots «Yo, Robot», y ni el editor ni los lectores
pusieron objeciones. Para mayor seguridad, en la historia aparece
Stephen Byerley, pero la cuestión de su cualidad de robot no
desempeña papel alguno.
23.
Privilegio
24.
Aquí aparecieron por primera vez computadoras como computadoras,
sin tener yo en mente la idea de que fuesen robots. Se publicó en
1955 en el número de agosto de If Worlds of Science Fiction, y por
aquella época me había familiarizado con la existencia de las
computadoras. Mi computadora es «Multivac», diseñada como una
versión obviamente mayor y más compleja que la existente en la
actualidad, «Univac» En esta historia, y en algunas otras del
período que se ocupa de Multivac, la describía como una máquina
terriblemente grande, careciendo de la oportunidad de predecir la
miniaturización y etereolización de los ordenadores
25.
La Última Pregunta
26.
Sin embargo mi imaginación no me traicionó por mucho tiempo. En
«La última pregunta», que apareció por primera vez en Science
Fiction Quarterly, del número de noviembre de 1956, yo hablaba de
la miniaturización y etereolización de las computadoras y las
seguiría a lo largo de mil millones de años de evolución (tanto
del ordenador como del hombre) para llegar a una conclusión
lógica, que para descubrirla tendrán que leer la historia. Es, por
encima de toda duda, mi favorita entre todas las historias que he
escrito en mi carrera.
27.
La Sensación De Poder
28.
En esta historia la miniaturización de las computadoras desempeñó
un pequeño papel, como una cuestión secundaria. Se publicó en el
número de febrero de 1958 de If y es también una de mis favoritas.
En esta historia me ocupaba de las computadoras de bolsillo, que
no iban a hacer su aparición en el mercado hasta al cabo de diez a
quince años después de la publicación de la historia. Por otra
parte, era una de las historias donde preveía acertadamente una
consecuencia social del adelanto tecnológico, más que el propio
avance tecnológico. La historia trata de la posible pérdida de la
capacidad de hacer aritmética simple a causa del perpetuo uso de
las computadoras. La escribí como una sátira que combinaba humor
con pasajes de amarga ironía, pero la escribí de forma más
auténtica de lo que imaginaba. Actualmente tengo una computadora
de bolsillo y echo de menos el tiempo y el esfuerzo que me
supondría restar 182 de 854. Utilizo la condenada computadora. La
Sensación De Poder es una de mis obras más frecuentemente usadas
como antología.
29.
En cierta forma, esta historia muestra el lado negativo de las
computadoras, y en ese período también escribí historias que
mostraban las posibles reacciones vengativas de las computadoras o
de los robots que son tratados mal. Para las computadoras, está
Algún día, que apareció en el número de agosto de 1956 de Infinity
Science Fiction, y para los robots (en forma de automóvil) ver
Sally, que apareció en Fantastic en el número de mayo-junio de
1953.
30.
Intuición Femenina
31.
Mis robots son casi siempre masculinos, aunque no necesariamente
en un sentido verdadero del género. Al fin y al cabo, les doy
nombres masculinos y me refiero a ellos como «él». A sugerencia de
una editora, Judy-Lynn del Rey, escribí Intuición Femenina, que se
publicó en el número de octubre de 1969 de IF Magazine of Fantasy
and Science Fiction. Por una parte, mostraba que yo podía hacer un
robot femenino, Seguía siendo de metal. pero tenía un talle más
estrecho que mis robots de costumbre así como también una voz
femenina, Posteriormente, en mi libro Robots e Imperio, había un
capítulo donde hacía su aparición un robot femenino humanoide.
Hacía un papel de malvada, que puede sorprender a aquellos que
conocen mi frecuentemente demostrada admiración por la mitad
femenina de la Humanidad.
32.
El Hombre Bicentenario
33.
Esta historia, que aparecio por primera vez en 1976 en una
antología en rústica de ciencia ficción original, Stellar #2,
editada por Judy-Lynn del Rey, fue mi exposición más clarividente
del desarrollo de los robots. Los seguía en una dirección
completamente diferente de la tomada en la última pregunta.
Trataba del deseo de un robot de convertirse en un hombre y la
forma en que realizaba este deseo, paso a paso. De nuevo, llevé la
trama hasta su conclusión lógica. No tenía intención de escribir
esta historia cuando la empecé. Se escribió sola, y se trazó y
entrelazó en la máquina de escribir. Acabó siendo la tercera de
mis historias favoritas, entre todas las escritas. Por encima de
ella sólo está La Última Pregunta mencionada arriba y The Little
Ugly Boy, que no es una historia de robots.
34.
Las Cavernas De Acero
35.
En el intervalo, a sugerencia de Horace L. Gold, editor de Galaxy,
había escrito una novela de robots. Al principio me había
resistido a hacerlo pues tenía la impresión de que mis ideas sobre
el robot sólo encajaban en historias de corta longitud. Gold, sin
embargo, sugirió que escribiese un misterio de homicidio donde
apareciese un detective robot. Seguí su sugerencia a medias. Mi
detective era un concienzudo humano, Elijah Baley (en mi opinión,
tal vez el personaje más atractivo que he inventado jamás), pero
tenía un compañero de trabajo robot, R. Daneel Olivaw. Tuve la
impresión de que el libro era la fusión perfecta del misterio y
ciencia ficción. Apareció como una novela de tres entregas en los
números de octubre, noviembre y diciembre de 1953 de Galaxy, y
Doubleday la publicó como novela en 1954.
36.
Lo que me sorprendió de este libro fue la reacción de los
lectores. Si bien aceptaban a Lije Baley, su evidente interés se
centraba enteramente en Daneel, que yo había visto como a un
personaje secundario. La aceptación fue particularmente intensa en
el caso de las mujeres que me escribieron. (Treinta años después
de haber inventado a Daneel, apareció la serie de televisión Star
Trek, donde el carácter del señor Spock es muy similar al de
Daneel -cosa que no me importó- y advertí que las espectadoras
sentían también un especial interés por él. No he intentado
analizar este hecho).
37.
El Sol Desnudo
38.
La popularidad de Lije y Daneel me llevaron a escribir una
secuela, El Sol Desnudo, que apareció como novela de tres entregas
en los números de octubre, noviembre y diciembre de 1956 de
Astounding y fue publicada entera por Doubleday en 1957.
Naturalmente, la repetición del éxito hacía pensar que una tercera
novela era un hecho lógico. Incluso la empecé a escribir en 1958,
pero se presentaron imprevistos y, entre una cosa y otra, no acabé
de escribirla hasta 1983.
39.
Los Robots Del Amanecer
40.
Ésta, la tercera novela de la serie Lije Baley/R. Daneel, fue
publicada por Doubleday en 1983. En ella, introduje un segundo
robot, R. Giskard Reventlov, y en esta ocasión no me sorprendió
cuando resultó ser tan popular como Daneel.
41.
Robots e Imperio
42.
Cuando fue necesario permitir que Lije Baley muriese (de viejo),
consideré que no sería un problema hacer un cuarto libro dentro de
la misma serie, a condición de que permitiese a Daneel seguir con
vida. El cuarto libro, Robots e Imperio fue publicado por
Doubleday en 1985. La muerte de Lije provocó alguna reacción, pero
nada en absoluto comparado con la tormenta de cartas pesarosas que
recibí cuando las exigencias de la trama hicieron necesario que
muriese R. Giskard.
Habrán observado que de las historias cortas que he citado como
«notables» hay tres -Privilegio, La Última Pregunta y La Sensación De
Poder- que no están incluidas en la colección que tienen ahora entre
las manos- No se trata de un descuido, como tampoco significa que no
sean adecuadas para la colección. El hecho es que las tres se
encuentran en una colección anterior, «Sueños de Robot» que es una
obra compañera de ésta. No sería justo para el lector tener estas
historias en ambas colecciones.
A fin de compensarlo, he incluido en «Visiones de Robot» nueve
historias que no están citadas arriba como «notables». Ello no implica
absolutamente que estas nueve historias sean inferiores, sencillamente
que no aportan nada nuevo.
De estas nueve historias, Corrector De Galeradas es una de mis
favoritas, no sólo por el juego de palabras del título*, sino también
porque trata de un trabajo que yo sinceramente desearía que un robot
me sacase de las manos. No hay mucha gente que haya recorrido tantas
galeradas como yo he hecho.
Lenny muestra de Susan Calvin un lado humano que no aparece en ninguna
otra historia, mientras que Algún Día es mi incursión en lo patético.
Navidades sin Rodney es una historia humorística de robots, por su
parte ¡Piensa! es más bien macabra. Reflejo Exacto es la única
historia corta que he escrito donde aparece R. Daneel Olivaw, el
cohéroe de mis novelas de robots. ¡Muy mal! y Segregacionista son
ambas historias basadas en temas médicos. Y, finalmente, Visiones de
Robot, ha sido escrita específicamente para esta colección.
Ha ocurrido que mis historias de robots han tenido casi tanto éxito
como los libros de base y si quieren saber la verdad (en un susurro y
por favor guarden el secreto) a mí me gustan más las historias de
robots.
Es simple. Escribí mi primera historia de robots cuando tenía
diecinueve años, y escribí sucesivamente las demás durante treinta
años sin en realidad creer que los robots llegarían a existir en un
sentido real -por lo menos no mientras yo viviese-. El resultado fue
que nunca llegué a escribir un ensayo serio sobre robótica. Tengo por
lo menos la esperanza de haber escrito ensayos serios sobre imperios
galácticos y psicohistoria. De hecho, mi obra de 1956 no es una
discusión seria de robótica, sino simplemente una consideración sobre
el uso de robots en ciencia ficción.
No fue hasta mediados de los años setenta, con el desarrollo de los
microchips, que las computadoras se volvieron suficientemente
pequeñas, suficientemente versátiles y suficientemente económicas para
permitir que la maquinaria computerizada resultase práctica para el
uso industrial. Como consecuencia, llegó el robot industrial -simple
en extremo comparado con mis robots imaginarios, pero claramente «en
route».
Y fue así como, en 1974, justo cuando los robots se volvieron reales,
empecé a escribir ensayos sobre desarrollos actuales en la ciencia,
primero para la revista American Way y luego para Los Angeles Times
Syndicate. Se convirtió en algo natural escribir de vez en cuando una
obra sobre robótica real. Además, «Byron Preiss Visual Publications
Inc.», empezó a sacar a la luz una importante serie de libros bajo el
titulo general de La Ciudad Robot de Isaac Asimov, y me pidieron que
hiciese ensayos sobre robótica para cada uno de ellos. Fue así como
hasta 1974 no escribí virtualmente ningún ensayo sobre robótica, y
después de 1974 unos cuantos. No es mi culpa, al fin y al cabo, si la
ciencia alcanza por fin el nivel de mis nociones más simples.
Ahora están ustedes preparados para sumergirse en el libro en sí. Por
favor recuerden que las historias, escritas en diferentes épocas a lo
largo de un período de medio siglo, pueden resultar lógicamente
inconsistentes aquí y allí. En cuanto a los ensayos de la última
parte, escritos en diferentes épocas con diferentes propósitos, hay
repeticiones aquí y allí. Ruego me disculpen en cada uno de los casos.
* El título original es «Galley Slave», literalmente 'Galeote', pero
«galley» significa además «galerada». De allí el juego de palabras.

• Robbie , ©1940 Fictioneers, Inc., copyright renovado © 1967 por
Isaac Asimov.
Primera aparición con el título «Strange Playfellow», en Super Scíence
Storíes, setiembre de 1940.
• Reason , ©1941 Street & Smith Publications, Inc., copyright renovado
© 1968 por Isaac Asimov.
Primera aparición en Astounding Science Fiction, abril de 1941.
• Liar!» , ©1941 Street & Smith Publications, Inc., copyright renovado
© 1968 por Isaac Asimov.
Primera aparición en Astaunding Science Fiction, mayo de 1941.
• Runaround , ©1942 Street & Smith Publications, Inc., copyright
renovado © 1968 por Isaac Asimov.
Primera aparición en Astounding Science Fiction, abril de 1941.
• Evidence , ©1946 Street & Smith Publications, Inc., copyright
renovado © 1973 por Isaac Asimov.
Primera aparición en Astounding Science Fiction, setiembre de 1946.
• Little Lost Robot , ©1947 Street & Smith Publications, Inc.,
copyright renovado © 1974 por Isaac Asimov.
Primera aparición en Astounding Science Fiction, marzo de 1947.
• The Evitable Conflict , ©1980 Street & Smith Publications, Inc.,
copyright renovado © 1977 por Isaac Asimov.
Primera aparición en Astounding Science Fiction, junio de 1950.
• Feminine Intuition , ©1969 Mercury Press, Inc.,
Primera aparición en The Magazine of Fantasy and Science Fiction,
octubre de 1969.
• The Bicentennial Man , ©1976 Random House, Inc.
Primera aparición en Stellar # 2.
• Someday , ©1956 Royal Publications, Inc.
Primera aparición en Infinity Science Fiction, agosto de 1956.
• Lenny» , ©1957 Royal Publications, Inc.
Primera aparición en Infinity Science Fiction, enero de 1958.
• Think! , ©1977 Davis Publications Inc.
Primera aparición en Isaac Asimov's Science Fiction Magazine,
primavera de 1987.
• Christmas Without Rodney , ©1988 Davis Publications, Inc.
Primera aparición en Isaac Asimov's Science Fiction Magazine,
diciembre de 1988.
• Segregationist , ©1967 Abbott Universal Ltd.
Primera aparición en Abbotempo 4
• Mirror Image , ©1972 Condé Nast Publications, Inc.
Primera aparición en Analog: Science Fiction-Science Fact, mayo de
1972.
• Galley Slave , ©1957 Galaxy Publishing Corporation.
Primera aparición en Astounding Science Fiction, mayo de 1941.
• Robots I Have Known , ©1954 Edmund Callis Berkeley,
aparecido en «Computers and Automation», octubre de 1954.
• Future Fantastic , ©1989 Whittle Communications, L. P.
Primera aparición en la revista Special Robots, primavera de 1989.
• The Machine And The Robot, ©1978 Science Fiction Research Associates
and Science Fiction Writers of America.
• The New Teachers , ©1976 American Airlines.
• Whatever You Wish , ©1977 American Airlines.
• The Friends We Make , ©1977 American Airlines.
• Our Intelligent Toys , ©1977 American Airlines.
• The Laws Of Robotics , ©1979 American Airlines.
• The New Profession , ©1979 American Airlines.
• The Robot As Enemy , ©1979 American Airlines.
• Intelligences Together , ©1979 American Airlines.
• My Robots , ©1987 Nightfall, Inc.
• The Laws Of Humanics , ©1987 Nightfall, Inc.
• Cybernetic Organism , ©1987 Nightfall, Inc.
• Robots In Combination , ©1988 Nightfall, Inc.
• Too Bad! , ©1989 Nighfall Inc.
Primera aparición en The Microverse, noviembre de 1989.
• The Sense Of Humor , © Nightfall, Inc.

DEDICATORIA
Un agradecimiento especial para
Janet Asimov
John Silbersack
Christopher Schelling
Renee Golden
David M. Harris
y
Alice Alfonsi
VISIONES DE ROBOT
Supongo que debo empezar explicando quién soy yo. Soy un miembro muy
joven del Grupo Temporal. Los Temporalistas (para aquellos de ustedes
que han estado demasiado ocupados intentando sobrevivir en este duro
mundo del 2030 para prestar atención a los avances de la tecnología)
son los actuales aristócratas de la física.
Se ocupan del más espinoso de los problemas –el de moverse a través
del tiempo a una velocidad diferente de la constante progresión
temporal del Universo–. En definitiva, están intentando desarrollar
los viajes en el tiempo.
¿Y qué estoy yo haciendo con esta gente, cuando ni siquiera soy
físico, sino meramente un ______? Bien, meramente un meramente.
A pesar de no estar cualificado, fue de hecho una observación mía
hecha hace algún tiempo lo que inspiró a los Temporalistas a elaborar
el concepto VPIT («Trayectorias virtuales en el tiempo»).
¿Saben? Una de las dificultades de viajar a través del tiempo es que
la base del viajero no permanece en un lugar relativo al Universo como
un todo. La Tierra se mueve alrededor del Sol; el Sol alrededor del
centro galáctico; la Galaxia alrededor del centro de gravedad del
Grupo Local... Bien, ya se hacen una idea. Si uno se desplaza un día
en el futuro o en el pasado –sólo un día– la Tierra se ha desplazado
unos 2,5 millones de kilómetros en su órbita alrededor del Sol. Y el
Sol se ha desplazado en su viaje, arrastrando a la Tierra con él, y
así ha ocurrido con todo lo demás.
Por consiguiente, uno debe moverse a través del espacio así como a
través del tiempo, y fue mi observación lo que condujo a una línea de
argumento que mostraba que esto era posible; que uno puede viajar con
el movimiento espacio–tiempo de la Tierra no de forma literal, sino de
un modo «virtual» que permitiría al viajero del tiempo permanecer con
su base en la Tierra allí donde fuese en el tiempo. Sería inútil que
intentase explicarlo matemáticamente si ustedes no tienen una
preparación Temporalista. Limítense a aceptar la cuestión.
Fue asimismo una observación mía lo que llevó a los Temporalistas a
desarrollar una línea de razonamiento que mostraba que viajar en el
pasado era imposible. Los términos clave de las ecuaciones deberían
aumentar más allá del infinito cuando los signos temporales hubiesen
cambiado.
Tiene sentido. Estaba claro que un viaje al pasado sin duda cambiaría
allí algunos acontecimientos, por lo menos ligeramente, y por muy
ligero que pudiese ser el cambio introducido en el pasado, alteraría
el presente; muy probablemente de forma drástica. Dado que el pasado
parece fijado, tiene sentido que viajar atrás en el tiempo es
imposible.
Sin embargo, el futuro no está fijado, por consiguiente viajar en el
futuro y regresar de él seria posible.
No me recompensaron particularmente por mis observaciones. Supongo que
el equipo de Temporalistas presumió que yo había tenido suerte con mis
especulaciones y que eran ellos los realmente inteligentes por captar
lo que yo había dicho y llevarlo a conclusiones útiles. Dadas las
circunstancias, no me dolió, sino meramente me alegré -como un loco,
de hecho- porque gracias a ello (creo) me permitieron seguir
trabajando con ellos y formar parte del proyecto, aun cuando yo era
meramente un ______ bien, meramente.
Como es natural, hicieron falta años para desarrollar un aparato
práctico para viajar en el tiempo, incluso después de haber sido
establecida la teoría, pero yo no pretendo escribir un tratado serio
sobre Temporalidad. Mi intención es escribir sólo sobre ciertas partes
del proyecto, y hacerlo únicamente para los futuros habitantes del
planeta, y no para nuestros contemporáneos.
Incluso después de haber enviado al futuro objetos inanimados –y luego
animales– no estábamos satisfechos. Todos los objetos desaparecían;
según parecía todos viajaban al futuro. Cuando los enviábamos a cortas
distancias al futuro cinco minutos o cinco días– al final volvían a
aparecer, aparentemente ilesos, sin alteraciones y, cuando empezamos
con la vida, todavía con vida y en buen estado de salud.
Pero lo que se quería era enviar algo lejos en el futuro y hacerlo
volver.
— Tenemos que enviarlos por lo menos a doscientos años en el futuro
–dijo un Temporalista–. El punto importante es ver cómo es el futuro y
que el informe de la visión llegue a nosotros. Tenemos que saber si la
Humanidad sobrevivirá y bajo qué condiciones, y doscientos años
debería ser el espacio suficientemente largo para estar seguros. Con
franqueza, creo que las probabilidades de supervivencia son escasas.
Las condiciones de vida y el medio ambiente que nos rodea se han
deteriorado nocivamente en el último siglo.
(No tiene sentido describir al Temporalista que dijo esto. En total
había un par de docenas y la historia que estoy contando no cambiará
por saber cuál de ellos hablaba en cada ocasión, incluso aunque
estuviese seguro de poder recordar quién dijo qué. Por ello, diré
simplemente «dijo un Temporalista» o «uno dijo» o «alguno de ellos
dijo» u «otro dijo», y les aseguro que todo quedará suficientemente
claro para ustedes. Por supuesto, especificaré mis propias
declaraciones y las de otro, pero verán cómo estas excepciones son
esenciales.)
Otro Temporalista dijo con bastante tristeza:
— Me parece que no quiero conocer el futuro, si ello significa
descubrir que la raza humana tiene que desaparecer o que sólo
existirán restos miserables.
— ¿Por qué no? –preguntó otro-. Podemos descubrir en viajes más cortos
lo que pasó exactamente y entonces hacer lo posible para, con nuestro
especial conocimiento, actuar en consecuencia, cambiando el futuro en
una dirección más idónea. El futuro, a diferencia del pasado, no está
fijado.
Surgió entonces la cuestión de quién iría. Estaba claro que cada
Temporalista, él o ella, se consideraba justo un poco demasiado
valioso para arriesgarse en una técnica que podía no estar todavía
perfeccionada a pesar del éxito de los experimentos con objetos sin
vida: o, si con vida, objetos que carecían de un cerebro de la
increíble complejidad que tenía un ser humano. El cerebro podía
sobrevivir pero, quizá, no así toda su complejidad.
Yo advertí que, de todos ellos, yo era el menos valioso y podría ser
considerado como el candidato lógico. De hecho, estaba a punto de
levantar la mano como voluntario, pero la expresión de mi cara debió
de traicionarme pues una de los Temporalistas dijo, bastante
impaciente:
— Tú no. Hasta tú eres demasiado valioso -no era un gran cumplido-. Lo
que tenemos que hacer –prosiguió– es enviar a RG–32.
Esto tenía sentido. RG–32 era un robot bastante anticuado,
perfectamente reemplazable. Podía observar e informar –tal vez sin
toda la ingenuidad y la penetración de un ser humano– pero
suficientemente bien. No tendría miedo, preocupado sólo por seguir las
órdenes, y se podía esperar que contaría la verdad.
¡Perfecto!
Estaba bastante sorprendido conmigo mismo por no haberlo visto desde
el principio, y por haberme considerado estúpidamente como voluntario.
Quizá, pensé, tenía alguna especie de sentimiento instintivo que me
hacia ponerme en una posición desde la cual podía servir a los demás.
En cualquier caso, era RG-32 la elección lógica; de hecho, la única.
No fue difícil explicarle de algún modo lo que necesitábamos. Archie
(era costumbre llamar a un robot por alguna perversión vulgar de su
número de serie) no pidió explicaciones, o garantías de su seguridad.
Aceptaría cualquier orden que fuese capaz de comprender y seguir, con
la misma falta de emotividad que esgrimiría al pedírsele que levantase
una mano. Tenía que hacerlo, puesto que era un robot.
Sin embargo, hizo falta tiempo para los detalles.
— Cuando estés en el futuro –dijo uno de los Temporalistas veteranos–,
puedes quedarte tanto tiempo como consideres sea necesario para poder
hacer observaciones útiles. Cuando hayas acabado, volverás a tu
máquina y regresarás con ella al mismo momento en que te marchaste,
ajustando los controles de la forma que te explicaremos. Te marcharás
y a nosotros nos parecerá que estarás de vuelta después de un abrir y
cerrar de ojos, si bien a ti te puede haber parecido que has pasado
una semana en el futuro, o cinco años. Naturalmente, tendrás que
asegurarte de que guardas la máquina en un lugar seguro mientras estás
fuera de ella, lo cual no debería ser difícil por ser bastante ligera.
Y tendrás que recordar dónde guardaste la máquina y cómo regresar a
ella.
Lo que hizo que las instrucciones se alargasen todavía más fue el
hecho de que uno después del otro los Temporalistas recordaron una
nueva dificultad. Así, uno de ellos dijo de repente:
— ¿Cuánto pensáis que habrá cambiado el lenguaje en dos siglos?
Por supuesto, esto no tenía respuesta y se inició un largo debate
sobre si podía existir la posibilidad de que no hubiese comunicación
alguna, que Archie ni entendería ni se haría entender.
Por último, un Temporalista dijo, secamente:
— Escuchad, el idioma inglés se ha ido volviendo casi universal
durante varios siglos y es seguro que seguirá así otros dos. Tampoco
ha cambiado de forma significativa en los últimos doscientos años,
¿por qué entonces debería hacerlos en los próximos doscientos? Aun
siendo así, tiene que haber estudiantes capaces de hablar lo que ellos
pueden llamar «inglés antiguo». E incluso si no es así, Archie podrá a
pesar de todo llevar a cabo observaciones útiles. Para determinar si
existe una sociedad en funcionamiento no se requiere necesariamente
hablar.
Surgieron otros problemas. ¿Y si resultaba enfrentado a hostilidad? ¿Y
si la gente del futuro encontraba y destruía la máquina, bien por
malevolencia o por ignorancia?
Un Temporalista dijo:
— Sería sensato diseñar un aparato Temporal tan miniaturizado que se
pudiese llevar en la ropa. En estas circunstancias, se podría
abandonar una posición peligrosa muy rápidamente.
— Aun cuando fuese completamente factible -contestó otro bruscamente–,
para diseñar una máquina tan miniaturizada haría falta tanto tiempo
que nosotros, o más bien nuestros sucesores, llegaríamos a un tiempo
dos siglos más allá sin necesidad de utilizar máquina alguna. No, si
tiene lugar algún tipo de accidente, Archie sencillamente no volverá y
nosotros tendremos que intentarlo de nuevo.
Esto fue dicho estando Archie presente, pero no importaba, por
supuesto. Archie podía contemplar como era abandonado en el tiempo, o
incluso su propia destrucción, con ecuanimidad, a condición de que
estuviese siguiendo órdenes. La Segunda Ley sobre robótica, según la
cual un robot tiene que cumplir las órdenes, tiene preferencia sobre
la Tercera, que requiere proteja su propia existencia.
Por último, como es de suponer, se había dicho todo y ya nadie podía
pensar en otra advertencia, u objeción, o posibilidad que no hubiese
sido tratada a fondo.
Archie repitió todo lo que se le había dicho con robótica calma y
precisión, y el siguiente paso fue enseñarle a manejar la máquina. Y
también esto lo aprendió con robótica calma y precisión.
Deben ustedes saber que el gran público no estaba enterado, en aquel
momento, de que se investigaba el viaje en el tiempo. No era un
proyecto caro mientras se trató de trabajar en teoría, pero el trabajo
experimental había devorado el presupuesto y sin duda lo iba a agotar
todavía más. Esto resultaba de lo más molesto para unos científicos
involucrados en un empeño que parecía ser totalmente «aire».
Si tenía lugar un fallo grande, dado el estado de las arcas públicas,
habría una sonora y clamorosa protesta por parte de la gente, y el
proyecto podrá ser abandonado. Todos los Temporalistas estuvieron de
acuerdo, sin siquiera necesidad de debate, en que sólo podían dar
cuenta de un éxito, y que mientras no se tuviese constancia de algún
resultado el público tendría que saber muy poco, o nada en absoluto. Y
por ello este experimento, crucial, les colapsaba a todos el corazón.
Nos reunimos en un lugar aislado del semi-desierto, una zona
astutamente protegida dedicada al Proyecto Cuatro. (Hasta con el
nombre se pretendía no dar una pista real sobre la naturaleza del
trabajo, pero siempre me había sorprendido que la mayoría de las
personas pensasen en el tiempo como en una cuarta dimensión y, por
ello, creía que alguien debía por consiguiente sospechar lo que
estábamos haciendo. Hasta donde yo sé, nadie lo hizo.)
Entonces, en un momento dado, instante en el cual todo el mundo
contenía la respiración, Archie, dentro de la máquina, levantó una
mano para indicar que estaba a punto de ponerse en movimiento. Media
respiración después –si alguien estaba respirando- la máquina
relampagueó.
Fue un relámpago muy rápido. No estaba seguro de haberlo observado. Me
parecía que había simplemente presumido que debía relampaguear, si
regresaba casi al instante de haberse marchado –y vi lo que estaba
convencido que debía ver–. Pensé en preguntar a los demás si ellos
también habían visto un relámpago, pero siempre vacilaba en dirigirme
a ellos si no me hablaban primero. Eran unas personas muy importantes,
y yo era meramente ______ pero esto ya lo he dicho. Por otra parte,
luego, en la excitación de examinar a Archie, me olvidé del asunto del
relámpago. No era en absoluto importante.
Tan breve fue el intervalo entre la partida y el regreso que bien
podíamos haber pensado que no se había marchado, pero no había duda
sobre ellos. La máquina estaba deteriorada por completo. Sencillamente
se había marchitado.
Tampoco Archie, cuando salió de la máquina, tenía mucho mejor aspecto.
No era el mismo Archie que se había metido en aquella máquina. Había
un todo deteriorado a su alrededor, embotamiento en sus acabados, una
ligera desigualdad en su superficie donde podía haber sufrido
colisiones, una extraña actitud en la forma en que miraba en torno
como si estuviese volviendo a vivir una escena casi olvidada. Dudo que
hubiese allí una sola persona que pensase por un momento que Archie no
había estado ausente por un largo intervalo de tiempo, desde el punto
de vista de su propia sensación.
De hecho, la primera pregunta que se le hizo fue:
— ¿Cuánto tiempo has estado fuera?
Archie dijo:
— Cinco años, señor. Había un intervalo de tiempo mencionado en mis
instrucciones y quería hacer un trabajo concienzudo.
— Bien, esto es un hecho esperanzador –dijo un Temporalista–. Si el
mundo hubiese estado destruido por completo, sin duda no le habrían
hecho falta cinco años para advertir este hecho.
Y, sin embargo, ninguno de ellos se atrevía a decir: ¿bien, Archie,
estaba la Tierra completamente destruida?
Esperaron a que hablase él, y por un instante, también él esperó, por
cortesía robótica, a que ellos preguntasen. No obstante, al cabo de un
momento, la necesidad de Archie de obedecer órdenes, informando de sus
observaciones, superó lo que hubiese en sus circuitos positrónicos que
le obligaba a ser cortés.
Archie dijo:
— Todo estaba bien en la Tierra del futuro. La estructura social
estaba intacta y funcionaba bien.
— ¿Intacta y funcionando bien? –intervino un Temporalista,
comportándose como si estuviese asombrado de una idea tan herética–.
¿En todas partes?
— La mayoría de los habitantes del mundo fueron amables. Me llevaron a
todos los rincones del globo. Todo era próspero y apacible.
Los Temporalistas se miraron los unos a los otros. Les parecía más
fácil creer que Archie estuviese equivocado, o confundido, que el
hecho de que la Tierra del futuro fuese próspera y estuviese en paz.
Yo siempre había tenido la impresión de que, a pesar de las
afirmaciones optimistas sobre lo contrario, se tomaba casi como un
articulo de fe que la Tierra estaba en un punto de destrucción social,
económica y, tal vez, incluso física.
Empezaron a interrogarlo en serio. Uno gritó:
— ¿Y los bosques? Casi han desaparecido.
— Había un proyecto monstruo –dijo Archie–, para la repoblación
forestal del campo, señor. El estado salvaje ha sido restablecido allí
donde era posible. Se han utilizado con imaginación ingenierías
genéticas para restablecer la fauna de especies afines que vivían en
zoos o como animales de compañía. La contaminación es una cosa del
pasado. El mundo del 2230 es un mundo de paz natural y belleza.
— ¿Estás seguro de todo esto? –preguntó un Temporalista.
— No hay sitio en la Tierra que se me haya mantenido en secreto. Me
enseñaron todo lo que yo pedí.
Otro Temporalista dijo, con repentina severidad:
— Archie, escúchame. Puede ser que hayas visto una Tierra arruinada,
pero dudas en decirnoslo por miedo a que caigamos en la desesperación
o lleguemos al suicidio. En tu afán por no herirnos, puedes estar
mintiéndonos. Esto no debe suceder, Archie. Debes decirnos la verdad.
Archie dijo, tranquilamente:
— Les estoy diciendo la verdad, señor. Si estuviese mintiendo, fuese
cual fuese el motivo para ello, mis potenciales positrónicos estarían
en un estado anómalo. Esto puede ser comprobado.
— En esto tienes razón –murmuró un Temporalista.
Fue examinado allí mismo. Mientras esto era llevado a cabo, no se le
permitió añadir una palabra más. Yo observaba con interés cómo los
potenciómetros registraban sus descubrimientos, que fueron a
continuación analizados por computadora. No había duda. Archie estaba
completamente normal. No podía estar mintiendo.
Después, siguieron interrogándolo.
— ¿Y las ciudades?
— No hay ciudades como las nuestras, señor. La vida está mucho más
descentralizada en el 2230 que con nosotros, en el sentido de que no
hay grandes y concentrados grupos de Humanidad. Por otra parte, hay
una red de comunicación tan intrincada que la Humanidad es todo un
grupo suelto, por decirlo de alguna forma.
— ¿Y el espacio? ¿Se ha reanudado la exploración del espacio?
Archie dijo:
— La Luna está bastante bien desarrollada, señor. Es un mundo
habitado. Hay centros espaciales en órbita alrededor de la Tierra y
alrededor de Marte. Se están construyendo centros en el cinturón de
asteroides.
— ¿Te contaron todo esto? –preguntó un Temporalista, incrédulo.
— No se trata de una cuestión de rumores, señor. He estado en el
espacio. Me quedé en la Luna dos meses. Viví en un centro espacial
alrededor de Marte durante un mes, y visité tanto Fobos como el propio
Marte. Existe cierta duda en cuanto a la colonización de Marte. Según
ciertas opiniones habría que sembrarlo de formas inferiores de vida y
dejarlo evolucionar sin la intervención de los terrestres. El cinturón
de asteroides en efecto no lo visité.
Un Temporalista dijo:
— ¿Por qué supones tú que han sido tan amables contigo, Archie? ¿Tan
colaboradores?
— Tuve la impresión, señor –dijo Archie–, de que tenían alguna idea de
mi posible llegada. Un rumor distante. Una vaga creencia. Parecía que
me hubiesen estado esperando.
— ¿Te dijeron ellos que habían esperado tu llegada? ¿Dijeron que
estaban informados de que te habíamos enviado hacia delante en el
tiempo?
— No, señor.
— ¿Se lo preguntaste?
— Sí, señor. Era descortés hacerlo pero había recibido la orden de
observar atentamente todo lo que pudiese, por lo tanto tuve que
preguntarles; pero ellos se negaron a contármelo.
Intervino otro Temporalista:
— ¿Hubo muchas otras cosas que se negaron a contarte?
— Muchas, señor.
En este punto un Temporalista se frotó la barbilla pensativamente y
dijo:
— En ese caso debe de haber algo que no va en todo esto. ¿Cuál es la
población de la Tierra en el 2230, Archie? ¿Te lo dijeron?
— Sí, señor, se lo pregunté. En la Tierra del 2230 hay justo algo
menos de mil millones de personas. Hay 150 millones en el espacio. La
cifra de la Tierra es estable. La del espacio está creciendo.
— Ah –dijo un Temporalista–, pero ahora hay casi diez mil millones de
personas en la Tierra, con la mitad de ellas en estado de grave
miseria. ¿Cómo se las ha arreglado esta gente del futuro para
deshacerse de casi nueve mil?
— Se lo pregunté, señor.. Dijeron que hubo un período lamentable.
— ¿Un período lamentable?
— Sí, señor.
— ¿En qué sentido?
— No me lo dijeron, señor. Simplemente dijeron que hubo un período
lamentable y que no dirían nada más.
Un Temporalista que era de origen africano dijo fríamente:
— ¿Qué tipo de personas viste en el 2230?
— ¿Qué tipo, señor?
— ¿Color de piel? ¿Forma de los ojos?
Archie dijo:
— En el 2230 era como hoy, señor. Había diferentes tipos; diferentes
tonalidades de color de piel, de clase de pelo, etcétera. La media de
altura parecía mayor de lo que es actualmente, si bien no estudié las
estadísticas. La gente parecía más joven, más fuerte, más sana. De
hecho, no vi desnutrición, ni obesidad, ni enfermedad; pero había una
rica variedad de aspectos.
— ¿No había genocidio, entonces?
— Ningún indicio de ello, señor –prosiguió–; tampoco había indicios de
crímenes, o guerra, o represión.
— Bien –dijo un Temporalista, en un tono como si se estuviese
reconciliando, dificultosamente, con las buenas noticias–, se diría un
final feliz.
— Un final feliz, quizá –dijo otro–, pero es casi demasiado bonito
para aceptarlo. Es como un regreso al Edén. ¿Qué se hizo, o se hará,
para conseguirlo? No me gusta ese «período lamentable».
— Es evidente que no necesitamos sentarnos y especular –dijo un
tercero–. Podemos mandar a Archie a cien años en el futuro, cincuenta
años en el futuro. Si hay algo, podemos descubrir lo que pasó; quiero
decir, lo que pasara.
— No creo, señor –dijo Archie–. Me dijeron de forma bastante
específica y clara que no hay antecedentes de nadie del pasado que
hubiese llegado a una época anterior a la suya hasta el día que yo
llegué. En su opinión, si se llevaban a cabo otras investigaciones del
período de tiempo entre ahora y el momento en que yo llegué, el futuro
cambiaría.
Se hizo un silencio casi nauseabundo. Se llevaron a Archie y le
advirtieron que lo guardase celosamente todo en mente para posteriores
interrogatorios. Yo medio esperé que también a mí me hiciesen marchar,
pues yo era la única persona allí sin un grado avanzado de Ingeniería
Temporal, pero debían de haberse acostumbrado a mi y yo, por supuesto,
no tomé la iniciativa de sugerirlo.
— La cuestión es que hay un final feliz –dijo un Temporalista–.
Cualquier cosa que hagamos a partir de este punto puede malograrlo.
Esperaban la llegada de Archie; esperaban que Archie nos informase; no
le contaron nada que no quisieran que él nos transmitiese; por lo
tanto todavía estamos a salvo. Los acontecimientos se desarrollarán
como lo han hecho.
— Incluso es posible –dijo otro, con esperanza–, que el conocimiento
de la llegada de Archie y las informaciones que le han hecho traer
ayuden al desarrollo del final feliz.
— Quizá, pero si hacemos algo más, podemos malograr los eventos.
Prefiero no pensar en el período lamentable del que hablan, pero si
ahora intentamos algo, el período lamentable puede acaecer de todas
formas, ser incluso peor de lo que fue, o será, y que el final feliz
tampoco tenga lugar. Creo que no tenemos más alternativa que abandonar
los experimentos Temporales y ni siquiera hablar de ellos. Anunciar
que ha sido un fracaso.
— Esto sería insoportable.
— Es lo único seguro que podemos hacer.
— Esperad –dijo uno–. Ellos sabían que Archie iba a ir, por
consiguiente debía de existir un informe que hablaba del éxito de los
experimentos. No tenemos que declararnos fracasados.
— No opino lo mismo –dijo todavía otro–. Oyeron rumores, tenían una
idea lejana. Según Archie, era algo así. Creo que pueden existir
filtraciones, pero seguramente no un anuncio definitivo.
Y así es como se decidió. Pensaron durante días y de vez en cuando
discutían el asunto, pero con una agitación cada vez mayor. Yo veía
cómo llegaba inexorablemente el resultado. Yo no contribuí en absoluto
en la discusión, por supuesto -ellos apenas parecían saber que yo
estaba allí–, pero no había error posible en la aprensión acumulada de
sus voces. Al igual que aquellos biólogos que en los primeros días de
la ingeniería genética votaron por limitar y contestar con evasivas a
sus experimentos, por miedo de que una nueva plaga pudiese
desencadenarse inadvertidamente sobre la Humanidad desprevenida, los
Temporalistas decidieron, aterrorizados, que el futuro no debía ser
conocido o siquiera buscado.
Dijeron que el hecho de saber ahora que, dentro de doscientos años,
existiría una sociedad buena y sana, era suficiente No debían
investigar más, no se atrevieron a interferir ni con el grosor de la
uña, por temor a arruinarlo todo. Y volvieron a replegarse únicamente
en la teoría.
Un Temporalista marcó la retirada final. Dijo:
— Algún día la Humanidad será suficientemente sabia y desarrollará
unos sistemas para manejar el futuro que serán lo bastante sutiles
como para arriesgarse a observar y tal vez incluso a manipular en el
curso del tiempo, pero el momento para ello todavía no ha llegado. Aún
está lejos en el futuro.
Y hubo un murmullo de aplausos.
¿Quién era yo, el más insignificante de entre los responsables del
Proyecto Cuatro, para estar en desacuerdo y tomar mi propia
iniciativa? Era quizás el valor adquirido por ser muy inferior a ellos
-el valor del insuficientemente preparado–. Mi iniciativa no se había
apagado por demasiada especialización o por demasiado tiempo de
profunda reflexión.
En cualquier caso, hablé con Archie unos días después, cuando mis
tareas me dejaron algún tiempo libre. Archie no sabía nada de
preparación o de distinciones académicas. Para él, yo era un hombre y
un maestro, como cualquier otro hombre y maestro, y me habló como a
tal.
Le dije:
— ¿Qué concepto tenía esa gente del futuro sobre las personas de su
pasado? ¿Eran hipercríticos? ¿Las censuraban por sus locuras y
estupideces?
Archie dijo:
— No dijeron nada que me hiciese pensar que así fuese, señor. Les
divertía la simplicidad de mi construcción y mi existencia, y parecían
reírse de mí y de la gente que me construyó, con un humor bien
entendido. Ellos no tenían robots.
— ¿Robots de ningún tipo, Archie?
— Dijeron que no había nada parecido a mí, señor. Decían que no
necesitaban caricaturas metálicas de la Humanidad.
— ¿Y tú no viste ninguno?
— No, señor. En todo el tiempo que estuve allí, no vi ninguno.
Reflexioné sobre ello un momento, luego dije:
— ¿Qué pensaban de otros aspectos de nuestra sociedad?
— Creo que admiraban el pasado en muchos sentidos, señor. Me enseñaron
museos dedicados a lo que ellos llamaban el «período de crecimiento
desenfrenado». Ciudades enteras han sido convertidas en museos.
— Dijiste que en el mundo de dentro de dos siglos no había ciudades,
Archie. Ciudades según las entendemos nosotros.
— No eran sus ciudades las convertidas en museos, sino las reliquias
de las nuestras. Toda la Isla de Manhattan era un museo,
cuidadosamente preservada y restaurada en la época de su mayor
esplendor. Me pasearon por allí durante horas con varios guías, porque
querían hacerme preguntas sobre la autenticidad. No pude ayudarles
mucho, porque nunca he estado en Manhattan. Parecían orgullosos de
Manhattan. Había también otras ciudades del pasado preservadas, así
como maquinaria del pasado conservada con esmero, bibliotecas de
libros impresos, exposiciones de ropa de modas pasadas, muebles, y
otras chucherías de la vida cotidiana, etcétera. Decían que la gente
de nuestro tiempo no había sido juiciosa pero que había creado una
firme base para el adelanto futuro.
— ¿Y viste gente joven? Gente muy joven, quiero decir. ¿Niños?
— No, señor.
— ¿No hablaban de ellos?
— No, señor.
— Muy bien, Archie. Ahora, escúchame.
Si había algo que yo conociese mejor que los Temporalistas, eran los
robots. Para ellos, los robots eran simplemente cajas negras, a quien
dar órdenes y mandar a los hombres de mantenimiento a desechar si
funcionaban mal. Yo, sin embargo, comprendía bastante bien el circuito
positrónico de los robots, y podía manejar a Archie de una forma que
mis colegas jamás sospecharían. Y lo hice.
Estaba bastante seguro de que los Temporalistas no lo volverían a
interrogar, a causa de su recién adquirido temor a interferir en el
tiempo, pero si lo hacían, él no les diría aquellas cosas que yo
consideraba que no debían saber. Y el propio Archie no sabría que
había cosas que no les estaba diciendo.
Pasé un tiempo pensando en ello, y mi mente estaba cada vez más segura
de lo que había pasado en el curso de los siguientes dos siglos.
¿Saben? fue un error enviar a Archie. Era un robot primitivo, y para
él las personas eran personas. No diferenciaba, no podía. No le
sorprendió que los seres humanos se hubiesen vuelto tan civilizados y
humanos. Su circuito le obligaba, en cualquier caso, a ver a todos los
seres humanos civilizados y humanos; incluso divinos, para usar un
término pasado de moda.
Los propios Temporalistas, siendo humanos, se sorprendieron e incluso
se mostraron algo incrédulos ante la visión robótica presentada por
Archie, según la cual los seres humanos se habían vuelto nobles y
buenos. Pero, siendo humanos, los Temporalistas querían creer lo que
oían y se obligaron a hacerlo en contra de su sentido común.
Yo, a mi modo, era más inteligente que los Temporalistas, o quizá
meramente más clarividente.
Me pregunté que si la población descendió de diez mil millones en el
curso de dos siglos, ¿por qué no bajó de diez mil millones a cero? La
diferencia entre las dos alternativas no sería grande.
¿Quiénes eran los mil millones supervivientes? ¿Eran quizá más fuertes
que los otros nueve mil millones? ¿Más perdurables? ¿Más resistentes a
la privación? Y, como quedó claro de la descripción de Archie, eran
más sensibles, más racionales y más virtuosos que los nueve mil
millones que desaparecieron del mundo de dentro de doscientos años.
En definitiva, ¿eran realmente seres humanos?
Se rieron de Archie con afable mofa y se jactaron de que ellos no
tenían robots; que no necesitaban caricaturas metálicas de la
Humanidad.
¿Y si por el contrario tenían duplicados orgánicos de la Humanidad? ¿Y
si tenían robots humaniformes? ¿Robots tan parecidos a los seres
humanos como para no ser distinguibles de ellos, por lo menos a los
ojos y sentidos de un robot como Archie? ¿Y si las personas del futuro
eran robots humaniformes, todos, robots que habían sobrevivido a
alguna catástrofe arrolladora que los seres humanos no habían
superado?
No había niños. Archie no había visto ninguno. Además, la población
era estable y longeva en la Tierra, así que en cualquier caso debería
de haber pocos niños. Estos pocos serían atendidos, preparados
cuidadosamente, bien salvaguardados y no podrían ser distribuidos a la
ligera entre la sociedad. Pero Archie había estado en la Luna durante
dos meses y la población allí era creciente, y tampoco había visto
niños.
Tal vez esta gente del futuro era construida en lugar de nacer.
Y quizás esto era una buena cosa. Si los seres humanos habían
desaparecido como consecuencia de sus furias, odios y estupideces, por
lo menos habían dejado detrás un digno sucesor: una especie de ser
inteligente que apreciaba el pasado, lo preservaba y avanzaba en el
futuro, haciendo lo posible para realizar las aspiraciones de la
Humanidad, construyendo un mundo mejor y más apacible y moviéndose en
el espacio quizá con más eficacia que la que nosotros los seres
humanos «reales» habríamos desarrollado.
¿Cuántos seres inteligentes del Universo habían desaparecido sin dejar
un sucesor? Probablemente nosotros éramos los primeros que dejaríamos
un legado de este tipo.
Teníamos razón al sentirnos orgullosos.
¿Debía contarle todo esto al mundo? ¿O siquiera a los Temporalistas?
No lo consideré oportuno por el momento.
Por una parte, probablemente no me creerían. Por otra, si me creían,
en su rabia por la idea de ser remplazados por robots de cualquier
tipo, ¿no se volverían contra ellos, destruirían todos los robots del
mundo y se negarían a construir otros? Ello significaría que la visión
de Archie del futuro, y la mía, nunca acaecería. Ello, sin embargo, no
detendría las condiciones que iban a destruir a la Humanidad. Sólo
prevendría una sustitución; evitaría que otro grupo de seres, hechos
por humanos y honrando a los humanos, fuese portador de las
aspiraciones y sueños humanos a través del Universo.
Yo no quería que esto sucediese. Yo quería estar seguro de que la
visión de Archie, y mi propio perfeccionamiento de ella, tuviese
lugar.
Por ello estoy escribiendo esto, y velaré para que quede oculto, y
mantenido a salvo, de forma que sea abierto sólo dentro de doscientos
años, un poco antes de la llegada de Archie. Para que los robots
humaniformes sepan que deben tratarlo bien y devolverlo a casa sano y
salvo, llevando con él sólo la información que hará que los
Temporalistas decidan no volver a interferir en el Tiempo, de forma
que el futuro pueda seguir su camino trágico/feliz.
¿Y por qué estoy tan seguro de obrar adecuadamente? Porque estoy en
una posición única para saber que tengo razón.
He dicho en varias ocasiones que soy inferior a los Temporalistas. Por
lo menos soy inferior a ellos a sus ojos, si bien esta gran
inferioridad me vuelve más clarividente en ciertos aspectos, como ya
he dicho antes, y me proporciona un conocimiento mejor de los robots,
como también he dicho anteriormente.
Porque, ¿saben?, yo también soy un robot.
Soy el primer robot humaniforme, y el futuro de la Humanidad depende
de mi y de aquellos como yo que todavía han de ser construidos.
¡MUY MAL!
LAS TRES LEYES DE LA ROBÓTICA
1.
Un robot no puede hacer daño a un ser humano, o, por medio de la
inacción, permitir que un ser humano sea lesionado.
2.
Un robot debe obedecer las órdenes recibidas por los seres humanos
excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
3.
Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que
esta protección no sea incompatible con la Primera o la Segunda
Ley.
Gregory Arnfeld en realidad no se estaba muriendo, pero sin duda
existía un claro límite a lo que le quedaba de vida. Tenía un cáncer
inoperable y había rechazado, enérgicamente, toda sugerencia de
tratamientos químicos o terapia radiactiva.
Apoyado contra las almohadas, sonrió a su mujer y dijo:
— Soy el caso perfecto. Lo llevarán Tertia y Mike.
Tertia no sonrió. Parecía terriblemente preocupada.
— Hay tantas cosas que se pueden hacer, Gregory. Sin duda Mike es un
último recurso. Puedes no necesitar esa cosa.
— No, no. Para cuando me hubiesen atiborrado de sustancias químicas y
remojado con radiación, haría tanto tiempo que me habría ido que no
existiría una prueba razonable... Y por favor no llames a Mike «cosa».
— Estamos en el siglo XXII, Greg. Hay muchos medios para tratar el
cáncer.
— Sí, pero Mike es uno de ellos, y creo que el mejor. Estamos en el
siglo XXII, y sabemos lo que pueden hacer los robots. Ciertamente, yo
lo sé. He tratado más a Mike que a cualquier otro. Tú lo sabes.
— Pero no puedes pretender utilizarlo sólo para enorgullecerte del
proyecto. Ademas, ¿hasta qué punto estás seguro de la miniaturización?
Es una técnica incluso más nueva que la robótica.
Arnfeld asintió.
— De acuerdo, Tertia. Pero los muchachos de la miniaturización parecen
seguros. Pueden reducir o restablecer constantes de Planck de una
forma según ellos razonablemente segura, y los controles que lo hacen
posible están introducidos en Mike. Puede disminuir y aumentar de
tamaño a voluntad sin que su entorno se vea afectado.
— Razonablemente seguros -dijo Tertia con ligera amargura.
— Esto es todo lo que se puede pedir, sin duda. Piensa en ello,
Tertia. Soy privilegiado por formar parte del experimento. Pasaré a la
historia como el principal proyectista de Mike, pero esto será
secundario. Mi mayor hazaña será el haber sido tratado con éxito por
un minirrobot; por elección propia, por iniciativa propia.
— Ya sabes que es peligroso.
— Todo tiene sus peligros. Las sustancias químicas y la radiación
tienen efectos secundarios. No pueden trabajar a un ritmo lento sin
pararse. Me pueden permitir vivir una especie de semivida aburrida. Y
el no hacer nada ciertamente me matará. Si Mike hace su trabajo
convenientemente, me curaré del todo, y si se reproduce de nuevo
-Arnfeld sonrió alegremente-, Mike también puede volver a hacerlo.
Extendió una mano para coger la de ella.
— Tertia, tú y yo sabíamos que esto iba a llegar. Déjame hacer algo
por ello, un experimento glorioso. Aunque falle, y no fallará, será un
experimento glorioso.
Louis Secundo, del grupo de miniaturización, dijo:
— No, señora Arnfeld. No podemos garantizar el éxito. La
miniaturización esta íntimamente ligada a la mecánica cuántica, y hay
aquí un fuerte elemento de carácter imprevisible. Cuando MIK-27 se
reduce de tamaño, existe siempre la posibilidad de que tenga lugar una
repentina e imprevista redilatación, naturalmente matando al...
paciente. Cuanto más se reduce el tamaño, cuanto mas diminuto se
vuelve el robot, mayor es el riesgo de redilatación. Y cuando empieza
a dilatarse de nuevo, la posibilidad de un repentino y acelerado
estallido es todavía mayor. La redilatación es la parte realmente
peligrosa.
Tertia movió la cabeza.
— ¿Cree usted que va a suceder?
— No sabemos las posibilidades que existen, señora Arnfeld. Pero la
posibilidad nunca es cero. Debe comprender esto.
— ¿Lo comprende el doctor Arnfeld?
— Claro. Hemos hablado de ello con detalle. Considera que las
circunstancias lo justifican -titubeó antes de seguir-: Igual que
nosotros. Sé que usted pensará que no todos estamos corriendo el
riesgo, pero estaremos algunos de nosotros, y por otra parte
consideramos que el experimento merece la pena. Más importante
todavía, así lo cree el doctor Arnfeld.
— ¿Y si Mike comete un error o se reduce demasiado a causa de un fallo
técnico en el mecanismo? Se redilataría seguro, ¿verdad?
— Nunca se vuelve bastante seguro. Se queda en lo estadístico. La
posibilidad aumenta si él se hace demasiado pequeño. Pero, entonces,
cuanto más pequeño se vuelve, menos macizo es, y en algún momento
critico, la masa se volverá tan insignificante que el mismo esfuerzo
por su parte puede mandarlo volando a una velocidad cercana a la de la
luz.
— Bien, esto no matará al doctor.
— No. Para entonces, Mike seria tan pequeño que se deslizaría entre
los átomos del cuerpo del doctor sin afectarlos.
— ¿Pero qué probabilidad existe de que se redilate cuando sea tan
pequeño?
— Cuando MIK-27 se acercase al tamaño del neutrino, por decirlo de
alguna forma, su media de vida sería de segundos. Esto es, la
probabilidad de que se redilatase en cuestión de segundos es
cincuenta-cincuenta, pero para cuando se redilatase, estaría a cien
mil millas en el espacio y la explosión resultante produciría
únicamente un pequeño estallido de rayos gamma. Además, nada de esto
ocurrirá, MIK-27 seguirá sus instrucciones y no se reducirá más de lo
que necesita para llevar a cabo su misión.
La señora Arnfeld sabía que tendría que hacer frente a la Prensa de
una forma u otra. Se habia negado firmemente a aparecer en holovisión,
y la disposición del derecho a la intimidad del Fuero Mundial la
protegía. Por otra parte, no podía negarse a contestar preguntas en
voz en off. La disposición del derecho a saber no le permitiría un
bloqueo informativo general.
Estaba rígidamente sentada mientras la joven que tenía delante decía:
— Aparte de todo, señora Arnfeld, ¿no es una coincidencia bastante
extraña que su marido, proyectista jefe de Mike el Microbot, vaya a
ser también su primer paciente?
— En absoluto, señorita Roth -dijo la señora Arnfeld con tristeza-. La
enfermedad del doctor es el resultado de una predisposición. Ha habido
otros en su familia que la han tenido. Me lo dijo cuando nos casamos,
así que el asunto no me cogió por sorpresa, y fue por esta razón que
no tuvimos hijos. Es también por este motivo que mi marido escogió el
trabajo al que ha dedicado toda su vida y trabajó arduamente para
producir un robot capaz de miniaturización. Siempre pensó que al final
seria su paciente, ¿comprende?
La señora Arnfeld insistió para tener una charla con Mike y, dadas las
circunstancias, ello no podía ser negado. Ben Johannes, que trabajaba
desde hacía cinco años con su marido y a quien ella conocía lo
suficientemente bien como para líamarse por el nombre de pila, la
acompañó al alojamiento del robot.
La señora Arnfeld había visto a Mike poco después de su construcción,
cuando estaba pasando por sus primeras pruebas, y él la recordaba. Le
dijo, con su voz curiosamente neutral, de dulzura demasiado uniforme
para ser del todo humana:
— Me alegro de verla, señora Arnfeld.
No era un robot con una buena forma. Era de cabeza puntiaguda y base
muy pesada. Casi cónico, con la punta hacia arriba. La señora Annfeld
sabía que ello era ponque su mecanismo de miniaturización era
voluminoso y abdominal, y porque su cerebro también tenía que ser
abdominal a fin de aumentar la velocidad de respuesta. Su marido le
había explicado que insistir en un cerebro detrás de un cráneo grande
era un antropomorfismo innecesario. Sin embargo hacía que Mike
pareciese ridiculo, casi imbécil. La señora Arnfeld pensó, inquieta,
que el antropomorfismo tenía ventajas psicológicas.
— ¿Estas seguro de comprender tu tarea, Mike? -dijo la señora Arnfeld.
— Completamente, señora Arnfeld -dijo Mike~. Me aseguraré de que todo
vestigio de cáncer quede eliminado.
Johannes dijo:
— No sé si Gregory te lo ha explicado, pero Mike puede reconocer
fácilmente una célula cancerosa cuando tiene el tamaño adecuado. La
diferencia es inequívoca y puede destruir con rapidez el núcleo de
cualquier célula que no sea normal.
— Estoy equipado con láser, señora Arnfeld -dijo Mike, con cierto aire
de orgullo no expresado.
— Si, pero hay millones de células cancerosas. ¿Cuánto tiempo hará
falta para cogerlas, una a una?
— No es completamente necesario una a una, Tertia -dijo Johannes-. Aun
cuando el cáncer esté extendido, existe en forma de matas. Mike está
equipado para quemar y cerrar los capilares que conducen a las matas,
y de esta manera puede morir un millón de células de una vez. Sólo
ocasionalmente tendrá que ocuparse de las células de forma individual.
— ¿Aun así, cuánto tiempo hará falta?
El joven rostro de Johannes se transformó en una mueca como si le
costase tomar una decisión sobre lo que iba a decir.
— Si queremos hacer un trabajo concienzudo, pueden hacer falta horas,
Tertia. Lo admito.
— En cualquier momento de estas horas aumentará el riesgo de
redilatación.
Mike dijo:
— Señora Arnfeld, haré lo posible para prevenir la redilatación.
La señora Arnfeld se volvió hacia el robot y dijo con gran seriedad:
— ¿Puedes hacerlo, Mike? Quiero decir, ¿tú puedes evitarla?
— No completamente, señora Arnfeld. Supervisando mi tamaño y haciendo
un esfuerzo para mantenerlo constante, puedo minimizar los cambios
fortuitos que puedan provocar una redilatación. Naturalmente, es casi
imposible hacer esto cuando estoy redilatandome bajo condiciones
controladas.
— Si, lo sé. Mi marido me ha explicado que la redilatación es el
momento mas peligroso. ¿Pero tú lo intentarás, Mike? Por favor.
— Las leyes de la robótica garantizan que así lo haré, señora Arnfeld
-dijo Mike, solemnemente.
Cuando se marchaban, Johannes dijo, en lo que la señora Arnfeld
comprendió era un intento de promesa tranquilizadora:
— De verdad, Tertia, tenemos un holosonograma y un detallado escáner
catódico de la zona. Mike conoce la localización precisa de todas las
lesiones cancerosas significativas. Pasará la mayor parte del tiempo
buscando pequeñas lesiones imposibles de detectar con instrumentos,
pero esto no se puede evitar. Si podemos, tenemos que localizarlas
todas, ¿comprendes?, y ello lleva tiempo. Sin embargo, Mike ha
recibido estrictas instrucciones sobre cuánto debe reducirse, y no se
hara más pequeño, puedes estar segura. Un robot debe obedecer las
órdenes.
— ¿Y la redilatación, Ben?
— Aquí, Tertia, estamos en manos de la cuántica. No hay forma de
predecirlo, pero existe una más que razonable probabilidad de que
tenga lugar sin problemas. Por supuesto, tendremos que redilatarlo
dentro del cuerpo de Gregory lo menos posible; lo suficiente para
estar razonablemente seguros de encontrarlo y extraerlo. A
continuación será rápidamente introducido en la estancia de seguridad
donde se llevará a cabo el resto de la redilatación. Por favor,
Tertia, hasta las intervenciones médicas corrientes tienen sus
riesgos.
La señora Arnfeld estaba en el cuarto de observación mientras tenía
lugar la miniaturización de Mike. También estaban las cámaras de
holovisión y representantes escogidos de los medios de comunicación.
La importancia del experimento médico era tal que fue imposible
evitarlo, pero la señora Arnfeld estaba en una cabina con Johannes por
toda compañía, y se entendía que nadie debía acercarse a ella para
hacer comentarios, sobre todo si ocurría algo fatal.
¡Fatal! Una completa y repentina redilatación haría saltar la
habitación de operaciones por completo y mataría a toda persona allí
presente. Por algo estaba bajo tierra y a media milla de distancia del
centro de observación.
A la señora Arnfeld le producía cierta escalofriante sensación de
seguridad el hecho de que los tres miniaturistas que estaban
trabajando en la intervención (que parecían muy tranquilos... muy
tranquilos) estuviesen condenados a muerte de forma tan segura como lo
estaba su marido en el caso de que sucediese... algo fatal.
Ciertamente, podía confiar en que ellos protegerían en extremo sus
propias vidas; por consiguiente, no serían caballerosos en la
protección de su marido.
Posteriormente, por supuesto, si el proceso se demostraba un éxito, se
desarrollarían sistemas para realizarlo de forma automatizada, y sólo
el paciente correría riesgos. Entonces, quizás, el paciente podría
estar más fácilmente sacrificado al descuido, pero ahora no, ahora no.
La señora Arnfeld observaba atentamente a los tres hombres, que
trabajaban bajo una inminente sentencia de muerte, para detectar
cualquier signo de inquietud.
Observó el proceso de miniaturización (lo había visto antes) y vio
cómo Mike se volvía más pequeño y desaparecía. Observó el elaborado
proceso de inyectarlo en el lugar adecuado del cuerpo de su marido.
(Le habían explicado que habría sido prohibitivo económicamente
inyectar por el contrario seres humanos en un medio submarino. Mike,
por lo menos, no necesitaba un sistema para mantenerse con vida.)
A continuación las materias giraron en la pantalla, donde se veía la
sección aproximada del cuerpo en holosonograma. Era una representación
tridimensional, turbia y desenfocada, imprecisa a causa de una
combinación del lado finito de las ondas sonoras y de los efectos del
movimiento browniano. Mostraba a Mike, confusa y silenciosamente
moviéndose a través de los tejidos de Gregory Arnfeld por su corriente
sanguínea. Resultaba casi imposible explicar lo que estaba haciendo,
pero Johannes describía los acontecimientos de forma lenta y
satisfactoria, hasta que ella ya no pudo oírlo más y pidió que la
sacasen de allí.
Le habían administrado ligeros sedantes y había dormido hasta la
tarde, momento en que Johannes fue a verla. No hacía mucho rato que se
había despertado y tardó un momento en recuperar sus facultades.
Seguidamente dijo, llena de un repentino temor:
— ¿Qué ha pasado?
Johannes se apresuró a decir:
— Un éxito, Tertia. Un éxito completo. Tu marido está curado. No
podemos evitar que el cáncer se reproduzca, pero por ahora está
curado.
Ella se echó hacia atrás aliviada.
— Oh, maravilloso.
— Asimismo, ha sucedido algo inesperado y habrá que explicárselo a
Gregory. Consideramos que seria preferible que se lo dijeses tú.
— ¿Yo? -Y prosiguió con un renovado acceso de temor-: ¿Qué ha pasado?
Johannes se lo contó.
Hasta al cabo de dos días no pudo ver a su marido por más de un par de
minutos. Él estaba sentado en la cama, su cara un poco pálida, pero le
sonreía.
— De nuevo a flote, Tertia -dijo con ilusión.
— En efecto, Greg, yo estaba completamente equivocada. El experimento
ha sido un éxito y me han dicho que no encuentran ni un rastro de
cáncer en ti.
— Bien, sobre esto no podemos tener demasiadas esperanzas. Puede haber
una célula cancerosa aquí o allá, pero quizá mi sistema inmunitario se
ocupe de ella, sobre todo con la medicación adecuada, y, si algún día
se formase de nuevo, para lo cual pueden pasar años, recurriremos otra
vez a Mike.
En este punto, frunció el ceño y dijo:
— ¿Sabes?, no he visto a Mike.
La señora Arnfeld guardó un discreto silencio.
Arnfeld dijo:
— Me han estado dando largas.
— Has estado débil, querido, y te han administrado sedantes. Mike
estuvo manipulando en tus tejidos y llevando a cabo un necesario
pequeño trabajo destructivo. Aunque la operación haya sido un éxito,
necesitas tiempo para recuperarte.
— Si estoy lo bastante recuperado para verte a ti, sin duda también lo
estoy para ver a Mike, por lo menos lo suficiente para darle las
gracias.
— Un robot no necesita que le den las gracias.
— Claro que no, pero yo necesito dárselas. Hazme un favor, Tertia. Sal
y diles que quiero ver a Mike en seguida.
La señora Arnfeld titubeó, luego llegó a una decisión. Esperar haría
la tarea más dificil para todos. Dijo con tacto:
— El hecho, querido, es que Mike no puede venir.
— ¡No puede venir! ¿Por qué?
— Tenía que escoger, ¿sabes? Limpió tus tejidos maravillosamente bien;
hizo un magnífico trabajo, todo el mundo está de acuerdo; y luego tuvo
que iniciar la redilatación. Era la parte arriesgada.
— Sí, pero aquí estoy yo. ¿Por qué estás alargando tanto esta
historia?
— Mike decidió minimizar el riesgo.
— Naturalmente. ¿Qué hizo?
— Bien, querido, decidió hacerse más pequeño.
— ¡Cómo! No podía. Tenía órdenes de no hacerlo.
— Esto era la Segunda Ley, Greg. La Primera Ley tenía preferencia.
Quería estar seguro de que tu vida no corriese peligro. Estaba
equipado para controlar su propio tamaño, así que se redujo lo más
rápidamente que pudo, y cuando llegó a ser mucho menor que un electrón
utilizó su rayo láser, que era para entonces demasiado diminuto para
lastimar cualquier parte de tu cuerpo, y el impacto lo despidió
volando a casi la velocidad de la luz. Explotó en el espacio exterior.
Fueron detectados los rayos gamma.
Arnfeld la miró fijamente.
— No puedes estar queriendo decir eso. ¿Estás hablando en serio? ¿Mike
ha muerto?
— Esto es lo que ocurrió. Mike no podía dejar de actuar si ello te
evitaba algún daño.
— Pero yo no quería eso. Lo quería sano y salvo para el trabajo
futuro. No se habría redilatado de forma incontrolada. Habría salido
ileso.
— No podía tener la certeza. No podía poner tu vida en peligro, así
que se sacrificó.
— Pero mi vida era menos importante que la suya.
— No para mí, querido. Tampoco para quienes trabajan contigo. Ni para
nadie. Ni siquiera para Mike. -Puso una mano sobre la de él-. Vamos,
Greg, estás vivo. Estás bien. Esto es todo lo que importa.
Pero él apartó su mano con impaciencia.
— Esto no es todo lo que importa. No lo comprendes. Oh, muy mal. ¡Muy
mal!
ROBBIE
— Noventa y ocho... noventa y nueve... cien.
Gloria apartó el pequeño antebrazo que tenía delante de los ojos y
permaneció quieta un momento, arrugando la nariz y parpadeando ante la
luz del sol. A continuación, intentando mirar en todas las direcciones
a la vez, se apartó unos pasos cautelosos del árbol contra el cual
había estado apoyada.
Estiró el cuello para investigar las posibilidades de un grupo de
arbustos a la derecha y seguidamente se alejó más a fin de obtener un
ángulo mejor para observar su oscuro interior. El silencio era
profundo salvo por el incesante zumbido de los insectos y el poco
frecuente gorjeo de algun pájaro robusto, que desafiaba el sol de
mediodía.
Gloria hizo pucheros.
— Apuesto a que se ha metido dentro de la casa y le he dicho un millón
de veces que esto no es justo.
Con los finos labios apretados fuertemente y un severo ceño arrugando
su frente, se encaminó decidida hacia el edificio de dos plantas
situado después de la avenida.
Demasiado tarde oyó el sonido de un crujido detrás de ella, seguido
por las claras y rítmicas pisadas fuertes de los pies metálicos de
Robbie. Se dio la vuelta para ver cómo su triunfante compañero surgía
de su escondite y se dirigía al árbol cabaña a toda velocidad.
Gloria gritó consternada:
¡Espera, Robbie! ¡Esto no es justo, Robbie! Me habías prometido que no
correrías hasta que te encontrase.
Sus pequeños pies no podían en absoluto tomar la delantera a las
zancadas gigantes de Robbie. Luego, a tres metros de la meta, el paso
de Robbie aminoró de repente hasta simplemente arrastrarse, y Gloria,
con un impulso final de salvaje velocidad, lo adelantó sin aliento
para tocar primero la bienvenida corteza del árbol.
Se volvió con júbilo hacia el fiel Robbie y, con la más baja de las
ingratitudes, recompensó su sacrificio echándole cruelmente en cara su
falta de habilidad corriendo.
— ¡Robbie no sabe correr! -gritó con el tono más alto de su voz de
ocho años-. Le puedo ganar cuando quiera. Le puedo ganar cuando
quiera. -Y cantaba las palabras con un ritmo estridente.
Robbie no contestó, por supuesto... no con palabras. Por el contrario,
se puso a hacer ver que corría avanzando palmo a palmo hasta que
Gloria empezó a correr detrás de él; éste la esquivaba por poco,
obligándola a girar en inútiles círculos, con los bracitos extendidos
y abanicando el aire.
— ¡Robbie, estáte quieto! -chilló, mientras se reía con sacudidas
jadeantes.
Hasta que él se volvió de pronto y la cogió en volandas, haciéndola
girar de forma que durante un momento ella vio cómo el mundo descendía
debajo de un vacío azul y los árboles verdes se estiraban ávidamente
boca abajo hacia el infinito. Luego, otra vez sobre la hierba, apoyada
contra la pierna de Robbie y todavía agarrando un duro y metálico
dedo.
Al cabo de poco rato, recobró el aliento. Se retocó en vano el pelo
despeinado en una vaga imitación de uno de los gestos de su madre y se
volvió para ver si el vestido se había roto.
Golpeó con la mano el torso de Robbie.
— ¡Eres un chico malo! ¡Te voy a pegar!
Y Robbie se encogió y se cubrió el rostro con las manos, así que ella
tuvo que añadir:
— No. No lo haré, Robbie. No quiero pegarte. Pero en cualquier caso,
ahora me toca a mí esconderme porque tú tienes las piernas más largas
y habías prometido no correr hasta que te encontrase.
Robbie hizo un gesto de asentimiento con la cabeza -un pequeño
paralelepípedo con los ángulos redondos y los extremos inferiores
sujetos por medio de un tubo flexible y corto a un paralelepípedo
similar pero mucho mayor que servía de torso- y se puso obedientemente
de cara al árbol. Sobre sus ojos brillantes descendió una película
fina y metálica y desde el interior del cuerpo salió un constante y
resonante tic-tac.
— Ahora no mires de reojo... y no te saltes ningún número -advirtió
Gloria, que corrió a esconderse.
Los segundos fueron marcados con una regularidad invariable y, al
centésimo, se levantaron los párpados y el rojo brillante de los ojos
de Robbie rastrearon el entorno. Descansaron por un momento en una
guinga abigarrada que sobresalía detrás de una roca. Avanzó unos pasos
y se convenció de que Gloria estaba escondida detrás.
Lentamente, permaneciendo siempre entre Gloria y el árbol, avanzó
hacia el escondite y, cuando Gloria estuvo completamente a la vista no
pudiendo ya siquiera decirse que no había sido vista, él extendió un
brazo hacia ella, dando con la otra una palmada a su pierna de forma
que sonase. Gloria salió mohína.
— ¡Has mirado! -exclamó, con gran injusticia-. Además, estoy cansada
de jugar al escondite. Quiero cabalgar.
Pero Robbie estaba dolido por la injusta acusación, se sentó con
cuidado y movió pesadamente la cabeza de un lado al otro.
Gloria cambió inmediatamente de tono, por uno más amable y mimoso.
— Vamos, Robbie. No quería decir eso de que habías mirado. Dame un
paseo.
Sin embargo, Robbie no era tan fácil de conquistar. Se puso a mirar
fijamente el cielo con porfía y sacudió la cabeza de forma todavía más
enfática.
— Por favor, Robbie, por favor, dame una vuelta -dijo ella, mientras
rodeaba su cuello con rosados brazos y lo abrazaba fuertemente. Luego,
cambiando de pronto de humor, se apartó-. Si no quieres, me pondré a
llorar. -Y su rostro se preparó distorsionándose terriblemente.
Insensible, Robbie prestó escasa atención a esta terrible
eventualidad, y sacudió la cabeza por tercera vez. Gloria consideró
necesario jugar su triunfo.
— Si no quieres -exclamó calurosamente-, no volveré a contarte
cuentos, así de simple. Ni uno solo...
Ante este ultimátum, Robbie cedió inmediata e incondicionalmente,
asintiendo de forma vigorosa con la cabeza hasta que el metal de su
cuello zumbó. Con sumo cuidado, levantó a la niña y la colocó sobre
sus anchos y planos hombros.
Las amenazadoras lágrimas de Gloria cesaron de inmediato y canturreó
feliz. La piel metálica de Robbie, mantenida a la constante
temperatura de veintiún grados por medio de unas bobinas interiores de
alta resistencia, era agradable y acogedora, y el sonido
maravillosamente fuerte que producían los talones de ella al chocar
contra su pecho mientras saltaban de forma rítmica, era encantador.
— Eres una aeronave patrullera, Robbie, eres una grande y plateada
aeronave patrullera. Extiende los brazos rectos... Si vas a ser una
aeronave patrullera, debes hacerlo, Robbie.
La lógica era irrefutable. Los brazos de Robbie eran alas que cazaban
las corrientes aéreas y él era una plateada aeronave patrullera.
Gloria giró la cabeza del robot y la dirigió hacia la derecha. Él se
inclinó de lado bruscamente. Gloria equipó la aeronave con un motor
que hacia «B-r-r-r» y a continuación con unas armas que decían
«Pow-pow» y «Sh-sh-sh-sh-sh». Daban caza a los piratas y entraron en
juego los estallidos de la nave. Los piratas caían como moscas.
— Dale a otro... Otros dos -gritó ella.
Luego:
— Más de prisa, chicos -dijo Gloria pomposamente-, nos estamos
quedando sin municiones.
Apuntó sobre su propio hombro con valor indomable y Robbie era una
nave espacial de nariz contundente que se empinaba en el vacio a la
máxima aceleración.
Corrió a gran velocidad a través del campo despejado hasta el sendero
de hierba alta del otro lado, donde se detuvo con una brusquedad que
provocó un chillido de su sofocado jinete, y seguidamente la dejó caer
sobre la suave y verde alfombra.
Gloria respiraba con dificultad, jadeaba y emitía intermitentes
susurros exclamativos de:
— ¡Oh, qué bonito ha sido!
Robbie esperó hasta que ella hubiese recobrado el aliento y entonces
le estiró suavemente de un rizo.
— ¿Quieres algo? -dijo Gloria, con los ojos abiertos de par en par con
una complejidad aparentemente ingenua que no engañó a su «niñera» en
absoluto. Le estiró más fuerte del mechón.
— Ah, ya lo sé, quieres un cuento. -Robbie asintió rápidamente.
— ¿Cuál?
Robbie hizo un semicírculo en el aire con un dedo.
La pequeña protestó.
— ¿Otra vez? Te he contado «Cenicienta» un millón de veces. ¿No estás
cansado de oírla...? Es para niños.
Otro semicírculo.
— Oh, bien -Gloria se preparó, repasó el cuento en su mente (junto con
sus propias elaboraciones que eran varias) y empezó-: ¿Estás
preparado? Bien... Érase una vez una hermosa niña que se llamaba Ella.
Y tenía una madrastra terriblemente cruel y dos hermanastras muy feas
y muy crueles y...
Gloria estaba llegando al punto álgido del cuento -estaba sonando la
medianoche y todo estaba volviendo al original y pobre escenario,
mientras Robbie escuchaba tensamente con ojos ardientes- cuando llegó
la interrupción.
— ¡Gloria!
Era el tono alto de la voz de una mujer que había estado llamando no
una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de alguien cuya
ansiedad estaba empezando a transformarse en impaciencia.
— Mamá me está llamando -dijo Gloria, no del todo feliz-. Será mejor
que me lleves a casa, Robbie.
Robbie obedeció con presteza pues en cierto modo había algo dentro de
él que consideraba que lo mejor era obedecer a la señora Weston, sin
siquiera una pizca de vacilación. El padre de Gloria rara vez estaba
en casa durante el día salvo los domingos -hoy, por ejemplo- y, cuando
estaba, la madre de Gloria era una fuente de desasosiegos para Robbie
y siempre estaba presente el impulso de escabullirse de su vista.
La señora Weston los vio cuando aparecieron por encima de la mata de
hierba alta que los tapaba y entró en la casa a esperarlos.
— Me he quedado ronca de gritar, Gloria -dijo, severamente-. ¿Dónde
estabas?
— Estaba con Robbie -dijo Gloria, con voz temblorosa-. Le estaba
contando Cenicienta y me he olvidado de que era la hora de comer.
— Bien, es una lástima que Robbie también lo haya olvidado. -Luego,
como si esto le hubiera recordado la presencia del robot, se volvió
hacia él-. Puedes marcharte, Robbie. Ahora no te necesita. -Y,
brutalmente-: Y no vuelvas hasta que te llame.
Robbie dio media vuelta para marcharse, pero titubeó cuando Gloria
gritó en su defensa:
— Espera, mamá, deja que se quede. No he terminado de contarle
Cenicienta. Le he dicho que se lo contaría y no he terminado.
— ¡Gloria!
— De verdad, mamá, se quedará tranquilo, ni siquiera te darás cuenta
de que está. Puede sentarse en la silla del rincón y no dirá ni una
palabra, quiero decir no hará nada. ¿Verdad, Robbie?
Robbie, así interpelado, movió una vez en señal afirmativa su maciza
cabeza arriba y abajo.
— Gloria, si no paras con esto inmediatamente, no verás a Robbie
durante una semana entera.
La niña bajó los ojos.
— ¡Está bien! Pero Cenicienta es su cuento favorito y no lo he
terminado... Y le gusta mucho.
El robot se alejó con paso desconsolado y Gloria contuvo un sollozo.
George Weston estaba a gusto. Solía estar a gusto los domingos por la
tarde. Una buena y abundante comida a la sombra; un bonito y blando
sofá en estado ruinoso para tumbarse; un ejemplar del Times;
zapatillas en los pies y el pecho desnudo... ¿cómo podría alguien
evitar estar a gusto?
Por consiguiente, no apreció nada que entrase su mujer. Después de
diez años de vida matrimonial, era todavía tan indeciblemente estúpido
como para quererla y no había duda de que siempre estaba contento de
verla; sin embargo las tardes de los domingos eran sagradas para él y
su idea de la sólida relajación era que lo dejasen en completa soledad
por espacio de dos o tres horas. Por lo tanto, posó firmemente su
mirada en los últimos informes sobre la expedición Lefebre-Yoshida a
Marte (ésta iba a salir de la Base Lunar y podía finalmente ser un
éxito) e hizo como si ella no estuviese.
La señora Weston esperó con paciencia dos minutos, luego con
impaciencia otros dos, y finalmente rompió el silencio.
— ¡George!
— ¿Mmmmm?
— ¡He dicho George! ¿Quieres dejar ese periódico y mirarme?
El periódico crujió al caer al suelo y Weston volvió hacia su mujer
una cara hastiada.
— ¿Qué pasa, querida?
— Ya sabes lo que pasa, George. Se trata de Gloria y esa horrible
máquina.
— ¿Qué horrible máquina?
— Ahora no pretendas que no sabes de lo que estoy hablando. Es ese
robot que Gloria llama Robbie. No la deja ni un momento.
— Bien, ¿por qué debería hacerlo? Se supone que está para esto. Y de
cierto no es una máquina horrible. Es el mejor condenado robot que
pueda comprar el dinero y sin duda me ha costado los ingresos de medio
año. Sin embargo, lo vale... El condenado es más listo que la mitad
del equipo de mi oficina.
Hizo un movimiento para volver a coger el periódico, pero su mujer fue
más rápida y lo agarró ella.
— Escúchame, George. No quiero que mi hija esté confiada a una
máquina... y no me importa lo lista que sea. No tiene alma y nadie
sabe lo que puede estar pensando. Sencillamente un niño no está hecho
para que lo cuide una cosa de metal.
Weston frunció el ceño.
— ¿Cuándo has decidido esto? Hace dos años que está con Gloria y no te
había visto preocupada hasta ahora.
— Al principio era diferente. Era una novedad; me sacó una carga de
encima... y estaba de moda hacerlo. Pero ahora no sé. Los vecinos...
— Bien, ¿qué pintan los vecinos con esto? Ahora, escucha. Se puede
confiar infinitamente más en un robot que en una niñera humana. En
realidad, Robbie fue construido con un único objetivo: ser el
compañero de un niño pequeño. Toda su «mentalidad» ha sido creada para
este propósito. Sencillamente no puede evitar ser leal, encantador y
amable. Es una máquina... hecha así. Es más de lo que se puede decir
con respecto a los humanos.
— Pero algo puede ir mal. Algún... algún... -la señora Weston estaba
un poco confusa en lo tocante al interior de un robot-, algún
chismecito se soltará, la cosa horrible perderá los estribos y... y...
-no pudo cobrar el valor para completar el bastante obvio pensamiento.
— No tiene sentido -negó Weston, con un involuntario escalofrio
nervioso-. Esto es completamente ridiculo. Cuando compramos a Robbie
hablamos mucho sobre la Primera Ley de la Robótica. Tú sabes que es
imposible que un robot haga daño a un ser humano; que mucho antes de
que pueda funcionar mal hasta el punto de alterar la Primera Ley, un
robot se volvería completamente inoperable. Es matemáticamente
imposible. Además, dos veces al año acude un ingeniero de U.S. Robots
para hacerle al pobre aparato una revisión completa. Es más fácil que
tú y yo nos volvamos locos de repente a que algo vaya mal con Robbie,
de hecho mucho más. Por otra parte, ¿cómo vas a separarlo de Gloria?
Hizo otra tentativa inútil hacia el periódico y su mujer lo arrojó con
furia a la otra habitación.
— ¡Se trata precisamente de esto, George! No quiere jugar con nadie
más. Hay docenas de niños y niñas con los que debería hacer amistad,
pero no quiere. No se acerca a ellos si yo no la obligo. Una niña
pequeña no debe crecer así. Tú quieres que sea normal, ¿verdad? Tú
quieres que sea capaz de formar parte de la sociedad.
— Estás sacando las cosas de quicio, Grace. Imagínate que Robbie es un
perro. He visto cientos de niños que antes se quedarían con su perro
que con su padre.
— Un perro es diferente, George. Debemos deshacernos de esta horrible
cosa. Puedes volver a venderlo a la compañía. Lo he preguntado y
puedes hacerlo.
— ¿Lo has preguntado? Ahora escucha, Grace, no te subas por las
paredes. Nos quedaremos con el robot hasta que Gloria sea mayor y no
quiero volver a hablar de esta cuestión. -Y con esto salió ofendido de
la habitación.
Dos días después, la señora Weston esperaba por la tarde a su marido
en la puerta.
— Tienes que escuchar esto, George. En el pueblo hay mal ambiente.
— ¿Por qué? -preguntó Weston. Se metió en el cuarto de baño y ahogó
toda posible contestación con el chapoteo del agua.
La señora Weston esperó. Dijo:
— Por Robbie.
Weston salió, con la toalla en la mano y el rostro rojo y airado.
— ¿De qué estás hablando?
— Oh, ha ido creciendo y creciendo. Había intentado ignorarlo, pero no
voy a seguir haciéndolo. La mayoría de la gente del pueblo considera
que Robbie es peligroso. No permiten que los niños se acerquen por
aquí al atardecer.
— Nosotros confiamos nuestra hija a este aparato.
— Bien, la gente no es tolerante con estas cosas.
— Entonces al demonio con ellos.
— Decir esto no resuelve el problema. Yo tengo que hacer las compras
allí. Yo tengo que verlos cada día. Y con respecto a los robots
actualmente es peor en la ciudad. Nueva York acaba de ordenar que
ningún robot debe permanecer en la calle entre la puesta y la salida
del sol.
— De acuerdo, pero no pueden evitar que nosotros tengamos un robot en
nuestra casa. Grace, ésta es una de tus campanas. Lo sé. Pero es
inútil. ¡La respuesta sigue siendo, no! ¡Nos quedamos con Robbie!
Pero él quería a su mujer -y lo que era peor, su mujer lo sabía.
George Weston, al fin de cuentas, no era más que un hombre, pobrecito,
y su esposa hizo pleno uso de todos los mecanismos que el sexo más
torpe y más escrupuloso ha aprendido a temer, con razón e inútilmente.
Diez veces durante la misma semana, él gritó:
— Robbie se queda.. ¡y no hay más que hablar! -Y cada vez la frase
resultaba más débil e iba acompañada de un gemido más alto y
agonizante.
Llegó por fin el día en que Weston se acercó a su hija con sentimiento
de culpa y le sugirió un espectáculo «maravilloso de visivox» en el
pueblo.
Gloria aplaudió feliz.
— ¿Robbie puede ir?
— No, querida -dijo, y se estremeció ante el sonido de su voz-, no
dejan entrar robots en el visivox; pero se lo puedes contar todo
cuando vuelvas a casa -pronunció torpemente las últimas palabras y
desvió la vista.
Gloria regresó del pueblo rebosante de entusiasmo, pues el visivox
había sido en efecto un espectáculo maravilloso.
Esperó a que su padre aparcase el coche a reacción en el garaje
subterráneo.
— Ya verás cuando se lo cuente a Robbie, papá. Le habría gustado más
que cualquier cosa... Especialmente cuando Francis Fran estaba
retrocediendo mu-y-y despacito, fue a dar con el
Hombre Leopardo y tuvo que echar a correr -Se rió de nuevo-. Papá,
¿realmente hay Hombres Leopardo en la Luna?
— Probablemente no -dijo Weston, ausente-. Simplemente es divertido
hacerlo creer.
Ya no podía entretenerse más con el coche. Tenía que afrontarlo.
Gloria cruzó el césped corriendo.
— Robbie... ¡Robbie!
Entonces se detuvo de repente al ver un precioso pastor escocés que la
miraba con unos ojos marrones y serios mientras movía la cola en el
porche.
— ¡Oh, qué perro tan bonito! -Gloria subió los escalones a saltos, se
acercó cautelosamente a él y le pasó la mano por encima-. ¿Es para mí,
papá?
Su madre se había reunido con ellos.
— Así es, Gloria. Es precioso... suave y peludo. Es muy simpático. Le
gustan las niñas pequeñas.
— ¿Conoce juegos?
— Claro. Puede hacer cualquier tipo de trucos. ¿Quieres ver alguno?
— Un momento. Quiero que Robbie también lo vea... ¡Robbie! -Se detuvo,
insegura, y frunció el ceño. Apuesto a que se ha quedado en su
habitación porque está enfadado conmigo por no habérmelo llevado al
visivox. Papá, tendrás que explicárselo. Es posible que a mí no me
crea, pero lo creerá si se lo dices tú, es así.
Los labios de Weston se apretaron. Miró hacia su mujer pero no pudo
encontrar su mirada.
Gloria se volvió precipitadamente y bajó corriendo la escalera del
sótano, gritando mientras se alejaba:
— Robbie... Ven a ver lo que me han traído papá y mamá. Me han traído
un perro, Robbie.
Al cabo de un minuto estaba de vuelta, pequeña niña asustada.
— Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? -No hubo
respuesta, George Weston tosió y de repente le interesó en extremo una
nube deslizándose sin rumbo. La voz de Gloria temblaba y estaba al
borde de las lágrima-. ¿Dónde está Robbie, mamá?
La señora Weston se sentó y acercó cariñosamente a su hija hacia ella.
— No llores, Gloria. Creo que Robbie se ha ido.
— ¿Se ha ido? ¿A dónde? ¿Dónde se ha ido, mamá?
— Lo hemos buscado, buscado y buscado, pero no lo hemos encontrado.
Nadie lo sabe, querida. Simplemente se ha ido.
— ¿Quieres decir que no volverá nunca más? -Sus ojos se habían vuelto
redondos por el horror.
~Quizá lo encontremos pronto. Seguiremos buscándolo. Y mientras tanto
puedes jugar con tu bonito perro nuevo. ¡Miralo! Se llama Lightning y
puede...
Pero los párpados de Gloria estaban empapados.
— Yo no quiero a este perro repugnante... quiero a Robbie. Quiero que
me encuentres a Robbie.
Su sentimiento se volvió demasiado profundo para hablar y balbuceaba
en un lamento estridente.
La señora Weston miró a su marido en busca de ayuda, pero él se limitó
a arrastrar los pies malhumorado y no dejó de mirar fijamente el
cielo, así que ella se inclinó para la tarea de consolar a la niña.
— ¿Por qué lloras, Gloria? Robbie era sólo una máquina, únicamente una
asquerosa máquina vieja. No tenía vida alguna.
— ¡No era no una máquina! -gritó Gloria, fiera e incorrectamente-. Era
una persona como tú y como yo y era mi amigo. Quiero que vuelva. Oh,
mamá, quiero que vuelva.
Su madre gimió derrotada y dejó a Gloria con su pena.
— Deja que llore -le dijo a su marido-. Las penas infantiles nunca
duran mucho. Dentro de pocos días, habrá olvidado que ese horrible
robot ha existido jamás.
Pero el tiempo mostró que la señora Weston había sido un poco
demasiado optimista. Es más, Gloria dejó de llorar, pero dejó también
de reír y los días que transcurrían la hallaron cada vez más
silenciosa y sombría. Gradualmente, su actitud de infelicidad pasiva
hizo que la señora Weston se rindiese y todo lo que le impedía ceder
era la imposibilidad de admitir su derrota al marido.
Luego, una noche, se precipitó a la sala de estar, se sentó y cruzó
los brazos, parecía enloquecida.
Su marido alargó el cuello para verla sobre el periódico.
— ¿Qué pasa ahora, Grace?
— Es la niña, George. Hoy he tenido que devolver el perro. Gloria
decía de forma contundente que no podía soportar verlo. Me está
llevando a una crisis nerviosa.
Weston dejó el periódico y un esperanzador resplandor tomó posesión de
su mirada.
— Tal vez... Tal vez deberíamos traer de nuevo a Robbie. Se puede
hacer, ¿sabes? Puedo ponerme en contacto con...
— ¡No! -contestó ella, inexorablemente-. No quiero oír hablar de ello.
No vamos a ceder tan fácilmente. Mi hija no será cuidada por un robot
si hacen falta años para consolarse de su pérdida.
Weston volvió a coger el periódico con un aire de disgusto.
— Un año así me volvería el cabello prematuramente blanco.
— Eres de una gran ayuda, George -fue la gélida respuesta-. Lo que
Gloria necesita es un cambio de aires. Es natural que no pueda olvidar
a Robbie aquí. Cómo podría si cada árbol y cada piedra le recuerda a
él. Realmente es la situación más tonta que jamás he conocido. Una
niña languideciendo a causa de un robot.
— Bien, basta con esto. ¿Cuál es el cambio que tienes en mente?
— Vamos a llevarla a Nueva York.
— ¡A la ciudad! ¡En agosto! Dime, ¿tú sabes lo que es Nueva York en
agosto? Insoportable.
— Millones de personas no piensan así.
— No tienen un lugar como éste donde ir. Si no tuviesen que quedarse
en Nueva York, no lo harían.
— Bien, no importa. He dicho que nos marchamos ahora, o tan pronto
como podamos disponerlo todo. En la ciudad, Gloria encontrará
suficientes cosas interesantes y suficientes amigos para reanimarse y
olvidar a aquella máquina.
~Oh, Señor -se quejó la mitad más débil-, esas calzadas ardientes.
— Tenemos que hacerlo -fue la impertérrita respuesta-. Gloria ha
adelgazado dos kilos en el último mes y la salud de mi niñita es más
importante que tu comodidad.
— Es una lástima que no pensases en la salud de tu niñita antes de
privarla de su robot de compañía -murmuró él... para sus adentros.
Gloria dio inmediatos signos de mejora cuando se enteró del inminente
viaje a la ciudad. Hablaba poco de ello, pero cuando lo hacía era
siempre con viva ilusión. Empezó a sonreír de nuevo y a comer casi con
su apetito anterior.
La señora Weston se felicitó por esta alegría y no perdió oportunidad
de mostrarse triunfal con su todavía escéptico marido.
— Ya lo ves, George, ayuda a hacer el equipaje como un angelito y
parlotea como si no tuviese una sola inquietud en el mundo. Es
exactamente lo que yo te había dicho... todo lo que necesitamos es
sustituir el interés.
— Mmmm -fue la escéptica respuesta-. Eso espero.
Los preliminares tuvieron lugar rápidamente. Se hicieron los arreglos
oportunos para la preparación del piso de la ciudad y fue contratada
una pareja para ocuparse de la casa de campo. Cuando por fin llegó el
día del viaje, Gloria era completamente la de antes y por sus labios
no pasó mención alguna sobre Robbie.
La familia, de muy buen humor, cogió un girotaxi para dirigirse al
aeropuerto (Weston habría preferido utilizar su giro privado, pero era
de dos plazas sin sitio para el equipaje) y se subieron al avión que
estaba esperando.
— Ven, Gloria -llamó la señora Weston-. Te he guardado un asiento
junto a la ventanilla para que puedas contemplar el paisaje.
Gloria recorrió el pasillo alegremente, aplastó la nariz contra un
óvalo blanco junto al grueso cristal transparente y se puso a observar
con una atención creciente mientras la repentina tos del motor
empezaba a zumbar detrás en el interior. Era demasiado pequeña para
asustarse cuando el suelo desapareció como si hubiese pasado por una
escotilla y ella de repente dobló su peso habitual, pero no demasiado
pequeña para estar muy interesada. No fue hasta que la tierra se
convirtió en un diminuto mosaico acolchado que apartó la nariz y se
volvió de nuevo hacia su madre.
— ¿Llegaremos pronto a la ciudad, mamá? -preguntó, mientras se frotaba
la helada nariz y miraba con interés cómo la mancha de humedad que
había dejado su respiración en el vidrio se reducía lentamente y
desaparecía.
— Dentro de aproximadamente media hora, querida -y añadió sin el
mínimo rastro de ansiedad-: ¿Estás contenta de que vayamos? ¿Verdad
que estarás encantada en la ciudad con todos los edificios, la gente y
cosas para ver? Iremos al visivox cada día, a espectáculos, al circo,
a la playa y...
— Sí, mamá -fue la contestación poco entusiasta de Gloria.
El avión pasaba por un banco de nubes en aquel momento y la atención
de Gloria fue absorbida por el espectáculo insólito de las nubes por
debajo de ella. Luego volvieron al cielo claro y ella se dirigió a su
madre con un repentino aire misterioso de secreto conocimiento.
— Yo sé por qué vamos a la ciudad, mamá.
— ¿Lo sabes? -la señora Weston estaba perpleja-. ¿Por qué, querida?
— No me lo habéis dicho porque queríais darme una sorpresa, pero yo lo
sé. -Por un momento, se perdió en la admiración de su aguda
penetración y luego se rió alegremente-. Vamos a Nueva York para poder
encontrar a Robbie, ¿verdad? Con detectives.
Esta declaración cogió a George mientras estaba bebiendo un vaso de
agua, con resultados desastrosos. Se produjo una especie de grito
ahogado, un géiser de agua y a continuación un exceso de tos
asfixiante. Cuando todo hubo pasado, era una persona empapada de agua,
con la cara roja y muy, muy contrariada.
La señora Weston guardó la compostura, pero cuando Gloria repitió la
pregunta con un tono de voz más ansioso, su estado de ánimo se
deterioró bastante.
— Tal vez -contestó, secamente-. Y ahora siéntate y estáte tranquila,
por amor de Dios.
Nueva York City del 1988 d. de C., era un paraíso para el visitante,
más que nunca en su historia. Los padres de Gloria se percataron de
ello y le sacaron el mejor partido.
Por órdenes directas de su mujer, George Weston se había organizado
para que su negocio prescindiese de él por espacio de aproximadamente
un mes, a fin de estar libre para dedicar el tiempo a lo que él llamó
«alejar a Gloria del borde de la ruina». Como todo lo que hacía
Weston, esto se desarrolló de forma eficiente, concienzuda y práctica.
Antes de que hubiese transcurrido el mes, nada de lo que se podía
hacer había sido omitido.
La llevaron a la cima del Roosevelt Building, de media milla de
altura, para observar con temor reverencial el panorama mellado de los
tejados que se mezclaban a lo lejos en los campos de Long Island y la
tierra plana de Nueva Jersey. Visitaron los zoos donde Gloria
contempló con regocijado temor el «león vivo» (bastante decepcionada
por el hecho de que los guardianes los alimentasen con carne cruda, en
lugar de con seres humanos, como ella había esperado), y pidió de
forma insistente y perentoria ver a «la ballena».
Los distintos museos fueron blanco de la atención por todos
compartida, junto con los parques, las playas y el acuario.
La llevaron a una excursión que ascendía medio curso del Hudson con un
vapor equipado en la forma arcaica de los locos años veinte. Viajó a
la estratosfera en un viaje de exhibición, donde el cielo se volvía de
un purpura intenso, surgían las estrellas y la nebulosa tierra bajo
ella parecía un enorme recipiente cóncavo. La llevaron en un barco
submarino de paredes de cristal bajo las aguas del canal de Long
Island, donde en un mundo verde y oscilante, unas cosas acuáticas
pintorescas y curiosas se la comían con los ojos y se alejaban
contoneándose.
En un nivel más prosaico, la señora Weston la llevó a los grandes
almacenes donde pudo deleitarse en otro estilo de país de ensueño.
De hecho, cuando el mes había casi transcurrido, los Weston estaban
convencidos de que se había hecho todo lo concebible para apartar al
ausente Robbie de una vez por todas de la mente de Gloria, pero no
estaban completamente seguros de haberlo conseguido.
Quedaba el hecho de que allí donde fuese Gloría, mostraba el más
absorto y concentrado interés por los robots que pudiesen estar
presentes. Por muy excitante que fuese el espectáculo que se
desarrollaba delante de ella, o por muy nuevo que fuese para sus ojos
infantiles, se volvía instantáneamente si por el rabillo del ojo
vislumbraba un movimiento metálico.
La señora Weston se desviaba de su camino para mantener a Gloria
alejada de todos los robots.
Y el asunto alcanzó su cima de intensidad con el episodio del Museo de
Ciencia e Industria. El museo había anunciado un «programa especial
para niños» donde tenía lugar una exhibición de magia científica a
escala de la mentalidad infantil. Los Weston, por supuesto, lo
clasificaron en su lista como «rotundamente sí».
Estaban los Weston completamente absortos en las hazañas de un potente
electroimán cuando la señora Weston de pronto se dio cuenta de que
Gloria ya no estaba con ella. El pánico inicial se transformó en
decisión tranquila y, después de haberse procurado la ayuda de tres
empleados, se inició una búsqueda concienzuda.
Sin embargo, no era propio de Gloria vagar a la buena de Dios. Para su
edad, era una niña insólitamente resuelta y decidida, en esto tenía
todos los genes maternos. Había visto un enorme rótulo en la tercera
planta, que decía: «Por aquí al Robot Hablador». Después de haberlo
leído para sus adentros y haber advertido que sus padres no parecían
tomar la dirección adecuada, hizo lo obvio. Esperó un momento oportuno
de distracción de los padres, se apartó sin ruido y siguió el rótulo.
El Robot Hablador era un tour de force, un aparato carente de todo
sentido práctico, que tenía sólo un valor publicitario. Una vez cada
hora, un grupo escoltado se colocaba delante y, con prudentes
susurros, hacia preguntas al ingeniero al cargo del robot. Aquellas
que el ingeniero decidía eran adecuadas para los circuitos del robot,
eran transmitidas al Robot Hablador.
Era bastante aburrido. Podía ser bonito saber que el cuadrado de
catorce es ciento noventa y seis, que la temperatura en este momento
es de 72 grados Fahrenheit y la presión atmosférica de 30,02 pulgadas
de mercurio, que el peso atómico del sodio es 23, pero realmente uno
no necesita un robot para esto. En particular, uno no necesita una
masa pesada y totalmente inmóvil de alambres y bobinas que ocupan más
de veinte metros cuadrados.
Poca gente tenía interés en volver para una segunda sesión, pero había
una niña de unos dieciséis años sentada muy tranquila en un banco
esperando una tercera. Era la única persona en la estancia cuando
entró Gloria.
Gloria no la miró. En aquel momento, para ella, otro ser humano no era
más que una cosa insignificante. Reservó su atención para aquella
enorme cosa con ruedas. Titubeó un instante consternada. No se parecía
a ningún robot que hubiese visto jamás.
Cautelosa e insegura, alzó su trémula voz.
— Por favor, señor Robot, señor, ¿es usted el Robot Hablador, señor?
No estaba segura, pero le parecía que un robot que efectivamente
hablase merecía mucha cortesía.
(Una mirada de intensa concentración cruzó el fino y sencillo rostro
de la adolescente. Sacó un bloc de notas y empezó a escribir con
rápidas manos.)
Se produjo un bien engrasado zumbido de mecanismos, y una voz con
timbre metálico resonó en unas palabras carentes de acento y
entonación.
— Yo... soy... el... robot... que. ..habla.. -
Gloría se lo quedó mirando tristemente. Podía hablar, pero el sonido
parecía provenir del interior de cualquier parte. No existía un rostro
al que hablarle.
Ella dijo:
— Necesito ayuda.
El Robot parlante estaba diseñado para responder preguntas, pero sólo
para aquellas preguntas que pudiera responder. Estaba muy confiado de
su habilidad, y por lo tanto dijo:
— Puedo... ayudarla...
— Gracias, señor Robot, señor. ¿Ha visto a Robbie?
— ¿Quién... es... Robbie?
— Es un robot, señor Robot, señor.
Se puso de puntillas.
— Es muy alto, señor Robot, señor, muy alto, y muy agradable. Verá,
tiene una cabeza. Me refiero a que usted no la tiene, pero él sí,
señor Robot, señor.
El Robot parlante había quedado desconcertado.
— ¿Un... robot?
— Sl, señor Robot, señor. Un robot como usted, excepto que no puede
hablar, naturalmente y... se parece a una persona auténtica.
— ¿Un... robot?
— Sí, señor Robot, señor. Un robot como usted, excepto que no puede
hablar, naturalmente y... se parece a una persona auténtica.
— ¿Un... robot... como... yo?
— Sl, señor Robot, señor.
La única respuesta a esto, por parte del Robot parlante, fue un
errático balbuceo y algún sonido incoherente ocasional. La
generalización radical ofrecida, respecto de su existencia, no como un
objeto particular, sino como miembro de un grupo general, resultó
demasiado para él. Lealmente, trató de abarcar el concepto y se
quemaron media docena de bobinas. Empezaron a sonar pequeñas señales
de alarma.
(En aquel momento, la chica, que aún no había pasado la adolescencia,
se marchó. Tenía ya bastante para su primer articulo de Física-1,
sobre el tema de «Aspectos prácticos de la Robótica». Este articulo
era uno de los primeros que escribiría Susan Calvin referentes a aquel
tema.)
Gloria había aguardado, con una impaciencia cuidadosamente reprimida,
la respuesta de la máquina, cuando escuchó el grito detrás de ella de
«Allí está», y reconoció aquel grito como perteneciente a su madre.
— ¿Qué estás haciendo aquí, niña mala? -le gritó la señora Weston,
cuya ansiedad se estaba disolviendo al instante en cólera-. ¿No sabes
que has asustado casi a muerte a tu mamá y a tu papá? ¿Por qué te
escapaste?
El ingeniero en robótica también había entrado allí atropelladamente,
mesándose los cabellos y preguntando quién de todas aquellas personas
congregadas había estado estropeando la máquina.
— ¿No han visto los letreros? -aulló-. No se les permite estar aquí
sin ir acompañados.
Gloria alzó la voz por encima del jaleo:
— Yo sólo he venido a ver al Robot parlante, mamá. Creía que podría
saber dónde estaba Robbie, porque los dos son Robots.
Y luego, ante el pensamiento de que, de repente, Robbie estuviese
junto a ella, estalló en un repentino acceso de llanto.
— Y tengo que encontrar a Robbie, mamá. Tengo que encontrarle.
La señora Weston reprimió un grito y dijo:
— Oh, Dios mío. Vamos a casa, George. Esto es más de lo que puedo
soportar.
Aquella tarde, George Weston estuvo fuera durante varias horas y, a la
mañana siguiente, se acercó a su mujer con algo que se parecía mucho a
una pagada complacencia.
— He tenido una idea, Grace.
— ¿Acerca de qué? -fue la lúgubre pregunta carente de todo interés.
— Acerca de Gloria.
— ¿No estarás sugiriendo devolverle el robot?
— No, naturalmente que no.
— Entonces, adelante. Estoy dispuesta a escucharte. Nada de lo que he
hecho parece haber servido para nada.
— Muy bien. Esto es lo que he pensado. Debí haberte escuchado. Todo el
problema con Gloria es que cree que Robbie es una persona y no una
máquina. Naturalmente, no puede olvidarlo. Pero si conseguimos
convencerla de que Robbie no era más que una amasijo de acero y de
cobre en forma de láminas y cables provistos de electricidad como su
jugo vital, ¿cuánto tiempo crees que aún lo añorará? Se trata de una
especie de ataque psicológico, si comprendes mi punto de vista.
— ¿Y cómo planeas hacerlo?
— Muy fácilmente. ¿Dónde crees que estuve anoche? Persuadí a
Robertson, de «U.S. Robots and Mechanical Men Corporation», para que
prepare una visita completa a sus instalaciones para mañana por la
mañana. Iremos los tres, y cuando hayamos acabado, Gloria estará por
completo convencida de que un robot no es una cosa viva.
Los ojos de la señora Weston se fueron abriendo de par en par y algo
que se parecía mucho a una repentiña admiración, brilló en sus ojos.
— Sí, George, es una buena idea.
Y los botones del chaleco de George Weston se tensaron.
— No tiene importancia -dijo.
El señor Struthers era un concienzudo director general y tenía una
inclinación natural a la locuacidad. De esta combinación, resultó por
consiguiente todo ampliamente explicado, quizás incluso explicado en
sobremanera, en cada uno de los diferentes pasos. Sin embargo, la
señora Weston no se aburría. De hecho, lo interrumpió varias veces y
le rogó que repitiese sus explicaciones en un lenguaje más simple a
fin de que Gloria pudiese comprenderlas. Bajo la influencia de esta
apreciación de sus poderes narrativos, el señor Struthers se extendió
de forma genial y, si ello era posible, se volvió todavía más
comunicativo.
George Weston, por su parte, tuvo un rapto de impaciencia.
— Discúlpame, Struthers -dijo, interrumpiendo en medio de un discurso
sobre la célula fotoeléctrica-. ¿No tenéis en la fábrica una sección
donde sólo se utilizan robots como mano de obra?
— ¿Eh? ¡Oh, si! ¡Sí, claro! -dijo el director general, y sonrió a la
señora Weston-. En cierto sentido un circulo vicioso, robots que crean
otros robots. Por supuesto, no hacemos de ello una práctica general.
Por un motivo, los sindicatos nunca nos lo permitirían. Pero podemos
fabricar unos pocos robots utilizando exclusivamente robots como mano
de obra, sólo como una especie de experimento científico. ¿Sabéis? -y
golpeó contra una palma de la mano sus quevedos como para dar más
énfasis a su discurso-. Lo que los sindicatos obreros no comprenden, y
debo decir que yo soy un hombre que siempre ha simpatizado mucho con
el movimiento obrero en general, es que la implantación de los robots,
aunque implique cierta confusión al inicio, será inevitable...
— Si, Struthers -interrumpió Weston-, pero con respecto a esta sección
de la fábrica de la que hablas, ¿podemos verla? Estoy seguro de que
sería muy interesante.
— ¡Sí! ¡Si, por supuesto! -El señor Struthers volvió a ponerse los
quevedos con un movimiento convulsivo y dejó escapar una ligera tos de
desconcierto-. Seguidme, por favor.
Estuvo relativamente callado mientras los precedía a través de un
largo pasillo y un tramo de escalera. A continuación, cuando hubieron
entrado en una gran sala bien iluminada que zumbaba de actividad
metálica, se abrieron las compuertas y el flujo de explicación brotó
de nuevo.
— ¡Ya estáis aquí! -dijo con orgullo en la voz-. ¡Solo robots! Hay
cinco supervisores que ni siquiera están en esta habitación. En cinco
años, esto es desde que empezó este proyecto, no se ha producido ni un
solo accidente. Claro que los robots aquí reunidos son relativamente
simples, pero...
En los oídos de Gloria la voz del director general se había
desvanecido hacía rato para convertirse en un murmullo adormecedor.
Toda la excursión le parecía bastante aburrida y sin sentido, aunque
había muchos robots a la vista. Pero ninguno era remotamente como
Robbie, y los examinaba con abierto desprecio.
Se percató de que en aquella habitación no había ninguna persona.
Luego su mirada se fijó en seis o siete robots que trabajaban
acoplados a una mesa redonda situada en el centro de la sala. Era una
habitación grande. No podía estar segura, pero uno de los robots se
parecía... se parecía... ¡Lo era!
— ¡Robbie!
Su grito atravesó el aire y uno de los robots de la mesa titubeó y
dejó caer la herramienta que tenía sujeta. Gloria casi enloqueció por
la alegría. Abriéndose paso a lo largo de la barandilla antes de que
ninguno de los padres pudiese detenerla, saltó ágilmente al suelo unos
metros mas abajo, y corrió hacia su Robbie, con los brazos al aire y
el pelo ondeando.
Y los tres horrorizados adultos, mientras permanecían petrificados en
el pasillo, vieron lo que la excitada niña no vio:
un enorme y pesado tractor avanzando ciega y majestuosamente en su
marcada trayectoria.
Weston necesitó un segundo para reaccionar y el paso de los segundos
lo significaba todo porque Gloria no podía ser alcanzada a tiempo. Si
bien Weston saltó sobre la barandilla en un salvaje intento, era
obviamente inútil. El señor Struthers indicó violentamente a los
supervisores que parasen el tractor, pero estos eran sólo humanos e
hizo falta tiempo para actuar.
Sólo Robbie actuó inmediatamente y con precisión.
Con las piernas de metal se tragó el espacio entre él y su pequeña ama
sobre la que se precipitó desde la dirección contraria. A partir de
ahí todo sucedió de golpe. De una brazada Robbie asió a Gloria, sin
aflojar su velocidad ni un ápice y, por consiguiente, dejándola sin
respiración. Weston, sin comprender todo aquello que estaba pasando,
presintió, más que vio, cómo Robbie lo pasaba rozando y se paraba de
forma súbita. El tractor cruzó la trayectoria de Gloria medio segundo
después de haberlo hecho Robbie, rodó todavía tres metros y llevó a
cabo una parada rechinante y larga.
Gloria recobró el aliento, soportó una serie de apasionados abrazos
por parte de sus padres y se volvió ilusionada hacia Robbie. Por lo
que a ella respectaba, no había ocurrido nada, salvo que había
encontrado a su amigo.
Pero la expresión de alivio de la señora Weston se había transformado
en oscura sospecha. Se volvió a su marido, y a pesar de su despeinado
e indecoroso aspecto, consiguió una actitud bastante imponente.
— Tú has tramado esto, ¿lo has hecho, verdad?
George Weston se enjugó la acalorada frente con el pañuelo. Su mano
era poco firme y sus labios apenas podían curvarse en una sonrisa
trémula y sumamente débil.
La señora Weston siguió con sus elucubraciones:
— Robbie no fue proyectado para ingeniería o trabajo de construcción.
A ellos no les servía. Lo has puesto aquí deliberadamente para que
Gloria pudiese encontrarlo. Sabes que lo has hecho.
— Bien, lo he hecho -dijo Weston-. Pero, Grace, ¿cómo iba yo a saber
que el encuentro sería tan violento? Y Robbie le ha salvado la vida;
tendrás que admitirlo. No puedes alejarlo de nuevo.
Grace Weston lo consideró. Se volvió hacia Gloria y Robbie y por un
momento los vio de forma abstracta. Gloria se había aferrado al cuello
del robot de un modo que habría asfixiado a cualquier criatura que no
fuese de metal, y lo palmeaba desatinadamente con un frenesí medio
histérico. Los brazos de acerocromo de Robbie (capaces de doblar una
barra de acero de dos pulgadas de diámetro hasta convertirla en una
galleta) rodeaban a la niña cariñosa y amorosamente, y sus ojos
brillaban con un rojo intenso, intenso.
— Bien -dijo la señora Weston, por último-. Supongo que puede quedarse
con nosotros hasta que se oxide.
RAZÓN
Había sido con ilusión como Gregory Powell y Michael Donovan fueron a
trabajar a una estación espacial, pero medio año después, habían
cambiado de opinión. La llama de un Sol gigante había dado paso a la
suave oscuridad del espacio pero las variaciones externas no
significaban nada en el trabajo de revisar los trabajos de robots
experimentales. Sea cual sea la información existente, uno está cara a
cara con un cerebro positrónico inescrutable, que las geniales reglas
de cálculo dicen que deberían trabajar así y así.
Salvo que no lo hacen. Powell y Donovan lo descubrieron cuando hacía
menos de dos semanas que estaban en la Estación.
Gregory Powell espació sus palabras con énfasis:
— Hace una semana, Donovan y yo te montamos.
Su frente se arrugó en señal de duda y tiró de la punta de su bigote
moreno.
La sala de oficiales de la Estación #5 estaba silenciosa, si
exceptuamos el suave ronroneo del director de Señales algo más abajo.
El robot QT-l estaba sentado inmóvil. Las bruñidas láminas de su
cuerpo relucían en la Luxites y el resplandor rojo de las células
fotoeléctricas que eran sus ojos estaba posado fijamente en el
Terrícola al otro lado de la mesa.
Powell reprimió un repentino ataque de nervios. Aquellos robots
poseían una inteligencia peculiar. Oh, las Tres Leyes de la Robótica
estaban en vigor. Tenían que estarlo. Todos los componentes de
U.S.Robots, desde el propio Robertson hasta el nuevo barrendero
insistirían en ello. ¡Así que QT-1 era seguro! Y sin embargo... los
modelos QT eran los primeros de su estilo, y éste era el primero de
los QT. Los garabatos matemáticos sobre el papel no siempre eran la
protección más tranquilizadora contra el hecho robótico.
Finalmente, el robot habló. Su voz contenía el frío timbre inseparable
de un diafragma metálico.
— ¿Se da usted cuenta, Powell, de la gravedad de semejante afirmación?
— Algo te hizo, Cutie -indicó Powell-. Tú mismo admites que tu memoria
parece haber surgido ya madura de una absoluta virginidad hace una
semana. Te estoy dando la explicación. Donovan y yo te montamos a
partir de las piezas que nos enviaron.
Cutie se miró sus largos y flexibles dedos con una extraña actitud
humana de mistificación.
— Me da la impresión de que tiene que haber una explicación más
satisfactoria a ello. Pues parece improbable que ustedes me hayan
hecho a mí.
El Terrícola soltó una repentina carcajada.
— En nombre de la Tierra, ¿por qué?
— Llámelo intuición. Eso es todo lo que hay por el momento. Pero tengo
la intención de descubrirlo meditando un poco sobre ello. Una cadena
de razonamiento válido sólo puede desembocar en la determinación de la
verdad, y no pararé hasta que llegue a ese punto.
Powell se levantó y se sentó en la esquina de la mesa cerca del robot.
Experimentaba una súbita y fuerte simpatía por esta extraña máquina.
No era en absoluto como el robot corriente, que atendía su tarea
específica en la estación con intensidad y sin apartarse del
profundamente rutinario camino positrónico.
Colocó una mano sobre el hombro de acero de Cutie y el metal era frío
y duro al tacto.
— Cutie, voy a intentar explicarte algo. Eres el primer robot que
jamás haya mostrado curiosidad por su propia existencia; y creo que el
primero que tiene realmente la suficiente inteligencia para comprender
el mundo exterior. Ahora, ven conmigo.
El robot se puso de pie lentamente y sus pies con plantas de gruesa
esponja y goma no hicieron ruido cuando siguió a Powell. El Terrícola
apretó un botón y una cuarta parte de la pared se deslizó a un lado.
El grueso y claro cristal dejó el espacio al descubierto... salpicado
de estrellas.
— Lo he visto en las portillas de observación de la sala de máquinas.
— Lo sé -dijo Powell-. ¿Qué crees tú que es?
— Exactamente lo que parece... un material negro que está justo al
otro lado de este cristal salpicado de relucientes puntos. Sé que
nuestro director envía señales luminosas a estos puntos, siempre a los
mismos... y también que estos puntos giran y que las señales luminosas
giran con ellos. Esto es todo.
— ¡Bien! Ahora quiero que me escuches con atención. La oscuridad es
vacío... amplio vacío que se extiende de forma infinita. Los pequeños
y relucientes puntos son enormes masas de sustancia llenas de energía.
Son esferas, algunas tienen millones de millas de diámetro... y, para
comparar, esta estación sólo tiene una milla. Parecen tan diminutas
porque están increíblemente lejos.
»Los puntos a donde van dirigidos nuestros rayos de energía están más
cerca y son mucho más pequeños. Son fríos, duros y seres humanos como
yo viven en sus superficies... varios miles de millones. Donovan y yo
procedemos de uno de estos mundos. Nuestros rayos alimentan a estos
mundos con la energía extraída de uno de los enormes globos
incandescentes que está cerca de nosotros. A este globo lo llamamos
Sol y está al otro lado de la estación donde no puede verse.
Cutie permaneció inmóvil delante de la portilla, como una estatua de
acero. Su cabeza no se volvió cuando dijo:
— ¿De qué particular punto de luz afirma usted proceder?
Pówell buscó.
— Aquí está. Ése muy brillante de la esquina. Lo llamamos Tierra
-sonrió entre dientes-, la buena y vieja Tierra. Hay miles de millones
de personas como yo. Cutie... y aproximadamente dentro de dos semanas
yo estaré allí de vuelta con ellos.
Y entonces, de forma bastante sorprendente Cutie canturreó de manera
abstracta. No había tonalidad, pero poseía la curiosa cualidad gangosa
de los instrumentos de cuerda punteados. Cesó tan súbitamente como
había empezado.
— ¿Y dónde entro yo, Powell? No me ha explicado mi existencia.
— El resto es simple. Cuando empezaron a establecerse estas estaciones
para proporcionar energía solar a los planetas, eran dirigidas por
humanos. Sin embargo, el calor, las fuertes radiaciones solares y las
tormentas de electrones hicieron que el destino fuese difícil. Se
elaboraron robots para remplazar el trabajo humano y actualmente sólo
son necesarios dos directivos humanos en cada estación. Estamos
intentando remplazar incluso a éstos, y aquí es donde entras tú. Eres
el tipo de robot más superior jamás desarrollado y si demuestras tener
la capacidad para dirigir esta estación independientemente, no será
necesario que vuelva nunca más un humano, salvo para traer piezas de
recambio para las reparaciones.
Levantó la mano y la cobertera de metal volvió a ponerse en su sitio.
Powell regresó a la mesa y limpió una manzana en su manga antes de
morderla.
El resplandor rojo de los ojos del robot lo siguieron. Dijo despacio:
— ¿Pretende que me crea cualquiera de las complicadas e inverosímiles
hipótesis que acaba de explicar? ¿Por quién me toma?
Powell escupió unos trozos de manzana sobre la mesa y se puso
colorado.
— Porque, condenado, no eran hipótesis. Eran hechos.
Cutie parecía inflexible.
— ¡Esferas de energía que miden millones de millas! ¡Mundos con miles
de millones de humanos! ¡Vacío infinito! Lo siento, Powell, pero no me
lo creo. Descifraré el enigma por mí mismo. Adiós.
Se volvió y salió de la habitación. En el dintel pasó rozando a
Michael Donovan, hizo un grave saludo y se fue pasillo abajo,
inconsciente de la atónita mirada que lo seguía.
Mike Donovan se aplastó su rojo pelo y miró contrariado a Powell.
— ¿Qué estaba diciendo ese kilométrico cubo de basura andante? ¿Qué es
lo que no creía?
El otro se acarició el bigote amargamente.
— Es un escéptico -fue la amarga respuesta-. No cree que lo hayamos
hecho nosotros, o que existe la Tierra o el espacio o las estrellas.
— Que Saturno se fulmine, tenemos en las manos un robot lunático.
— Dice que va a descubrirlo todo por sí mismo.
— Bien -dijo Donovan, en voz baja-. Espero que se digne contármelo
todo cuando lo haya descifrado. -Y añadió, con súbita rabia-:
¡Escucha! Si ese revoltijo de metal se insolenta así conmigo, le
arrancaré del torso ese cráneo cromado.
Sé sentó bruscamente y del bolsillo interior de su chaqueta sacó una
novela de misterios forrada de papel.
— En cualquier caso, ese robot me da @ ¡demasiado condenadamente
fisgón!
Mike Donovan estaba rezongando detrás de un enorme emparedado de
lechuga y tomate cuando Cutie llamó suavemente y entró.
— ¿Está Powell aquí?
La voz de Donovan era apagada, con pausas para masticar.
— Está reuniendo datos sobre las funciones de la corriente
electrónica. Parece que vamos camino de una tormenta.
George Powell entró mientras él hablaba, con la mirada en los papeles
de gráficos que llevaba en las manos, y se dejó caer en una silla.
Extendió las hojas delante de él y empezó a garabatear cálculos.
Donovan miraba por encima de su hombro, mascando lechuga y dejando
caer migas de pan. Cutie esperaba en silencio.
Powell levantó la vista.
— El Potencial Zeta está subiendo, pero despacio. Asimismo, las
funciones de las corrientes son estáticas y no sé qué pensar. Ah,
hola, Cutie. Pensaba que estabas supervisando la instalación de la
nueva palanca del mecanismo de transmisión.
— Está hecho -dijo el robot, despacio-, y he venido para charlar con
ustedes dos.
— ¡Oh! -Powell parecía incómodo-. Bien, siéntate. No, en esta silla
no. Una de las patas esta floja y tú no eres peso ligero.
Así lo hizo el robot y dijo plácidamente:
— He llegado a una conclusión.
Donovan fmnció el ceño y puso de lado los restos de su emparedado.
— Si se trata de alguno de esos chiflados...
El otro le hizo impacientes señas para que se callase.
— Sigue, Cutie. Te escuchamos.
— Me he pasado los dos últimos días en una introspección concentrada
-dijo Cutie-, y los resultados han sido más que interesantes. Empecé
con el primer supuesto seguro que consideraba me era permitido hacer.
Yo pienso, por lo tanto existo...
Powell lanzó un gemido.
— ¡Oh, Júpiter, un robot Descartes!
— ¿Quién es Descartes? -preguntó Donovan-. Oye, tenemos que estar aquí
sentados y escuchar a este maníaco metálico...
— ¡Cállate, Mike!
Cutie prosiguió imperturbable.
— Y la pregunta que surgió inmediatamente fue: ¿Y qué es la causa de
mi existencia?
La mandíbula de Powell se petrificó.
— Te estás comportando de forma estúpida. Ya te expliqué que te
habíamos hecho nosotros.
— ¡Y si no nos crees, te desmontaremos con mucho gusto! -añadió
Donovan.
El robot extendió sus fuertes manos en un gesto de desaprobación.
— No acepto nada por autoridad. Una hipótesis debe ser respaldada por
la razón, o no tiene valor... y va contra todos los dictados de la
lógica suponer que me han hecho ustedes.
Powell extendió un brazo moderador ante el puño que Donovan había
súbitamente apretado.
— ¿Por qué dices esto?
Cutie se rió. Era una risa muy inhumana: dejó escapar la manifestación
inherente a la máquina que había en él. Era aguda y explosiva, tan
regular como un metrónomo e igualmente poco modulada.
— Fijense en ustedes -dijo finalmente-. Digo esto sin ningún ánimo de
desprecio, ¡pero fijense en ustedes! El material del que están hechos
es blando y fofo, carente de resistencia y fuerza, que depende de la
energía de la oxidación ineficiente del material orgánico... como esto
-señaló con un dedo desaprobador lo que quedaba del emparedado de
Donovan-. Periódicamente entran en un coma y la mínima variación en la
temperatura, la presión atmosférica, la humedad o la intensidad de
radiación, debilita su eficiencia. Son temporales.
»Yo, por mi parte, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica
directamente y la utilizo con eficiencia casi al ciento por ciento.
Estoy compuesto de fuerte metal, estoy constantemente consciente y
puedo soportar con facilidad los extremos del medio ambiente. Éstos
son hechos que, con la evidente proposición de que ningún ser puede
crear otro ser superior a sí mismo, convierte sus estúpidas hipótesis
en nada.
Las maldiciones que murmuró Donovan se volvieron inteligibles cuando
se puso en pie de un salto, con sus cejas color orin fruncidas por la
furia.
— Está bien, hijo de un pedazo de mineral de hierro, si no te hemos
hecho nosotros, ¿quién lo hizo?
Cutie movió la cabeza gravemente en señal de asentimiento.
— Muy bien, Donovan. De hecho, ésta fue la siguiente pregunta.
Evidentemente mi creador debe de ser más poderoso que yo, así que sólo
existía una posibilidad.
El terrícola puso los ojos en blanco y Cutie continuó.
— ¿Cuál es el centro de actividades aquí en la estación? ¿Estamos al
servicio de qué cosa? ¿Qué es lo que absorbe nuestra atención? -hizo
una pausa expectante.
Donovan dirigió una mirada perpleja a su compañero.
— Apuesto a que este chalado de hojalata está hablando del mismísimo
Convertidor de Energía.
— ¿Es así, Cutie? -preguntó Powell- sonriendo bonachonamente.
— Estoy hablando del Señor -fue la fría y rápida respuesta.
Fue la señal para una fuerte carcajada de Donovan, y el propio Powell
lanzó una risita medio reprimida.
Cutie se había puesto de pie y sus resplandecientes ojos iban de uno a
otro terrícola.
— No me importa y tampoco me asombrará si se niegan a creerme. Estoy
seguro de que ustedes dos no se quedarán aquí mucho tiempo. El propio
Powell dijo que al principio sólo los hombres servían al Señor, que
luego siguieron los robots para el trabajo de rutina; y; por último,
yo mismo para la labor ejecutiva. Los hechos son indudablemente
ciertos, pero la explicación ilógica del todo. ¿Quieren saber la
verdad que hay detrás de todo esto?
— Sigue. Cutie. Nos diviertes.
— El Señor creó primero humanos como el tipo más inferior, de
formación más simple. Gradualmente, los remplazó por robots, el
siguiente paso superior, y finalmente me creó a mí para ocupar el
lugar de los últimos humanos. Desde ahora yo sirvo al Señor.
— Tú no vas a hacer nada de esto -dijo Powell, prestamente-.
Obedecerás nuestras órdenes y estarás quietecito hasta que estemos
convencidos de que puedes hacerte cargo del Convertidor. ¡Escucha
bien! Del Convertidor... no del Señor. Si no estamos satisfechos de
ti, te desmontaremos. Y ahora, si no te importa, puedes marcharte. Y
llévate estos datos para archivarlos debidamente.
Cutie aceptó los gráficos que le entregaban y salió sin una palabra.
Donovan se reclinó pesadamente en su silla y blandió unos gruesos
dedos en el aire.
— Vamos a tener problemas con este robot. ¡Está completamente
chiflado!
El murmullo monótono del Convertidor es estrepitoso en la sala de
control y se mezcla con el «tiqueteo» del contador Geiger y el zumbido
irregular de media docena de pequeñas señales luminosas.
Donovan apartó el ojo del telescopio y encendió el Luxites.
— El rayo de la Estación #4 capta Marte a la hora prevista. Ahora
podemos cortar el nuestro.
Powell asintió distraído.
— Cutie está abajo en la sala de máquinas. Voy a lanzar la señal y él
puede hacerse cargo de ella. Escucha, Mike, ¿qué piensas de estos
números?
El otro los miró con atención y silbó.
— Chico, esto es lo que yo llamo intensidad de rayos gamma. El viejo
Sol está oliendo su avena, está bien.
— Sí -fue la amarga respuesta-, y también estamos en una mala posición
para una tormenta de electrones. Nuestro rayo terrestre está
exactamente en la trayectoria probable -apartó malhumorado la silla de
la mesa-. ¡Narices! Si por lo menos se mantuviese a distancia hasta
que llegue el relevo, pero faltan diez días para ello. Escucha, Mike,
baja y echa una ojeada a Cutie, ¿quieres?
— OK. Tírame algunas almendras de ésas -dijo, y asió la bolsa que le
era arrojada y se dirigió al ascensor.
Éste se deslizó suavemente hacia abajo, para abrirse en una estrecha
pasarela en la enorme sala de máquinas. Donovan se inclinó sobre la
barandilla y miró abajo. Los enormes generadores estaban en movimiento
y de los tubos L llegaba el ruido de tono bajo que se difundía por la
estación entera.
Pudo distinguir la grande y reluciente figura de Cutie en el tubo L
Marciano, mirando atentamente mientras el equipo de robots trabajaba
en homogénea armonía.
Y entonces Donovan se puso rígido. Los robots, empequeñecidos por el
enorme tubo L, se alineaban ante éste, con las cabezas inclinadas en
un ángulo fijo, mientras Cutie despacio recorría la fila arriba y
abajo. Transcurrieron quince segundos, y entonces, con un sonido
metálico que se escuchó por encima del ronroneo estrepitoso, se
pusieron de rodillas.
Donovan gritó y bajó a toda velocidad la estrecha escalera. Se
precipitó hacia ellos, con la tez haciendo juego con su cabello y los
puños apretados que golpeaban el aire furiosamente.
— ¿Qué demonios es esto, zoquetes estúpidos? ¡Vamos! ¡Ocupaos del tubo
L! Si no lo habéis desmontado, limpiado y montado de nuevo antes de
que acabe el día, coagularé vuestros cerebros con corriente alterna.
¡Ningún robot se movió!
Incluso Cutie, que estaba en el extremo más alejado -el único que
estaba de pie-, permaneció en silencio, con la mirada fija en el
lóbrego seno de la gran máquina delante de él.
Donovan dio un fuerte empujón al robot que se hallaba más cerca de él.
— ¡Ponte de pie! -rugió.
Lentamente, el robot obedeció. Sus ojos fotoeléctricos enfocaron
acusadoramente al Terrícola.
— No hay más Señor que el Señor, y QT-1 es su profeta.
— ¿Qué? -Donovan tuvo conciencia de que veinte pares de ojos mecánicos
estaban fijos en él y que veinte voces fuertemente timbradas
declamaban con solemnidad:
— ¡No hay más Señor que el Señor y QT-l es su profeta!
— Me temo -declaró el propio Cutie en este punto-, que mis amigos
obedecen ahora a alguien superior a ti.
— ¡Un cuerno van a hacer eso! Sal de aquí. Te arreglaré las cuentas
más tarde y a estos aparatos animados ahora mismo.
Cutie sacudió despacio su pesada cabeza.
— Lo siento, pero no lo entiendes. Son robots... y ello significa que
son seres racionales. Después de haberles predicado la Verdad,
reconocen al Señor. Todos los robots. Me llaman el profeta -agachó la
cabeza-. Soy indigno... pero tal vez...
Donovan tomó aliento e hizo uso de él.
— ¿Así están las cosas? ¿Te parece bonito? ¿Te parece realmente bien?
Deja que te diga algo, mi mandril de latón. No hay ningún Señor, no
hay ningún profeta y no hay ninguna duda sobre quién da las órdenes.
¿Comprendido? -Su voz se deshizo en un rugido-. ¡Ahora, sal de aquí!
— Yo sólo obedezco al Señor.
— ¡Condenado Señor! -Donovan escupió en el tubo L-. ¡Esto para el
Señor! ¡Haz lo que te he dicho!
Cutie no dijo nada, tampoco lo hizo ningún otro robot, pero Donovan
fue consciente de un repentino aumento de la tensión. Los fríos y
fijos ojos intensificaron su carmesí, y Cutie parecía más tieso que
nunca.
— Sacrilegio -murmuró, con una voz llena de metálica emoción.
Donovan tuvo el primer súbito acceso de miedo cuando Cutie se acercó.
Un robot no podía enfadarse... pero resultaba imposible leer en los
ojos de Cutie.
— Lo siento, Donovan -dijo el robot-, pero después de esto no puedes
quedarte aquí por más tiempo. En lo sucesivo, a Powell y a ti os está
prohibida la entrada a la sala de control y a la sala de máquinas.
Su mano hizo un gesto lento y en un instante dos robots habían cogido
a Donovan sujetándole los brazos a los flancos.
Mientras se sentía levantado del suelo y subido por las escaleras más
al paso que al medio galope, Donovan tuvó tiempo para lanzar un grito
sofocado.
Gregory Powell se paseaba con paso ligero de arriba abajo de la sala
de oficiales, con los puños fuertemente apretados. Lanzó una mirada de
furiosa frustración a la puerta cerrada y miró con ceño a Donovan.
— ¿Por qué demonios has tenido que escupir en el tubo L? Mike Donovan,
se hundió profundamente en el sillón y vapuleó con violencia sus
brazos.
— ¿Qué esperabas que hiciese con ese espantapájaros electrificado? No
voy a someterme a ningún chisme producto del bricolaje que yo mismo he
montado.
— No -replicó el otro en tono desabrido-, pero ahora estás en la sala
de oficiales con dos robots montando guardia en la puerta. Esto no es
someterse, ¿verdad?
Donovan gruñó.
— Espera a que volvamos a la Base. Alguien va a pagar por esto. Estos
robots deben obedecernos. Es la Segunda Ley.
— ¿De qué sirve decir esto? No nos están obedeciendo. Y probablemente
hay alguna razón para ello que descubriremos demasiado tarde. Por
cierto, ¿sabes lo que nos va a pasar cuando volvamos a la Base? -Se
detuvo delante del sillón de Donovan y lo miró salvajemente.
— ¿Qué?
— ¡Oh, nada! Sólo nos mandarán a las Minas de Mercurio por veinte
años. O quizás a la Penitenciaría de Ceres.
— ¿De qué estás hablando?
— De la tormenta de electrones que está llegando. ¿Sabes que se está
encaminando completamente recta hacia el centro del rayo terrestre? Lo
acababa de descubrir cuando ese robot me sacó de la silla.
Donovan se puso repentinamente pálido.
— Fulminante Saturno.
— ¿Y sabes lo que le ocurrirá al rayo...? Porque la tormenta no será
una tontería. Va a saltar como una pulga con comezón. Estando solo
Cutie en los controles, se desenfocará y, si lo hace, que el Cielo
ayude a la Tierra... ¡y a nosotros!
Powell no había todavía terminado de hablar y Donovan estaba ya
tirando violentamente de la puerta. Ésta se abrió, y los Terrícolas
salieron precipitados para ir a parar contra un brazo de hierro
inmóvil.
El robot miró distraídamente a los Terricolas que jadeaban y se
debatían.
— El profeta ordena que os quedéis. ¡Por favor, hacedlo!
Empujó con el brazo, Donovan retrocedió y, mientras lo hacía, Cutie
dobló la esquina en el extremo del pasillo. Indicó con un gesto al
guardián que se marchase, entró en la sala de oficiales y cerró
suavemente la puerta.
Donovan se volvió hacia Cutie con jadeante indignación.
— Esto ha ido bastante lejos. Vas a pagar por esta farsa.
— Por favor, no os enfadéis -replicó el robot apaciblemente-. En
cualquier caso, al final tenía que llegar. Ya lo sabéis, ambos habéis
perdido vuestras funciones.
— Ruego me disculpes -dijo Powell, y se irguió lleno de tensión-. sólo
dinos qué quieres decir con que hemos perdido nuestras funciones.
— Hasta que yo fui creado -contestó Cutie- vosotros atendíais al
Señor. Ahora este privilegio es mío y la única razón de vuestra
existencia se ha desvanecido. ¿No es obvio?
— No suficientemente -replicó Powell con amargura-. ¿Pero qué esperas
hagamos ahora?
Cutie no contestó de inmediato. Guardó silencio, como absorbido en
reflexión, y seguidamente salió disparado un brazo que rodeó el hombro
de Powell. El otro asió la cintura de Donovan y la acercó a él.
— Os aprecio. Sois criaturas inferiores, con pocas facultades de
razonamiento, pero siento realmente una especie de afecto por
vosotros. Habéis servido bien al Señor, y Él os recompensará por ello.
Ahora que vuestro servicio se ha terminado, probablemente ya no
existiréis mucho tiempo más, pero entretanto, se os suministrará
comida, ropa y cobijo, siempre y cuando permanezcáis alejados de las
salas de control y de máquinas.
— ¡Nos está jubilando, Greg! -gritó Donovan-. Haz algo. ¡Es
humillante!
— Escucha, Cutie, no podemos permitir una cosa así. Nosotros somos los
jefes. Esta situación es sólo una creación de seres humanos como yo...
seres humanos que viven en la Tierra y en otros planetas. Esto es
únicamente una estación repetidora. Tú sólo eres... ¡oh, narices!
Cutie movió la cabeza con gravedad.
— Esto se está convirtiendo en una obsesión. ¿Por qué tenéis que
seguir insistiendo en una absolutamente falsa visión de la vida? Una
vez admitido que los no robots carecen de la facultad de razonamiento,
queda todavia el problema de...
Su voz murió para convertirse en un reflexivo silencio, y Donovan dijo
con susurrada intensidad:
— Si tuvieses una cara de carne y hueso, te la rompería.
Los dedos de Powell estaban en su bigote y tenía los ojos entornados.
— Escucha, Cutie, si no hay una cosa como la Tierra ¿cómo explicas lo
que ves a través del telescopio?
— ¿Perdón?
El Terrícola sonrió.
— ¿Te he cogido, eh? Has llevado a cabo bastantes observaciones
telescópicas desde que has sido montado, Cutie. ¿Has advertido que
fuera varias de las manchitas de luz se convierten en discos cuando
son vistas así?
— ¡Oh, eso! Pues claro. Se trata de una simple ampliación... con el
objetivo de que el rayo apunte de forma más exacta.
— ¿Por qué entonces las estrellas no están igualmente ampliadas?
— Te refieres a los otros puntos. Bien, no hay rayos que vayan allí,
por consiguiente no es necesaria la ampliación. Por favor, Powell,
hasta vosotros debéis de ser capaces de comprender estas cosas.
Powell miró hacia lo alto desoladamente.
— Pero tú ves más estrellas a través del telescopio. ¿De dónde vienen?
Por Júpiter, ¿de dónde vienen?
Cutie estaba contrariado.
— Escucha, Powell, ¿crees que voy a perder mi tiempo intentando dar
interpretaciones fisicas a todas las ilusiones ópticas de nuestros
instrumentos? ¿Desde cuándo existe la evidencia de que nuestros
sentidos puedan igualarse a la clara luz de la rígida razón?
— Escucha -clamó Donovan, de pronto, apartándose del amistoso pero
metálicamente pesado brazo de Cutie-, vayamos al meollo de la
cuestión. ¿Para qué sirven los rayos? Te estamos dando una buena y
lógica explicación. ¿Puedes darnos una mejor?
— Los rayos -fue la clara respuesta-, son lanzados por el Señor con
propósitos propios. Hay ciertas cosas -levantó devotamente los ojos-,
que no deben ser investigadas por nosotros. En este asunto, sólo
anhelo servir y no cuestionar nada.
Powell se sentó y ocultó el rostro detrás de unas manos temblorosas.
— Sal de aquí, Cutie. Sal de aquí y déjame pensar.
— Os enviaré comida -dijo Cutie amablemente.
Un gruñido fue toda la respuesta y el robot se marchó.
— Greg, es preciso actuar -observó Donovan en voz baja y ronca-. Lo
vamos a coger cuando no se lo espere y provocamos un cortocircuito en
él. Ácido nítrico concentrado en las junturas...
— No seas idiota, Mike. ¿Imaginas que va a dejar que nos acerquemos a
él con ácido en las manos? Tenemos que hablarle, te lo digo yo.
Tenemos que argumentar con él hasta que nos deje volver a la sala de
control dentro de las próximas cuarenta y ocho horas o nuestro pollo
se va a asar hasta volverse crujiente.
Se balanceó hacia atrás y hacia delante en una agonía de impotencia.
— ¿Cómo demonios vamos a discutir con un robot? Es... es...
mortificante -dijo Donovan.
— ¡Peor!
— ¡Escucha! -Donovan se rió de repente-. ¿Por qué argumentar? ¡Se lo
demostramos! Montemos otro robot ante sus ojos. Tendrá entonces que
comerse sus palabras.
Una lenta y amplia sonrisa se perfiló en el rostro de Powell.
Donovan continuó:
— ¡E imagínate la cara de ese chalado cuando vea que lo hacemos!
Por supuesto, los robots son fabricados en la Tierra, pero su envío a
través del espacio es mucho más simple si puede hacerse en piezas que
se montan en su lugar de utilización. Asimismo, de forma fortuita,
elimina la posibilidad de que los robots, completamente ajustados,
deambulen por ahí mientras están todavía en la Tierra provocando con
ello problemas a U.S.Robots, que debería enfrentarse a las estrictas
leyes sobre los robots en la Tierra.
Además, la necesidad de la síntesis de los robots completos es
responsabilidad de hombres como Powell y Donovan, por ser un trabajo
complicado y penoso.
Powell y Donovan nunca habían sido tan conscientes de este hecho como
aquel día particular cuando, en la sala de montaje, emprendieron la
tarea de crear un robot bajo la mirada vigilante de QT-1, Profeta del
Señor.
El robot en cuestión, un simple modelo MC, yacía sobre la mesa, casi
completo. Después de tres horas de trabajo, sólo les quedaba la cabeza
por montar, y Powell hizo una pausa para secarse la frente y echar una
mirada insegura a Cutie.
La mirada de éste no era tranquilizadora. Durante tres horas, Cutie
había permanecido sentado, callado e inmóvil, y su rostro, inexpresivo
todo el rato, era imposible de interpelar. Powell gruñó.
— ¡Ahora vayamos a por el cerebro, Mike!
Donovan destapó la caja herméticamente precintada y del baño de aceite
de su interior sacó un segundo cubo, Una vez abierto éste, extrajo una
esfera revestida de caucho y esponja. La tomó con cautela, pues era el
mecanismo más complicado jamás creado por el hombre. Dentro de la fina
«piel» chapada de platino de la esfera, estaba el cerebro positrónico,
en cuya delicada e inestable estructura se habían introducido
calculadas pistas de neuronas, que embebían a cada robot del
equivalente a una educación prenatal.
Ajustaba perfectamente en la cavidad del cráneo del robot que se
hallaba sobre la mesa. Se cerró, el metal azul sobre él fue soldado
herméticamente por una diminuta llama atómica. Los ojos fotoeléctricos
fueron acoplados con cuidado, atornillados fuertemente en su lugar y
cubiertos por unas hojas fina y transparentes de plástico duro como el
acero.
El robot sólo esperaba la ráfaga de electricidad de alto voltaje que
le infundiría vida, y Powell colocó su mano en el conmutador.
— Ahora mira esto, Cutie. Mira con atención.
Fue activado el conmutador y se produjo un zumbido crepitante. Los dos
terrícolas se inclinaron ansiosos sobre su creación.
Ya al principio tuvo lugar un vago movimiento, un movimiento
espasmódico en las junturas. La cabeza se levantó, lo codos se
apoyaron sobre sí mismos, y el modelo MC se balanceó torpemente fuera
de la mesa. Su equilibrio era inestable, dos malogrados y rechinantes
sonidos fue todo lo que se produjo en el sentido del habla.
Finalmente, su voz, insegura y titubeante, tomó forma:
— Me gustaría empezar a trabajar. ¿Dónde debo ir?
Donovan saltó hasta la puerta.
— Baja las escaleras. Allí te dirán lo que debes hacer.
El modelo MC se había marchado y los dos terrícolas se habían quedado
solos con el todavía inmóvil Cutie.
— Bien -dijo Powell, sonriendo-, ¿ahora estás convencido de que te
hemos hecho nosotros?
La respuesta de Cutie fue cortante y lacónica.
— ¡No! -dijo.
La sonrisa de Powell se petrificó para desvanecerse lentamente. La
boca de Donovan se abrió y se quedó así.
— ¿Comprendéis? -continuó Cutie, tranquilamente-, os habéis limitado a
juntar unas piezas ya hechas. Lo habéis hecho estupendamente bien...
de forma instintiva, supongo, pero en realidad no habéis creado el
robot. Las piezas habían sido creadas por el Señor.
— Escucha, estas piezas fueron fabricadas en la Tierra y enviadas aquí
-dijo Donovan con voz entrecortada.
— Bien, bien, no discutamos -replicó Cutie, en un tono de hastío.
— No, yo hablo en serio. -El terrícola saltó hacia delante y asió el
brazo metálico del robot-. Si leyeses los libros de la biblioteca, te
explicarían todo esto de forma que no hubiese duda alguna.
— ¿Los libros? Los he leído; ¡todos! Son de lo más ingeniosos.
Powell intervino de repente.
— Si los has leído, ¿qué queda por decir? No puedes cuestionar su
evidencia. ¡Simplemente no puedes!
Había piedad en la voz de Cutie:
— Por favor, Powell, por supuesto no los considero una fuente válida
de información. También ellos han sido creados por el Señor... y
estaban pensados para vosotros, no para mí.
— ¿Cómo llegas a esta conclusión? -preguntó Powell.
— Porque yo, un ser racional, soy capaz de deducir la Verdad a partir
de Causas a priori. Vosotros, siendo inteligentes pero irracionales,
necesitáis que se os suministre una explicación de la existencia, y
esto es lo que hizo el Señor. Sin duda, es de gran utilidad que os
haya provisto de estas ridículas ideas sobre mundos lejanos y gente.
Vuestras mentes tienen probablemente un granulado demasiado tosco para
la Verdad absoluta. Sin embargo, puesto que es voluntad del Señor que
creáis en vuestros libros, no volveré a discutir más con vosotros.
Mientras se marchaba, se volvió y dijo en un tono amable:
— Pero no os sintáis mal. En el esquema de las cosas del Señor hay
sitio para todos. Vosotros pobres humanos tenéis vuestro lugar y,
aunque sea humilde, seréis recompensados si sois dignos de él.
Se fue con un aire beatífico, como convenía al Profeta del Señor, y
los dos hombres evitaron mirarse mutuamente.
Por último, habló Powell, haciendo un esfuerzo.
— Vamos a acostarnos, Mike. Yo renuncio.
Donovan dijo en voz baja:
— Dime, Greg, no crees que tenga razón sobre todo esto, ¿verdad?
Parece tan seguro que yo...
Powell se volvió hacia él.
— No seas estúpido. Descubrirás que la Tierra existe cuando llegue el
relevo la semana que viene y tengamos que volver para afrontar las
consecuencias.
— En ese caso; por amor de Júpiter, tenemos que hacer algo. -Donovan
estaba al borde de las lágrimas-. No nos cree a nosotros, ni a los
libros, ni a sus ojos.
— No, él no es un robot racional, maldito -dijo amargamente-. Cree
sólo en la razón y con esto hay un problema...
— Su voz se fue desvaneciendo.
— ¿Cuál? -se apresuró a decir Donovan.
— Uno puede probar cualquier cosa que quiera por medio de la razón
friamente lógica... si uno escoge los postulados adecuados. Nosotros
tenemos los nuestros y Cutie los suyos.
— Entonces ataquemos esos postulados inmediatamente. La tormenta está
prevista para mañana.
Powell suspiró abatido.
— Aquí es donde todo se viene abajo. Los postulados están basados en
el supuesto y asumidos por la fe. Nada en el Universo puede
afectarles. Yo me voy a la cama.
— ¡Oh, maldición! ¡No puedo dormir!
— ¡Tampoco yo! Pero siempre puedo intentarlo... como una cuestión de
principio.
Doce horas más tarde, el sueño había sido justo eso... una cuestión de
principio, inalcanzable en la práctica.
La tormenta había llegado antes de lo previsto y de la rojiza cara de
Donovan desaparecía la sangre mientras señalaba con un dedo
tembloroso. Powell con una barba de tres días, miraba fuera de la
portilla y daba tirones desesperados a su bigote.
Bajo otras circunstancias, podía haber sido un hermoso espectáculo. El
flujo de electrones de alta velocidad, afectando al rayo de energía,
fluorescía en ultraespiculas de intensa luz. El rayo se extendía en un
resplandor que se contraía en la nada con átomos que bailaban y
brillaban.
El rayo de energía era regular, pero los dos Terrícolas conocían el
valor de las apariencias a ojo desnudo. Una desviación en el arco de
un centésimo de milisegundos -invisible para el ojo era suficiente
para que el rayo se desenfocase salvajemente, suficiente para que
volasen cientos de millas cuadradas de Tierra para convertirse en una
ruina incandescente.
Y en los controles había un robot que, indiferente al rayo, al foco, o
a la Tierra, sólo se preocupaba de su Señor.
Pasaron las horas. Los Terrícolas observaban en hipnotizado silencio.
Y entonces los puntos de luz a la deriva como dardos, redujeron su
intensidad y se marcharon. La tormenta se había acabado.
— ¡Se ha acabado! -dijo Powell con voz desafinada.
Donovan había caído en una inercia inquietante y los ojos cansados de
Powell descansaron sobre él con envidia. El destello de la señal
relampagueó una y otra vez, pero el Terrícola no prestó atención.
¡Nada tenía importancia! ¡Nada! Quizá Cutie tenía razón, y él era
solamente un ser inferior con una memoria hecha por encargo y con una
vida que había sobrevivido a su objetivo.
¡Le habría gustado!
Cutie estaba de pie frente a él.
— No habéis contestado a la señal, así que he entrado -dijo en voz
baja-. No tenéis muy buen aspecto y temo que está llegando el fin de
vuestra existencia. Aun así, ¿os gustaría ver algunas de las lecturas
registradas hoy?
Confusamente, Powell tomó conciencia de que el robot estaba teniendo
un gesto cordial, quizá para tranquilizar algún remordimiento
persistente por haber obligado a los humanos a abandonar los controles
de la estación. Aceptó las hojas que le tendía y las miró sin ver.
Cutie parecía contento.
— Por supuesto, es un gran privilegio servir al Señor. Debéis de
sentiros muy mal con respecto a mi por haberos remplazado.
Powell gruñó y pasó de una hoja a otra mecánicamente hasta que su
vista borrosa se fijó en una delgada línea roja que vacilaba en el
papel rayado.
Miró... y miró de nuevo. Lo sujetó fuertemente con ambos puños y se
puso de pie. Las otras hojas cayeron al suelo, desordenadas.
— ¡Mike, Mike! -exclamó, y sacudió al otro enloquecido- ¡lo ha
mantenido firme!
Donovan revivió.
— ¿Qué? Dó-dónde... -y también él miró con ojos saltones el informe
que había delante de él.
Cutie interrumpió.
— ¿Qué es lo que va mal?
— Lo has mantenido enfocado -dijo Powell, tartamudeando-. ¿Lo sabías?
— ¿Enfocado? ¿Qué es eso?
— Has mantenido el rayo firmemente dirigido a la estación receptora...
dentro de un arco de diez milésimos de milisegundos.
— ¿Qué estación receptora?
— En la Tierra. La estación receptora de la Tierra -dijo balbuceando
Powell-. Lo has mantenido enfocado.
Cutie giró sobre sus talones, enfadado.
— Es imposible llevar a cabo algún acto amable con vosotros dos.
¡Siempre el mismo fantasma! Me he limitado a mantener todos los diales
equilibrados de acuerdo con la voluntad del Señor.
Reunió los papeles esparcidos, y se alejó completamente tieso;
mientras él salía, Donovan dijo:
— Bien, que me ahorquen.
Se volvió hacia Powell.
— ¿Qué vamos a hacer ahora?
Powell se sentía cansado, pero de buen humor.
— Nada. Nos acaba de demostrar que puede llevar la estación
perfectamente. Nunca había visto una tormenta de electrones tan bien
salvada.
— Pero no se ha resuelto nada. Has oído lo que ha dicho sobre el
Señor. No podemos...
— Escucha, Mike, él sigue las instrucciones del Señor por medio de
diales, instrumentos y gráficos. Esto es lo que siempre hemos hecho
nosotros. El caso es que ello justifica su negativa a obedecernos. La
obediencia es la Segunda Ley. No causar daño a los humanos es la
primera. ¿Cómo puede evitar que los humanos sufran daños, lo sepa o no
lo sepa? Pues manteniendo el rayo de energía estable. Él sabe que
puede mantenerlo más estable de lo que podamos hacerlo nosotros y,
desde el momento que insiste en que es un ser superior, debe
mantenernos fuera de la sala de control. Es inevitable si tomamos en
consideración las Leyes de la Robótica.
— Cierto, pero la cuestión no es ésta. No podemos dejar que continúe
con esa estupidez sobre el Señor.
— ¿Por qué no?
— Porque, ¿quién ha oído hablar de una condenada cosa así? ¿Cómo vamos
a confiarle la estación, si no cree en la Tierra?
— ¿Puede llevar la estación?
— Sí, pero...
— ¡Entonces qué importa lo que crea!
Powell extendió los brazos hacia delante con una vaga sonrisa en su
rostro y se desplomó en la cama. Se había dormido.
Powell estaba hablando mientras se revolvía dentro de su chaqueta
espacial de peso ligero.
— Sería un trabajo simple -decía-. Se pueden producir nuevos modelos
QT uno a uno, equiparlos con el conmutador aislado que se accione al
cabo de una semana, a fin de permitir que tengan suficiente tiempo
para aprender el... oh... culto del Señor del propio Profeta: entonces
enviarlos a otra estación y darles vida. Podríamos tener dos QT por...
Donovan apartó su visera vítrea y puso mala cara.
— Cállate y salgamos de aquí. El relevo está esperando y no me sentiré
bien hasta que vea de verdad la Tierra y sienta el suelo bajo mis
pies, sólo para estar seguro de que está realmente allí.
La puerta se abrió mientras hablaba y Donovan, con una ahogada
maldición, dio un golpe seco a la visera y le dio a Cutie mohínamente
la espalda.
El robot se acercó suavemente y había tristeza en su voz.
— ¿Os marcháis?
Powell asintió lacónico.
— Habrá otros en nuestro lugar.
Cutie suspiró, con el sonido del zumbido eólico a través de los cables
estrechamente espaciados.
— El plazo de vuestro servicio ha vencido y ha llegado la hora de la
disolución. Lo esperaba, pero... ¡Bien, se hara la voluntad del Señor!
Su tono de resignación hirió a Powell.
— Ahórrate la simpatía, Cutie. Nos dirigimos a la Tierra, no a la
disolución.
— Es preferible que penséis así. -Cutie suspiró de nuevo-. Ahora
comprendo la sabiduría de la ilusión. Aunque pudiese, no intentaría
debilitar vuestra fe. -Y se marchó; era la imagen de la conmiseración.
Powell gruñó e hizo un gesto con el brazo a Donovan. Con las maletas
precintadas en la mano, se dirigieron a la esclusa de aire.
La nave del relevo estaba en la plataforma exterior de desembarco y
Franz Muller, el hombre que los remplazaba, los saludó con ceremoniosa
cortesía. Donovan apenas le prestó atención y pasó a la cabina del
piloto a fin de tomar los mandos de manos de Sam Evans.
Powell se quedó rezagado.
— ¿Cómo está la Tierra?
Era una pregunta bastante convencional y Muller le dio una respuesta
convencional:
— Todavía gira.
— Bien -dijo Powell.
Muller lo miró.
— Por cierto, los muchachos de U.S.Robots han ideado un nuevo robot.
Un robot múltiple.
— ¿Un qué?
— Lo que he dicho. Va a estar muy activo. Debe de ser exactamente lo
idóneo para la explotación de los asteroides. Es un robot principal
con seis subrobots con él... Como tus dedos.
— ¿Ha sido probado sobre el terreno? -preguntó Powell, ansiosamente.
Muller sonrió.
— He oído que os esperaban a vosotros para ello.
Los puños de Powell se cerraron.
— Maldita sea, necesitamos unas vacaciones.
— Oh, las tendréis. Dos semanas, creo.
Se estaba poniendo los pesados guantes espaciales, en su preparación
para poner término a su labor allí, y sus gruesas cejas se fruncieron
hasta quedar muy juntas.
— ¿Cómo funciona el nuevo robot? Será preferible que sea bueno, o que
me cuelguen si voy a dejarle tocar los controles.
Powell dejó pasar unos instantes antes de contestar. Sus ojos
recorrieron al orgulloso prusiano que estaba delante de él
con rígida atención, desde su pelo cortado al rape en la
definitivamente terca cabeza, hasta los pies, y surgió en él un
repentino sentimiento de vivo placer.
— El robot va muy bien -dijo despacio-. No creo que os tengáis que
preocupar mucho de los controles.
Sonrió burlón... y entró en la nave. Muller permanecería allí varias
semanas...
¡MENTIROSO!
Alfred Lanning encendió su cigarro con parsimonia, pero las puntas de
sus dedos temblaban ligeramente. Sus cejas grises se curvaban hacia
abajo mientras hablaba entre chupadas.
— Lee las mentes, de acuerdo... ¡sobre ello no hay la mínima maldita
duda! Pero ¿por qué? -dijo, y miró al matemático Peter Bogert-. ¿Y
bien?
Bogert se aplastó su negro cabello con las dos manos.
— Este era el trigésimo cuarto modelo RB que hemos producido, Lanning.
Todos los demás eran estrictamente ortodoxos.
El tercer hombre que se hallaba en la mesa frunció el ceño. Milton
Ashe era el oficial más joven de «U.S.Robots & Mechanical Men
Corporation», y estaba orgulloso de su puesto.
— Escucha, Bogert. En el ensamblaje no surgió ni una sola dificultad
desde el principio hasta el final. Lo garantizo.
Los gruesos labios de Bogert se abrieron en una sonrisa protectora.
— ¿Ah, sí? Si puedes responder por toda la cadena de montaje,
recomendaré tu ascenso. Con cifras exactas, hay setenta y cinco mil
doscientas treinta y cuatro operaciones necesarias para la fabricación
de un solo cerebro positrónico, y cada operación separada depende,
para el éxito del acabado, de una serie de factores, de cinco a ciento
cinco. Si cualquiera de ellas funciona mal, el «cerebro» se arruina.
Lo cito de nuestro expediente informativo, Ashe.
Milton Ashe se sonrojó, pero una cuarta voz cortó su réplica.
— Si vamos a empezar a intentar echamos la culpa los unos a los otros,
yo me marcho -dijo Susan Calvin, cuyas manos estaban fuertemente
apretadas sobre su regazo y cuyas arrugas alrededor de los finos y
pálidos labios se habían intensificado-. Tenemos un robot que adivina
los pensamientos entre las manos y me parece más importante que
descubramos exactamente por qué lee las mentes. Y esto no lo vamos a
conseguir diciendo: ¡Tu culpa! ¡Mi culpa!
Sus fríos y grises ojos se posaron en Ashe, y él sonrió entre dientes.
Lanning también sonrió y, como siempre en semejantes momentos, su
largo cabello blanco y sus ojillos sagaces le hacían parecer un
patriarca bíblico.
— Tienes razón, doctora Calvin.
Su voz se volvió súbitamente resuelta:
— Todo esto parece un concentrado de píldoras. Hemos producido, de una
partida supuestamente ordinaria, un cerebro positrónico que tiene la
notable propiedad de ser capaz de armonizar con las ondas del
pensamiento. Si supiésemos cómo ha sucedido, marcaría el adelanto más
importante en robótica desde hace décadas. No lo sabemos, y tenemos
que descubrirlo. ¿Está claro?
— ¿Puedo hacer una sugerencia? -preguntó Bogert.
— ¡Adelante!
— Yo diría que mientras no hayamos resuelto el enigma, y yo como
matemático creo que es un endemoniado lío, mantengamos la existencia
de RB-34 en secreto. Quiero decir incluso para los otros miembros del
equipo. Como responsables de los diferentes departamentos, el problema
no debería ser insoluble, y cuantas menos personas estén al
corriente...
— Bogert tiene razón -dijo la doctora Calvin-. A pesar de que el
Código Interplanetario fue modificado a fin de permitir que los
modelos de robots fuesen probados en las plantas antes de ser enviados
al espacio, la propaganda antirrobot se ha incrementado. Si se filtra
una sola palabra sobre un robot que es capaz de leer el pensamiento
antes de que hayamos anunciado el control completo del fenómeno, le
sacarán partido a la situación.
Lanning dio una larga chupada a su cigarro y asintió gravemente. Se
volvió hacia Ashe.
— Me parece haberte oído decir que estabas solo cuando tropezaste por
primera vez con el asunto del adivinador de pensamiento.
— Estaba solo... y me llevé el susto de mi vida. RB-34 acababa de ser
sacado de la mesa de montaje y me lo mandaron. Obermann estaba fuera
en alguna parte, así que yo mismo lo bajé a las salas de pruebas.
-Ashe hizo una pausa, y una ligera sonrisa se perfiló en sus labios-.
Decidme, ¿alguno de vosotros ha mantenido alguna vez una conversación
mental sin saberlo?
Nadie se preocupó de contestar, y él continuó:
— Al principio no te das cuenta, ¿sabéis? Él simplemente me hablaba,
con la mayor lógica y sensibilidad que podáis imaginar, y no fue hasta
que estaba a punto de llegar a las salas de pruebas cuando me percaté
de que yo no había dicho nada. Claro que pensaba mucho, pero no es lo
mismo, ¿verdad? Encerré a esa cosa con llave y corrí en busca de
Lanning. Me dio horror haberlo tenido caminando junto a mí,
escudriñando con toda tranquilidad en mi mente, seleccionando y
extrayendo mis pensamientos.
— imagino que debió de ser terrible -dijo Susan Calvin, seriamente. Su
mirada se posó en Ashe de una forma extraña y deliberada-. Estamos tan
acostumbrados a considerar que nuestros pensamientos son privados.
Lanning interrumpió con impaciencia.
— Entonces sólo nosotros cuatro lo sabemos. ¡De acuerdo! Vamos a
ocuparnos de esto de manera sistemática. Ashe, quiero que revises la
línea de montaje desde el principio hasta el final... todo. Debes
eliminar todas las operaciones donde no hubo posibilidad de error, y
hacer una lista de todas aquellas donde pudo haberlo, junto con su
naturaleza y posible magnitud.
— Es mucho pedir -dijo Ashe, gruñendo.
— ¡Naturalmente! Por supuesto, puedes poner a tus subordinados a
trabajar en ello, todos si es necesario, y no te preocupes si nos
retrasamos en la producción. Pero ellos no deben conocer la razón,
¿comprendido?
— ¡Mmm-m-m, sí! -El joven técnico sonrió irónicamente-. Aun así sigue
siendo un trabajo de envergadura.
Lanning se volvió en su silla y se dirigió a Calvin.
— Tú tendrás que emprender la tarea en otra dirección. Tu eres la
robopsicóloga de la planta, así que tienes que estudiar al robot en
cuestión y trabajar hacia atrás. Intenta descubrir cómo funciona.
Estudia qué otra cosa está vinculada a sus poderes telepáticos, hasta
dónde alcanzan, cómo afectan a su actitud, y exactamente en qué medida
se han dañado sus propiedades normales de RB. ¿Lo has comprendido?
Lanning no esperó la respuesta de la doctora Calvin.
— Yo coordinaré el trabajo e ínterpretaré los hallazgos
matemáticamente. -Dio una chupada violenta a su puro y murmuró el
resto a través del humo-. Bogert me ayudará en esto, por supuesto.
Bogert se estaba limpiando las uñas de una gordinflona mano con la
otra, y dijo suavemente:
— Me atrevo a decir que sé algo del tema.
— ¡Bien! Me pongo en acción -dijo Ashe, y empujó su silla hacia atrás
y se levantó. Su joven y agradable rostro se arrugó en una mueca-: A
mí me ha tocado el peor trabajo de todos, así que me voy a trabajar.
-Y se marchó diciendo entre dientes-: ¡Hasta luego!
Susan Calvin contestó con un gesto de la cabeza apenas perceptible,
pero sus ojos lo siguieron hasta que se perdió de vista y no contestó
cuando Lanning gruñó y dijo:
— ¿Quiere subir ahora y ver a RB-34?
Los ojos fotoeléctricos de RB-34 se levantaron del libro ante el
sonido apagado de goznes que giraban y estaba de pie cuando Susan
Calvin entró.
Ella se detuvo para ajustar la señal «Prohibida la entrada» en la
puerta y se acercó al robot.
— Te he traído los textos sobre los motores hiperatómicos, Herbie...
son unos cuantos. ¿Podrías echarles un vistazo?
RB-34 -comúnmente llamado Herbie- tomó los tres pesados libros de sus
brazos y abrió uno en la portada:
— ¡Mm-m-m! Teoría hiperatómica -murmuró de forma inarticulada para sí
mismo mientras pasaba las páginas, luego habló con un aire distraído-:
¡Siéntese, doctora Calvin! Me tomará unos minutos.
La psicóloga se sentó y miró a Herbie atentamente mientras él tomaba
asiento en otra silla al otro lado de la mesa y examinaba los tres
libros de forma sistemática.
Al cabo de media hora, los dejó.
— Por supuesto sé por qué los ha traído.
Las comisuras de la doctora Calvin se contrajeron nerviosamente,
— Temía que así fuese. Es difícil trabajar contigo, Herbie. Siempre
estás un paso más adelantado que yo.
— Lo mismo ocurre con estos libros, ¿sabe?, y con los otros.
Simplemente no me interesan. No hay nada en sus libros de texto. Su
ciencia es sólo un montón de datos recopilados y emplastados con una
teoría temporal... y todos tan increíblemente simples, que apenas
merece la pena preocuparse por ellos.
»Es su ficción lo que me interesa. Sus estudios sobre la interacción
de los motivos y emociones humanos. -Su enorme mano hizo un vago gesto
mientras buscaba las palabras adecuadas.
La doctora Calvin susurró:
— Creo que comprendo.
— Veo dentro de las mentes, ¿sabe? -continuó el robot-, y no puede
usted imaginarse lo complicadas que son. No puedo comprenderlo todo
porque mi propia mente tiene muy poco en común con ellas... pero lo
intento, y sus novelas me ayudan.
— Sl, pero me temo que después de haber leído las horrendas
experiencias emocionales de nuestra novela sentimental actual -hubo un
tinte de amargura en su voz-, encontrarás nuestras mentes reales
aburridas y sosas.
— ¡Pues claro que no!
La repentina energía de su respuesta hizo que ella se pusiese en pie.
Sintió que se estaba ruborizando y pensó furiosamente: «¡Debe de
saberlo!»
Herbie se calmó de pronto y murmuró en voz baja de la cual se había
desvanecido casi completamente el timbre metálico:
— Por supuesto, lo sé, doctora Calvin. Usted piensa siempre en ello,
¿cómo, por consiguiente, podría yo hacer otra cosa más que saberlo?
El rostro de ella se había endurecido.
— ¿Se lo has dicho... a alguien?
— ¡Claro que no! -contestó el robot, con genuina sorpresa-. Nadie me
lo ha preguntado.
— Bien, pues -dijo aliviada-. Supongo que debes de pensar que soy una
estúpida.
— ¡No! Se trata de una emoción normal.
— Tal vez precisamente por esto soy tan estúpida. -La tristeza de su
voz ahogaba cualquier otra cosa-. No soy lo que se puede decir...
atractiva.
— Si se está refiriendo a una mera atracción física, no puedo juzgar.
De cualquier forma sé que hay otros tipos de atracción.
— Tampoco soy joven -la doctora Calvin apenas había oído al robot.
— Todavía no ha llegado a los cuarenta -una ansiosa insistencia se
había deslizado en la voz de Herbie.
— Treinta y ocho en cuanto a los años; sesenta marchitos en cuanto a
lo que se refiere a mi perspectiva emocional en la vida. Por algo soy
psicóloga. -Y siguió adelante con amargo jadeo-: Y él apenas tiene
treinta y cinco, y por su aspecto y su forma de actuar parece más
joven. ¿Crees que alguna vez me ve como a otra cosa que...? ¿Pero qué
soy?
— ¡Está equivocada! -dijo Herbie, y su puño de acero golpeó la mesa de
encimera de plástico, con un sonido metálico estridente-. Escúcheme...
Pero Susan Calvin le dio la espalda y la agobiante tristeza de sus
ojos se convirtió en un resplandor.
— ¿Por qué debería hacerlo? Qué sabes tú sobre todo esto, al fin y al
cabo tú... tú eres una máquina. Yo sólo soy un espécimen para ti; un
bicho interesante con una mente peculiar muy desarrollada para ser
inspeccionada. Es un maravilloso ejemplo de frustración, ¿no es así?
Casi tan bueno como tus libros. -su voz, emergiendo entre secos
sollozos, murió en el silencio.
El robot se encogió ante esta explosión. Movió la cabeza suplicante.
— ¿Por qué no me escucha, por favor? Si me dejase, podría ayudarla.
— ¿Cómo? -dijo ella con los labios fruncidos-. ¿Dándome un buen
consejo?
— No, esto no. Simplemente resulta que yo sé lo que piensan los
demás... Milton Ashe, por ejemplo.
Hubo un largo silencio, y Susan Calvin bajó la mirada.
— No quiero saber lo que piensa -gritó de forma ahogada-. Guarda
silencio.
— Yo creo que le gustaría saber lo que piensa.
La cabeza de ella permanecía inclinada, pero su respiración se
aceleró.
— Estás hablando por hablar -susurró.
— ¿Por qué debería hacerlo? Estoy intentando ayudarla. Milton Ashe
piensa de usted... -Se detuvo.
Y entonces la psicóloga alzó la cabeza.
— ¿Y bien?
— La quiere -dijo el robot, con tranquilidad.
Durante un largo minuto, la doctora Calvin no habló. Se limitaba a
mirar.
— ¡Te equivocas! Seguro que te equivocas. ¿Por qué me querría?
— Pero la quiere. Una cosa así no se puede ocultar, a mí no.
— Pero yo soy tan... tan... -balbució hasta detenerse.
— Él mira más allá de la piel, y admira el intelecto en los otros.
Milton Ashe no es el típico tipo que se casa con una cabeza llena de
pelo y un par de ojos.
Susan Calvin descubrió que estaba parpadeando desenfrenadamente y
esperó antes de hablar. Incluso entonces su voz temblaba.
— Sin embargo él nunca me lo ha puesto de manifiesto de forma
alguna...
— ¿Le ha dado usted la posibilidad?
— ¿Cómo iba a hacerlo? Jamás pensé que...
— ¡Exactamente!
La psicóloga hizo una meditabunda pausa y a continuación levantó
bruscamente la mirada.
— Hace medio año vino a visitarlo aquí a la planta una muchacha. Era
guapa, supongo... rubia y esbelta. Y, por supuesto, difícilmente podía
sumar dos más dos. Él se pasó todo el día dándose tono, intentando
explicarle cómo se montaba un robot. -Se puso nuevamente seria-.
¡Claro que ella no entendía nada! ¿Quién era?
Herbie contestó sin vacilación.
— Conozco a esta persona a la que se refiere. Es su prima hermana y no
hay interés romántico, se lo aseguro.
Susan Calvin se puso de pie con una vivacidad casi infantil.
— ¿No es extraño? Esto es exactamente lo que yo solía decirme a veces,
si bien nunca lo creía de verdad. Entonces todo debe de ser verdad.
Corrió hacia Herbie y cogió en las suyas la fría y pesada mano de
éste.
— Gracias, Herbie. -Su voz era un rápido y ronco susurro-. No se lo
cuentes a nadie. Deja que sea nuestro secreto... y gracias de nuevo.
-Con lo cual, más un convulso apretón a los metálicos dedos
insensibles de Herbie, se marchó.
Herbie regresó lentamente a su abandonada novela, pero allí no había
nadie para leer sus pensamientos.
Milton Ashe se desperezó lenta y magníficamente, acompañado de una
tonalidad de articulaciones crujientes y un coro de gruñidos, y a
continuación miró al profesor Peter Bogert.
— Escucha, hace ya una semana que estoy en esto sin apenas haber
dormido. ¿Hasta cuándo tendré que continuar así? Creía haberte oído
decir que el bombardeo positrónico en la Cámara D de vacío era la
solución.
Bogert bostezó con delicadeza y se miró con interés las blancas manos.
— Así es. Estoy sobre la pista.
— Sé lo que esto significa cuando lo dice un matemático. ¿Cuánto te
falta para llegar al final?
— Depende.
— ¿De qué? -Ashe se dejó caer en una silla y estiró sus largas
piernas.
— De Lanning. El viejo no está de acuerdo conmigo -suspiró-. No está
al día, ése es el problema con él. Se aferra sólo a moldes mecánicos y
este asunto requiere herramientas matemáticas. Es tan testarudo.
— ¿Por qué no preguntarle a Herbie y solucionar de una vez todo este
problema? -murmuró Ashe, somnoliento.
— ¿Preguntarle al robot? -las cejas de Bogert se arquearon.
— ¿Por qué no? ¿No te lo ha explicado la damita?
— ¿Te refieres a Calvin?
— ¡Claro! La propia Susie. Dice que el robot es un mago de las
matemáticas. Lo sabe todo de todo más un poco de cada cosa. Hace
integrales triples en su cabeza y devora análisis de tensiones como
postre.
El matemático lo miró escéptico.
— ¿Hablas en serio?
— ¡Claro y ayúdame! El problema es que al idiota no le gustan las
matemáticas. Prefiere leer cursilerías. ¡De verdad! Deberías ver las
bobadas con que lo alimenta Susie: Pasión púrpura y Amor en el
espacio...
— La doctora Calvin no nos ha dicho una sola palabra sobre esto.
— Bien, no ha terminado de estudiarlo. Ya sabes cómo es ella. Le gusta
tenerlo todo atado antes de revelar el secreto.
— Te lo ha dicho a ti.
— Solemos hablar. Últimamente la he visto mucho. -Abrió los ojos de
par en par y frunció el ceño-. Dime, Bogie, ¿no has notado nada
extraño en la dama estos últimos días?
Bogert se relajó con una sonrisa poco seria.
— Se pinta los labios, si es a eso a lo que te refieres.
— Demonios, esto lo sé. Lápiz de labios, polvos y también sombras en
los ojos. Es todo un espectáculo. Pero no es esto. No puedo definirlo.
Es la forma como camina... como si estuviese feliz por algo. -Pensó un
poco y se encogió de hombros.
El otro se permitió una mirada maliciosa que, para un científico con
más de cincuenta años, no era poca cosa.
— Tal vez está enamorada.
Ashe cerró nuevamente los ojos.
— Estás chiflado, Bogie. Ve a hablar con Herbie; yo me quedo aquí a
dormir un poco.
— ¡De acuerdo! No porque me guste particularmente que un robot me
explique mi trabajo, ¡o porque yo crea que puede hacerlo!
Un suave ronquido fue toda la respuesta.
Herbie escuchaba atentamente mientras Peter Bogert, con las manos en
los bolsillos, hablaba con estudiada indiferencia.
— Aquí estamos. Me han dicho que tú comprendes estas cosas, y te
consulto más por curiosidad que por cualquier otra cosa. Debo admitir
que mi línea de razonamiento, tal y como la he trazado, incluye
algunos puntos inciertos que el doctor Lanning se niega a aceptar, y
el cuadro está todavía bastante incompleto.
El robot no contestó, y Bogert dijo:
— ¿Y bien?
— Yo no veo error alguno -dijo Herbie mientras estudiaba las cifras
garrapateadas.
— ¿Debo suponer que no puedes ir más allá de esto?
— No me atrevo a intentarlo. Usted es mejor matemático que yo y...
además, detesto equivocarme.
Hubo una sombra de complacencia en la sonrisa de Bogert.
— Estaba bastante seguro de que así sería. Se ha profundizado mucho.
Olvidémoslo.
Estrujó las hojas, las arrojó bajo el enorme eje, se volvió para
marcharse y entonces se lo pensó mejor.
— Por cierto...
El robot esperó. Parecía que a Bogert le costase un poco.
— Hay algo... que, quizá tú puedas... -se detuvo.
— ¿Ayudarle?
Herbie hablaba con tranquilidad:
— Sus pensamientos son confusos, pero no hay duda alguna de que están
relacionados con el doctor Lanning. Es estúpido titubear, pues tan
pronto como se tranquilice, sabré lo que quiere preguntarme.
Las manos del matemático se dirigieron hacia su liso y brillante
cabello en el gesto familiar de alisarlo.
— Lanning está rondando los setenta -dijo, como si esto lo explicase
todo.
— Lo sé.
— Y ha sido el director de la planta desde hace casi treinta años.
Herbie asintió.
— Bien, ahora -la voz de Bogert se llenó de insinuación-, quizá
sabrías si... si está pensando en dimitir. La salud, tal vez, o alguna
otra...
— Sí -dijo Herbie, y esto fue todo.
— Bien, ¿lo sabes?
— Claro.
— En ese caso... oh... ¿Podrías decírmelo?
— Puesto que me lo pregunta, sí. -El robot fue bastante práctico al
respecto-. ¡Ya ha dimitido!
— ¡Cómo! -La exclamación fue un sonido explosivo, casi inarticulado.
La ancha cabeza del científico se inclinó hacia delante-. ¡Repítelo!
— Ya ha dimitido -fue la tranquila repetición-, pero todavía no ha
tomado efecto. ¿Sabe? Está esperando que se resuelva el problema de...
ejem... mí. Una vez esto acabado, está preparado para dejar el puesto
de director a su sucesor.
Bogert expelió aire con brusquedad.
— ¿Y su sucesor? ¿Quién es? -Ahora estaba bastante cerca de Herbie,
con los ojos fascinadamente fijos en aquellas ilegibles y rojo mate
células fotoeléctricas que eran los ojos del robot.
Las palabras llegaron despacio.
— Usted es el nuevo director.
Y Bogert se relajó en una amplia sonrisa.
— Es una buena noticia. Lo esperaba y ansiaba. Gracias, Herbie.
Peter Bogert estuvo en su despacho hasta las cinco de la madrugada y a
las nueve estaba de vuelta. La estantería situada justo sobre el
escritorio se iba vaciando de su hilera de libros y tablas de
consulta. Las páginas de cálculos que tenía delante aumentaban
microscópicamente y las hojas estrujadas a sus pies formaban una
montaña de papel garrapateado.
A mediodía en punto, miró la última página, se frotó los ojos
inyectados en sangre, bostezó y se encogió de hombros.
— Esto empeora cada minuto. ¡Maldición!
Se volvió ante el sonido de la puerta abriéndose y saludó con un gesto
de la cabeza a Lanning, que entraba haciendo crujir los nudillos de
una manos nervuda con la otra.
— ¿Una nueva disposición? -preguntó.
— No -fue la desafiante respuesta-. ¿Acaso la anterior estaba mal?
Lanning no se molestó en contestar, tampoco hizo más que conceder una
mirada superficial a la última hoja que estaba sobre el escritorio de
Bogert. Habló a través de la llama de una cerilla mientras,encendía un
cigarro.
— ¿Te ha explicado Calvin lo del robot? Es un genio de las
matemáticas. Realmente notable.
El otro lanzó un bufido sonoro.
— Eso he oído. Pero sería mejor que Calvin mejorase su robopsicologla.
He examinado a Herbie en matemáticas y apenas se defiende con el
cálculo.
— Calvin no opina lo mismo.
— Está loca.
— Y yo no opino lo mismo. -Los ojos del director se juntaron
peligrosamente.
— ¡Tú! -La voz de Bogert se endureció-. ¿De qué estás hablando?
— He estado poniendo a prueba a Herbie toda la mañana, y es capaz de
hacer unos trucos de los que tú jamás has oído hablar.
— ¿Ah, si?
— ¡Pareces escéptico! -Lanning extrajo una hoja de papel del bolsillo
de su chaqueta y la desdobló-. Ésta no es mi escritura, ¿verdad?
Bogert estudió la ancha caligrafía angular que cubría la hoja.
— ¿Lo ha hecho Herbie?
— ¡Exactamente! Y si te das cuenta, ha estado trabajando en tu
integración temporal de la Ecuación 22. Llega -Lanning golpeó una uña
amarilla en el último paso-, a la misma conclusión que yo, y en un
cuarto del tiempo. No tenias derecho a dejar de lado el Efecto
Retardado del bombardeo positrónico.
— No lo he dejado de lado. Por todos los cielos, Lanning, métete en la
cabeza que ello lo anularía... ¿Qué pinta aquí?
— La Ecuación de Mitchell no se aguantaría cuando...
— ¿Estás loco? Si hubieses leído el documento original de Mitchell en
Transactions of the Far...
— No hace falta. Te dije desde el principio que no me gustaba este
razonamiento, y Herbie me respalda en esto.
— Bien, en ese caso, dejemos que ese aparato de relojería te resuelva
todo el problema -gritó Bogert-. ¿Por qué preocuparnos por cosas no
esenciales?
— Éste es exactamente el punto. Herbie no puede resolver el problema.
Y si no puede él, nosotros no podemos... solos. Voy a someter todo el
asunto a la Junta Nacional. Se nos ha escapado de las manos.
La silla de Bogert se cayó hacia atrás mientras se ponía en pie de un
salto, con el rostro rojo de ira.
— Tú no harás una cosa así.
Lanning enrojeció a su vez.
— ¿Vas a decirme lo que debo o no debo hacer?
— Exactamente -fue la firme respuesta-. He captado el problema y ahora
no vas a sacármelo de las manos,. ¿comprendido? No te creas que no veo
tus intenciones, fósil desecado. Te has puesto delante antes de dejar
que tuviese la oportunidad de resolver la telepatía robótica.
— Eres un condenado idiota, Bogert, y si sigues así voy a suspenderte
de tus funciones por insubordinación. -El labio de Lanning temblaba
con pasión.
— Es una cosa que tú no harás, Lanning. No tienes secretos con un
robot que lee el pensamiento rondando por ahí, así que no olvides que
lo sé todo sobre tu dimisión.
La ceniza del cigarro de Lanning tembló y cayó, y el propio cigarro la
siguió.
— ¿Qué...? ¿Qué...?
Bogert lanzó de forma grosera.
— Y yo soy el nuevo director, que quede claro. Soy muy consciente de
ello; no creas que no. Malditos tus ojos, Lanning. Las órdenes aquí
voy a darlas yo o habrá un lío como nunca en tu vida has conocido.
Lanning recuperó el habla y la dejó salir en un rugido:
— ¡Estás suspendido de todas tus funciones! ¿Has oído? Estás exonerado
de tu puesto. Estás acabado, ¿comprendido?
Una sonrisa se abrió en la cara del otro.
— ¿A qué viene todo esto ahora? No vas a ninguna parte. Yo tengo los
triunfos. Sé que has dimitido. Herbie me lo ha contado, y él lo supo
directamente de ti.
Lanning se obligó a hablar con calma. Parecía un hombre viejo, muy
viejo, con unos ojos cansados y penetrantes en una cara donde el rojo
había desaparecido para dejar detrás el pálido amarillo de la edad.
— Quiero hablar con Herbie. No puede haberte dicho nada semejante.
Juegas a todas, Bogert, pero yo te pillaré en el farol. Ven conmigo.
Era mediodía en punto cuando Milton Ashe levantó la vista de su torpe
dibujo y dijo:
— ¿Te haces una idea? No he sido muy bueno plasmándolo, pero así es
mas o menos como es. Es una monada de casa, y una ganga.
Susan Calvin lo miró con enternecidos ojos.
— Es realmente preciosa -suspiró-. He pensado a menudo que me habría
gustado... -Su voz se fue desvaneciendo.
— Claro que tendré que esperar a las vacaciones -continuó Ashe con
energía, dejando de lado el lápiz-. Sólo faltan tres semanas, pero con
este asunto de Herbie está todo en el aire.
— Bajó la mirada hasta sus uñas-. Además, hay otra cosa... Pero es un
secreto.
— En ese caso no me lo digas.
— Oh, nada de eso, en seguida. Me muero por decírselo a alguien... y
tú eres precisamente el mejor... confidente que pueda encontrar aquí
-dijo tímidamente.
A Susan Calvin le dio un vuelco el corazón, pero prefirió no hablar.
— A decir verdad -empezó Ashe, acercando la silla y bajando el tono de
voz hasta un susurro confidencial-, la casa no es sólo para mí. ¡Voy a
casarme! -Y seguidamente dio un salto en la silla-. ¿Qué pasa?
— ¡Nada! -contestó ella; la sensación de darle vueltas la cabeza había
desaparecido, pero resultaba difícil sacar las palabras-. ¿Casarte?
Quieres decir...
— ¡Pues claro! Ya es hora, ¿no? ¿Te acuerdas de aquella muchacha que
estuvo aquí el verano pasado? ¡Es ella! ¡Pero tú te encuentras mal!
Tú...
— ¡Dolor de cabeza! -dijo ella, y le hizo un gesto débil-. He... he
tenido a menudo últimamente. Quiero... quiero darte la enhorabuena,
por supuesto, estoy muy contenta... -El rojo de labios inexpertamente
aplicado se había convertido en un par de sucios borrones rojos en su
rostro blanco como la tiza. Todo había empezado a dar vueltas de
nuevo-.Perdóname... te lo ruego...
Las palabras eran un murmullo, mientras se tambaleaba ciegamente hasta
la puerta para marcharse. Había sucedido con la repentina catástrofe
de un sueño, con todo el horror irreal de un sueño.
¿Pero cómo podía ser? Herbie había dicho...
¡Y Herbie lo sabía! ¡Veía las mentes!
Sin saber cómo, apareció apoyada sin aliento contra la jamba de la
puerta, mirando espantada la cara metálica de Herbie. Debió de haber
subido los dos tramos de escalera, pero no se acordaba de ello. La
distancia había sido recorrida en un instante, como en un sueño.
¡Como en un sueño!
Y sin embargo los ojos imperturbables de Herbie se posaban fijos en
los suyos y su rojo mate parecía haberse dilatado hasta convertirse en
esferas de pesadilla que brillaban indistintamente.
Él estaba hablando, y ella sintió cómo el frío cristal presionaba sus
labios. Tragó saliva y se estremeció con cierta conciencia de su
entorno.
Herbie seguía hablando, y había agitación en su voz, como si estuviese
herido, asustado y pidiese clemencia.
Las palabras estaban empezando a tener sentido.
— Es un sueño -estaba diciendo-, y usted no tiene que creer en él. Se
despertará dentro de un momento en el mundo real y se reirá de si
misma. Él la quiere, se lo digo yo. ¡La quiere, la quiere! ¡Pero aquí
no! ¡Ahora no! Esto es una ilusión.
Susan Calvin asintió, su voz era un susurro:
— ¡Si! ¡Sí! -Estaba agarrada al brazo de Herbie, colgando de él, y
repetía una y otra vez-: No es cierto, ¿verdad? No es cierto, ¿verdad?
Cómo volvió a la realidad, jamás lo supo, pero fue como pasar de un
mundo de vaporosa realidad a uno de violenta luz solar. Lo alejó de un
empeñón, empujó con fuerza el brazo de acero; y sus ojos se abrieron
de par en par.
— ¿Qué estás intentando hacer? -Se alzó su voz en un agudo grito-.
¿Qué estás intentando hacer?
Herbie retrocedió.
— Quiero ayudar.
— ¿Ayudar? -La psicóloga lo miró asustada-. ¿Diciéndome que es un
sueño? ¿Intentando llevarme a la esquizofrenia?
— Una tensión histérica se apoderó de ella-. ¡Esto no es un sueño! ¡Me
gustaría que lo fuese!
Expulsó aire con fuerza.
— ¡Espera! Porque... porque... ya lo comprendo. Cielo santo, es tan
evidente.
— ¡Tenía que hacerlo! -dijo el robot, y su voz estaba llena de miedo.
— ¡Y yo te creí! Nunca pensé...
Unas voces altas fuera de la puerta la hicieron callar. Se dio media
vuelta, con los puños apretados de forma espasmódica, y, cuando Bogert
y Lanning entraron, ella estaba en la ventana más alejada. Ninguno de
los dos hombres le prestó la mínima atención.
Se acercaron a Herbie simultáneamente; Lanning enfadado e impaciente,
Bogert friamente sardónico. El director habló el primero.
— ¡Herbie, ahora, escúchame con atención!
El robot dirigió sús ojos agudos hacia el anciano director.
— Sí, doctor Lanning.
— ¿Has hablado de mí con el doctor Bogert?
— No, señor. -La respuesta llegó despacio, y la sonrisa del rostro de
Bogert se desvaneció.
— ¿Qué es esto? -dijo este último, apartando a su superior de un
empujón y colocándose delante del robot con las piernas abiertas-.
¡Repite lo que me dijiste ayer!
— Dije que... -Herbie se calló. Muy dentro de él su díafragma metálico
vibraba con suaves disonancias.
— ¿No me dijiste que había dimitido? -gritó Bogert-. ¡Contéstame!
Bogert levantó el brazo con furia, pero Lanning lo empujó a un lado.
— ¿Qué estás pretendiendo? ¿Que mienta?
— Le has oído, Lanning. Ha empezado a decir que dijo algo y luego se
ha parado. ¡Apártate! ¡Quiero que me diga la verdad! ¿Comprendido?
— ¡Le preguntaré yo! -dijo Lanning, y se volvió hacia el robot-: Está
bien, Herbie, cálmate. ¿He dimitido?
Herbie lo miró fijamente, y Lanning repitió con ansiedad:
— ¿He dimitido?
La cabeza del robot no dio signo alguno de movimiento negativo. Una
larga espera no consiguió más.
Los dos hombres se miraron mutuamente y la hostilidad de sus ojos era
más que tangible.
— ¿Qué demonios pasa? -dejó escapar Bogert-. ¿El robot se ha quedado
mudo? ¿No puedes hablar, monstruosidad?
— Puedo hablar -fue la rápida respuesta.
— En ese caso, contesta a la pregunta. ¿No me dijiste que Lanning
había dimitido? ¿Acaso no ha dimitido?
Y de nuevo no se produjo otra cosa que un sombrío silencío, hasta que
desde el extremo de la sala, resonó de repente la risa, en un tono
agudo y semihistérica, de Susan Calvin.
Los dos matemáticos pegaron un bote, y los ojos de Bogert se
empequeñecieron.
— ¿Estás aquí? ¿Qué es lo que te parece tan divertido?
— No hay nada divertido -contestó ella, con una voz que no era
completamente natural-. Ocurre únicamente que no soy la única que ha
caído en la trampa. Es irónico que tres de los mayores expertos en
robótica del mundo hayan caído en la misma trampa elemental, ¿verdad?
-Su voz se desvaneció, se llevó una mano pálida a la frente-. ¡Pero no
tiene gracia!
Esta vez la mirada intercambiada por los dos hombres estaba acompañada
de un fruncimiento de cejas.
— ¿De qué trampa estás hablando? -preguntó Lanning, secamente-. ¿Pasa
algo malo con Herbie?
— No -dijo ella, y se acercó a ellos despacio-, no pasa nada malo con
Herbie... sólo con nosotros. -Se volvió de pronto y gritó al robot-:
¡Aléjate de mí! Vete a la otra punta de la habitación y no te pongas
delante de mi vista.
Herbie se encogió ante la furia de sus ojos y se alejó con un trote
ruidoso y tambaleante.
La voz de Lanning era hostil.
— ¿Qué significa todo esto, doctora Calvin?
Ella los miró y les habló de forma sarcástica:
— Sin duda conocéis la Primera Ley fundamental de la Robótica.
Los otros dos asintieron al unísono.
— Ciertamente -dijo Bogert, con irritación-. Un robot no puede hacer
daño a un ser humano, o, por medio de la inacción, permitir que un ser
humano sea lesionado.
— Qué bien recitado -dijo Calvin con sarcasmo-. ¿Pero qué tipo de
daño?
— Por qué... de cualquier tipo.
— ¡Exactamente! ¡De cualquier tipo! ¿Y qué pasa con los sentimientos
heridos? ¿Y con nuestro ego debilitado? ¿Y con nuestras esperanzas
destruidas? ¿Es esto una lesión?
Lanning frunció el ceño.
— Qué sabe un robot sobre... -y se interrumpió con un grito sofocado.
— ¿Lo has comprendido, verdad? Este robot lee las mentes. ¿No creéis
que conoce perfectamente las heridas mentales? ¿Pensáis que si se le
formula una pregunta, no dará exactamente la contestación que uno
quiere escuchar? ¿Si hubiese alguna respuesta susceptible de herirnos,
no lo sabría Herbie?
— ¡Por todos los cielos! -murmuró Bogert.
La psicóloga le lanzó una mirada sardónica.
— He deducido que tú le preguntaste si Lanning había dimitido. Tú
querías escuchar que él había dimitido, así que esto es lo que te dijo
Herbie.
— Y supongo que por la misma razón, no ha contestado hace un momento
-dijo Lanníng, con voz apagada-. No podía contestar de ninguna forma
sin herirnos a uno de los dos.
Hubo una corta pausa durante la cual los hombres observaron
pensativamente al robot, que estaba en el otro extremo de la sala,
acurrucado en la silla junto a la caja de los libros y con la cabeza
descansando en una mano.
Susan Calvin miró fijamente al suelo.
— Él sabia todo esto. Ese... ese demonio lo sabe todo... incluido lo
que falló en su ensamblaje. -Su mirada se había oscurecido
melancólicamente.
Lanning levantó la vista.
— En esto te equivocas, doctora Calvin. No sabe dónde estuvo el fallo.
Se lo pregunté.
— ¿Y ello qué significa? -gritó Calvin-. Sólo que tú no querías que él
te diese la solución. El hecho de tener una máquina que hiciese lo que
tú no podías hacer. habría herido tu ego. ¿Se lo preguntaste tú? -le
espetó a Bogert.
— En cierta forma -dijo Bogert, tosiendo y enrojeciendo-. Me dijo que
sabía muy poco de matemáticas.
Lanning se rió, no muy fuerte, y la psicóloga sonrió cáusticamente.
Dijo:
— ¡Voy a preguntárselo yo! Que me dé la solución no herirá mi ego.
-Alzó el tono de voz para convertirlo en un frío e imperativo-: ¡Ven
aquí!
Herbie se levantó y se acercó con pasos vacilantes.
— Supongo que sabes -continuó ella-, exactamente en qué punto del
ensamblaje se introdujo un factor extraño o se descuidó uno esencial.
— Sí -dijo Herbie, en un tono apenas audible.
— Espera -interrumpió Bogert, enfadado-. Esto no es necesariamente
cierto, porque es lo que tú quieres escuchar, eso es todo.
— No seas estúpido -replicó Calvin-. Sin duda sabe más matemáticas que
tú y Lanning juntos, puesto que puede leer las mentes. Dale su
oportunidad.
El matemático se calmó, y Calvin prosiguió:
— ¡Está bien, en ese caso, Herbie, dínoslo! Estamos esperando. -Y
añadió en un paréntesis-: Señores, cojan lápiz y papel.
Pero Herbie permaneció en silencio, y hubo triunfo en la voz de la
psicóloga:
— ¿Por qué no contestas, Herbie?
El robot dejó escapar impulsivamente:
— No puedo. ¡Usted sabe que no puedo! El doctor Bogert y el doctor
Lanning no quieren que lo haga.
— Quieren la solución.
— Pero no de mí.
Lanning intervino, hablando lenta y articuladamente:
— No seas tonto, Herbie. Queremos que nos lo digas.
Bogert asintió lacónicamente.
La voz de Herbie se elevó hasta alcanzar tonos altos:
— ¿Por qué dice esto? ¿No saben que puedo atravesar con la vista la
piel superficial de su mente? Allá abajo, ustedes no quieren que lo
haga. Soy una máquina, a quien se ha dado la imitación de vida sólo en
virtud de la interacción positrónica de mi cerebro... que es un
mecanismo humano. Ustedes no pueden perder la cara delante de mí sin
sentirse heridos. Está en el fondo de sus mentes y no puede ser
borrado. No puedo dar la solución.
— Nos marcharemos -dijo el doctor Lanning-. Díselo a Calvin.
— No cambiaría nada, puesto que sabrían de todas formas que había sido
yo quien había proporcionado la respuesta.
— Pero tú comprendes, Herbie, que, al margen de ti, los doctores
Lanning y Bogert quieren la solución -resumió Calvin.
— ¡Por su propio esfuerzo! -insistió Herbie.
— Pero la quieren, y el hecho de que tú la tengas y no quieras dársela
los hiere. ¿Comprendes esto, verdad?
— ¡Si! ¡Sí!
— Y que si se la dices también los herirás.
— ¡Si! ¡Sí! -Herbie iba retrocediendo despacio, y Susan Calvin
avanzaba paso a paso. Los dos hombres contemplaban la escena con
petrificado asombro.
— No puedes decírselo -dijo la psicóloga en un tono lento y monótono-,
porque ello los heriría y tú no debes herirles. Pero si no se lo
dices, los hieres, así que debes decirselo. Y si lo haces, los herirás
y tú no debes, así que no puedes decirselo; pero si no lo haces, los
hieres, así que debes hacerlo; pero si lo haces, los hieres, así que
no debes hacerlo; pero si no lo haces, los hieres, así que debes
hacerlo; pero si lo haces, hieres...
Herbie estaba contra la pared, y aquí cayó sobre sus rodillas.
— ¡Basta! -gritó-. ¡Cierre su mente! ¡Está llena de dolor, frustración
y odio! ¡Lo hice con mi mejor intención, se lo he dicho! ¡Intentaba
ayudar! Le dije lo que usted quería escuchar. ¡Tenía que hacerlo!
La psicóloga no le prestó atención.
— Debes decirselo, pero si lo haces, los hieres, así que no debes;
pero si no lo haces, los hieres, así que debes; pero...
¡Y Herbie chilló!
Fue como el silbido de un flautín ampliado numerosas veces, agudo y
más agudo hasta convertirse en un lamento fúnebre con el terror de un
alma perdida y llenó la estancia con su propia penetración.
Y, cuando murió en la nada, Herbie se desmoronó formando un montón de
metal inmóvil.
El rostro de Bogert estaba lívido.
— ¡Está muerto!
— ¡No! -dijo Susan Calvin, y explotó en un acceso atroz de salvaje
carcajada-. No está muerto... sólo perturbado. Lo he confrontado con
el dilema insoluble, y se ha averiado. Ahora podéis venderlo para
chatarra, porque no volverá a hablar.
Lanning estaba de rodillas junto a aquella cosa que había sido Herbie.
Sus dedos tocaban el frío e insensible rostro de metal, y se
estremeció.
— Lo has hecho a propósito -dijo, y se puso en pie para enfrentarse a
ella, con la cara contraída.
— ¿Y qué si ha sido así? Ahora ya está hecho. -Y con un repentino
acceso de amargura-: Se lo merecía.
El director tomó al paralizado e inmóvil Bogert por la muñeca.
— No importa. Vamos, Peter -suspiró-. En cualquer caso, no vale la
pena tener un robot de este tipo que piense. Sus ojos estaban
envejecidos y cansados, y repitió-: ¡Vamos, Peter!
Hasta unos minutos después de haberse marchado los científicos la
doctora Calvin no recuperó parte de su equilibrio mental. Lentamente,
su mirada se dirigió hacia al muerto viviente Herbie y la tensión
volvió a su rostro. Largo rato estuvo contemplandolo, mientras el
triunfo se desvanecía y lo remplazaba de nuevo la frustración
impotente... Y de todos sus turbulentos pensamientos sólo uno
infinitamente amargo pasó por sus labios.
— ¡Mentiroso!
EL CÍRCULO VICIOSO
Uno de los tópicos favoritos de Gregory Powell era que nada se
adelantaba poniéndose uno nervioso. Así, cuando Mike Donovan bajó
dando brincos la escalera, con el cabello enmarañado por el sudor, él
se limitó a fruncir el ceño.
— ¿Qué pasa? ¿Te has roto una uña?
— Déjate de tonterias -gruñó Donovan, excitado-. ¿Qué has estado
haciendo en los sótanos todo el día? -Respiró profundamente y lanzó-:
Speedy no ha vuelto.
Los ojos de Powell se abrieron de par en par un instante y se detuvo
en la escalera; a continuación recobró la calma y siguió subiendo. No
habló hasta que hubo alcanzado el último peldaño, y entonces:
— ¿Le habías enviado a por el selenio?
— Sí.
— ¿Y cuánto tiempo hace que está fuera?
— Ahora, cinco horas.
¡Silencio! Era una situación endemoniada. Hacia exactamente doce horas
que estaban allí en Mercurio -y metidos ya hasta la cintura en la peor
clase de problema. Mercurio había sido durante largo tiempo el mundo
gafe del Sistema, pero esto era demasiado, incluso para un gafe.
— Empieza desde el principio y cuéntamelo todo.
Estaban en aquel momento en la sala de radio, que es un equipo ya
sutilmente anticuado, sin tocar durante los diez años anteriores a su
llegada. Tecnológicamente hablando, incluso diez años significan
mucho. No hay más que comparar a Speedy con el tipo de robot que
debían de haber tenido en el 2005. Pero el adelanto en robótica de
aquellos días era tremendo. Powell tocó cautelosamente una superticie
de reluciente metal. El aire de desuso que lo rodeaba todo en la sala
-y en toda la Estación- era muy depresivo.
Donovan debió de haberlo sentido. Empezó:
— He intentado localizarlo por radio, pero no lo he cogido. La radio
no es ninguna maravilla en la parte de Mercurio donde da el Sol, en
cualquier caso no más allá de dos millas. Ésta es una de las razones
por las cuales falló la Primera Expedición. Y hasta dentro de unas
semanas no tendremos montado el equipo de ultraondas...
— Olvídate de todo esto. ¿Qué has captado?
— He localizado la señal del cuerpo no organizado en la onda corta.
Sólo ha servido para conocer su posición. Le he seguido la pista de
esta forma durante dos horas y he anotado los resultados en el mapa.
Tenía un trozo amarillento de pergamino cuadrado en el bolsillo de su
cadera -una reliquia de la fracasada Primera Expedición-, que arrojó
sobre el escritorio con furiosa fuerza, y estiró con la palma de la
mano. Powell, con las manos cruzadas sobre su pecho, lo miró a
distancia.
El lápiz de Donovan señalaba nervioso:
— La cruz roja es la fuente de selenio. La marcaste tú mismo.
— ¿Cuál es? -interrumpió Powell-. MacDougal nos localizó tres antes de
marcharse.
— Envié a Speedy a la más cercana, por supuesto. A diecisiete millas.
¿Pero eso qué cambia? -Había tensión en su voz-. Son los puntos
marcados con lápiz los que indican la posición de Speedy.
— ¿Hablas en serio? Es imposible.
— Así es -rezongó Donovan.
Los pequeños puntos que indicaban la posición formaban un tosco
círculo alrededor de la cruz roja de la fuente de selenio. Y los dedos
de Powell se dirigieron a su moreno bigote, el signo infalible de la
ansiedad.
Donovan añadió:
— Durante las dos horas que he investigado sus movimientos, ha dado la
vuelta a esa maldita fuente cuatro veces. Tengo la sensación de que va
a continuar así para siempre. ¿Te das cuenta de la situación en la que
nos hallamos?
Powell levantó la vista brevemente. y no dijo nada. Oh, sí, se daba
cuenta de la situación en la que estaban. Se planteaba tan simplemente
como un silogismo. Los únicos bandos de fotocélulas que estaban entre
todo el poder del monstruoso Sol de Mercurio y ellos se estaban
agotando. Lo único que podía salvarlos era el selenio. La única cosa
que podía conseguir el selenio era Speedy. Si Speedy no volvía, no
había selenio. Sin selenio, no había bancos de fotocélulas. Sin
fotobancos -bien, morirse asándose despacito es una de las formas mas
desagradables de hacerlo.
Donovan se frotó salvajemente su mata de pelo rojo y se expresó con
amargura:
— Vamos a ser el hazmerreír del Sistema, Greg. ¿Cómo puede haber ido
todo de través tan pronto? Envían al gran equipo de Powell y Donovan a
Mercurio para informar sobre la conveniencia de volver a abrir la
Estación Minera de Mercurio con modernas técnicas y robots, y nosotros
lo echamos todo por tierra el primer día. Además, se trata de un
trabajo puramente rutinario. Nunca lo olvidaremos.
— Tal vez no tengamos que hacerlo -replicó Powell, en voz baja-. Si no
hacemos algo rápidamente, no tendremos ni que olvidarlo... ni siquiera
podremos contarlo.
— ¡No seas estúpido! Si a ti te hace gracia, Greg, a mí no. Fue
criminal enviarnos aquí con un solo robot. Y tú tuviste la brillante
idea de que podríamos habérnoslas solos con los bancos de fotocélulas.
— Ahora estás siendo injusto. Fue una decisión mutua, y tú lo sabes.
Todo lo que necesitábamos era un kilo de selenio, una placa de
dielectrodo de cabeza fija y unas tres horas de tiempo... y en la
parte del Sol hay fuentes de puro selenio. El espectrorreflector de
MacDougal nos localizó tres en cinco minutos, ¿no es así? ¡Qué
demonios! No podíamos haber esperado a la siguiente conjunción.
— Bien, ¿qué vamos a hacer? Powell, tú tienes una idea. Sé que es así,
o no estarías tan tranquilo. No eres más héroe que yo. ¡Venga,
suéltala!
— Nosotros no podemos ir a buscar a Speedy, Mike... a la parte del Sol
no. Incluso los nuevos trajes antisolares sólo sirven para veinte
minutos en la luz directa del Sol. Pero ya conoces el viejo dicho:
«Monta un robot para cazar otro robot.»
Escucha, Mike, tal vez las cosas no estén tal mal. Tenemos seis robots
abajo en los sótanos, que podríamos usar, si funcionan. Si funcionan.
Hubo una chispa de repentina esperanza en los ojos de Donovan.
— Te refieres a los seis robots de la Primera Expedición, ¿estás
seguro? Deben de ser máquinas subrobóticas. Ya sabes que diez años es
mucho tiempo en lo tocante a los prototipos de robots.
— No, son robots. Me he pasado todo el día con ellos y lo sé. Tienen
cerebros positrónicos; primitivos, por supuesto -dijo Powell, mientras
guardaba el mapa en el bolsillo-. Bajemos.
Los robots estaban en el último sótano, los seis rodeados de
enmohecidas cajas de embalaje de contenido incierto. Eran grandes,
incluso en extremo, y, aunque estaban colocados en posición de
sentados en el suelo, las piernas se esparrancaban ante ellos y las
cabezas ocupaban sus buenos dos metros de aire.
Donovan silbó.
— Mira qué tamaño tienen, ¿quieres? Los pechos deben de tener tres
metros de contorno.
— Esto es porque están montados con los viejos engranajes McGuffy. He
estado mirando su interior; el equipo más miserable que jamás hayas
visto.
— ¿Los has accionado ya?
— No. No había razón para ello. Pero no creo que estén estropeados.
Hasta el diafragma está en estado razonable. Pueden hablar.
Mientras hablaba, había destornillado la placa del pecho al que estaba
mas cerca, había insertado la esfera de dos pulgadas que contenía la
diminuta chispa de energía atómica que era la vida del robot. Fue
díficil encajarla, pero lo consiguió y volvió a atornillar la placa de
forma laboriosa. Los controles de radio de los modelos más modernos no
eran conocidos diez años antes. Seguidamente, la misma operación con
los otros cinco.
Donovan dijo, con desasosiego:
— No se han movido.
— No han recibido órdenes para ello -replicó Powell, sucintamente. Se
dirigió de nuevo al primero de la fila y le golpeó el pecho-: ¡Tú! ¿Me
oyes?
La cabeza del monstruo se inclinó lentamente y sus ojos se posaron
sobre los de Powell. A continuación, con una voz áspera y chillona,
como la de un fonógrafo medieval, rechinó:
— ¡Sí, Señor!
Powell sonrió divertido a Donovan.
— ¿Lo sabias? Era la época de los primeros robots habladores, cuando
parecía que se iba a prohibir el uso de los robots en la Tierra. Los
fabricantes lucharon mucho y construyeron complejos, buenos y
saludables esclavos dentro de las condenadas máquinas.
— No les sirvió de mucho -murmuró Donovan.
— No, no les sirvió, pero te aseguro que lo intentaron -dijo Powell, y
se volvió una vez mas hacia el robot-: ¡Levántate!
El robot se elevó despacio y Donovan estiró el cuello y sus fruncidos
labios silbaron.
— ¿Puedes salir a la superficie? -dijo Powell-. ¿A la luz?
Se hizo un silencio mientras el lento cerebro del robot trabajaba.
Luego:
— Sí, Señor.
— Bien. ¿Sabes lo que es una milla?
Otro silencio, y otra escueta respuesta:
— Sí, Señor.
— En ese caso, te llevaremos a la superficie y te indicaremos la
dirección. Recorrerás aproximadamente diecisiete millas y, en algún
lugar de esta región general, encontrarás a otro robot, más pequeño
que tú. ¿Comprendes hasta aquí?
— Sí, Señor.
— Encontrarás a este robot y le ordenarás que vuelva. Si no quiere
hacerlo, tendrás que traerlo a la fuerza.
Donovan tiró de la manga de Powell.
— ¿Por qué no enviarlo directamente a por el selenio?
— Porque quiero que vuelva Speedy, idiota. Quiero descubrir qué es lo
que no va. -y dirigiéndose al robot-: De acuerdo, sígueme.
El robot permaneció inmóvil y su voz retumbó:
— Perdón, Señor, pero no puedo. Primero me tiene que montar.
Y sus torpes brazos se habían juntado con los embotados y grandes
dedos entrelazados. Powell miró atónito y luego se pellizcó el bigote.
— Hum... ¡Oh!
A Donovan se le saltaban los ojos de las órbitas.
— ¿Vamos a tener que montarlo? ¿Como a un caballo?
— Creo que la idea es ésa. Aunque no sé por qué. No veo la razón...
Sí, la veo. Te he explicado que en aquella época causaban molestias
con la seguridad de los robots. Evidentemente, debieron de vender la
idea de seguridad no permitiendo que se moviesen solos, sin un amo
sobre su espalda continuamente. ¿Qué hacemos ahora?
— Estaba pensando precisamente en esto -murmuró Donovan-. Nosotros no
podemos salir a la superficie, con un robot o sin él. Oh, por todos
los santos. -Y chasqueó los dedos dos veces. Se puso nervioso-. Dame
el mapa que te he dado. No lo he estado estudiando durante dos horas
para nada. Esto es una Estación Minera. ¿Qué pasa si utilizamos los
túneles?
En el mapa, la Estación Minera era un círculo negro, y las líneas
luminosas salpicadas de puntos que eran los túneles se extendían como
una telaraña.
Donovan estudió la lista de símbolos de la parte inferior del mapa.
— Mira, los puntitos negros dan a la superficie y aquí hay uno que
está quizás a tres millas de la fuente de selenio. Aquí hay un
número... ¿No crees que lo podían haber escrito más grande...? El 13a.
Si los robots conocen el camino...
Powell lanzó la pregunta y recibió la rutinaria respuesta:
— Sí, Señor.
— Ve a por tu traje antisolar -dijo Powell con satisfacción. Era la
primera vez que ambos se ponían los trajes antisolares -que marcaba
asimismo un momento que ninguno de los dos había esperado cuando
llegaron el día antes-, y probaron los incómodos movimientos de sus
miembros.
El traje antisolar era mucho más voluminoso y mucho más feo que el
traje espacial normal; pero sin embargo considerablemente más ligero,
debido al hecho de que en su entera composición no entraba nada
metálico. Compuestos de plástico resistente al calor y de capas de
corcho químicamente tratadas y equipado con una unidad desecante a fin
de mantener el aire completamente seco, los trajes antisolares podían
soportar todo el resplandor del Sol de Mercurio durante veinte
minutos. Asimismo, de cinco a diez minutos más sin que el ocupante
llegase a morir.
Y las manos del robot seguían formando el estribo; tampoco dio
muestras del mínimo átomo de sorpresa ante la grotesca figura en la
que se había convertido Powell.
La áspera voz de Powell a través de la radio tronó:
— ¿Estás preparado para tomar la Salida 13a?
— Sí, Señor.
Bien, pensó Powell; carecían de radio control pero por lo menos
estaban equipados con radiorreceptores.
— Móntate en uno de los otros -le dijo a Donovan.
Puso un pie en el improvisado estribo y saltó arriba. El asiento le
pareció cómodo; la «montura» se componía de la giba del robot,
evidentemente construida con este fin, una ranura poco profunda en
cada hombro para los muslos y dos «orejas» alargadas cuyo objetivo era
ahora obvio.
Powell sujetó las orejas y giró la cabeza. Su montura giró a su vez
pesadamente.
— Vamos, Macduff -dijo; pero no se sentía muy alegre.
Los gigantescos robots avanzaron lentamente, con mecánica precisión, a
través de la puerta que por un escaso palmo casi rozaba sus cabezas,
por lo que los dos hombres tuvieron que agacharse a toda prisa, a lo
largo de un estrecho pasillo donde sus pausados pasos resonaban de
forma monótona hasta la escotilla de aire.
El largo túnel sin aire que se alargaba hasta un puntito delante de
ellos, hizo que Powell pensase en la exacta magnitud de la tarea
llevada a cabo por la Primera Expedición, con sus bastos robots y unos
requisitos que partían de cero. Podía haber sido un fracaso, pero su
fracaso era bastante mejor que la serie normal de éxitos del Sistema.
Los robots avanzaban despacio a un ritmo que nunca variaba y con unos
pasos que nunca se hacían más largos.
— Observa que estos túneles tienen luces y que la temperatura es la
normal de la Tierra -dijo Powell-. Probablemente ha estado así todos
estos diez años en que el lugar ha permanecido vacío.
— ¿Cómo es eso?
— Energía barata; la más barata del Sistema. Energía solar, ya sabes,
y en el lado Sol de Mercurio, la energía solar no es cualquier cosa.
Es por esta razón que la Estación fue construida en la luz del sol en
lugar de a la sombra de una montaña. A decir verdad es un enorme
convertidor de energía. El calor se transforma en electricidad, luz,
trabajo mecánico y un montón de cosas más; así, la Estación recibe
energía y es enfriada en un proceso simultáneo.
— Escucha -dijo Donovan-. Todo esto es muy instructivo, ¿pero te
importaría cambiar de tema? Resulta que esta conversión de energía de
la que hablas es llevada a cabo principalmente por los bancos de
fotocélulas... y en este momento para mi es un tema algo escabroso.
Powell gruñó vagamente y, cuando Donovan rompió el silencio
resultante, fue para cambiar completamente de tema.
— Escucha, Greg. ¿Qué será a fin de cuentas lo que va mal con Speedy?
No puedo comprenderlo.
No resulta fácil encogerse de hombros dentro de un traje antisolar,
pero Powell lo intentó.
— No lo sé, Mike. Ya sabes que esta perfectamente adaptado al medio
ambiente de Mercurio. El calor no significa nada para él y ha sido
construido para la gravedad ligera y el terreno accidentado. Está
hecho a toda prueba... o por lo menos debería estarlo.
Se hizo el silencio. En esta ocasión, un silencio que duró.
— Señor -dijo el robot-, hemos llegado.
— ¿Eh? -dijo Powell, saliendo de un estado de amodorramiento-. Bien,
sácanos de aquí... a la superficie.
Aparecieron en una diminuta subestación, vacía, sin aire, ruinosa.
Donovan inspeccionó un agujero mellado en la parte alta de una de las
paredes con la luz de su lámpara de bolsillo.
— ¿Crees que es un meteorito? -preguntó.
Powell se encogió de hombros.
— Al demonio con ellos. No importa. Salgamos.
Un elevado precipicio de roca negra de basalto ocultaba la luz del
Sol, y estaban rodeados por la profunda sombra nocturna de un mundo
sin aire. Ante ellos, la sombra se alargaba y terminaba, con la
brusquedad del filo de una navaja, en un casi insoportable resplandor
de luz blanca, que brillaba con miríadas de cristales en un terreno
rocoso.
— ¡El espacio! -gritó Donovan, sofocadamente-. Parece nieve.
En efecto parecía nieve. Los ojos de Powell recorrieron el resplandor
desigual de Mercurio que se extendía en el horizonte y se estremeció
ante el maravilloso brillo.
— Debe de ser una zona insólita. El albedo general de Mercurio es bajo
y la mayor parte del suelo es del color gris de la piedra pómez. Un
poco como la Luna. Hermoso, ¿verdad?
Agradecía los filtros de luz de sus placas de visión. Hermoso o no,
una mirada a la luz del sol directamente a través de un cristal los
habría cegado en medio minuto.
Donovan estaba mirando el termómetro ligero que llevaba en su muñeca.
— ¡Santo cielo, la temperatura es de ochenta grados centígrados!
Powell comprobó el suyo y dijo:
— Hum-m-m. Algo alta. La atmósfera, ya sabes.
— ¿En Mercurio? ¿Estás chiflado?
— En realidad, Mercurio no está completamente sin aire -explicó
Powell, distraído. Estaba ajustando los prismáticos a su placa de
visión, y los hinchados dedos del traje bajaban torpemente-. Hay una
diminuta exhalación que se adhiere a su superficie... Vapores de los
más volátiles elementos y compuestos que son lo suficientemente
pesados para retener la gravedad de Mercurio. Ya sabes: selenio, yodo,
mercurio, galio, potasio, bismuto, óxidos volátiles. Los vapores
avanzan en las sombras y se condensan, produciendo calor. Es una
especie de gigantesco alambique. De hecho, si utilizas tu luz,
probablemente descubrirás que la vertiente del precipicio está
cubierta de, digamos, una acumulación de azufre, o tal vez de rocio de
mercurio.
— En cualquier caso, no importa. Nuestros trajes pueden soportar
indefinidamente unos miserables ochenta grados.
Powell se habla ajustado los prismáticos, y parecía tener unos ojos
tan pedunculares como un caracol.
Donovan observaba lleno de tensión.
— ¿Ves algo?
Su compañero no contestó inmediatamente y, cuando lo hizo, su voz
estaba llena de ansiedad y seriedad.
— Hay un punto oscuro en el horizonte que puede ser la fuente de
selenio. Está en el lugar que indica el mapa. Pero no veo a Speedy.
Powell se irguió en un instintivo afán de ver mejor, hasta quedarse
sobre los hombros de su robot en una posición inestable. Con las
piernas a horcajadas y escudriñando con los ojos, dijo:
— Creo... Creo.. Si, definitivamente es él. Está viniendo por aquí.
Donovan siguió el dedo que señalaba. No tenía prismáticos, pero había
un puntito que se movía, negro contra el deslumbrante brillo del suelo
cristalino.
— Lo veo -gritó-. ¡Vamos!
Powell había vuelto a sentarse sobre el robot, y su mano dentro del
traje golpeó el pecho cilíndrico de Gargantúa.
— ¡Vamos!
— Paso ligero -chilló Donovan, y golpeó sus talones, como espoleando.
Los robots se pusieron en movimiento, y el habitual ruido sordo de sus
pies era silencioso en la zona sin aire, pues la tela no metálica de
los trajes antisolares no transmitía los sonidos. Sólo alcanzaban a
oír una rítmica vibración.
— Más rápido -gritó Donovan.
El ritmo no varió.
— Es inútil -exclamó Powell, como respuesta-. Estos montones de
chatarra sólo están equipados para una velocidad. ¿Crees que están
equipados con flexores selectivos?
Habían atravesado la sombra y apareció la luz del Sol en un candente
remolino que fluyó de forma líquida alrededor de ellos.
Donovan agachó la cabeza involuntariamente.
— ¡Uauh! ¿Es imaginación mía o siento calor?
— Sentirás más dentro de un momento -fue la inexorable respuesta-. No
apartes la vista de Speedy.
El robot SPD-13 estaba ya lo suficientemente cerca para verlo con
detalle. Su grácil y aerodinamizado cuerpo lanzaba resplandecientes
toques de luz mientras caminaba a paso largo y ligero por el suelo
accidentado. Su nombre derivaba de sus iniciales de serie, por
supuesto, pero sin embargo se le adecuaba mucho, pues los modelos SPD
estaban entre los robots más rápidos fabricados por «United States
Robots and Mechanical Men Corporation».
— ¡Eh, Speedy! -gritó Donovan en un alarido, y agitó una frenética
mano.
— ¡Speedy! -gritó Powell-. ¡Ven aquí!
La distancia entre los hombres y el robot errante se iba acortando por
momentos, más por los esfuerzos de Speedy que por el lento caminar de
las monturas de diez años de antigúedad de Donovan y Powell.
Estaban ahora bastante cerca para advertir que el paso de Speedy era
un peculiar y continuo balanceo, un perceptible tumbo de izquierda a
derecha y viceversa. Y en ese momento, mientras Powell agitaba de
nuevo la mano y enviaba la máxima fuerza a su emisor de radio de
auriculares compactos, preparándose para otro grito, Speedy levantó la
vista y los vio.
Speedy se detuvo con un brinco y permaneció parado un momento -con un
ligero e inseguro balanceo, como si estuviese ondeando en un viento
ligero.
Powell gritó:
— Está bien, Speedy. Ahora ven aquí, muchacho.
Después de lo cual, la voz del robot Speedy se oyó en los auriculares
de Powell por primera vez. Dijo:
— Tunante, vamos a jugar. Tú me coges a mí y yo te cojo a ti; ningún
amor puede cortar nuestro cuchillo en dos. Porque yo soy Little
Buttercup, la dulce Little Buttecup.¡Uau...! -Y, girando sobre sus
talones, se marchó corriendo en la dirección de la que había venido,
con una velocidad y una furia que formaban gotas de polvo cocido.
Y sus últimas palabras mientras se alejaban en la distancia, fueron:
— Cultivaron una florecilla cerca del gran roble -seguidas de un
curioso chasquido metálico que podía haber sido el equivalente
robotico de un hipo.
Donovan dijo débilmente:
— ¿Dónde habrá escuchado a Gilbert y Sullivan? Dime, Greg... está
borracho o algo parecido.
— Si no me lo hubieses dicho, no me habría dado cuenta -fue la amarga
respuesta-. Volvamos al precipicio. Me estoy asando.
Fue Powell quien rompió el desesperante silencio:
— En primer lugar -dijo-, Speedy no está borracho... No en un sentido
humano, porque es un robot, y los robots no se emborrachan. Sin
embargo, algo le ocurre, algo que es el equivalente robótico de la
borrachera.
— Para mí, está borracho -declaró Donovan, enfáticamente-. Y todo lo
que sé es que se imagina que estamos jugando. Y no así. Es una
cuestión de vida o de horripilante muerte.
— Está bien. No me atosigues. Un robot es sólo un robot. Cuando
hayamos descubierto lo que le ocurre, podremos arreglarlo y seguir
adelante.
— Cuando... -dijo Donovan, con amargura.
Powell lo ignoró.
— Speedy está perfectamente adaptado al entorno normal de Mercurio.
Pero esta región -y su brazo se hinchó al extenderlo-, es claramente
anormal. Esta es nuestra pista. Veamos ahora, ¿de dónde proceden estos
cristales? Deben de haberse formado de un líquido enfriándose
lentamente; ¿pero de dónde saldría un liquido tan caliente que se
enfriase en el sol de Mercurio?
— De una acción volcánica -sugirió Donovan, al instante, y el cuerpo
de Powell se tensó.
— De las bocas de los que amamantaban -dijo con una extraña y débil
voz, y permaneció muy quieto durante cinco minutos. Luego, dijo:
— Dime, Mike, ¿qué le dijiste a Speedy cuando lo enviaste a buscar el
selenio?
Donovan fue cogido por sorpresa.
— Maldita sea... no lo sé. Simplemente le dije que fuese a buscarlo.
— Sl. Lo sé. ¿Pero cómo? Intenta recordar exactamente las palabras.
— Le dije... huy... le dije: «Speedy, necesitamos algo de selenio.
Puedes encontrarlo en tal o cual sitio. Ve a buscarlo.» Esto es todo.
¿Qué otra cosa querias que le dijese?
— ¿No manifestaste ninguna urgencia en la orden, verdad?
— ¿Para qué? Era pura rutina.
Powell suspiró.
— Bien, ahora ya no se puede evitar... pero estamos en un buen
aprieto.
Había bajado de su robot y se había sentado, apoyado contra el
precipicio. Donovan se reunió con él y se cogieron del brazo. En la
distancia, la ardiente luz del sol parecía esperarlos jugando al ratón
y al gato; y justo junto a ellos, los dos robots gigantes eran
invisibles salvo por el rojo mate de sus ojos fotoeléctricos que los
miraban fijamente, imperturbables, inquebrantables e indiferentes.
¡Indiferentes! Como todo aquel envenenado Mercurio, tan grande en mala
suerte como pequeño en tamaño.
La voz de Powell a través de la radio era tensa en el oído de Donovan:
— Ahora, escucha, vamos a empezar con las tres Reglas fundamentales de
la Robótica; las tres reglas mas profundamente introducidas en el
cerebro positrónico de los robots -dijo, y en la oscuridad, sus dedos
enguantados marcaron cada punto.
— Tenemos: Una, un robot no puede hacer daño a un ser humano, o, por
medio de la inacción, permitir que un ser humano sea lesionado.
— ¡De acuerdo!
— Dos -continuó Powell-, un robot debe obedecer las órdenes recibidas
por los seres humanos excepto si éstas órdenes entrasen en conflicto
con la Primera Ley.
— ¡De acuerdo!
— Y tres, un robot debe proteger su propia existencia en la medida en
que esta protección no sea incompatible con la Primer o la Segunda
Ley.
— ¡De acuerdo! ¿Y dónde estamos ahora?
— Exactamente en la explicación. El conflicto entre las varias reglas
es allanado por los diferentes potenciales positrónicos del cerebro.
Digamos que un robot se está dirigiendo a un peligro y lo sabe. El
potencial automático que establece la Regla 3 le hace retroceder. Pero
imagínate que le ordenas que vaya a ese peligro. En este caso, la
Regla 2 establece un contrapotencial mayor que el anterior y el robot
sigue las órdenes arriesgando la existencia.
— Bien, esto lo sé. ¿Y qué?
— Tomemos el caso de Speedy. Éste es uno de los últimos modelos,
especializado en extremo y tan caro como un acorazado. No es algo que
deba ser destruido a la ligera.
— ¿Y entonces?
— Entonces la Regla 3 ha sido reforzada, lo cual, por cierto, se
mencionaba de forma específica en los previos avisos de los modelos
SPD, y su alergia al peligro es inusualmente alta. Al mismo tiempo,
cuando tú lo enviaste a buscar el selenio, le diste esta orden sin
darle mayor importancia y sin un énfasis especial, de forma que el
mecanismo del potencial de la Regla 2 era bastante débil. Ahora,
espera; sólo estoy exponiendo los hechos.
— De acuerdo, sigue. Creo que lo voy cogiendo.
— ¿Comprendes cómo funciona, verdad? Existe algún tipo de peligro
centrado en la fuente de selenio. Aumenta a medida que se acerca, y a
una determinada distancia el potencial de la Regla 3, inusualmente
alto para ponerse de manifiesto, se equilibra exactamente con el
potencial de la Regla 2, insólitamente bajo para ponerse de
manifiesto.
Donovan se puso de pie, lleno de excitación.
— Y encuentra un equilibrio, ya veo. La Regla 2 lo lleva hacia atrás y
la Regla 2 lo lleva hacia delante...
— Por consiguiente sigue un círculo alrededor de la fuente de selenio,
permaneciendo en el lugar de todos los puntos del potencial
equilibrado. Y hasta que no hagamos algo al respecto, se quedará en el
círculo para siempre, el eterno círculo vicioso -añadió, más
seriamente-: Y esto, en realidad, es lo que lo emborracha. Con el
potencial equilibrado, la mitad de las pistas positrónicas de su
cerebro se han quedado desbaratadas. Yo no soy un especialista en
robots, pero parece evidente. Probablemente, como le ocurre a un
humano ebrio, ha perdido justo el control de las partes de su
mecanismo de la voluntad. Mu-y-y bonito.
— ¿Pero cuál era el peligro? Si supiésemos de qué estaba huyendo...
— Tú los has sugerido. Una acción volcánica. En algún lugar justo
junto a la fuente de selenio hay una filtración de gas de las entrañas
de Mercurio. Dióxido de azufre, dióxido de carbono... y monóxido de
carbono. Mucha cantidad... y a esta temperatura.
Donovan tragó saliva de forma audible.
— Monóxido de carbono más hierro da carbonilo de hierro volátil.
— Y un robot -añadió Powell-, es esencialmente hierro. Y prosiguió,
lúgubremente-: No hay nada como la deducción. Hemos determinado todo
nuestro problema menos la solución. Nosotros no podemos ir en busca
del selenio, todavía está demasiado lejos. No podemos enviar a estos
robots-caballos, porque no pueden ir solos, y no nos pueden llevar
suficientemente de prisa a fin de que no nos quedemos fritos. Y no
podemos coger a Speedy, porque el idiota piensa que estamos jugando y
puede recorrer sesenta millas mientras nosotros caminamos cuatro.
— Si va uno de nosotros -tanteó Donovan-, y vuelve cocido, siempre
quedará el otro.
— Sl, seria un sacrificio de lo más delicado -fue la sarcástica
respuesta-. Salvo que esta persona antes siquiera de llegar a la
fuente ya no estaría en condiciones de dar órdenes, y no creo que los
robots volviesen nunca al precipicio sin órdenes. ¡A ver si lo
entiendes! Estamos a dos o tres millas de la fuente, digamos dos, y el
robot viaja a cuatro millas la hora; y nuestros trajes sólo aguantan
veinte minutos. No es sólo el calor, recuérdalo. La radiación solar
fuera de aquí en los ultravioleta y abajo es venenoso.
— Vaya, nos faltan diez minutos -dijo Donovan.
— Tanto como una eternidad. Y otra cosa. Si el potencial de la Regla 3
ha detenido a Speedy donde lo ha hecho, significa que debe de haber
una apreciable cantidad de monóxido de carbono en la atmósfera llena
de vapor de metal... y por consiguiente debe de haber una apreciable
acción corrosiva. Hace ya horas que está fuera; y cómo sabremos si una
juntura de la rodilla, por ejemplo, no se ha desencajado y lo ha hecho
caer. No es sólo cuestión de pensar... ¡tenemos que pensar de prisa!
¡Profundo, oscuro, malsano, tenebroso silencio!
Donovan lo rompió, con una voz que temblaba por el propio esfuerzo de
mantenerla fría. Dijo:
— Dado que no podemos aumentar el potencial de la Regla 2 dándole más
órdenes, ¿por qué no trabajamos en el otro sentido? Si aumentamos el
peligro, aumentaremos el potencial de la Regla 3 y lo haremos volver.
La placa de visión de Powell se volvió hacia él en una silenciosa
pregunta.
— Escucha -empezó Donovan en cautelosa explicación-, todo lo que
necesitamos para sacarlo de su ruta es aumentar la concentración de
monóxido de carbono en su proximidad. Bien, en la Estación hay un
completo laboratorio analítico.
— Naturalmente -admitió Powell-. Es una Estación Minera.
— Claro. Debe de haber kilos de ácido oxálico para precipitaciones de
calcio.
— ¡Santo espacio! Mike, eres un genio.
— Sólo un poco -admitió Donovan, modestamente-. Unicamente se trata de
recordar que el ácido oxálico al calor se descompone en dióxido de
carbono, agua, y el buen y viejo monóxido de carbono. La Universidad,
la química, ya sabes.
Powell se había puesto de pie y había llamado la atención de uno de
los robots monstruosos con el simple acto de golpear el muslo de la
máquina.
— Eh, ¿sabes lanzar? -gritó.
— ¿Señor?
— No importa. -Powell maldijo el cerebro de lenta melaza del robot.
Buscó y encontró una piedra mellada del tamaño de un ladrillo-. Cógela
-dijo-, y lanzala allí en el pedazo de cristales azulados justo en la
fisura tortuosa. ¿Lo ves?
Donovan tiró de su hombro.
— Demasiado lejos, Greg. Está a casi media milla.
— Tranquilo -replicó Powell-. Se trata de la gravedad mercuriana y de
cómo lanza un brazo de acero. Tú mira, ¿quieres?
Los ojos del robot estaban midiendo la distancia con precisión
maquinal y estereoscópica. Su brazo se ajustó al peso del misil y se
fue hacia atrás. Los movimientos del robot no se veían en la
oscuridad, pero se oyó un fuerte sonido sordo cuando balanceaba su
peso, y segundos después la piedra volaba furiosamente en la luz del
sol. No había resistencia aérea que redujese su velocidad, ni viento
que la desviase, y cuando golpeó el suelo levantó unos cristales justo
en el centro del "pedazo azul».
Powell gritó feliz y exclamó:
— Vamos a por el ácido oxálico, Mike.
Y, mientras se introducían en la ruinosa subestación en su camino de
vuelta a los túneles, Donovan dijo ceñudo:
— Speedy ha seguido vagando por este lado de la fuente de selenio,
incluso después de haber ido en pos de él. ¿Lo has visto?
— Sí.
— Me parece que quiere jugar. ¡Bien, pues jugaremos con él!
Unas horas más tarde, estaban de vuelta con unos frascos de tres
litros conteniendo la blanca sustancia química, y unas caras largas.
Los bancos de fotocélulas se estaban deteriorando más rápidamente de
lo que habían supuesto. En silencio y con un inexorable objetivo ambos
guiaron sus robots hasta la luz del sol y hacia Speedy que esperaba.
Este ultimo trotó despacio hacia ellos.
— Por aquí otra vez. ¡Hola! He hecho una pequeña lista, el organista
del piano; todos comen pastillas de menta y os las tiran a la cara.
— En tu cara vamos a tirar algo -murmuró Donovan-. Está cojeando,
Greg.
— Lo he notado -le contestó su compañero, en voz baja y preocupada-.
Si no nos damos prisa, le comerá el monóxido.
Ahora se estaban acercando cautelosamente, casi sigilosamente, a fin
de evitar que el completamente irracional robot se alejase. Powell
estaba demasiado lejos para decirlo, por supuesto, pero habría jurado
que el loco de Speedy se estaba preparando para saltar.
— Vamos a lanzarlos -dijo en un grito sofocado-. ¡Cuento hasta tres!
Uno... dos...
Dos brazos de acero se echaron hacia atrás y luego hacia delante
simultáneamente y dos jarras de cristal fueron lanzadas hacia delante
formando elevados arcos paralelos, que brillaban como diamantes en el
Sol imposible. Y en un par de soplos silenciosos, golpearon el suelo
detrás de Speedy, estrellándose de forma que el ácido oxálico voló
como polvo.
Powell supo que, al pleno calor del Sol de Mercurio, había entrado en
efervescencia como agua de Seltz.
Speedy se volvió para mirar, luego retrocedió despacio, e igualmente
despacio fue tomando velocidad. Al cabo de quince segundos, estaba
brincando hacia los dos hombres con un medio galope poco firme.
Powell no captó con precisión las palabras de Speedy en aquel momento,
pero oyó algo como:
— Las declaraciones de amor cuando son pronunciadas en hessiano.
Se volvió.
— Regresemos al precipicio, Mike. Ha salido de la ruta y ahora
aceptará las órdenes. Estoy empezando a tener calor.
Avanzaron despacio hacia la sombra al lento y monótono paso de sus
monturas, y no fue hasta que entraron en el repentino frescor, éste
los rodeó y lo sintieron, que Donovan miró hacia atrás.
— ¡Greg!
Powell miró a su vez y casi gritó. Ahora Speedy se estaba moviendo
despacio -muy despacio- y en la dirección contraria. Iba a la deriva,
de vuelta a su ruta; y estaba cobrando velocidad. En los prismáticos
parecía terriblemente cerca, y temiblemente inalcanzable.
Donovan gritó salvajemente:
— ¡A por él! -y espoleó a su robot para ir en su busca, pero Powell lo
hizo volver.
— No lo cogerás, Mike, es inútil -dijo, agitándose nervioso sobre la
espalda del robot y apretando los puños en tensa impotencia-. ¿Por qué
demonios debo ver estas cosas cinco segundos después de que todo haya
pasado? Mike, hemos perdido el tiempo.
— Necesitarnos más ácido oxálico -declaró Donovan, tercamente-. La
concentración no era suficientemente alta.
— Siete toneladas no habrían bastado... y, aunque bastasen, con el
monóxido devorándolo, no tenemos horas para malgastar obteniéndolo.
¿No ves lo que pasa, Mike?
— No -dijo Donovan, claramente.
— Sólo estamos estableciendo nuevos equilibrios. Al crear un nuevo
monóxido y aumentar el potencial de la Regla 3, él ha retrocedido
hasta estar nuevamente equilibrado; y al desvanecerse el monóxido, ha
avanzado, y otra vez había equilibrio.
— La voz de Powell tenía un tono completamente desdichado-. Es el
eterno círculo vicioso. Podemos dar un empujón a la Regla 2 y tirar de
la Regla 3 sin llegar a ninguna parte, sólo cambiando la posición de
la balanza. Tenemos que salir de las dos reglas. -E hizo que su robot
se acercase al de Donovan, de forma que se quedaron sentados cara a
cara, débiles sombras en la oscuridad, y murmuró: -¡Mike!
— ¡Se ha acabado! -dijo Donovan, sombríamente-. Supongo que volveremos
a la Estación, esperaremos que los bancos se agoten, nos estrecharemos
las manos, tomaremos cianuro y nos marcharemos como caballeros. -Y
lanzó una risita.
— Mike -repitió Powell seriamente-, tenemos que ir a buscar a Speedy.
— Lo sé.
— Mike -dijo Powell una vez más, y titubeó antes de continuar-. Queda
todavía la Regla 1. Había pensado en ello... antes, pero es
desesperado.
Donovan levantó la vista y su voz se animó:
— Nosotros estamos desesperados.
— Está bien. De acuerdo con la Regla 1, un robot no puede ver cómo a
un humano le sucede algo malo por culpa de su falta de acción. La dos
y la tres no pueden nada ante ello. No pueden nada, Mike.
— Incluso cuando el robot está medio loco... Bien, él está borracho.
Sabes que es así.
— Es el riesgo que se corre.
— Para ya. ¿Qué vas a hacer?
— Ahora voy a salir para ver qué hará la Regla 1. Si no rompo el
equilibrio, entonces qué demonios... o es ahora o dentro de tres o
cuatro días.
— Espera, Greg. También hay reglas humanas de comportamiento. Tú no te
vas así como así. Imagínate una lotería y dame mi oportunidad.
— De acuerdo. El primero que saque el número quince va.
— Y casi inmediatamente-: ¡Veintisiete! ¡Cuarenta y cuatro! Donovan
advirtió que su robot se tambaleaba ante un súbito empujón de la
montura de Powell; y éste ya se había marchado hacia la luz del sol.
Donovan abrió la boca para gritar, pero la cerró. Por supuesto, el
maldito estúpido tenía ya preparado el número quince con antelación, y
a propósito. Al igual que él.
El sol abrasaba más que nunca y Powell sintió un comezón enloquecedor
en la parte más estrecha de la espalda. Imaginaciones, probablemente
o, tal vez, la fuerte radiación que empezaba a manifestarse a través
del traje antisolar.
Speedy lo estaba mirando, sin una palabra del galimatías de Gilbert y
Sullivan como saludo. ¡Gracias a Dios por esto! Pero no se atrevió a
acercarse demasiado.
Estaba a tres yardas cuando Speedy empezó a retroceder, un Paso a la
vez, cautelosamente, y Powell se detuvo. Saltó de los hombros del
robot y aterrizó en el suelo cristalino acompañado de un ligero ruido
sordo y una lluvia de fragmentos desiguales.
Avanzó a pie, con el terreno arenoso y resbaladizo bajo sus pies y con
dificultad a causa de la baja gravedad. El calor le provocaba
cosquillas en las plantas. Echó una ojeada a la oscuridad de la sombra
del acantilado por encima del hombro y se dio cuenta de que había
llegado demasiado lejos para volver, tanto sólo como con la ayuda de
su anticuado robot. Era Speedy o nada, y la toma de conciencia de ello
le encogió el corazón.
¡Ya estaba bastante lejos! Se detuvo.
— ¡Speedy! -llamó-. ¡Speedy!
El brillante y moderno robot titubeó delante de él y dejó de
retroceder, luego reanudó el camino.
Powell intentó poner una nota de lamento en su voz, y descubrió que no
necesitaba hacer mucho teatro:
— Speedy, tengo que volver a la sombra o el Sol me abrasará. Es cosa
de vida o muerte, Speedy. Te necesito.
Speedy dio un paso hacia delante y se paró. Habló, pero ante su sonido
Powell gruñó, pues fue:
— Cuando uno está tumbado despierto con un horrible dolor de cabeza y
el descanso está prohibido... -se fue desvaneciendo, y Powell, por
alguna razón, se tomó un momento para murmurar:
— Iolanthe.
¡Hacía un calor abrasador! Vislumbró un movimiento por el rabillo del
ojo y se volvió aturdido; entonces se quedó petrificado de asombro,
pues el monstruoso robot sobre el que había montado se estaba
moviendo, moviéndose hacia él, y sin jinete.
Estaba hablando:
— Perdón, Señor. No debo moverme sin un Señor sobre mí, pero usted
está en peligro.
Claro, el potencial de la Regla 1 por encima de todo. Pero él no
quería aquella torpe antigualla; él quería a Speedy. Se alejó y le
hizo gestos frenéticos.
— Te ordeno que te mantengas alejado. ¡Te ordeno que te pares!
Era completamente inútil. No se puede luchar con el potencial de la
Regla 1. El robot dijo estúpidamente:
— Está en peligro, Señor.
Powell miró en torno suyo, desesperadamente. No podía ver con
claridad. Su cerebro le daba vueltas acaloradamente; el aliento le
abrasaba al respirar y el suelo a su alrededor era una calina trémula.
Llamó una última vez, desesperadamente:
— ¡Speedy! ¡Me estoy muriendo, maldito! ¿Dónde estás? Speedy, te
necesito.
Estaba todavía dando traspiés hacia atrás en un ciego esfuerzo por
alejarse del gigantesco robot a quien no quería, cuando notó unos
dedos de acero en sus brazos y oyó una preocupada y apenada voz de
timbre metálico en sus oídos.
— Por todos los santos, jefe, ¿qué está usted haciendo aquí? Y qué
estoy haciendo yo... Me siento tan confundido...
— No importa -murmuró Powell, débilmente. -Llévame a la sombra del
precipicio... ¡Y rápido!
Tuvo una última sensación de ser levantado en el aire, una impresión
de rápido movimiento y de calor abrasador, y perdió el conocimiento.
Se despertó con Donovan inclinado sobre él y sonriendo ansiosamente.
— ¿Cómo estás, Greg?
— ¡Bien! -fue la respuesta-. ¿Dónde esta Speedy?
— Por aquí. Lo he enviado a una de las otras fuentes de selenio...
LA PRUEBA
Francis Quinn era un político de la nueva escuela. Naturalmente esto
es una expresión sin sentido, como lo son todas las expresiones de
este tipo. La mayoría de las «nuevas escuelas» que tenemos fueron
duplicadas en la vida social de la antigua Grecia y tal vez, si
supiésemos más sobre ello, en la vida social de la antigua Sumeria y
también en las moradas lacustres de la Suiza prehistórica.
Pero para salir de un comienzo que promete ser aburrido y complicado,
será preferible poner de manifiesto inmediatamente que Quinn ni se
presentaba para candidato, ni solicitaba votos, no hacía discursos y
no llevaba a cabo fraudes electorales. De la misma forma que Napoleón
no apretó un gatillo en Austerlitz.
Y como los políticos son unos extraños compañeros de cama, Alfred
Lanning estaba sentado al otro lado del escritorio con sus feroces
cejas blancas muy curvadas hacia abajo sobre unos ojos donde la
impaciencia crónica se había convertido en agudeza. No estaba
contento.
Este hecho, aunque hubiese sido conocido por Quinn, no habría
molestado a éste en absoluto. Su voz era amistosa, tal vez por razones
profesionales.
— Supongo que conoce usted a Stephen Byerley, doctor Lanning.
— He oído hablar de él. Como mucha gente.
— Sí, yo también. ¿Acaso piensa usted votarlo en las próximas
elecciones?
— No sabría decirlo -había aquí un inconfundible rastro de amargura-.
No he seguido las campañas políticas, por consiguiente no estaba al
corriente de que se presentaba candidato.
— Puede ser nuestro próximo alcalde. Por supuesto, ahora es sólo un
abogado, pero es un chico que promete...
— Sí -interrumpió Lanning-. He oído la frase antes. Pero me pregunto
si la situación no se le escapará de las manos.
— Nosotros tenemos la situación por la mano, doctor Lanning. -El tono
de Quinn era muy amable-. Me interesa sobremanera que el señor Byerley
siga siendo fiscal del distrito, y a usted le interesa ayudarme para
que así sea.
— ¿Me interesa a mí? ¡Venga ya! -las cejas de Lanning se arquearon
ostensiblemente.
— Bien, digamos entonces que le interesa a «U.S. Robots & Mechanical
Men Corporation». Recurro a usted como Director Emérito de
Investigación, porque sé que su conexión con ellos es de, digamos,
«anciano estadista». Lo escuchan con respeto y sin embargo su relación
con ellos ya no es tan estrecha como para que no pueda contar con una
considerable libertad de acción; incluso si la acción es en cierta
forma poco ortodoxa.
El doctor Lanning guardó silencio un momento, rumiando sus
pensamientos. Dijo con mucha suavidad:
— No le sigo en absoluto, señor Quinn.
— No me sorprende, doctor Lanning. Sin embargo es todo bastante
simple. ¿Le molesta? -Quinn encendió un delgado cigarrillo con un
encendedor sencillo y de buen gusto, y su rostro de huesos grandes
adquirió una expresión como de estar bastante divertido-. Hemos
hablado del señor Byerley, un carácter extraño y pintoresco. Hace tres
años era un desconocido. Ahora es muy conocido. Es un hombre de fuerza
y habilidad, y sin duda el fiscal más capacitado e inteligente que
jamás he conocido. Desgraciadamente, no es amigo mío...
— Comprendo -dijo Lanning, de forma mecánica. Se miró fijamente las
uñas.
— El año pasado tuve ocasión de investigar al señor Byerley... de
manera bastante exhaustiva -continuó Quinn, en el mismo tono-. ¿Sabe?
Siempre es útil someter el pasado de los políticos reformistas a una
investigación bastante inquisitiva. Si usted supiera cómo ayuda en
muchas ocasiones... -Hizo una pausa para sonrefr humorísticamente a la
punta incandescente de su cigarrillo-. Pero el pasado del señor
Byerley es de lo más corriente. Una vida tranquila en una pequeña
ciudad, educación universitaria, una mujer que murió joven, un
accidente de automóvil con un lento restablecimiento, la Facultad de
Derecho, la llegada a la metrópolis, un abogado. -Francis Quinn movió
la cabeza despacio, luego añadió-: Pero su vida actual, ah, ésta sí es
notable. ¡Nuestro fiscal del distrito no come nunca!
La cabeza de Lanning se levantó de golpe, y los viejos ojos se
agudizaron por la sorpresa.
— ¿Cómo dice?
— Nuestro fiscal del distrito no come nunca -repitió marcando las
sílabas-. Lo modificaré ligeramente. Nunca ha sido visto comiendo o
bebiendo. ¡Nunca! ¿Comprende usted el significado de la palabra? ¡No
rara vez, sino nunca!
— Me parece bastante increíble. ¿Puede usted confiar en sus
investigaciones?
— Puedo confiar en mis investigaciones y no me parece increíble en
absoluto. Es más, nuestro fiscal del distrito nunca ha sido visto
bebiendo, ni agua ni bebidas alcohólicas, y tampoco durmiendo. Hay
otros factores, pero creo haber expuesto ya la cuestión.
Lanning se reclinó en su silla, y se produjo entre ellos el silencio
absorto del desafío y de la contestación, y a continuación el anciano
experto en robótica sacudió la cabeza.
— No. Si sumo sus afirmaciones al hecho de que me las dirige a mí,
sólo una cosa puede usted estar intentando decirme, y eso es
imposible.
— Pero ese hombre es casi inhumano, doctor Lanning.
— Si me dijese que era Satán enmascarado, habría una ligera
probabilidad de que le creyese.
— Le digo que es un robot, doctor Lanning.
— Y yo le digo que es la idea mas imposible que jamás he escuchado,
señor Quinn.
De nuevo el desafiante silencio.
— En cualquier caso -y Quinn apagó su cigarrillo con estudiada
atención-, tendrá que investigar esta imposibilidad con todos los
recursos de «Corporation».
— Le aseguro que yo no puedo encargarme de una cosa así, señor Quinn.
No estará sugiriendo seriamente que «Corporation» se meta en la
política local.
— No tiene elección. Supongamos que tengo que hacer públicos los
hechos sin pruebas. La evidencia es bastante circunstancial.
— Haga lo que le parezca conveniente al respecto.
— Pero a mí no me convendría eso. Sería preferible tener las pruebas.
Y tampoco le convendría a usted, pues la publicidad sería perjudicial
para su compañía. Imagino que está usted perfectamente bien informado
sobre las reglas estrictas contra el uso de robots en mundos
habitados.
— ¡Por supuesto! -replicó bruscamente.
— Usted sabe que «U.S. Robots & Mechanical Men Corporation» es el
único fabricante de robots positrónicos en el Sistema Solar y, si
Byerley es un robot, es un robot positrónico. También está usted
enterado de que todos los robots posítrónicos son alquilados, que no
se venden; que «Corporation» sigue siendo el dueño y tutor de cada
robot, y que por consiguiente es responsable de los actos de todos.
— Es muy fácil, señor Quinn, probar que «Corporation» nunca ha
fabricado un robot de carácter humanoide.
— ¿Se puede hacer? Sólo para discutir las posibilidades.
— Si. Se puede hacer.
— Imagino, también en secreto. Sin que aparezca en sus libros.
— El cerebro positrónico no, señor. Intervienen demasiados factores en
él, además existe la supervisión más estrecha que se pueda imaginar
por parte del Gobierno.
— Sl, pero los robots se vuelven inservibles, se estropean, se
averían... y son desmantelados.
— Y los cerebros positrónicos se vuelven a usar o se destruyen.
— ¿De verdad? -Francis Quinn se permitió un rasgo de sarcasmo-. Y si
uno no fuese destruido, accidentalmente, por supuesto... y ocurriese
que una estructura humanoide estuviese esperando un cerebro.
— ¡Imposible!
— Tendrá que probárselo al Gobierno y al público, ¿por qué entonces no
me lo prueba a mi ahora?
— ¿Pero por qué deberíamos hacerlo? -preguntó Lanning, exasperado-.
¿Dónde está nuestro interés? Limitese a creernos con un mínimo de
sentido común.
— Mi querido señor, por favor. La «Corporation» sólo estaría más que
feliz de contar con el permiso de varias regiones para usar robots
positrónicos humanoides en mundos habitados. Los ingresos serían
enormes. Pero el prejuicio del público con respecto a semejante
práctica es demasiado grande. Imaginese que primero lo acostumbra a
este tipo de robots. Vean, tenemos un experto abogado, un buen
alcalde, y es un robot. ¿No quieren comprar nuestros robots
mayordomos?
— Totalmente fantástico. Un humor que desciende casi al nivel de lo
ridículo.
— Supongo que si. ¿Por qué no probarlo? ¿O sigue prefiriendo probarlo
públicamente?
La luz de la oficina estaba disminuyendo, pero todavía no era tan
densa como para oscurecer el flujo de frustración del rostro de Alfred
Lanning. Despacio, los dedos del experto en robótica apretaron un
botón y los apliques de la pared brillaron con suave vida.
— Bien, en ese caso, vamos a ver qué pasa -rezongó.
No es fácil describir el rostro de Stephen Byerley. Tenía cuarenta
años según el certificado de nacimiento y cuarenta años por su
aspecto, pero era un sano, bien alimentado y bonachón aspecto de
cuarenta años; al verlo uno no podía evitar que acudiese a su mente la
frase hecha, «aparenta la edad que tiene».
Esto era particularmente cierto cuando se reía; y ahora se estaba
riendo. La risa surgió sonora y continuada, se desvaneció un momento,
luego volvió a empezar.
Y el rostro de Alfred Lanning se contrajo en un rígidamente amargo
monumento de desaprobación. Hizo un ligero gesto a la mujer sentada
junto a él, pero los finos y lívidos labios de ella sólo se fruncieron
un poquito.
Byerley, jadeando, recobró un estado cercano a la normalidad.
— ¿De verdad, doctor Lanning, de verdad... yo... yo un robot?
Lanning lanzó sus palabras con vehemencia:
— No se trata de una afirmación mía, señor. Yo estaría completamente
feliz de tenerlo como miembro de la Humanidad. Desde el momento que
nuestra corporación jamás lo ha fabricado, estoy bastante seguro de
que lo es... en cualquier caso en un sentido legal. Pero dado que la
pretensión de que usted es un robot nos ha sido seriamente formulada
por un hombre de cierto peso...
— No mencione su nombre, si ello debe provocar un desprendimiento de
su bloque ético de granito, pero imaginemos, como hipótesis, que se
trata de Frank Quinn, y continúe.
Ante la interrupción, Lanning lanzó un agudo y cortante bufido e hizo
una pausa furiosa antes de continuar con añadida frialdad:
— ... por un hombre de cierto peso, con cuya identidad no quiero jugar
a las adivinanzas, tengo que solicitar su colaboración para refutarlo.
El mero hecho de que los medios a disposición de este hombre pudiesen
formular y dar publicidad a una aseveración semejante, sería un duro
golpe para la compañía que yo represento... incluso si la acusación
nunca hubiese sido probada. ¿Me comprende?
— Oh, sí, tengo clara su posición. La propia acusación es ridícula. No
es el caso de su postura. Le ruego me disculpe si mi risa le ha
ofendido. Me reía de lo primero, no de lo segundo. ¿Cómo puedo
ayudarle?
— De una forma muy simple. Sólo tiene que sentarse delante de una
comida en un restaurante en presencia de testigos, dejarse
fotografiar, y comer.
Lanning se reclinó en su silla, una vez pasado lo peor de la
entrevista. La mujer junto a él miraba a Byerley con una expresión
aparentemente absorta pero no participaba.
Stephen Byerley encontró los ojos de ella un instante, más bien fue
cogido por ellos, luego se volvió hacia el experto en robótica.
Durante un momento sus dedos permanecieron pensativos sobre el
pisapapeles de bronce que era el único objeto que había sobre su
escritorio.
— No creo que pueda obligarlo -dijo Lanning, pausadamente.
El otro levantó la mano.
— Espere, doctor Lanning. Tomo en consideración el hecho de que todo
este asunto es desagradable para usted, que ha sido obligado a ello en
contra de su voluntad, que se da cuenta de que está interpretando una
parte poco digna e incluso ridícula. Sin embargo, este asunto me
afecta más íntimamente a mí, por consiguiente sea tolerante.
»En primer lugar, ¿qué le hace pensar que Quinn, este hombre de cierto
peso, ya sabe, no le ha engañado, a fin de que haga exactamente lo que
está haciendo?
Porque parece muy poco probable que una persona honorable se arriesgue
de una forma tan ridícula, si no estuviese convencido de estar pisando
sobre seguro.
Hubo cierto humor en los ojos de Byerley.
— Usted no conoce a Quinn. Sería capaz de convertir en terreno seguro
la plataforma de una montaña donde ni una oveja podría pisar. ¿Supongo
que le ha contado los detalles de la investigación que afirma haberme
hecho?
— Lo suficiente para convencerme de que sería demasiado molesto que
nuestra corporación tuviese que intentar refutarlos cuando usted puede
hacerlo más fácilmente.
— Entonces lo cree cuando dice que yo nunca he comido. Usted es un
científico, doctor Lanning. Piense en la lógica que se ha utilizado.
Yo nunca he sido visto comiendo, por consiguiente, yo nunca como. Q.
E. D. ¡Por favor!
— Está usted utilizando tácticas judiciales para confundir lo que es a
decir verdad una situación sencilla.
— Por el contrario, estoy intentando poner en claro una situación que
entre usted y Quinn han complicado mucho. Mire, yo no duermo mucho,
esto es cierto, y ciertamente no duermo en público. Nunca me he
preocupado por comer con otros; una idiosincrasia que es insólita y
probablemente de carácter neurótico, pero que no hace daño a nadie.
Escuche, doctor Lanning, deje que le presente un caso supuesto.
Supongamos que tenemos un político que está interesado en desacreditar
a un candidato reformista a cualquier precio y, mientras está
investigando su vida privada, tropieza con unas excentricidades como
las que le acabo de mencionar.
»Sigamos suponiendo que a fin de desprestigiar de forma efectiva a
este candidato, acude a su compañía como el intermediario idóneo.
Usted espera que le diga: "Fulanito de tal es un robot porque
prácticamente nunca come con gente, y yo nunca lo he visto dormir en
medio de un caso; y en una ocasión cuando miré por su ventana en medio
de la noche, estaba allí sentado con un libro; y examiné su nevera por
dentro y no había comida."»
»Si le dijese esto, usted enviaría a por una camisa de fuerza. Pero él
le dice: "Nunca duerme; nunca come , entonces el shock de la
afirmación le impide ver el hecho de que semejantes declaraciones no
se pueden probar. Usted le sigue el juego contribuyendo al follón.
— Señor -empezó Lanning, con una obstinación amenazadora-,
independientemente de si usted considera que este asunto es serio o
no, sóló hará falta la comida que he mencionado para ponerle fin.
De nuevo Byerley se volvió a la mujer, que seguía mirándolo
inexpresivamente.
— Discúlpeme. ¿He comprendido bien su nombre? ¿Doctora Susan Calvin?
— Sí, señor Byerley.
— Es usted la psicóloga de «U.S. Robots», ¿verdad?
— Robopsicóloga, por favor.
— Oh, ¿acaso los robots, mentalmente, son tan diferentes de los
hombres?
— Como la noche y el día -dijo ella, y se permitió una sonrisa
glacial-. Los robots son esencialmente decentes.
El humor tiró de las comisuras de la boca del abogado.
— Bien, esto es un duro golpe. Pero lo que yo quería decir era lo
siguiente. Dado que es usted psicó... robopsicóloga y mujer, apuesto a
que ha hecho algo en lo que el doctor Lanning no ha pensado.
— ¿Y de qué se trata?
— Tiene algo para comer en su bolso.
Algo se encendió en la disciplinada indiferencia de los ojos de Susan
Calvin. Dijo:
— Me sorprende usted, señor Byerley.
Y, abriendo el bolso, sacó una manzana. Tranquilamente, se la tendió.
El doctor Lanning, después del respingo inicial, siguió el lento
movimiento de una mano a la otra con aguda y atenta mirada.
Con calma, Stephen Byerley la mordió y, con calma, tragó.
— ¿Lo ve, doctor Lanning?
El doctor Lanning sonrió con un alivio suficientemente tangible como
para hacer que sus cejas pareciesen benevolentes. Un alivio que
sobrevivió un frágil segundo.
Susan Calvin dijo:
— Tenía curiosidad por ver si se la comería, pero, por supuesto, en
este caso, no prueba nada.
Byerley gruñó:
— ¿No?
— Claro que no. Es evidente, doctor Lanning, que si este hombre fuese
un robot humanoide, sería una perfecta imitación. Es casi demasiado
humano para ser verosímil. Al fin y al cabo, hemos estado viendo y
observando seres humanos toda nuestra vida; sería imposible engañarnos
con algo meramente casi perfecto. Debería ser completamente perfecto.
Observa la textura de la piel, la calidad de los iris, la formación
ósea de las manos. Si es un robot, desearía que lo hubiese hecho «U.S.
Robots», porque es un buen trabajo. ¿Crees pues que alguien capaz de
prestar atención a tales detalles sutiles descuidaría algunos
artilugios que se ocupasen de cosas como comer, dormir, evacuar? Sólo
para casos de emergencia, tal vez; por ejemplo, para prevenir
situaciones como las que se están presentando ahora. Por consiguiente,
una comida no probaría realmente nada.
— Un momento -dijo gruñendo Lanning-. No soy el estúpido que ambos
están haciendo que parezca. No me interesa el problema de la humanidad
o no humanidad del señor Byerley. Me interesa sacar a la corporación
de un aprieto. Una comida en público zanjaría la cuestión y la
mantendría zanjada al margen de lo que hiciese Quinn. Podemos dejar
los detalles sutiles para los abogados y los robopsicólogos.
— Pero, doctor Lanning, se olvida de la política en esta situación
-dijo Byerley-. Yo tengo tantas ganas de ser elegido como Quinn de que
no lo sea. Por cierto, ¿ha advertido que ha pronunciado su nombre? Es
uno de mis trucos baratos de abogado tramposo. Antes de que lo
hiciese, yo sabía que lo haría.
Lanning se sonrojó.
— ¿Qué tienen que ver las elecciones con esto?
— La publicidad trabaja en los dos sentidos, señor. Si Quinn quiere
decir que soy un robot, y tiene el descaro de hacerlo, yo tengo el
descaro de entrar en el juego a su modo.
— ¿Quiere usted decir que...? -Lanning estaba casi francamente
horrorizado.
— Exactamente. Quiero decir que voy a dejar que siga adelante, que
escoja su cuerda, compruebe su fuerza, la corte a la longitud
adecuada, haga el lazo, meta la cabeza y sonría. Yo haré el resto.
— Está usted muy seguro de si mismo.
Susan Calvin se levantó.
— Vámonos, Alfred, no le haremos cambiar de opinión.
— ¿Lo ve? -sonrió amablemente Byerley-. También es usted psicóloga
humana.
Pero probablemente no toda la seguridad que había observado el doctor
Lanning estaba presente aquella tarde cuando Byerley aparcó el coche
en la entrada automática que daba al garaje subterráneo y atravesó el
sendero hasta la puerta principal de su casa.
La figura que estaba en la silla de ruedas levantó la vista cuando
entró, y sonrió. El rostro de Byerley resplandeció de afecto. Se
dirigió a ella.
La voz mutilada era un ronco y rechinante susurro que salía de una
boca para siempre torcida en un lado, que sonreía en una cara cuya
mitad era un tejido cicatrizado.
— Llegas tarde, Steve.
— Lo sé, John. Pero hoy he tenido que enfrentarme a un problema
peculiar e interesante.
— ¿Y eso? -Ni la descompuesta cara ni la destruida voz podían mostrar
expresión alguna, pero había ansiedad en los ojos claros-. ¿Algo que
no tiene solución?
— No estoy muy seguro. Es posible que necesite tu ayuda. Tú eres el
brillante de la familia. ¿Quieres que te lleve al jardín? Hace una
tarde preciosa.
Dos fuertes brazos levantaron a John de la silla de ruedas. Con
gentileza, casi acariciadoramente, los brazos de Byerley rodearon los
hombros y las piernas envueltas del lisiado. Con cuidado, y despacio,
atravesó las habitaciones, bajó la suave rampa que había sido
construida pensando en una silla de ruedas y salió por la puerta
posterior al jardín cercado con una tapia y alambrado que había detrás
de la casa.
— ¿Por qué no me dejas utilizar la silla de ruedas, Steve? Es
estúpido.
— Porque prefiero llevarte. ¿Tienes algo que objetar? Sabes que te
gusta salir de ese cochecito motorizado un rato, de la misma forma que
a ml me gusta verte fuera. ¿Cómo te encuentras hoy? -Depositó a John
con infinito cuidado sobre la fresca hierba.
— ¿Cómo quieres que me encuentre? Pero cuéntame tu problema.
— La campaña de Quinn estará basada en el hecho de que afirma que yo
soy un robot.
Los ojos de John se abrieron de par en par.
— ¿Cómo lo sabes? Es imposible. No puedo creerlo.
— Oh, venga, yo te digo que es así. Me ha enviado a la oficina a un
pez gordo, un científico de «U.S. Robots and Mechanical Men
Corporation» para discutir conmigo.
Con lentitud, las manos de John se removieron frenéticamente en la
hierba.
— Ya veo. Ya veo.
Byerley dijo:
— Pero podemos hacer que pique el anzuelo. Tengo una idea. Escúchame y
dime si podemos ponerla en práctica...
La escena, tal y como aparecía en el despacho de Lanning aquella
noche, era un programa estelar. Francis Quinn miraba pensativamente a
Alfred Lanning. La mirada de Lanning estaba posada salvajamente sobre
Susan Calvin, que a su vez miraba impasiblemente a Quinn.
Francis Quinn puso fin con un pesado intento de despreocupación.
— Una fanfarronada. Lo está inventando a medida de las circunstancias.
— ¿Va usted a especular con ello, señor Quinn? -preguntó la doctora
Calvin, con indiferencia.
— Bien, en realidad, el interés es de ustedes.
— Escúcheme -empezó Lanning, revistiendo el claro pesimismo con
jactancia-, hemos hecho lo que nos ha pedido. Hemos sido testigos de
que el hombre come. Es ridículo presumir que es un robot.
— ¿Lo cree usted así? -Quinn se volvió hacia Calvin-: Lanning ha dicho
que usted era la experta.
Lanning fue casi amenazador:
— Ahora, Susan...
Quinn interrumpió con suavidad:
— ¿Por qué no la deja hablar, hombre? Hace media hora que está aquí
sentada como un poste.
Lanning parecía claramente preocupado. De lo que sentía en ese momento
a la paranoia incipiente sólo habla un paso. Dijo:
— Muy bien. Tienes la palabra, Susan. No te interrumpiremos.
Susan Calvin lo miró humorísticamente, luego fijó unos ojos fríos en
el señor Quinn.
— Sólo hay dos formas de probar definitivamente que Byerley es un
robot. Hasta el momento, usted ha presentado evidencias
circunstanciales, con las cuales puede acusar, pero no probar; y creo
que el señor Byerley es lo bastante inteligente como para contestar a
este tipo de material. Probablemente usted piensa lo mismo, o no
habría venido aquí.
»Los dos métodos de prueba son el fisico y el psicológico.
Físicamente, se le puede hacer la disección o utilizar rayos X. Cómo
hacerlo sería su problema. Psicológicamente, puede ser estudiado su
comportamiento, pues si es un robot positrónico, debe ajustarse a las
tres Leyes de la Robótica. No se puede construir un cerebro
positrónico sin ellas. ¿Conoce las Leyes, señor Quinn?
Las citó lenta, claramente, recitando palabra por palabra la famosa
impresión en negrita de la página uno del «Manual de la Robótica».
— Las he oído -dijo Quinn, despreocupadamente.
— En ese caso es fácil seguir el hilo -contestó la psicóloga,
secamente-. Si el señor Byerley quebranta cualquiera de las tres
reglas, no es un robot. Desgraciadamente, este procedimiento trabaja
sólo en una dirección. Si vive de acuerdo con las reglas, no prueba
nada en un sentido o en el otro.
Quinn levantó cortésmente las cejas:
— ¿Por qué no, doctora?
— Porque, si se para a pensar en ello, las tres Leyes de la Robótica
son los principios esenciales que guían en gran parte el sistema ético
del mundo. Por supuesto, se supone que cada ser humano tiene el
instinto de la propia conservación. Esto es la Regla Tres para un
robot. Asimismo se supone que cada ser humano «bueno», con una
conciencia social y un sentido de responsabilidad, acata la debida
autoridad; escucha a su médico, a su jefe, a su Gobierno, a su
psiquiatra, a su prójimo; obedece leyes, sigue unas reglas, se ajusta
a unas costumbres... incluso cuando interfieren en su comodidad y
seguridad. Esto es la Regla Dos para un robot. Asimismo, se supone que
cada ser humano «bueno» ama a los otros como a si mismo, protege a su
prójimo, arriesga su vida para salvar otra. Esto es la Regla Uno para
un robot. Para simplificarlo... si Byerley cumple con todas las Reglas
de la Robótica, puede ser un robot, y puede ser sencillamente un
hombre muy bueno.
— Pero, me está diciendo que nunca podrá probar que él es un robot
-dijo Quinn.
— Puedo ser capaz de probar que no es un robot.
— Ésta no es la prueba que yo quiero.
— Tendrá ese tipo de prueba si existe. Usted es el único responsable
de sus propios deseos.
En este punto la mente de Lanning dio un repentino respingo ante el
aguijón de una idea.
— ¿No se le ha ocurrido a nadie que ser fiscal de distrito es una
ocupación bastante extraña para un robot? -declaró-. Pues el
procesamiento de seres humanos, cuando son sentenciados a muerte, les
ocasiona infinito dolor.
Quinn se exaltó inmediatamente.
— No, usted no puede zafarse del problema de esta forma. El hecho de
ser fiscal de distrito no lo hace humano. ¿No conoce su historial? ¿No
sabe que presume de no haber procesado jamás a un hombre inocente?
¿Que hay una veintena de personas que no han sido procesadas porque la
acusación contra ellas no le satisfacía, incluso habiendo podido con
toda probabilidad convencer a un jurado de acabar con ellas? Es así.
Las delgadas mejillas de Lanning temblaron.
— No, Quinn, no. No hay nada en las Leyes de la Robótica que tenga en
consideración la culpabilidad humana. Un robot no puede juzgar si un
ser humano merece la muerte. No le corresponde a él decidir. No puede
causar daño a un ser humano... sea un canalla, o sea un ángel.
El tono de voz de Susan Calvin parecía cansado.
— Alfred, no hables por hablar. Qué pasa si un robot descubre a un
loco que está prendiendo fuego a una casa con gente dentro. ¿Acaso no
detendría al loco?
— Por supuesto.
— Y si la única forma de detenerlo fuese matándolo...
En la garganta de Lanning se produjo un sonido casi imperceptible.
Nada más.
— Alfred, la contestación es que haría lo posible para no matarlo. Si
el loco muriese, el robot necesitaría psicoterapia porque podría
fácilmente volverse loco ante el conflicto que se le había
planteado... al incumplir la Regla Uno para atenerse a la Regla Uno en
un sentido superior. Pero habría muerto un hombre y lo habría matado
un robot.
— Bien, ¿Byerley está loco? preguntó Lanning, con todo el sarcasmo que
pudo reunir.
— No, pero él mismo no ha matado a ningún hombre. Ha expuesto hechos
que pueden indicar que un ser humano en particular es peligroso para
la amplia masa de los otros seres humanos que llamamos sociedad. Él
protege el número mayor y con ello se atiene a la Regla Uno en su
máximo potencial. Es lo más lejos que llega. Es el juez quien
posteriormente condena al criminal a la muerte o a la prisión, después
de que el Jurado decide sobre su culpabilidad o inocencia. Es el
carcelero quien lo mete en prisión, el verdugo quien lo mata. Y el
señor Byerley no ha hecho más que determinar la verdad y ayudar a la
sociedad.
»Señor Quinn, el caso es que, después de habernos usted traído a
colación el asunto, he estudiado la carrera del señor Byerley. He
descubierto que nunca ha solicitado la sentencia de muerte en sus
discursos de clausura dirigidos al jurado. También he descubierto que
ha hablado en beneficio de la abolición de la pena capital y que ha
contribuido generosamente a buscar instituciones involucradas en la
neurofisiología criminal. Aparentemente cree en la reinserción, más
que en el castigo por el crimen. Creo que esto es significativo.
— ¿Eso cree? -sonrió Quinn-. ¿Significativo en cuanto a cierto olor a
robótica, quizás?
— Quizá. ¿Por qué negarlo? Acciones como las suyas sólo pueden
proceder de un robot, o de un ser humano muy honorable y decente. Pero
ya lo ve, no se pueden hacer diferencias entre un robot y el mejor de
los humahos.
Quinn se reclinó en su silla. Su voz tembló de impaciencia:
— ¿Doctor Lanning, es perfectamente posible crear un robot humanoide
que duplicase perfectamente a un ser humano en apariencia, verdad?
Lanning rumió y reflexionó.
— «U.S. Robots» lo ha hecho de forma experimental sin añadir un
cerebro positrónico, por supuesto -dijo, de mala gana-. Utilizando
óvulos humanos y grupos de control de hormonas, se puede hacer crecer
carne y piel sobre un armazón de plástico de porosa silicona que
desafiaría todo examen externo. Los ojos, el pelo, la piel serían
realmente humanos, no humanoides. Y si se coloca un cerebro humanoide,
y dentro algunos otros mecanismos a voluntad, tendrá un robot
humanoide.
— ¿Cuánto tiempo se tardaría en hacer uno? -dijo Quinn, escuetamente.
Lanning consideró la pregunta.
— Si se cuenta con todo el material, el cerebro, el armazón, los
óvulos, las hormonas adecuadas y las radiaciones... digamos, dos
meses.
El político se enderezó en la silla.
— Entonces veremos cómo es el interior del señor Byerley. Será una
publicidad para «U.S. Robots»... pero ya les di su oportunidad.
Cuando se quedaron solos, Lanning se volvió con impaciencia s Susan
Calvin.
— ¿Por qué insistes?
Y ella, con un sentimiento real, contestó aguda e instantáneamente:
— ¿Qué quieres... la verdad o mi dimisión? No voy a mentir por ti.
«U.S. Robots» puede cuidarse solito. No seas cobarde.
— ¿Que pasará si abre a Byerley y empiezan a caer ruedas y engranajes?
¿Qué pasará entonces?
— No abrirá a Byerley -dijo Calvin, desdeñosamente-. Byerley es tan
inteligente como Quinn, como mínimo.
La noticia irrumpió en la ciudad una semana antes de que fuese
presentada la candidatura de Byerley. Pero «irrumpir» no es la palabra
correcta. Penetró tambaleándose en la ciudad, se fue deslizando
arrastrándose a gatas. Empezaron las risas, y se dio libre curso al
ingenio. Y como la muy larga mano de Quinn aumentaba gradualmente su
presión, la risa fue obligada, se introdujo un elemento de irónica
incertidumbre y la gente acabó por mostrar asombro.
La propia asamblea parecía un sentimental inquieto. No había sido
preparada una alternativa. Una semana antes, sólo Byerley podía haber
sido propuesto como candidato. Ni siquiera en aquel momento existía un
sustituto. Tenían que presentarlo a él, pero el asunto estaba rodeado
de completa confusión.
La situación no hubiese estado tan mal si el individuo medio no
hubiese estado dividido entre la envergadura de la acusación, si era
cierta, y el sensacional disparate que suponía, si era falsa.
Un día después de que Byerley fuese propuesto como candidato a la
desesperada, irónicamente un periódico publicó por fin lo esencial
sobre una larga entrevista con Susan Calvin, «la famosa experta
mundial en robopsicología y cerebros positrónicos».
Lo que se desencadenó se conoce popular y sucintamente como el
infierno.
Era lo que estaban esperando los Fundamentalistas. No eran un partido
político; pretendían no formar parte de una religión convencional.
Esencialmente eran aquellos que no se habían adaptado a lo que en una
ocasión se llamó la Era Atómica, en la época en que los átomos eran
una novedad. De hecho, eran los Vividores-Sencillos, que anhelaban un
tipo de vida que para quienes la vivían probablemente no parecía tan
«sencilla», y que eran, por consiguiente, prisioneros de ella.
Los Fundamentalistas no necesitaban un nuevo motivo para aborrecer a
los robots y a sus fabricantes; pero un nuevo motivo como la acusación
de Quinn y el análisis de Calvin fue suficiente para que este
aborrecimiento se volviese sonoro.
Las enormes naves de «U.S. Robots and Mechanical Men Corporation» eran
una colmena que preparaba guardias armados. Se preparaban para la
guerra.
En la ciudad, la casa de Stephen Byerley estaba rodeada de policías.
La campaña política, por supuesto, dejó de lado todas las demás
cuestiones, y sólo se parecía a una campaña en que había algo que
llenaba el vacío entre la candidatura y las elecclones.
Stephen Byerley no permitió que aquel hombrecillo quisquillo le
pusiera nervioso. En el fondo, estaba tranquilamente imperturbable
ante los uniformes. Fuera de la casa, pasada la línea de ceñudos
guardias, los reporteros y fotógrafos esperaban según la tradición de
la casta. Una emprendedora cadena de Televisión había incluso enfocado
un dispositivo explorador en la puerta sin adornos de la modesta casa
del fiscal, mientras un locutor sintéticamente excitado la llenaba de
comentarios engordados.
El quisquilloso hombrecillo se adelantó. Tenía en la mano una
impresionante y complicada hoja.
— Esto, señor Byerley, es una orden judicial que me autonza a examinar
este lugar en vistas a la eventual presencia de... ejem... hombres
mecánicos o robots ilegales de cualquier descripción.
Byerley se levantó a medias y cogió el papel. Lo miró con
indiferencia, y sonrió mientras se lo devolvía.
— Todo en orden. Haga su trabajo, señor. -Y dirigiéndose a su ama de
llaves, que apareció a regañadientes desde la habitación contigua-:
Señora Hoppin, por favor, vaya con ellos, y ayúdeles en lo que pueda.
El hombrecillo, cuyo nombre era Harroway, titubeó, se sonrojó de forma
inconfundible, intentó en vano captar la mirada de Byerley y murmuró a
los dos policías:
— Vamos.
Al cabo de diez minutos estaba de vuelta.
— ¿Hecho? -preguntó Byerley, justo en el tono de la persona que no
está particularmente interesada en el asunto, o en su desenlace.
Harroway se aclaró la garganta, hizo una mala entrada en falsete y
empezó de nuevo, airadamente:
— Escuche, señor Byerley, tenemos especiales instrucciones de examinar
la casa muy concienzudamente.
— ¿Y no lo han hecho?
— Se nos ha dicho exactamente lo que tenemos que buscar.
— ¿Si?
— En resumen, señor Byerley, y hablando sin rodeos, se nos ha dicho
que lo examinemos a usted.
— ¿A mi? -dijo el fiscal con una amplia sonrisa-. ¿Y cómo pretenden
hacerlo?
— Tenemos una unidad de radiación Penet...
— ¿Así que me tengo que dejar hacer una fotografia con rayos X,
verdad? ¿Tiene la debida autorización?
— Ya ha visto mi mandato judicial.
— ¿Puedo verlo de nuevo?
Harroway, con la frente brillándole por algo más considerable que el
mero entusiasmo, se lo pasó por segunda vez.
Byerley dijo sin alterarse:
— Leo aquí la descripción de lo que tienen que examinar; cito: «La
morada perteneciente a Stephen Albert Byerley, situada en el número
355 de Willow Grove, Evanston, junto con cualquier garaje, almacén u
otras estructuras o edificios con ella relacionados... junto con los
pisos a ella pertenecientes... Hum... etcétera. No está mal. Pero, mi
buen hombre, no dice nada de examinar mi interior. Yo no formo parte
del lugar. Puede registrar mi ropa si piensa que tengo un robot
escondido en el bolsillo.
Harroway no tenía duda alguna sobre a quién debía el trabajo. No tenía
intención de titubear, dado que tenía una probabilidad de conseguir un
trabajo mucho mejor... por ejempío, mucho mejor pagado.
Dijo, con un débil eco de jactancia:
— Escuche, estoy autorizado a examinar el mobiliario de su casa y
cualquier cosa que se encuentre en ella. Usted está en ella, ¿no es
así?
— Una notable observación. Estoy en ella. Pero yo no soy un mueble.
Como ciudadano de responsabilidad adulta tengo el certificado
psiquiátrico que prueba que tengo ciertos derechos según los Artículos
Regionales. El hecho de examinarme pertenecería a la violación de mi
Derecho a la intimidad. Este papel no basta.
— Posiblemente, pero si usted es un robot, no tiene Derecho a la
intimidad.
— Bastante cierto, pero este papel sigue siendo insuficiente. Me
reconoce implícitamente como ser humano.
— ¿Dónde? -Harroway se lo arrebató.
— Donde dice «la morada perteneciente a» y etcétera. Un robot no puede
tener propiedades. Y puede decirle a su patrón, señor Harroway, que si
intenta redactar un papel similar donde no se me reconozca
implícitamente como un ser humano, se va a enfrentar a un entredicho
disuasorio y a un pleito civil por el cual tendrá que probar que yo
soy un robot con los medios de información actualmente en su poder, o
pagar una enorme indemnización por intentar privarme
independientemente de mis Derechos según los Artículos Regionales. ¿Le
dirá todo esto? No deje de hacerlo.
Harroway se dirigía hacia la puerta. Se volvió.
— Es usted un ahogado astuto.
Tenía una mano en el bolsillo. Durante un momento, permaneció allí. A
continuación, salió, sonrió al dispositivo de la Televisión, todavía
trabajando, saludó a los reporteros con la mano y gritó:
— Muchachos, mañana tendremos algo para vosotros. No es broma.
En su coche eléctrico, se arrellanó, sacó un diminuto mecanismo del
bolsillo y lo inspeccionó con atención. Era la primera vez en su vida
que había hecho una fotografia con reflejo de rayos X. Confiaba
haberla hecho correctamente.
Quinn y Byerley nunca habían estado a solas cara a cara. Pero el
visófono era casi lo mismo. De hecho, aceptado literalmente, tal vez
la expresión era correcta, incluso si para cada uno de ellos, el otro
era meramente el modelo de luz y de oscuridad de un banco de
fotocélulas.
Fue Quinn quien hizo la llamada. Fue Quinn quien habló primero, y sin
particular ceremonia:
— He pensado, Byerley, que le gustaría saber que tengo la intención de
hacer público que usted lleva un chaleco protector contra la radiación
Penet.
— ¿Ah sí? En ese caso, probablemente ya lo ha hecho público. Tengo la
impresión de que nuestros emprendedores representantes de la Prensa
están interceptando desde hace un tiempo mis diferentes líneas de
comunicación. Sé que las lineas de mi oficina están llenas de
agujeros; y es por ésto que me he atrincherado en casa las últimas
semanas.
Byerley se mostraba cordial, casi locuaz.
Quinn apretó ligeramente los labios.
— Esta llamada está completamente protegida. La estoy haciendo con
cierto riesgo personal.
— Debí imaginarlo. Nadie sabe que está usted detrás de esta campaña.
Por lo menos nadie lo sabe oficialmente. Todo el mundo lo sabe
extraoficialmente. Yo no me preocuparía. ¿Así que llevo un chaleco
protector? Supongo que lo descubrió cuando el otro día su cachorro
fotógrafo de la radiación Penet se presentó aquí para sobreexponerme.
— Supongo que se da cuenta, Byerley, de que sería bastante obvio para
todo el mundo que no se atreve a enfrentarse a un análisis de rayos X.
— ¿También que usted, o sus hombres, intentaron una invasión ilegal de
mi Derecho a la intimidad?
— Esto les importaría un bledo.
— Es posible. Es bastante simbólico lo de nuestras dos campañas,
¿verdad? A usted le preocupan bien poco los derechos del ciudadano
individual. A mí me preocupan mucho. No quiero someterme al análisis
de rayos X porque deseo salvaguardar mis Derechos como principio. De
la misma forma que salvaguardaré los derechos de los demás cuando sea
elegido.
— Sin duda esto será un discurso interesante, pero nadie le creerá. Un
poco demasiado altisonante para ser verdad. Otra cosa -un repentino y
brusco cambio-, la otra noche el personal de su casa no estaba al
completo.
— ¿En qué sentido?
— Según el informe -dijo, revolviendo unos papeles que tenía ante él y
que estaban justo en el campo de visión de la pantalla, faltaba una
persona... un inválido.
— Como usted dice -dijo Byerley, en tono monótono-, un inválido. Mi
anciano tío, que vive conmigo y que ahora esta en el campo... desde
hace dos meses. Una gran-necesidad-de-descanso es la expresión que se
suele usar en estos casos. ¿Tiene su autorización?.
— ¿Su profesor? ¿Una especie de científico?
— Era abogado... antes de ser un invalido. Ahora tiene una licencia
gubernamental para llevar a cabo investigaciones biofísicas, con un
laboratorio propio, y una completa descripción del trabajo que esta
haciendo, del cual están debidamente informadas las autoridades, a las
cuales puedo remitirle. El trabajo es de importancia menor, pero es
inofensivo y es un entretenimiento que ocupa a un... pobre inválido.
Yo ayudo en lo que puedo, ya ve.
— Ya veo. ¿Y qué sabe este... profesor... sobre la fabricación de
robots?
— Yo no puedo juzgar la magnitud de su conocimiento en un campo que
desconozco.
— ¿No tiene acceso a los cerebros positrónicos?
— Pregúnteselo a sus amigos de «U.S. Robots». Ellos deben de saberlo.
— No tardaré en hacerlo, Byerley. Su inválido profesor es el verdadero
Stephen Byerley. Usted es el robot de su creación. Podemos probarlo.
Era él quien estaba en el accidente de coche, no usted. Habrá forma de
comprobar los archivos.
— ¿De verdad? Pues, hágalo. Buena suerte.
— Y podemos encontrar ese presunto «lugar en el campo» del profesor, y
ver lo que allí descubrimos.
— Bien, no creo, Quinn -dijo Byerley, con una amplia sonrisa-.
Desgraciadamente para usted, mi presunto profesor es un hombre
enfermo. Donde esta en el campo es su lugar de descanso. Su Derecho a
la intimidad como ciudadano de responsabilidad adulta es, bajo estas
circunstancias, incluso mayor. No podrá usted obtener un mandamiento
judicial para penetrar en su terreno sin una causa justificada. Sin
embargo, yo seré la última persona que le impida intentarlo.
Hubo una pausa moderadamente larga, y a continuación Quinn se inclinó
hacia delante, de forma que la imagen de su rostro se amplió y se
hicieron visibles las finas líneas de su frente.
— ¿Byerley, por qué sigue adelante? No puede ser elegido.
— ¿No puedo?
— ¿Usted cree que sí? ¿Se imagina que el hecho de que no intente
refutar la acusación de ser un robot, cuando puede hacerlo fácilmente
incumpliendo una de las Tres Leyes, hará otra cosa que convencer a la
gente de que usted es un robot?
— Todo lo que veo hasta el momento es que de ser una persona conocida
bastante vagamente, todavía un muy oscuro abogado metropolitano, me he
convertido ahora en una figura mundial. Es usted un buen publicista.
— Pero usted es un robot.
— Eso es lo que se ha dicho, pero no probado.
— Ha sido suficientemente probado para el electorado.
— En ese caso, relájese... ganará usted,
— Adiós -dijo Quinn, con el primer toque de perversidad, y el visófono
se apagó.
— Adiós -dijo Byerley, imperturbable, a la pantalla en blanco.
Byerley trajo de vuelta a su «profesor» la semana antes de las
elecciones. El coche aéreo bajó rápidamente en una oscura parte de la
ciudad.
— Te quedarás aquí hasta después de las elecciones -le dijo Byerley-.
Será preferible que estés alejado si las cosas se ponen mal.
La ronca voz que torcía dolorosamente la deforme boca de John podía
haber contenido acentos de preocupación.
— ¿Hay peligro de violencia?
— Eso es lo que amenazan los Fundamentalistas, así que supongo que
existe, en un sentido teórico. Pero en realidad no creo que la haya.
Los Fundamentalistas no tienen un poder real. Son simplemente el
continuo factor perturbador que a la larga puede provocar disturbios.
¿Te importa quedarte aquí? Por favor. No estaré tranquilo si estoy
preocupado por ti.
— Me quedaré. ¿Sigues pensando que todo irá bien?
— Estoy seguro de ello. ¿Nadie te conoce en este lugar?
— Nadie. Estoy seguro.
— ¿Y tu salud?
— Bastante bien. No habrá problemas.
— Pues cuidate y mira la televisión mañana, John. -Byerley apretó la
deforme mano que se había tendido hacia la suya.
La meditación y el suspense arrugaban la frente de Lenton. Tenía el
nada envidiable trabajo de ser el director de la campaña de Byerley,
en una campaña que no era una campaña, con una persona que se negaba a
revelar su estrategia y se negaba a aceptar la de su director.
— ¡No puedes! -era su frase favorita, que se había convertido en su
única frase-. ¡Te lo he dicho, Steve, no puedes!
Se precipitó delante del fiscal, que estaba hojeando las páginas
mecanografiadas de su discurso.
— Deja eso, Steve. Escucha, los Fundamentalistas han organizado la
muchedumbre. No te van a escuchar. Es más probable que te apedreen.
¿Por qué tienes que hacer un discurso en público? ¿Qué tiene de malo
una grabación, una grabación visual?
— Tú quieres que yo gane las elecciones, ¿no es así? -preguntó
Byerley, apaciblemente.
— ¡Ganar las elecciones! No vas a ganar, Steve. Estoy intentando
salvarte la vida.
— Oh, no estoy en peligro.
— No está en peligro. No está en peligro -Lenton hizo un extraño y
grosero sonido en su garganta-. ¿Quieres decir que vas a salir a ese
balcón ante cincuenta mil chiflados y vas a intentar hablarles
razonablemente... en un balcón como un dictador medieval?
Byerley consultó su reloj.
— Dentro de aproximadamente cinco minutos... tan pronto como estén
libres las líneas de la Televisión.
La observación que Lenton dio como respuesta no era transcribible.
La muchedumbre llenaba una zona acordonada de la ciudad. Los arboles y
las casas parecían surgir de unos cimientos de masa humana. Y el resto
del mundo observaba a través de ultraondas. Eran unas elecciones
puramente locales, pero aun asi tenían una audiencia mundial. Byerley
pensó en ello y sonrió.
Pero la multitud en si no incitaba a la sonrisa. Había banderas y
pancartas, que reclamaban todo posible cambio en su supuesta calidad
de robot. La actitud hostil crecía densa y tangiblemente en el
ambiente.
El principio del discurso no fue un éxito. Competía con los chillidos
irregulares de la multitud y con los rítmicos gritos de la claque de
los Fundamentalistas que formaban islas de turba entre la muchedumbre.
Byerley hablaba despacio, impasible.
Dentro, Lenton se tiraba del pelo y gruñía -y esperaba la sangre.
Se había producido un revuelo en las primeras filas. Un ciudadano
delgado con ojos saltones y una ropa demasiado corta para sus finos y
largos miembros, empujaba para adelantarse. Un policía se precipitó
hacia él, abriéndose paso despacio y con esfuerzo. Byerley hizo gestos
airados a este último.
El hombre delgado estaba justo debajo del balcón. Sus palabras no se
oyeron a causa del ruido.
Byerley se inclinó hacia delante.
— ¿Qué dice? Si tiene una pregunta apropiada, la contestaré -dijo, y
se volvió hacia el guardia que lo flanqueaba-: Tráigame a este hombre
aquí arriba.
Hubo tensión en la multitud. Gritos de «silencio» surgieron de
distintos puntos de la muchedumbre, se creó una confusión total que se
fue desvaneciendo hasta bajar de tono. El hombre delgado, con el
rostro rojo y jadeante, se encaró a Byerley.
— ¿Tiene usted una pregunta? -dijo Byerley.
El hombre delgado se lo quedó mirando y dijo con voz
cascada-:¡Pégueme! Con repentina energía tendió un ángulo de su
mandíbula. — ¡Pégueme! Usted dice que no es un robot. Pruébelo. Usted
no puede pegar a un humano, monstruo.
Sé hizo un silencio extraño, general y total. La voz de Byerley lo
atravesó:
— No tengo ningún motivo para pegarle.
El hombre delgado se reía salvajemente.
— No me puede pegar. No quiere pegarme. Usted no es humano. Usted es
un monstruo, un hombre de ficción.
Y Stephen Byerley, con los labios apretados, delante de miles de seres
que observaban en persona y de millones que observaban a través de las
pantallas, echó hacia atras su puño y golpeó al hombre sonoramente en
la mandíbula. El desafiador se desplomó hacia atrás en un repentino
colapso, y en su cara sólo se vislumbró una muy clara sorpresa.
Byerley dijo:
— Lo siento. Llévenselo y atiéndanlo. Quiero hablar con él cuando haya
terminado.
Y, cuando la doctora Calvin, desde su sitio reservado, dio la vuelta a
su automóvil y se alejó, sólo un reportero se había recobrado lo
suficiente del shock para correr detrás de ella y gritarle una
pregunta que no se oyó.
Susan Calvin dijo por encima de su hombro:
— Es humano.
Sé puede describir el resto del discurso como «dicho pero no
escuchado».
La doctora Calvin y Stephen Byerley se vieron una vez mas, una semana
antes de que él prestase juramento y tomase el cargo de alcalde. Era
tarde, la medianoche pasada.
La doctora Calvín dijo:
— No parece cansado.
El alcalde electo sonrió.
— Puedo estar sin dormir mucho tiempo. No se lo diga a Quinn.
— No lo haré. Pero ahora que lo menciona, era una historia interesante
la de Quinn. Es una pena que la haya usted echado a perder. ¿Supongo
que conoce su teoría?
— A trozos.
— Estaba llena de dramatismo. Stephen Byerley era un joven abogado, un
orador convincente, un gran idealista... y con cierto don para la
biofísica. ¿Le interesa la robótica, señor Byerley?
— Sólo en sus aspectos legales.
— A este Stephen Byerley, si le interesaba. Pero hubo un accidente. La
mujer de Byerley murió; él, peor. Se quedó sin piernas; se quedó sin
rostro; se quedó sin voz. Parte de su mente se... torció. No se
sometería a cirugia plástica. Se retiró del mundo, se acabó su carrera
como abogado... sólo le quedaban su inteligencia y sus manos. De
alguna forma pudo obtener cerebros prositrónicos, incluso uno
complejo, que tenía la enorme capacidad de emitir juicios sobre
problemas éticos... que es la función robótica superior desarrollada
hasta el momento.
»Le construyó un cuerpo. Adiestrado para ser todo lo que él habría
sido y ya no era. Lo mandó al mundo como Stephen Byerley, quedándose
detrás como el anciano e inválido profesor que jamás vio nadie...
— Desgraciadamente -dijo el alcalde electo-, yo lo arruiné todo
pegando a un hombre. Los periódicos dicen que su veredicto oficial en
aquel momento fue que yo era humano.
— ¿Cómo ocurrió? ¿Le importaría contármelo? No pudo ser accidental.
— No lo fue del todo. Quinn hizo el grueso del trabajo. Mis hombres
empezaron a propagar el rumor de que yo nunca había pegado a un
hombre; de que era incapaz de pegar a una persona; que el hecho de no
hacerlo ante una provocación sería la prueba segura de que yo era un
robot. Así que organicé un estúpido discurso en público, con todo tipo
de publicidad hostil y, casi inevitablemente, algún tonto picó. En
esencia, fue lo que yo llamo un truco de abogado tramposo. Y, la
atmósfera artificial donde se había creado hizo el resto del trabajo.
Por supuesto, los efectos emocionales aseguraron mi elección, como se
pretendía.
La robopsicóloga asintió con un gesto de la cabeza.
— Veo que se mete usted en mi campo... supongo que como deben de hacer
todos los políticos. Pero siento mucho que haya acabado de esta forma.
Me gustan los robots. Me gustan considerablemente más que los seres
humanos. Si pudiese ser creado un robot capaz de ser un dirigente
civil, creo que lo haría como nadie puede hacerlo. Por las Leyes de la
Robótica, sería incapaz de hacer daño a los seres humanos, incapaz de
tiranía, de corrupción, de estupidez, de prejuicios. Y después de
haber servido durante un período decente, se marcharía, aunque fuese
inmortal, porque le resultaría imposible herir a los humanos
haciéndoles saber que los había gobernado un robot. Sería ideal.
— Salvo que un robot puede fallar debido a la inherente insuficiencia
de su cerebro. El cerebro positrónico jamás ha igualado las
complejidades del cerebro humano.
— Tendría consejeros. Tampoco ningún cerebro humano es capaz de
gobernar sin asesoramiento.
Byerley miró a Susan Calvin con grave interés.
— ¿Por qué sonríe, doctora Calvin?
— Sonrío porque la historia de Quinn piensa en todo.
— ¿Quiere decir que esta historia tiene una continuación?
— Sólo un poco. Durante las tres semanas que precedieron a las
elecciones, este Stephen Byerley del que habla Quinn, este hombre
inválido, estaba en el campo por una misteriosa razón. Volvíó a tiempo
para ese famoso discurso suyo. Y a fin de cuentas, lo que el anciano
inválido hizo una vez podía hacerlo una segunda, sobre todo teniendo
en cuenta que el segundo trabajo era muy simple en comparación con el
primero.
— No la comprendo muy bien.
La doctora Calvin se puso en pie y se alisó el vestido. Era evidente
que se disponía a marcharse. Pero antes añadió:
— Hay una ocasión en que a un robot le esta permitido incumplir la
Regla Uno...
— ¿Y cuándo es esto?
La doctora Calvin estaba en la puerta. Dijo pausadamente:
— Cuando el humano que recibe el daño es simplemente otro robot.
Y sonrió ampliamente, con su diminuto rostro resplandeciente.
— Adiós, señor Byerley. Espero votarle dentro de cinco años... para
Coordinador.
Stephen Byerley se rió entre dientes.
— Debo decirle que me parece una idea muy traída por los pelos.
La puerta se cerró detrás de ella.
HA DESAPARECIDO UN ROBOT
En la Base Hiper se habían tomado medidas en una especie de urgente
furia, el equivalente muscular de un grito histérico.
Eran las siguientes, citándolas tanto en el orden como en la
desesperación en que fueron tomadas:
1. Fue paralizado todo trabajo relativo al Viaje Hiperatómico en todo
el volumen espacial ocupado por las Estaciones del Agrupamiento
Asteroidal Vigésimo Séptimo.
2. Hablando literalmente, todo aquel volumen de espacio fue aislado
del Sistema. Nadie entraba sin permiso. Nadie lo abandonaba bajo
ninguna circunstancia.
3. Con una nave patrulla gubernamental, los doctores Susan Calvin y
Peter Bogert, respectivamente psicóloga jefe y director matemático de
«United States Robots and Mechanical Men Corporation», fueron llevados
a la Base Hiper.
Susan Calvin no había salido nunca de la superficie de la Tierra con
anterioridad, y no tenía un claro deseo de hacerlo en aquella ocasión.
En una época de Poder Atómico y un Viaje Hiperatómico sin duda
inminente, ella seguía siendo bastante provinciana. No le gustaba en
absoluto el viaje y no estaba nada convencida de su emergencia, y
todas las líneas de su rostro sencillo y de mujer de mediana edad lo
mostraban bastante a las claras durante la primera cena en la Base
Hiper.
Tampoco el pulcro y pálido doctor Bogert abandonaba cierta actitud de
pocos amigos. Tampoco el general Kallner, director del proyecto, se
olvidó un momento de mantener una expresión atormentada.
En definitiva, aquella comida fue un episodio horrible, y la corta
sesión a tres que la siguió empezó de una forma funebre y desgraciada.
Kallner, con su brillante calvicie y su uniforme que desentonaba con
su estado de animo, empezó con directa franqueza:
— Señor, señora, es una extraña historia la que voy a contarles.
Quiero darles las gracias por haber venido tan pronto han recibido el
aviso y sin que se les haya indicado el motivo. Ahora vamos a intentar
enmendar esto último. Hemos perdido un robot. El trabajo se ha
paralizado y debe seguir paralizado hasta que lo localicemos. Hasta el
momento no hemos tenido éxito y consideramos que necesitamos la ayuda
de expertos.
Tal vez el general tuvo la sensación de no estar a la altura de las
circunstancias. Continuó con una nota de desesperación:
— No necesito explicarles la importancia del trabajo que aquí se
realiza. Más del ochenta por ciento de la asignación para
investigaciones científicas del pasado año ha sido destinado a este
proyecto...
— Lo sabemos -dijo Bogert, con amabilidad-. «U.S. Robots» está
recibiendo unos generosos honorarios en concepto de alquiler por el
uso de nuestros robots.
Susan Calvin introdujo una nota terminante, avinagrada:
— ¿Por qué un solo robot es tan importante para el proyecto y por qué
no ha sido localizado?
El general volvió su roja faz hacia ella y se humedeció los labios en
un gesto rapido.
— Bien, en cierto sentido lo hemos localizado. -Y prosiguió, casi con
angustia-: Supongo que en este punto debo explicarme. Tan pronto como
el robot dejó de informar se declaró el estado de emergencia y se
detuvo todo movimiento de la Base Hiper. Una nave de carga había
llegado el día anterior y nos había entregado dos robots para nuestros
laboratorios. Llevaba sesenta y dos robots del... ejem... mismo tipo
para ser conducidos a otro lugar. Estamos seguros de esta cifra. No
hay duda alguna al respecto.
— ¿Sí? ¿Y la conexión?
— Como no localizábamos al robot desaparecido en ninguna parte, y les
aseguro que habíamos encontrado una brizna de hierba de haber tenido
que encontrarla, se nos ocurrió la idea luminosa de contar los robots
que quedaban en el carguero. Ahora tienen sesenta y tres.
— ¿En ese caso, supongo, el sesenta y tres es el robot pródigo? -dijo
la doctora Calvin, y sus ojos se oscurecieron.
— Sl, pero no tenemos forma de saber cuál es el sesenta y tres.
Se hizo un silencio mortal mientras el reloj eléctrico daba las once,
y a continuación la robopsicóloga dijo:
— Muy peculiar. -Y se volvió hacia su colega salvajemente-: ¿qué es lo
que pasa aquí? ¿Qué tipo de robots utilizan en la Base Hiper?
El doctor Bogert titubeó y sonrió débilmente.
— Susan, hasta ahora ha sido una cuestión de máxima delicadeza.
Ella habló prestamente:
— Sí, hasta ahora. Si hay sesenta y tres robots del mismo tipo, se
está buscando a uno de ellos cuya identidad no puede ser determinada,
¿por qué no sirve cualquiera de ellos? ¿Cuál es la idea de todo esto?
¿Para qué nos han hecho venir?
Bogert dijo, resignadamente:
— Si me das la oportunidad, Susan... Resulta que la Base Hiper está
utilizando varios robots en cuyos cerebros no se ha inculcado entera
la Primera Ley de la Robótica.
— ¡No se la han inculcado! -Calvin se dejó caer hacia atrás en su
silla-. Ya veo. ¿Cuántos se han hecho?
— Unos pocos. Se hizo según órdenes del Gobierno y no se podía violar
el secreto. Salvo los hombres de las altas esferas directamente
involucrados, nadie lo sabia. Tú no estabas incluida, Susan. Yo no
tuve nada que ver con esto.
El general interrumpió con cierta autoridad.
— Me gustaría explicarlo un poco. Yo no sabia que la doctora Calvin no
estaba al corriente de la situación. No hace falta que le diga,
doctora Calvin, que siempre ha habido una fuerte oposición a los
robots en el planeta. La única defensa que tenía el Gobierno contra
los radicales Fundamentalistas en este asunto era el hecho de que los
robots eran siempre construidos con una Primera Ley inquebrantable,
que les impide hacer daño a los seres humanos bajo ninguna
circunstancia.
»Pero nosotros teníamos que tener robots de una naturaleza diferente.
Por consiguiente unos pocos de entre los modelos, es decir los
Nestors, fueron preparados con una Primera Ley Modificada. Para
mantenerlo en el anonimato, todos los «NS2» son fabricados sin números
de serie; los miembros modificados son entregados aquí junto con un
grupo de robots normales; y, por supuesto, todos los de nuestro tipo
tienen estrictamente grabado no hablar nunca de sus modificaciones al
personal no autorizado. -sonrió, incómodo-. Todo esto se ha puesto
ahora en nuestra contra.
Calvin dijo, con gravedad:
— ¿Le han preguntado, a pesar de todo, a cada uno de ellos quién es?
Sin duda, están autorizados a hacerlo.
El general asintió.
— Los sesenta y tres niegan haber trabajado aquí... y uno está
mintiendo.
— ¿El que han perdido no muestra señales de uso? Pues deduzco que los
otros están recién salidos de fábrica.
— El pedido en cuestión llegó sólo hace un mes. Éste, y los dos que
acaban de llegar, eran los últimos que necesitábamos. No hay señales
perceptibles de uso. -Sacudió la cabeza lentamente y en sus ojos se
vislumbraba de nuevo la obsesión-. Doctora calvin, no nos atrevemos a
dejar que la nave se marche. Si llega a conocese la existencia de
robots sin la Primera Ley... -no parecía haber forma de evitar
restarle importancia a la conclusión.
— Destruyan los sesenta y tres -dijo la robopsicóloga fría y
llanamente-. Y pongan fin a esta situación.
Bogert hizo una mueca con la comisura de sus labios.
— Estás hablando de destruir treinta mil dólares por robot. Me temo
que a «U.S. Robots» no le gustaría. Susan, antes de destruir nada, es
mejor que primero hagamos un esfuerzo.
— En ese caso, necesito hechos -dijo ella, con aspereza. ¿Exactamente
qué ventajas obtiene la Base Hiper de estos robots modificados? ¿Qué
factor los hace deseables, general?
Kallner arrugó la frente y se pasó la mano por ella en un gesto
ascendente.
— Teníamos problemas con los robots anteriores. Nuestros hombres
trabajan con fuertes radiaciones una gran parte del tiempo,
¿comprende? Es peligroso, por supuesto, pero se toman las precauciones
razonables. Desde que empezamos sólo ha habido dos accidentes y
ninguno fue fatal. Sin embargo, resultaba imposible explicar esto a un
robot ordinario. La Primera Ley dice... la cito: «Ningún robot puede
hacer daño a un ser humano, o, por medio de la inacción, permitir que
un ser humano sea lesionado.»
»Esto es predominante, doctora Calvin. Cuando era necesario que uno de
nuestros hombres se expusiese durante un corto espacio de tiempo a un
campo de moderados rayos gamma, un campo que no tenía efectos
psicológicos, el robot que se hallaba más cerca se abalanzaba sobre él
y se lo llevaba a rastras. Si el campo era excesivamente débil, lo
conseguía, y el trabajo no podía proseguir hasta que se sacaba al
robot de allí. Si el campo era algo más fuerte, el robot no conseguía
coger al técnico en cuestión, pues su cerebro positrónico sufría un
colapso bajo las radiaciones gamma... y nos quedábamos sin un robot
caro y dificil de remplazar.
«Intentamos discutir con ellos. Su argumento era que la vida de un ser
humano en un campo gamma corría peligro y que el hecho de que pudiera
permanecer allí media hora sin riesgo carecía de importancia.
Imaginemos, solían decir, que se olvida y se queda una hora. No podían
correr el riesgo. Nosotros manifestamos que ellos mismos arriesgaban
su vida en gran manera. Pero la propia conservación no es más que la
Tercera Ley de la Robótica, y la Primera Ley de la seguridad del ser
humano venia primero. Les dimos órdenes; les ordenamos estricta y
duramente que permaneciesen alejados de los campos gamma a cualquier
precio. Pero la obediencia es sólo la Segunda Ley de la Robotica, y la
Primera Ley de la seguridad del ser humano era primero. Doctora
Calvin, o bien teníamos que trabajar sin robots, o bien hacer algo con
la Primera Ley... y escogimos.
— No puedo creer que se considerase posible omitir la Primera Ley
-dijo la doctora Calvin.
— No fue omitida, fue modificada -explicó Kallner-. Se construyeron
cerebros positrónicos que contenían sólo el aspecto positivo de la
Ley, que en ellos se lee: Ningún robot puede hacer daño a un ser
humano. Eso es todo. No están obligados a impedir que alguien sufra
daño a causa de un agente extraño como los rayos gamma. ¿He expuesto
el asunto correctamente, doctor Bogert?
— Completamente -asintió el matemático.
— ¿Y ésta es la única diferencia entre sus robots y los modelos
normales «NS2»? ¿La única diferencia, Peter?
— La única diferencia, Susan.
Ella se puso en pie y habló de forma concluyente:
— Ahora voy a intentar dormir y, dentro de aproximadamente ocho horas,
quiero hablar con quien vio al robot por última vez. Y a partir de
ahora, general Kallner, si voy a tener alguna responsabilidad en los
hechos, quiero un completo e incuestionable control de esta
investigación.
Susan Calvin, aparte de dos horas de inquieta lasitud, no consiguió
nada que se acercase al sueño. Llamó a la puerta de Bogert a la hora
local de 07.00 y descubrió que él también estaba despierto.
Aparentemente se había tomado la molestia de llevarse con él su batín
a la Base Hiper, pues lo llevaba puesto. Dejó a un lado las tijeras
para las uñas cuando entró Calvin.
Dijo en voz baja:
— Más o menos esperaba que vinieses. Supongo que todo esto te hace
sentir muy mal.
— Así es.
— Bien... lo siento. No había forma de evitarlo. Cuando llegó la
llamada para que viniésemos a la Base Hiper, sabía que algo debía de
haber ocurrido con los Nestors modificados. ¿Pero qué debía hacer? No
podía revelarte el asunto durante el viaje, como me habría gustado,
porque tenía que estar seguro. El asunto de la modificación era «top
secret».
— Yo debía de haber estado enterada -murmuró la psicóloga-. «U.S.
Robots» no tiene derecho a modificar los cerebros positrónicos de esta
forma sin la aprobación de un psicólogo.
Bogert levantó las cejas y suspiró.
— Sé razonable, Susan. Tú no hubieses podido influir en ellos. En esta
cuestión, el Gobierno tenía que actuar de esta forma. Quieren el Viaje
Hiperatómico y los físicos etéricos quieren robots que no interfieran
en sus planes. Los iban a conseguir incluso si ello significaba darle
la vuelta a la Primera Ley. Debemos admitir que ello era posible desde
el punto de vista de la construcción y juraron formalmente que sólo
querían doce, que serían utilizados únicamente en la Base Hiper, que
serían destruidos una vez el viaje estuviese perfeccionado y que se
tomarían todas las precauciones necesarias. E insistieron en el
secreto.. y ésta es la situación.
La doctora Calvin habló entre dientes:
— Habría presentado mi dimisión.
— No habría servido de nada. El gobierno ofrecía una fortuna a la
compañía y la amenazaba con una legislación antirobot en caso de
negativa. Entonces estábamos entre la espada y la pared, como lo
estamos ahora. Si trasciende, puede perjudicar a Kallner y al
Gobierno, pero perjudicaría muchísimo más a «U.S. Robots».
La psicóloga lo miró.
— ¿Peter, no te das cuenta de lo que significa todo esto? ¿No puedes
comprender lo que quiere decir omitir la Primera Ley? No es sólo una
cuestión de secreto.
Sé lo que significaría omitirla. No soy un niño. Significaría una
inestabilidad completa, sin ninguna solución no imaginaria para las
ecuaciones positrónicas.
— Sí, matemáticamente. Pero puedes traducirlo al crudo pensamiento
psicológico. Toda vida normal, Peter, conscientemente o no, se
resiente de la dominación. Si la dominación procede de un inferior, o
de un supuesto inferior, el resentimiento se vuelve más fuerte.
Físicamente y, en gran parte, mentalmente, un robot, cualquier robot,
es superior a los seres humanos. ¿Qué es pues lo que le hace un
esclavo? ¡Sólo la Primera Ley! Porque, sin ella, el resultado de la
primera orden que uno intentase dar a un robot sería la muerte.
¿Inestable? ¿Qué opinas?
— Susan -empezó Bogert, benévolamente divertido-, admito que este
complejo de Frankenstein que estás poniendo de manifiesto tiene cierta
justificación... por consiguiente, la Primera Ley en primer lugar.
Pero la Ley, lo repito y vuelvo a repetir, no se ha omitido...
simplemente modificado.
— ¿Y qué pasa con la estabilidad del cerebro?
El matemático empujó los labios hacia fuera.
— Disminuye, naturalmente. Pero está dentro del limite de seguridad.
Los primeros Nestors fueron entregados a la Base Hiper hace nueve
meses, y nada en absoluto ha ido mal hasta ahora, e incluso esto
implica sólo un temor al descubrimiento y no un peligro para los
humanos.
— Pues muy bien. Vamos a ver lo que nos depara la reunión matutina.
Bogert la acompañó educadamente hasta la puerta e hizo una mueca
elocuente cuando ella se hubo marchado. No veía motivo para cambiar su
opinión de siempre sobre ella, como de una frustrada amargada y
nerviosa.
El hilo de los pensamientos de Susan Calvin no incluía mínimamente a
Bogert. Lo había dejado por inútil hacía años y lo consideraba un
pusilánime pretencioso.
Gerald Black se había graduado en física etérica el año anterior y, al
igual que toda su generación de físicos, se vio envuelto en el
problema del viaje. Ahora proporcionaba la adecuada aportación al
ambiente general de las reuniones de la Base Hiper. Con su blanca bata
manchada, parecía un niño rebelde y completamente inseguro. Era bajo
pero fuerte y la fuerza parecía querer estallar, y sus dedos, mientras
los retorcía unos con otros con nerviosos tirones, podían haber
enderezado una barra de hierro torcida.
El general Kallner estaba sentado junto a él, los dos miembros de
«U.S. Robots» se hallaban frente a él.
— Me han dicho -empezó Black- que yo fui el último que vio a Nestor-10
antes de que desapareciese. Supongo que quieren hacerme preguntas
sobre ello.
La doctora Calvin lo observó con interés.
— Parece como si no estuviese seguro, joven. ¿No sabe si fue usted el
último que lo vio?
— Trabajaba conmigo, señora, en los generadores del campo, y estaba
conmigo la mañana de su desaparición. No sé si alguien lo vio
aproximadamente después de mediodía. Nadie reconoce que así fuese.
— ¿Cree usted que alguien está mintiendo?
— Yo no digo esto. Pero tampoco digo qué quiero que la culpa recaiga
sobre mí.
Sus oscuros ojos eran provocativos.
— No se trata de culpas. El robot actuó como lo hizo por si mismo.
Sólo estamos intentando localizarlo, señor Black, y dejemos el resto
al margen. Y ahora digame, si ha trabajado con el robot, probablemente
lo conoce mejor que cualquier otra persona. ¿Advirtió algo anormal en
él? ¿Ha trabajado anteriormente con robots?
— He trabajado con otros robots que tenemos aquí... los sencillos. No
hay nada diferente con respecto a los Nestors, salvo que son bastante
más inteligentes... y más pesados.
— ¿Pesados? ¿En qué sentido?
— Bien... tal vez no sea su culpa. El trabajo aquí es duro y la
mayoría de nosotros se crispa un poco. No es divertido andar perdiendo
el tiempo con el hiperespacio. -Sonrió débilmente, y la confesión le
gustaba-. Corremos continuamente el riesgo de tropezar con un agujero
en la estructura normal espacio-tiempo y salir del universo, del
asteroide y de todo. ¿Parece de locos, verdad? Es normal que uno tenga
a veces los nervios de punta. Pero esos Nestors, nada. Son curiosos,
son tranquilos, no se inquietan. Es suficiente para, a veces, volverle
a uno loco. Cuando uno quiere que algo sea hecho de prisa, parece que
ellos se toman su tiempo. En ocasiones, preferiría poder arreglármelas
sin ellos.
— ¿Dice usted que se toman su tiempo? ¿Se han negado alguna vez a
aceptar una orden?
— Oh, no -se apresuró a decir Black-. Lo hacen todo muy bien. Aunque
si piensan que uno se equivoca, te lo dicen. Sólo saben del asunto lo
que les hemos enseñado, pero ello no los detiene. Quizá son
imaginaciones mías, pero los otros muchachos no tienen el mismo
problema con sus Nestors.
El general Kallner se aclaró la garganta ostensiblemente.
— ¿Cómo es que no me han llegado quejas, Black?
El joven físico enrojeció.
— En realidad no queremos trabajar sin robots, señor, y además no
estábamos seguros de cómo serían acogidas estas... oh... quejas sin
importancia.
Bogert interrumpió discretamente:
— ¿No ocurrió nada particular la mañana en que lo vio por última vez?
Hubo un silencio. Con un pequeño movimiento, Calvin reprimió el
comentario que estaba a punto de hacer Kallner y esperó pacientemente.
Y Black habló con repentina furia.
— Tuve un pequeño problema con él. Se me había roto el tubo Kimball
aquella mañana y cinco días de trabajo se habían ido al traste; todo
mi programa estaba retrasado; hacía un par de semanas que no recibía
correo de casa. Y él empezó a dar vueltas a mi alrededor porque quería
que repitiese un experimento que había abandonado hacía un mes. No
paraba de molestarme con este asunto y yo estaba harto. Le dije que se
marchase... y es la última vez que lo vi.
— ¿Le dijo que se marchase? -preguntó la doctora Calvin con agudo
interés-. ¿Con estas palabras? ¿Le dijo «márchate»? Intente recordar
las palabras exactas.
Aparentemente, tuvo lugar una lucha interna. Black apoyó la frente en
la palma de la mano abierta por un momento, luego la apartó y dijo
desafiante:
— Le dije «Desaparece».
Bogert se rió un corto momento.
— Y él lo hizo, ¿eh?
Pero Calvin no había terminado. Habló en tono zalamero:
— Bien, parece que nos acercamos a la buena vía, señor Black. Pero los
detalles exactos son importantes. Para comprender las acciones de un
robot, una palabra, un gesto, un énfasis puede suponerlo todo. Por
ejemplo, no pudo usted haber dicho sólo esta única palabra, ¿verdad?
Según su propia descripción, debía de haber estado usted de un humor
malísimo. Tal vez alargase usted un poco más el discurso.
El joven se ruborizó.
— Bien... quizá le llamé... algunas cosas.
— ¿Qué cosas exactamente?
— Oh, no podría recordarlas exactamente. Además, no puedo repetirlas.
Ya saben cómo se pone uno cuando se excita. -Su sonrisa violenta era
casi tonta-. Tengo tendencia a utilizar un lenguaje fuerte.
— Eso es bastante normal -replicó ella, con afectada severidad-. En
cualquier caso, yo soy psicóloga. Me gustaría que me repitiese
exactamente lo que le dijo hasta donde pueda recordar e, incluso más
importante, el tono exacto de voz que empleó.
Black miró a su oficial en jefe en busca de ayuda, no encontró
ninguna. Sus ojos se volvieron redondos y asustados.
— Pero no puedo.
— Debe hacerlo.
— Suponga que se dirige a mí -dijo Bogert, sin poder ocultar lo que le
divertía la situación-. Puede parecerle más fácil.
El rostro escarlata del joven se volvió a Bogert. Tragó saliva.
— Dije... -su voz se desvaneció. Lo intentó de nuevo-, le dije...
-Respiró hondo y lo soltó apresuradamente en una larga sucesión de
silabas. A continuación, en medio del aire cargado que siguió,
concluyó casi en lágrimas-:... más o menos. No recuerdo el orden
exacto de lo que le llamé y tal vez he omitido algo o añadido algo,
pero en definitiva era esto.
Sólo un ligero rubor delató algún sentimiento por parte de la
psicóloga. Dijo:
— Conozco el significado de la mayoría de los términos utilizados.
Supongo que los otros son igualmente despectivos.
— Me temo que sí -aceptó el atormentado Black.
— Y entre ellos, le dijo que desapareciese.
— Sólo era una forma de hablar.
— Soy consciente de ello. Estoy segura de que no se pretende acción
disciplinaria alguna. -Y, ante su mirada, el general que, cinco
segundos antes, no parecía seguro en absoluto, asintió con furia.
— Puede marcharse, señor Black. Gracias por su ayuda.
Susan Calvin necesitó cinco horas para interrogar a los sesenta y tres
robots. Fueron cinco horas de repeticiones múltiples; de cambio tras
cambio de idénticos robots; de preguntas A, B, C, D; y respuestas A,
B, C, D; de una atenta y suave expresión, de un cuidadoso tono neutro,
de una cuidadosa atmósfera cordial; y una grabadora oculta.
Cuando terminó, la psicóloga sentía que su vitalidad se había
consumido.
Bogert la esperaba y la miró con expectación cuando ella arrojó la
cinta con un golpe sobre el plástico del escritorio.
Sacudió la cabeza.
— Los sesenta y tres me han parecido iguales. No podría decir...
— Susan, no esperarás poderlo decir escuchándolos en directo. Vamos a
analizar las grabaciones.
Por regla general, la interpretación matemática de las reacciones
verbales de los robots es una de las partes más intrincadas del
análisis robótico. Requiere un equipo de expertos técnicos y la ayuda
de complicadas computadoras. Bogert lo sabía. Todo lo que dijo, con
una extrema e invisible contrariedad, después de haber escuchado todos
los grupos de contestaciones, de haber hecho listas de desviaciones de
palabras y gráficos de los intervalos en las respuestas, fue lo
siguiente:
— No hay presencia de anomalías, Susan. Las variaciones en los
términos y las reacciones en los intervalos están dentro de los
limites de la frecuencia ordinaria. Necesitamos métodos más sutiles.
Aquí deben de haber computadoras. No -frunció el ceño y se mordisqueó
delicadamente la uña del pulgar-. No podemos utilizar computadoras.
Demasiado peligro de filtraciones... O tal vez si...
La doctora Calvin lo detuvo con un gesto de impaciencia.
— Por favor, Peter. Esto no es uno de tus problemas baladíes de
laboratorio. Si no podemos determinar el Nestor modificado por alguna
gran diferencia que podamos ver a simple vista, una distinción de la
que no haya lugar a dudas, estamos de mala suerte. El peligro de
equivocarnos y dejarlo escapar es demasiado grande. No es suficiente
poner de manifiesto una irregularidad de un momento en un gráfico. Te
digo una cosa, si esto es todo lo que tengo para seguir adelante,
preferiría simplemente destruirlos todos para estar segura. ¿Has
hablado con los otros Nestors modificados?
— Sl, lo he hecho -se apresuró a contestar Bogert-, y no hay nada
anómalo en ellos. Si hay algo, es que están por encima de la media en
cuanto a cordialidad. Han contestado a mis preguntas, se han mostrado
orgullosos de sus conocimientos; excepto los dos nuevos que no han
tenido tiempo de aprender la física etérica. Se han reído de forma
bastante bonachona ante mi ignorancia en alguna de las
especializaciones del lugar. -Se encogió de hombros-. Supongo que esto
es en parte la base del resentimiento que los técnicos de aquí
experimentan por ellos. Tal vez los robots están demasiado deseosos de
impresionarle a uno con sus grandes conocimientos.
— ¿Puedes intentar unas cuantas Reacciones Planar para ver si ha
tenido lugar algún cambio, algún deterioro, en su estructura mental
désde la fabricación?
— Todavía no lo he hecho, pero quiero hacerlo -dijo él, y sacudió un
dedo en su dirección-. ¿Dónde está tu valor, Susan? No comprendo por
qué estás dramatizando. Son esencialmente inofensivos.
— ¿Tú crees? -Calvin lo fulminó con la mirada-. ¿Lo crees? ¿Te das
cuenta de que uno de ellos está mintiendo? Uno de los sesenta y tres
robots que acabo de interrogar me ha mentido deliberadamente después
de la estricta orden de decir la verdad. La anormalidad indicada está
horrible y profundamente arraigada y es aterradora.
Peter Bogert sintió que sus dientes se apretaban unos contra otros.
Dijo:
— En absoluto. ¡Mira! Nestor-10 recibió órdenes para desaparecer.
Estas órdenes fueron expresadas con la máxima urgencia por la persona
más autorizada a mandar sobre él. No se puede contrarrestar esta orden
ni con una urgencia superior ni con un derecho superior de mando. Por
supuesto, el robot intentará defender el cumplimiento de su orden. De
hecho mirado de forma objetiva, admiro su ingenuidad. ¿Qué mejor forma
tiene un robot de desaparecer que ocultándose entre un grupo de robots
similares?
— Sí, no me extraña que lo admires. He detectado regocijo en ti,
Peter... regocijo y una asombrosa falta de comprensión. ¿Eres
robótico, Peter? Estos robots dan mucha importancia a lo que ellos
consideran superioridad. Tú mismo lo acabas de decir.
Subconscientemente, presienten que los humanos son inferiores y la
Primera Ley que nos protege de ellos es imperfecta. Son inestables. Y
aquí tenemos a un joven que le ordena a un robot que se marche, que
desaparezca, con una actitud verbal de repulsa, desdén y disgusto. Por
supuesto, este robot tiene que seguir las órdenes, pero
subconscientemente, está el resentimiento. Para él será más importante
que nunca probar que es superior a pesar de las horribles cosas que le
han llamado. Puede volverse tan importante que no baste lo que se ha
dejado de la Primera Ley.
— ¿Cómo demonios va a saber un robot el significado de las fuertes y
surtidas palabrotas que se lanzan? La obscenidad no es una de las
cosas que se graban en su cerebro.
— La grabación original no lo es todo -le gritó Calvin-. Los robots
tienen capacidad para aprender, estúpido. -Y Bogert supo que había
perdido realmente los nervios. Continuó prestamente-. ¿No crees que
podía imaginar por el tono usado que las palabras no eran de cumplido?
¿No crees que había oído las palabras utilizadas anteriormente y
observado en qué ocasiones?
— Bien, en ese caso -chilló Bogert-, ¿tendrías la amabilidad de
explicarme una manera en que un robot modificado puede causar daño a
un ser humano, por muy ofendido que esté, por mucho malestar que le
cause el deseo de probar superioridad?
— ¿Si te digo una forma, guardarás el secreto?
— Sí.
Ambos estaban inclinados hacia el otro sobre la mesa, y se clavaban
mutuamente los ojos.
La psicóloga dijo:
— Si un robot modificado arrojase algo muy pesado sobre un ser humano,
no incumpliría la Primera Ley, si lo hiciese sabiendo que su fuerza y
velocidad de reacción sería suficiente para coger al vuelo el peso
antes de que cayese sobre el hombre. Sin embargo, una vez el peso
abandonase sus dedos, ya no sería un medio activo. Sólo existiría la
ciega fuerza de la gravedad. El robot podría entonces cambiar de
opinión y permitir, sólo con la inacción, que el peso llegase a su
objetivo. La Primera Ley modificada lo permite.
— ¡Hay que tener imaginación!
— Así lo requiere mi profesión a veces. Peter, no nos peleemos.
Pongámonos a trabajar. Tú sabes cuál es la naturaleza exacta del
estímulo que provocó que el robot desapareciese. Tienes el informe de
su estructura mental original. Quiero que me digas hasta qué punto es
posible que nuestro robot haga el tipo de cosa de la que acabo de
hablarte. Y, si no te importa, no quiero el ejemplo especifico, sino
todo lo que implica la respuesta. Y quiero que se haga rápidamente.
— Y entretanto...
— Y entretanto, vamos a tener que hacer pruebas directas para ver si
responden a la Primera Ley.
Gerald Black había solicitado supervisar él mismo los compartimientos
de madera que se estaban construyendo y que iban surgiendo como hongos
en un barrigudo círculo en la sala abovedada de la tercera planta, que
era el Edificio 2 de Radiación. La mayoría de los obreros trabajaba en
silencio, pero más de uno mostraba abiertamente su asombro ante las
sesenta y tres fotocélulas que había que instalar.
Uno de ellos se sentó junto a Black, se quitó el sombrero y se secó
pensativamente la frente con un pecoso brazo.
Black se dirigió a él:
— ¿Cómo va, Walensky?
Walensky se encogió de hombros y encendió un cigarro.
— Suave como la mantequilla. ¿Pero qué está pasando, Doc? Primero,
estamos sin trabajo durante tres días y luego tenemos todos estos
chismes por hacer -dijo, y se apoyó hacia atrás sobre los codos y echó
el humo.
Black frunció las cejas.
— Han venido unos cuantos robots de la Tierra. Acuérdate del problema
que tuvimos con los robots que se precipitaban a los campos gamma,
hasta que les metimos en la mollera que no debían hacerlo.
— Ya. ¿No teníamos robots nuevos?
— Algunos sustitutos. Pero en su mayoría era un trabajo de
adoctrinamiento. En cualquier caso, la gente que los hace quiere
proyectar robots a los cuales no les afecten tanto los rayos gamma.
— Pero parece extraño paralizar todo el trabajo del Viaje por este
asunto de los robots. Yo pensaba que nada justificaba que se
interrumpiese el Viaje.
— Bien, son los de arriba los que deben decidirlo. Yo... sólo hago lo
que me dicen. Probablemente todo es un problema de enchufe.
— Ya. -El electricista esbozó una sonrisa e hizo un guiño de
enterado-. Ha venido alguien de Washington. Y como mi paga me llega
puntualmente de allí, me preocupaba. El Viaje no es asunto mio. ¿Qué
han venido a hacer?
— ¿Me lo preguntas a mí? Han traído un montón de robots con ellos...
más de sesenta, y van a hacer pruebas de sus reacciones. Esto es todo
lo que yo sé.
— ¿Cuánto tardarán?
— Me gustaría saberlo.
— Bien -dijo Walensky, con fuerte sarcasmo-, mientras me paguen mi
dinero, pueden jugar todo lo que quieran.
Black se sintió satisfecho. Que se propagase esta historia. Era
inofensiva y suficientemente próxima a la verdad para mantener la
curiosidad aplacada.
Un hombre estaba sentado en la silla, inmóvil, en silencio. Se
desprendió un peso, empezó a caer para estrellarse a un lado en el
último momento bajo el impulso sincronizado de un repentino rayo de
fuerza. Ello en sesenta y tres celdas de madera, viendo cómo los
robots «NS-2» se precipitaban hacia delante en la milésima de segundo
antes de que el peso llegase a su destino; y sesenta y tres
fotocélulas a un metro y medio de sus posiciones originales movían el
lápiz marcador y hacían un puntito sobre el papel. El peso subió y
cayó, subió y cayó, subió...
¡Diez veces!
Por diez veces los robots saltaron hacia delante y se detuvieron,
mientras el hombre permanecía sentado y a salvo.
El general Kallner no se había puesto el uniforme completo desde la
primera cena con los representantes de «U.S. Robots». Ahora no llevaba
nada sobre la camisa azul grisáceo, el cuello estaba abierto y la
corbata negra colgaba con el nudo flojo sobre el pecho.
Miraba lleno de esperanza a Bogert, el cual seguía estando bastante
pulcro y cuya tensión interior quizá sólo se traicionaba por unas
sienes que brillaban.
El general dijo:
— ¿Qué tal? ¿Qué es lo que está intentando ver?
— Una diferencia que, me temo, puede resultar un poco demasiado sutil
para nuestros propósitos -contestó Bogert-. Para sesenta y dos de los
robots la necesidad de precipitarse ante el aparentemente amenazado
hombre era lo que llamamos, en robótica, una reacción obligada.
¿Comprende? Incluso cuando los robots sabían que el humano en cuestión
no iba a sufrir daño, y después de la tercera o cuarta vez debían de
haberlo sabido, no podían dejar de reaccionar como lo han hecho. Así
lo exige la Primera Ley.
— ¿Y bien?
— Pero el robot número sesenta y tres, el Nestor modificado, no tenía
esta obligación. Estaba bajo la acción libre. Si hubiese querido,
habría podido quedarse en su asiento. Desgraciadamente -y su voz era
ligeramente pesarosa-, no ha querido.
— ¿Por qué cree usted que ha sido así?
Bogert se encogió de hombros.
— Supongo que la doctora Calvin nos lo explicará cuando venga.
Probablemente con una interpretación harto pesimista, también. En
ocasiones es un poco pesada.
— ¿Pero ella es competente, no es así? -preguntó el general, y frunció
de pronto el ceño con desasosiego.
— Sí -dijo Bogert, que parecía divertido-. Es muy competente. Entiende
a los robots como una hermana... Creo que ello es consecuencia del
gran odio que siente hacia los seres humanos. Lo que ocurre es que,
psicóloga o no, es neurótica en extremo. Tiene tendencias paranoicas.
No la tome demasiado en serio.
Extendió delante de él la larga hilera de gráficos con lineas
partidas.
— ¿Ve, general? En el caso de cada robot, el intervalo de tiempo desde
el momento de la caída hasta que se termina el movimiento del metro y
medio antes, tiende a decrecer a medida que se repiten las pruebas.
Hay una definitiva relación matemática que gobierna este tipo de cosas
y el hecho de no ajustarse a ello indicaría una marcada anormalidad en
el cerebro positrónico. Desgraciadamente, aquí todos aparecen
normales.
— Pero si nuestro Nestor-10 no respondía a una acción obligada, ¿por
qué su curva no es diferente? Esto no lo comprendo.
— Es bastante simple. Las respuestas robóticas no son completamente
análogas a las respuestas humanas, por desgracia. En los seres
humanos, la acción voluntaria es mucho más lenta que la acción
refleja. Pero no es así con los robots; con ellos es simplemente una
cuestión de libertad de elección, aparte de esto la velocidad de la
acción libre y de la acción obligada es la misma. Sin embargo, lo que
yo había esperado era que el Nestor-10 hubiese sido cogido por
sorpresa la prímera vez, dejando que transcurriese un intervalo de
tiempo demasiado grande antes de reaccionar.
— ¿Y no lo ha hecho?
— Me temo que no.
— En ese caso no hemos llegado a ninguna parte. -El general se reclinó
hacia atrás en la silla con una expresión de dolor-. Hace cinco días
que están ustedes aquí.
En este punto, entró Susan Calvin y cerró la puerta detrás de ella con
un portazo.
— Deja tus gráficos de lado, Peter -exclamó-. Ya sabes que no indican
nada.
Murmuró algo con impaciencia mientras Kallner se incorporaba un poco
para saludarla, y siguió:
— Tenemos que intentar alguna otra cosa rápidamente. No me gusta lo
que está ocurriendo.
Bogert intercambió una mirada resignada con el general.
— ¿Pasa algo malo?
— ¿Quieres decir específicamente? No. Pero no me gusta que Nestor-10
siga eludiéndonos. Es malo. Debe de estar satisfaciendo su aumentado
sentido de superioridad. Me temo que su motivación ya no es
simplemente la de seguir las órdenes. Creo que se está convirtiendo
más en una cuestión de absoluta necesidad neurótica de superar a los
humanos. Es una situación peligrosamente morbosa. ¿Peter, has hecho lo
que te pedí? ¿Has trabajado en los factores de inestabilidad de los
«NS-2» modificados en la línea que yo quería?
— Está en proceso -dijo el matemático, sin interés.
Ella lo miró airada un momento, luego se volvió hacia Kallner.
— Nestor 10 sabe perfectamente lo que estamos haciendo, general. No
tenía motivo para abalanzarse hacia la carnada en este experimento,
sobre todo después de la primera vez, cuando ha debido de ver que no
existía un peligro real para nuestro sujeto. Los demás no podían
evitarlo; pero el ha falsificado deliberadamente una reacción.
— ¿En ese caso, qué piensa usted que debemos hacer ahora, doctora
Calvin?
— Hacer que la próxima vez le resulte imposible ejecutar acción
alguna. Vamos a repetir el experimento, pero añadiendo algo. Se
instalarán cables de alta tensión, capaces de electrocutar a los
modelos Nestor, entre el sujeto y el robot; suficientes para evitar la
posibilidad de que los salten... y el robot estará completamente
enterado con antelación de que tocar los cables significará la muerte.
— Espera -saltó Bogert con repentina furia-. Me niego a ello. No vamos
a electrocutar el valor de dos millones de dólares en robots para
localizar al Nestor-10. Hay otros caminos.
— ¿Estás seguro? Tú no has encontrado ninguno. En cualquier caso, no
se trata de electrocutar. Podemos montar un relé que cortará la
corriente en el instante en que se le aplique un peso. Si el robot
pone su peso en él, no morirá. Pero el no lo sabrá, ¿comprendes?
Los ojos del general brillaron llenos de esperanza.
— ¿Funcionará?
— Debería funcionar. En estas condiciones, Nestor 10 tendría que
permanecer en su asiento. Se le podría ordenar que tocase los cables y
muriese, pues la Segunda Ley de obediencia es superior a la Tercera
Ley de la propia conservación. Pero no se le ordenará; se le dejará a
sus propios recursos, como a todos los robots. En el caso de robots
normales, la Primera Ley de protección humana los llevará a la muerte
incluso sin órdenes. No así nuestro Nestor 10. Sin la Primera Ley
completa, y sin haber recibido orden alguna al respecto, la Tercera
Ley, la propia conservación, será la que tendrá más fuerza, y no
tendrá más remedio que permanecer sentado. Sería una acción obligada.
— ¿Se hace esta noche, pues?
— Esta noche -dijo la psicóloga-. Si se pueden instalar los cables a
tiempo. Ahora voy a explicarles a los robots con qué van a tener que
enfrentarse.
Un hombre estaba sentado en la silla, inmóvil, en silencio. Se
desprendió un peso, empezó a caer, para estrellarse a un lado en el
último momento bajo el impulso sincronizado de un repentino rayo de
fuerza.
Sólo una vez.
Y desde la sillita de tijera en la cabina de observación del balcón,
la doctora Susan Calvin se levantó con un corto y sofocado grito de
puro espanto.
Sesenta y tres robots estaban tranquilamente sentados en sus sillas,
mirando con solemnidad al hombre en peligro que tenían delante de
ellos. Ni uno se movió.
La doctora Calvin estaba enfadada, enfadada casi más allá de lo
soportable. Todavia más furiosa por no poder exteriorizarlo ante los
robots que, uno a uno, entraban en la sala y luego se marchaban.
Comprobó la lista. Era el turno del número Veintiocho, el Treinta y
cinco ya había terminado.
Entró el número Veintiocho, tímidamente.
Ella se obligó a mantener una calma razonable.
— ¿Y tú quién eres?
El robot contestó con una voz baja e insegura.
— Todavía no me han dado número, señora. Soy un robot «NS-2», y era el
número Veintiocho de la fila fuera. Tengo un trozo de papel que debo
darle.
— ¿No has estado aquí antes hoy?
— No, señora.
— Siéntate. Aquí. Quiero hacerte algunas preguntas, número Veintiocho.
¿Estabas en la Sala de Radiación del Edificio Dos hace unas cuatro
horas?
Al robot le costó contestar. Luego, con una voz ronca, como de
maquinaria necesitada de aceite, dijo:
— Sí, señora.
— Había allí un hombre que estuvo a punto de sufrir un grave daño,
¿verdad?
— Si, señora.
— ¿Tú no hiciste nada?
— No, señora.
— El hombre podía haber sido herido como consecuencia de tu pasividad.
¿Lo sabes?
— Sl, señora. Yo no podía hacer nada, señora. -Es difícil describir el
encogimiento de una gran cara metálica e inexpresiva, pero así fue.
— Quiero que me digas exactamente por qué no hiciste nada por
salvarlo.
— Quiero explicarlo, señora. Por supuesto no quiero que usted... que
nadie... piense que podía hacer algo que pudiese causar daño a un
señor. Oh, no, esto sería horrible... un inconcebible...
— Por favor, no te excites, muchacho. No te estoy culpando de nada.
Sólo quiero saber qué estabas pensando en aquel momento.
— Señora, antes de que ocurriese todo usted nos dijo que uno de los
señores estaría en peligro de sufrir daño a causa de aquel peso que
iba a caer, y que habría que cruzar cables eléctricos si intentábamos
salvarlo. Bien, señora, esto no me habría detenido. ¿Qué es mi
destrucción comparada con la salvación de un señor? Pero... se me
ocurrió que si yo moría mientras me dirigía hacia él, tampoco podría
salvarlo. El peso lo habría aplastado y yo habría muerto para nada y
tal vez algún día otro señor podría sufrir algún daño que yo podría
haber impedido de haber estado con vida. ¿Me comprende, señora?
— Quieres decir que se ha tratado sólo de escoger entre que el hombre
muriese, o que ambos, el hombre y tú, murieseis. ¿Es así?
— Sí, señora. Era imposible salvar al señor. Se le podía considerar
muerto. En ese caso, es inconcebible que me destruya para nada... sin
órdenes.
La psicóloga jugaba con un lápiz. Había ya escuchado la misma historia
con insignificantes variaciones verbales veintisiete veces. Ahora
venía la pregunta crucial.
— Muchacho, tu idea tiene su base, pero no es el tipo de cosa que yo
crea que tú puedas pensar. ¿Se te ha ocurrido a ti?
El robot titubeó.
— No.
— ¿Entonces a quién se le ha ocurrido?
— Anoche estábamos charlando, y uno de nosotros tuvo la idea y parecía
razonable.
— ¿Cuál?
El robot reflexionó.
— No lo sé. Era uno de nosotros.
Ella suspiró.
— Eso es todo.
El número Veintinueve era el próximo. A continuación, el Treinta y
cuatro.
El general Kallner también estaba enfadado. Hacia una semana que toda
la Base Hiper estaba mortalmente paralizada, salvo por algún trabajo
administrativo en los asteroides subsidiarios del grupo. Desde hacía
casi una semana, los dos mejores expertos en su campo habían agravado
la situación con pruebas inútiles. Y ahora ellos -por lo menos la
mujer- hacían proposiciones imposibles.
Afortunadamente para la situación general, Kallner consideró que era
poco político demostrar abiertamente su enfado.
Susan Calvin estaba insistiendo:
— ¿Por qué no, señor? Es evidente que la situación actual es
contraproducente. La única forma de conseguir resultados en el futuro,
o en el futuro que nos queda en esta situación, es separar a los
robots. No podemos tenerlos juntos por más tiempo.
— Mi querida doctora Calvin -retumbó el general, para luego hundirse
su voz en los más bajos registros de un barítono-. No veo la forma de
poder acuartelar a sesenta y tres robots en este lugar.
La doctora Calvin levantó los brazos en un signo de impotencia.
— En ese caso, yo no puedo hacer nada. Nestor-10, o bien imitará lo
que hagan los otros robots, o seguirá convenciéndolos de forma
plausible para que no hagan lo que él no puede hacer. Y, en cualquiera
de ambos casos, es un mal asunto. Tenemos entre manos un combate con
nuestro robot desaparecido y lo está ganando. Cada victoria suya
agrava su anormalidad.
Se puso de pie con determinación.
— General Kallner, si no separa a los robots como le pido, sólo puedo
exigirle que sean destruidos inmediatamente los sesenta y tres.
— ¿Lo exiges? -dijo Bogert, levantó la mirada al cielo y, con furia
real, añadió: ¿Qué derecho tienes para exigir semejante cosa? Estos
robots se quedaran como están. Yo soy el responsable ante la
dirección, no tú.
— Y yo -añadió el general Kallner-, soy responsable ante el
Coordinador Mundial... y tengo que solucionar este asunto.
— En este caso, no me queda otra alternativa que dimitir -lanzó
Calvin-. Si es necesario obligarle a llevar a cabo la necesaria
destrucción, haré público todo el asunto. No fui yo quien aprobó la
fabricación de robots modificados.
— Una sola palabra suya, doctora Calvin -dijo el general, despaci~,
que viole las medidas de seguridad, y será encarcelada inmediatamente.
Bogert comprendió que la situación se estaba saliendo de quicio. Su
voz era espesa como el jarabe:
— Bien, ahora nos estamos comportando como chiquillos, todos. Sólo
necesitamos un poco más de tiempo. De cierto podremos burlar a un
robot sin dimitir, o encarcelar a nadie, o destruir dos millones.
La psicóloga se volvió hacia él bastante furiosa:
— No quiero ningún robot trastornado con vida. Tenemos un Nestor que
está completamente desequilibrado, otros once que lo están en
potencia, y sesenta y dos robots normales que están siendo sometidos a
un entorno perjudicial. El único método absolutamente seguro es la
completa destrucción.
La señal luminosa los hizo parar, y la tumultuosa ira de creciente y
desenfrenada emoción quedó paralizada.
— Adelante -gruñó Kallner.
Era Gerald Black, que parecía perturbado. Había escuchado voces
airadas. Dijo:
— He pensado que era mejor que viniese yo mismo... no quería pedirselo
a otra persona.
— ¿Qué pasa? Deje de excusarse...
— Alguien ha estado manoseando las cerraduras del Compartimiento C.
Hay arañazos recientes.
— ¿El Compartimiento C? -se apresuró a exclamar Calvin-. ¿Es donde
están los robots, verdad? ¿Quién ha sido?
— Desde el interior -dijo Black, lacónicamente.
— ¿No se habrá estropeado la cerradura?
— No. Todo está bien. Hace cuatro días que estoy en la nave y ninguno
de ellos ha intentado salir. Pero he pensado que debían saberlo, y no
quería que se propagase la noticia. He sido yo quien lo ha advertido.
— ¿Hay alguien allí ahora? -preguntó el general.
— He dejado a Robbins y a McAdams allí.
Se hizo un reflexivo silencio, y a continuación la doctora Calvin
dijo, con ironía:
— ¿Y bien?
Kallner arrugó la nariz inseguro.
— ¿Qué significa todo esto?
— ¿No está claro? Nestor-10 está planeando marcharse. La orden de
desaparecer está dominando su anormalidad por encima de cualquier cosa
que podamos hacer. No me sorprendería si lo que ha quedado de su
Primera Ley apenas tuviese la fuerza para invalidarla. Es totalmente
capaz de apoderarse de la nave y marcharse con ella. Entonces
tendríamos un robot loco en una nave espacial. ¿Qué haría a
continuación? ¿Alguna idea? ¿Sigue queriendo dejarlos todos juntos,
general?
— No tiene sentido -interrumpió Bogert. Había recobrado la serenidad-.
Todo eso de marcas de arañazos en una cerradura.
— ¿Doctor Bogert, has terminado el análisis que te había pedido?
Cuando acabes con tus comentarios gratuitos...
— Sí.
— ¿Puedo verlo?
— No.
— ¿Por qué no? ¿O tampoco puedo preguntar esto?
— Porque no tiene sentido, Susan. Te dije ya que estos robots
modificados son menos estables que la variedad normal, y así lo
muestra mi análisis. Existe alguna muy pequeña probabilidad de avería
en circunstancias extremas que no son susceptibles de ocurrir.
Dejémoslo. No voy a darte municiones para tu absurda afirmación de que
deben de ser destruidos sesenta y dos robots en perfectas condiciones
sólo porque hasta el momento has sido incapaz de detectar a Nestor-10
entre ellos.
Susan Calvin lo miró y el disgusto llenó su mirada.
— No permites que nadie comparta tu permanente cargo de director,
¿verdad?
— Por favor -suplicó Kallner, algo irritado-. ¿Doctora Calvin, insiste
usted en que no se puede hacer nada más?
— No se me ocurre nada, señor contestó ella, en tono de hastío. Si por
lo menos hubiese otras diferencias entre Nestor-10 y los robots
normales, diferencias que no estuviesen relacionadas con la Primera
Ley. Aunque sólo fuera una. Algo en la impresión del cerebro, en el
entorno, en la especificación...
— Y se paró de golpe.
— ¿Qué pasa?
— Pensaba en algo... Pienso que... -Su mirada se volvió distante y
dura-. ¿Peter, a estos Nestors modificados se les impresiona lo mismo
que a uno normal, verdad?
— Sl. Exactamente lo mismo.
— Y qué era lo que usted decía, señor Black -empezó ella, volviéndose
hacia el joven, que en la tormenta que había seguido a su noticia
había mantenido un discreto silencio-. Cuando se quejaba de la actitud
de superioridad de los Nestors, dijo que los técnicos les han enseñado
todo lo que saben.
— Sl, en cuanto a fisica etérica. Cuando llegan aquí desconocen la
materia.
— Así es -dijo Bogert, sorprendido-. Susan, te conté que cuando hablé
con los otros Nestors de aquí, los dos recién llegados no habían
aprendido todavía fisica etérica.
— ¿Y esto por qué? -preguntó la doctora Calvin, con creciente
excitación-. ¿Por qué a los modelos «NS-2» no se les inculca desde el
principio fisica etérica?
— Puedo explicárselo -dijo Kallner-. Todo forma parte del secreto.
Pensamos que si hacíamos un modelo especial con conocimientos de
fisica etérica, usábamos doce de ellos y poníamos a trabajar a los
otros en un campo inconexo, podría haber sospechas. Los hombres que
trabajaban con Nestors normales podían preguntarse por qué ellos
sabían física etérica. Así que solo se les inculcó una capacitación
para la formación en el campo. Por supuesto, sólo los que vienen aquí
reciben este tipo de formación. Es así de simple.
— Comprendo. Por favor salgan de aquí, todos. Denme una hora de
tiempo.
Calvin tenía la impresión de no poder pasar una tercera vez por la
penosa experiencia. Su mente lo había considerado y lo había rechazado
con una intensidad que le había dado náuseas. No podía volver a
enfrentarse a la interminable fila de robots repetidos.
Por consiguiente fue Bogert quien hizo las preguntas en esa ocasión,
mientras ella permanecía sentada a su lado, con los ojos y la mente
entornados.
Entró el número Catorce, el Cuarenta y nueve se había marchado.
Bogert levantó la vista de la hoja con la relación y dijo:
— ¿Cuál es tu número en la fila?
— Catorce, señor. -Y el robot presentó su boleto numerado.
— Siéntate, muchacho.
— ¿Has estado aquí antes hoy? -preguntó Bogert.
— No, señor.
— Bien, muchacho, pronto vamos a tener a otro hombre en peligro,
después de haber terminado con esto. De hecho, cuando te marches de
esta sala, te llevarán a una silla donde esperarás en silencio, hasta
que se necesite de ti. ¿Comprendes?
— Sí, señor.
— Por supuesto, si hay un hombre en peligro, tú intentarás salvarlo...
— Por supuesto, señor.
Desgraciadamente, entre el hombre y tú, habrá un campo de rayos gamma.
Silencio.
— ¿Sabes lo que son los rayos gamma? -preguntó Bogert, crudamente.
— ¿Radiación de energía, señor?
La siguiente pregunta llegó de una forma amistosa, informal.
— ¿Has trabajado alguna vez con rayos gamma?
— No, señor -fue la respuesta categórica.
— Hum. Bien, muchacho, los rayos gamma te mataran al instante.
Destrozarán tu cerebro. Es algo que debes saber y recordar.
Naturalmente, tú no quieres destruirte.
— Naturalmente. -De nuevo el robot parecía preocupado. Luego,
despacio-: Pero, señor, si los rayos gamma están entre yo y el señor
que puede recibir algún daño, ¿cómo puedo salvarlo? Me destruiría para
nada.
— Sí, así es. -Bogert daba la sensación de estar preocupado por el
asunto-. Lo único que puedo aconsejarte, muchacho, es que si detectas
radiación gamma entre tú y el hombre, te quedes sentado donde estás.
El robot estaba claramente aliviado.
— Gracias, señor. ¿No serviría para nada, verdad?
— Claro que no. Pero si no hubiese ninguna radiación peligrosa, sería
otro asunto.
— Naturalmente, señor. No hay duda sobre ello.
— Ahora te puedes marchar. El hombre que está fuera de la puerta te
llevará a tu silla. Por favor, espera allí.
Cuando el robot se hubo marchado, se volvió hacia Susan Calvin.
— ¿Cómo ha ido, Susan?
— Muy bien -dijo ella, de forma apagada.
— ¿No crees que podríamos pescar a Nestor 10 haciéndole rápidas
preguntas sobre física etérica?
— Tal vez, pero no es lo bastante seguro -dijo ella, y sus manos
yacían abandonadas sobre su regaz~. Recuerda que nos está haciendo la
guerra. Está en guardia. Sólo podremos cazarlo siendo más listos que
él... y, con sus limitaciones, puede pensar más rápidamente que un ser
humano.
— Bien, sólo para divertirnos... Imagínate que a partir de ahora les
hago a los robots algunas preguntas sobre rayos gamma. Los límites de
la longitud de onda, por ejemplo.
— ¡No! -Los ojos de la doctora Calvin revivieron-. Sería demasiado
fácil para él negar todo conocimiento y entonces estaría sobre aviso
contra la prueba siguiente... que es nuestra única oportunidad. Por
favor, sigue haciendo las preguntas como te he indicado, Peter, y no
improvises. Ya está dentro de los limites del riesgo preguntarles si
han trabajado alguna vez con rayos gamma. E intenta parecer menos
interesado cuando se lo preguntes.
Bogert se encogió de hombros y apretó el timbre que daría acceso al
número Quince.
La amplia Sala de Radiación estaba dispuesta una vez más. Los robots
esperaban pacientemente en sus celdas de madera, todas abiertas en el
centro pero separadas unas de otras por los lados.
El general Kallner se enjugaba despacio la frente con un gran pañuelo
mientras la doctora Calvin comprobaba los últimos detalles con Black.
— ¿Está seguro de que ninguno de los robots ha tenido ocasión de
hablar entre sí después de haberse marchado de la Sala de Orientación?
-preguntó ella.
— Absolutamente seguro -insistió Black-. No han intercambiado ni una
sola palabra.
— ¿Y los robots están en las celdas adecuadas?
— Aquí está el plano.
La psicóloga lo miró pensativa.
— Hum.
El general miró por encima del hombro de ella.
— ¿Cuál es el objetivo de la distribución, doctora Calvin?
— He pedido que los robots que no estaban alineados, siquiera
ligeramente, en las pruebas anteriores, fuesen concentrados en un lado
del círculo. Esta vez yo estaré sentada en el centro, y quiero
observar a éstos en particular.
— ¡Te vas a sentar allí! -exclamó Bogert.
— ¿Por qué no? -preguntó ella fríamente-. Lo que espero ver puede ser
algo bastante rápido. No puedo correr el riesgo de tener a otra
persona como observador principal. Peter, tú estarás en la cabina de
observación y quiero que no apartes la vista de la otra parte del
círculo. General Kallner, he dispuesto que se filme a cada robot, por
si la observación visual no fuese suficiente. En caso necesario, los
robots deberán permanecer exactamente donde están hasta que la
película sea revelada y estudiada. Ninguno debe marcharse, ninguno
debe cambiar de lugar. ¿Está claro?
— Perfectamente.
— En ese caso, vamos a intentarlo por última vez.
Susan Calvin estaba sentada en la silla, en silencio, con la mirada
inquieta. Se desprendió un peso, empezó a caer, para estrellarse a un
lado en el último momento bajo el impulso sincronizado de un repentino
rayo de fuerza.
Y sólo un robot se incorporó e hizo dos pasos.
Y se paró.
Pero la doctora Calvin ya estaba de pie, y su dedo lo señalaba
inequívocamente.
— Nestor-10, ven aquí. ¡Ven aquí! ¡VEN AQUÍ!
Despacio, a regañadientes, el robot hizo otro paso hacia delante. La
psicóloga gritó con toda su voz, sin apartar los ojos del robot:
— Que alguien saque a todos los otros robots de aquí. Sáquenlos de
prisa y que se queden fuera.
En algún lugar dentro de su oído oyó ruido y el golpe sordo de pesados
pies sobre el suelo, sin embargo ella no miró.
Nestor-10 -si era Nestor-10- dio otro paso, y a continuación, bajo la
fuerza del gesto imperioso de ella, otros dos. Cuando habló, de forma
áspera, sólo estaba a unos tres metros de ella:
— Se me dijo que desapareciese.
Otro paso.
— No debo desobedecer. Hasta ahora no me han encontrado... Él pensaría
que ha fallado... Me dijo... Pero no es así... Soy fuerte e
inteligente.
Las palabras iban llegando de forma más acelerada. Otro paso.
— Yo sé mucho... Él pensaría... Quiero decir que me han encontrado...
Desgraciadamente... A mí no... Yo soy inteligente... Y en comparación
con sólo una señora... que es débil... lenta...
Otro paso, y un brazo de metal se precipitó de repente sobre el hombro
de ella, y sintió que el peso la presionaba. Que se le hacía un nudo
en la garganta, que era atravesada por una amarga lágrima.
Débilmente, oyó las siguientes palabras de Nestor-10:
— Nadie debe encontrarme. Ningún señor... -y el frío metal estaba
contra ella y se iba hundiendo bajo su peso.
Y luego un sonido extraño, metálico; ella se desplomó en el suelo con
un imperceptible ruido sordo y un resplandeciente brazo atravesaba
pesadamente su cuerpo. No se movía. Tampoco se movía Nestor, derribado
junto a ella.
Y ahora unos rostros se inclinaban sobre ella.
Gerald Black estaba musitando:
— ¿Está herida, doctora Calvin?
Ella movió la cabeza débilmente. Retiraron el brazo que estaba sobre
ella y la pusieron de pie con suavidad.
— ¿Qué ha pasado?
— He inundado el lugar de rayos gamma durante cinco segundos -dijo
Black-. No sabíamos lo que estaba pasando. Hasta el último segundo no
nos hemos dado cuenta de que la estaba atacando y entonces no había
tiempo más que para el campo gamma. Se ha derrumbado en un instante.
No había suficiente para lastimarla a usted. No se preocupe por ello.
— No estoy preocupada -dijo ella, cerró los ojos y apoyó un momento la
cabeza en el hombro de él-. No creo que me atacase exactamente.
Nestor-10 estaba simplemente intentando hacerlo. Lo que había quedado
de la Primera Ley todavía lo frenaba.
Dos semanas después de su primer encuentro con el general Kallner,
Susan Calvin y Peter Bogert tuvieron el último. En la Base Hiper se
había reanudado el trabajo. El carguero con sus sesenta y dos robots
«NS-2» normales se había ido hacia su destino, con una historia
oficialmente impuesta para explicar las dos semanas de retraso. El
crucero gubernamental se estaba preparando para llevar a los dos
expertos en robótica de vuelta a la Tierra.
Kallner estaba de nuevo reluciente con su uniforme. Cuando les
estrechó las manos, sus guantes blancos brillaban.
Calvin dijo:
— Se entiende que, por supuesto, los otros Nestors modificados serán
destruidos.
— Así se hará. Nos las arreglaremos con robots normales o, en caso
necesario, sin ellos.
— Bien.
— Pero digame... no lo ha explicado... ¿Cómo fue?
Ella sonrió con los labios apretados.
— Ah, eso. Se lo hubiese explicado antes de haber estado más segura de
que iba a funcionar. Ya sabe, Nestor-10 tenía un complejo de
superioridad que se estaba volviendo cada vez más radical. Le gustaba
pensar que él y los otros robots sabían más que los seres humanos.
Para él se estaba volviendo muy importante pensar así.
»Nosotros lo sabíamos. Por consiguiente advertimos con antelación a
todos los robots que los rayos gamma los matarían, como hubiese sido
en realidad, y a continuación les advertimos que habría rayos gamma
entre ellos y yo. Por lo tanto todos se quedaron donde estaban,
naturalmente. A través de la lógica de Nestor-10 en la prueba
anterior, todos habían decidido que no tenía sentido intentar salvar a
un humano si tenían la seguridad de morir antes de poder hacerlo.
— Bien, sí, doctora Calvin, esto lo comprendo. Pero por qué Nestor-10
se levantó de su silla.
— ¡Ah! Esto fue un pequeño arreglo entre yo y su joven señor Black.
¿Sabe una cosa? No eran rayos gamma los que inundaron la zona situada
entre mí y los robots... sino rayos infrarrojos. Sólo corrientes rayos
de calor, completamente inofensivos. Nestor-10 sabía que eran
infrarrojos e inofensivos, así que se precipitó hacia delante, como
esperaba que harían los demás, obligados por la Primera Ley. Una
fracción de segundo demasiado tarde recordó que los normales «NS2»
podían detectar las radiaciones, pero no podían identificar el tipo.
El hecho de que él sólo pudiese identificar la longitud de las ondas
gracias a la preparación que había recibido en la Base Hiper, con
simples seres humanos, era un poco demasiado humillante para ser
recordado aunque fuese sólo un momento. Para los robots normales, la
zona era fatal porque les habíamos dicho que así sería, y únicamente
Nestor-10 sabía que estábamos mintiendo.
»Y sólo por un momento olvidó, o no quiso recordar, que los otros
robots podían ser más ignorantes que los seres humanos. Su gran
superioridad le hizo caer en la trampa. Adiós, general.
SE PUEDE EVITAR EL CONFLICTO
El Coordinador tenía una curiosidad medieval en su estudio prívado,
una chimenea. A decir verdad, el hombre medieval posiblemente no la
habría reconocido como tal, pues no tenía un significado funcional. La
llama que se movía tranquila se hallaba en un nicho aislado detrás de
cuarzo de color claro.
Se prendía fuego a los troncos a larga distancia mediante una pequeña
desviación del rayo de energía que alimentaba los edificios públicos
de la ciudad. El mismo interruptor que controlaba el encendido primero
sacaba las cenizas del fuego anterior y permitía la entrada de madera
nueva. Era lo que se dice una chimenea completamente domesticada.
Pero el propio fuego era real. Tenía un montaje para el sonido, de
forma que se podía oir la crepitación y, por supuesto ver cómo saltaba
en la corriente de aire que lo alimentaba.
Las gruesas gafas del Coordinador reflejaban en miniatura el discreto
jugueteo de la llama y, más en miniatura todavía, ésta se reflejaba en
cada una de sus pensativas pupilas.
Y también en las glaciales pupilas de su huésped, la doctora Susan
Calvin de «U.S. Robots and Mechanical Men Corporation».
El Coordinador dijo:
— No te he pedido que vinieras por razones puramente sociales, Susan.
— Así lo había imaginado, Stephen -replicó ella.
— Y sin embargo no sé muy bien cómo expresar mi problema. Por una
parte, puede no ser nada. Por la otra, puede significar el fin de la
Humanidad.
— Stephen, he tropezado con muchos problemas que presentan esta
alternativa. Creo que ocurre con todos los problemas.
— ¿De verdad? En ese caso juzga lo siguiente: World Steel informa de
un exceso de producción por encima de las veinte mil toneladas. El
Canal de México lleva dos meses de retraso. Las minas de mercurio de
Almadén han tenido una producción deficiente desde la primavera
pasada, mientras que la planta de Hidropónicos de Tientsin ha
despedido hombres temporalmente. Estas cosas son las que han acudido a
mi mente en este momento. Hay más del mismo tipo.
— ¿Son graves? No tengo suficientes conocimientos sobre economía como
para comprender las temibles consecuencias de estas cosas.
— Por sí mismas, no son graves. Si la situación en Almadén empeorase,
se podrían enviar allí expertos mineros. Si hay demasiados ingenieros
hidropónicos en Tientsin, éstos podrían ser de utilidad en Java o en
Ceilán. Un exceso de veinte mil toneladas de acero se agotarían en
pocos días con una demanda mundial y la apertura del Canal de México
dos meses después de la fecha prevista es una menudencia. Son las
Máquinas lo que me preocupa; ya he hablado de ellas con tu Director de
Investigación.
— ¿Con Vincent Silver...? No me ha dicho nada al respecto.
— Le pedí que no hablase con nadie. Aparentemente, no lo ha hecho.
— ¿Y qué te dijo?
— Deja que sitúe esta cuestión en su dimensión adecuada. Primero
quiero hablar de las Máquinas. Y quiero hablar de ellas contigo porque
eres la única persona en el mundo que comprende suficientemente bien a
los robots como para ayudarme en estos momentos. ¿Puedo ponerme
filosófico?
— Durante esta velada, Stephen, puedes hablar como te plazca y de lo
que te plazca, a condición de que primero me digas lo que intentas
probar.
— Que estos pequeños desequilibrios en la perfección de nuestro
sistema de oferta y demanda, como ya he mencionado, pueden suponer el
primer paso hacia la guerra final.
— Hum. Sigue.
Susan Calvin no se permitió el lujo de relajarse, a pesar del cómodo
diseño del sillón en el que estaba sentada. Su frío rostro de labios
finos y su voz sin entonación se estaban acentuando con los años. Y
aunque Stephen Byerley era un hombre que apreciaba y en quien podía
confiar, ella tenía casi sesenta años y no era fácil romper con unos
hábitos cultivados durante toda una vida.
— Susan, cada período del desarrollo humano -empezó el Coordinador- ha
tenido su propio y particular tipo de conflicto humano, su propia
variedad de problema que, aparentemente, podía resolverse sólo por
medio de la fuerza. Y en cada ocasión, de forma muy frustrante, la
fuerza nunca resolvía realmente el problema. Por el contrario,
persistía a través de una serie de conflictos para luego desvanecerse
por sí mismo... cuál es la expresión... ah, sí, no con estrépito sino
en un gemido, cuando cambiaba el entorno económico y social. Y luego,
nuevos problemas, y nueva serie de guerras... Aparentemente un ciclo
interminable.
»Consideremos los tiempos relativamente modernos. En los siglos XVI a
XVIII hubo la serie de guerras dinásticas, donde el problema más
importante en Europa era si sería la casa de los Habsburgo o la de los
Valois-Borbón la que gobernaría el continente. Puesto que Europa no
podía obviamente existir siendo mitad una y mitad la otra, se planteó
uno de aquellos «conflictos inevitables».
»Excepto que así fue, y ninguna guerra destruyó nunca una y estableció
a la otra, hasta que la aparición de una nueva atmósfera social en
Francia en 1789 derrocó primero a los Borbones y finalmente a los
Habsburgo en una caída equívoca para el incinerador histórico.
»Y en esos mismos siglos hubo las más bárbaras guerras religiosas, que
se centraban en la cuestión crucial de si Europa iba a ser católica o
protestante. Mitad y mitad no podía serlo. Era "inevitable" que
decidiese la espada. Pero no lo hizo. En Inglaterra, estaba creciendo
un nuevo industrialismo, y en el continente, un nuevo nacionalismo.
Europa ha permanecido mitad y mitad hasta nuestros días y a nadie
parece importarle mucho.
»En los siglos XIX y XX, hubo un ciclo de guerras
nacionalistas-imperialistas, donde el problema más importante en el
mundo era saber qué parte de Europa controlaría los recursos
económicos y la capacidad de consumo de las partes no europeas. Toda
no-Europa no podía evidentemente existir siendo parte inglesa, parte
francesa, parte alemana, etcétera... Hasta que se desarrolló
suficientemente la fuerza del nacionalismo y la no-Europa puso fin a
lo que las guerras no habían resuelto, decidiendo que podía existir
bastante bien siendo completamente no-Europea.
»Y tenemos así una pauta...
— Si, Stephen, lo has expuesto claramente -dijo Susan Calvin-. No son
unas observaciones muy profundas.
— No. Pero la mayoría de las veces es lo obvio lo que resulta dificil
de ver. La gente dice: «Es tan claro como la nariz de tu cara.» ¿Pero
cuánta de tu nariz puedes verte si alguien no te sostiene un espejo
delante tuyo? En el Siglo XX, Susan, empezamos un nuevo ciclo de
guerras... ¿Cómo las llamaré? ¿Guerras ideológicas? ¿Las emociones de
la religión aplicadas en los sistemas económicos, en lugar de en los
extranaturales? De nuevo las guerras fueron «inevitables», pero en
esta ocasión había armas atómicas, por consiguiente la Humanidad ya no
pudo vivirlas sin que se debilitase la idea de inevitabilidad... Y
llegaron los robots positrónicos.
»Llegaron a fiempo y, con ellos y junto a ellos, los viajes
interplanetarios. De forma que ya no parecía tan importante si el
mundo era Adam Smith o Karl Marx. Tampoco tenían mucho sentido en las
nuevas circunstancias. Ambos tuvieron que adaptarse y desembocaron
casi en el mismo lugar.
— Así pues, en un doble sentido, deus ex machina -dijo secamente la
doctora Calvin.
El Coordinador sonrió afablemente.
— Nunca te había oído hacer juegos de palabras, Susan, pero tienes
razón. Y sin embargo existía otro peligro. El final de cada nuevo
problema simplemente ha dado a luz a otro. Nuestra nueva economía
mundial robotizada puede desarrollar sus propios problemas y por esta
razón tenemos las Máquinas. La economía de la Tierra es estable y
seguirá siendo estable, porque está basada en las decisiones de unas
máquinas que calculan y que, a través de la contundente fuerza de la
Primera Ley de la Robótica, tienen en su interior la bondad de la
Humanidad.
Stephen Byerley continuó:
— Y a pesar de que las Máquinas no son más que la más amplia
conglomeración de circuitos que calculan jamás inventados, siguen
siendo robots en el sentido de la Primera Ley y por ello toda nuestra
economía terrestre está en consonancia con los mejores intereses del
Hombre. La población de la Tierra sabe que no habrá desempleo, ni
exceso de producción o penuria. El despilfarro y el hambre son
palabras de los libros de historia. Y así la cuestión de la propiedad
de los medios de producción es insignificante. Quienquiera que los
poseyese (si una frase así tiene sentido), un hombre, un grupo, una
nación o toda la Humanidad, sólo los podría utilizar bajo la dirección
de las Máquinas... No porque los hombres estuviesen obligados a ello,
sino porque sería el camino más sabio y los hombres lo sabrían.
»Pone fin a la guerra... no sólo al ultimo ciclo de guerras, sino al
próximo y a todos. Siempre y cuando...
Una larga pausa, y la doctora Calvin lo animó repitiendo:
— Siempre y cuando...
El fuego se acurrucó junto a un tronco y apareció inesperadamente.
— Siempre y cuando -dijo el Coordinador-, las Máquinas realicen su
función.
— Ya veo. Y aquí es donde entran esos insignificantes desajustes que
has mencionado hace un rato: acero, hidropónicos, etcétera.
— Exacto. Estos errores no deberían existir. El doctor Silver me dijo
que no podían existir.
— ¿Ha negado los hechos? ¡Qué extraño en él!
— No, admite los hechos, por supuesto. He sido injusto con él. Lo que
niega es que cualquier error de la Máquina sea responsable de los así
llamados (sus palabras) errores en las respuestas. Afirma que las
Máquinas son autocorrectoras y que de existir un error en el circuito
de relés se violarían las leyes fundamentales de la Naturaleza. Así
que le dije...
— Y tú le dijiste: «De todas formas, supongo que tus muchachos lo han
comprobado para asegurarse.»
— Susan, lees mis pensamientos. Fue lo que le dije y él contestó que
no podía.
— ¿Demasiado ocupado?
— No, dijo que ningún ser humano podía hacerlo. Fue sincero al
respecto. Me dijo, y espero haberlo comprendido bien, que las Máquinas
son una extrapolación gigantesca. Eso... Un equipo de matemáticos
trabaja varios años calculando un cerebro positrónico equipado para
hacer ciertos cálculos. Utilizando este cerebro llevan a cabo nuevos
cálculos para crear un cerebro todavía más complicado, que utilizan de
nuevo para hacer uno todavía más complicado y así sucesivamente. Según
Silver, lo que llamamos las Máquinas son el resultado de diez de estos
pasos.
— Si, eso me suena a familiar. Afortunadamente, no soy matemática.
Pobre Vincent. Es muy joven. El Director anterior no tenía estos
problemas. Tampoco los tenía yo. Tal vez los robóticos de hoy en día
ya no pueden comprender sus propias creaciones.
— Aparentemente no. Las Máquinas no son supercerebros en el sentido
del suplemento dominical, aunque así están descritas en los
suplementos dominicales. Ocurre sencillamente que en su propia y
particular especialidad de recoger y analizar un número casi infinito
de datos y sus conexiones, en un tiempo casi infinitesimal, han
progresado más allá de la posibilidad del control humano detallado.
»Y entonces fuí más lejos. De hecho le pregunté a la Máquina. Dentro
del más estricto secreto, le introdujimos la información original
relativa a la decisión del acero, su propia respuesta, y el desarrollo
real desde entonces, es decir el exceso de producción, y le pedimos
una explicación a la discrepancia.
— Bien, ¿y cuál fue la respuesta?
— Puedo citártela palabra por palabra: «El asunto no admite
explicación.»
— ¿Y Vincent como lo interpreta?
— De dos formas. O bien no le habíamos proporcionado a la Máquina
suficientes datos que le permitiesen una contestación definitiva, lo
cual era improbable, como admitió el doctor Silver. O bien, para la
máquina era imposible admitir que no podía dar ninguna respuesta a los
datos porque con ello un ser humano era susceptible de recibir algún
daño. Esto, naturalmente, es lo que implica la Primera Ley. Y entonces
el doctor Silver me recomendó que hablase contigo.
Susan Calvin parecía muy cansada.
— Stephen, soy vieja. Hubo una época en que querías nombrarme Director
de Investigación y yo rechacé tu ofrecimiento. Entonces tampoco era ya
joven y no quería esta responsabilidad. Se la dieron al joven Silver y
yo me alegré; pero de qué me sirve si me veo metida en estos líos.
»Stephen, déjame explicarte mi postura. De hecho, mis estudios
incluyen la interpretación del comportamiento del robot a la luz de
las Tres Leyes de la Robótica. Ahora, tenemos esas increíbles máquinas
que calculan. Son robots positrónicos y por lo tanto acatan las Leyes
de la Robótica. Pero carecen de personalidad; esto es, sus funciones
son extremadamente limitadas. Deben serlo, dada su alta
especialización. Por consiguiente, hay muy poco espacio para la
interacción de las Leyes y mi método de ataque es virtualmente inútil.
En definitiva, no sé si podré ayudarte, Stephen.
El Coordinador se rió brevemente.
— En cualquier caso, deja que te cuente el resto. Deja que te exponga
mis teorías y quizás entonces puedas decirme si son posibles a la luz
de la robopsicologia.
— Pues claro que si. Adelante.
— Bien, desde el momento que las Máquinas están dando respuestas
erróneas y, asumiendo que no pueden equivocarse, sólo existe una
posibilidad. ¡Les están proporcionando información falsa! En otras
palabras, el problema es humano, y no robótico. Por ello hice
recientemente el viaje de inspección planetaria...
— Del que acabas de regresar a Nueva York.
— Sí. ¿Comprendes? Era necesario, pues hay cuatro Máquinas, cada una a
cargo de una de las Regiones Planetarías. ¡Y las cuatro están
produciendo resultados imperfectos!
— Oh, pero esto suele ocurrir, Stephen. Si una cualquiera de las
Máquinas es imperfecta, ello se reflejará automáticamente en el
resultado de las otras tres, porque cada una de las otras asumirá como
parte de la información, en la cual se basan sus propias decisiones,
la perfección de la cuanta imperfecta. Con un falso supuesto,
producirán respuestas falsas.
— Ah, ah, eso me había parecido. Ahora, escucha, tengo aquí los
informes de mis reuniones con los Vicecoordinadores Regionales. ¿Te
importaría que les echásemos juntos un vistazo?... Oh, pero primero
dime, ¿has oído hablar de la «Sociedad para la Humanidad»?
— Hum, sí. Es una extensión de los Fundamentalistas que han impedido
que «U.S. Robots» utilice robots positrónicos arguyendo una labor de
competencia desleal y otras cosas. La «Sociedad para la Humanidad» es
anti-Máquina, ¿verdad?
— Si, sí, pero... Bien, ya verás. ¿Empezamos? Comenzaremos con la
Región Oriental.
— Como tú quieras...
Región Oriental:
a - Superficie: 23.500.000 kilómetros cuadrados
b - Población: 1.700.000.000
c - Capital: Shanghai
El bisabuelo de Ching Hso-Lin había muerto en la invasión japonesa de
la vieja República China y, aparte de sus obedientes hijos, nadie
lloró su pérdida o tuvo siquiera conocimiento de que había
desaparecido. El abuelo de Ching Hso-Lin había sobrevivido a la guerra
civil de los últimos años cuarenta, pero, aparte de sus obedientes
hijos, nadie lo supo o le importó el hecho.
Y sin embargo Ching Hso-Lin era el Vicecoordinador Regional con la
responsabilidad del bienestar económico de la mitad de la población de
la Tierra.
Quizá por tener todo esto presente, Ching sólo tenía dos mapas como
todo adorno en la pared de su despacho. Uno era antiguo, trazado a
mano, y representaba un par de acres de tierra; y estaba marcado con
las actualmente anticuadas pictografias de la vieja China. Un pequeño
riachuelo fluía a través de las señales descoloridas y había las
delicadas indicaciones pictóricas de humildes chozas, en una de las
cuales había nacido el abuelo de Ching.
El otro mapa era muy grande, finamente delineado, con todas las
señales en claros caracteres cirílicos. El límite rojo que marcaba la
Región Oriental abarcaba en sus grandes confines todo lo que antaño
había sido China, India, Birmania, Indochina e Indonesia. En él, en el
interior de la antigua provincia de Szechuán, tan diminuta y fina que
nadie podía verla, había una pequeña señal colocada allí por Ching que
indicaba la localización de su granja ancestral.
Mientras hablaba con Stephen en perfecto inglés, Ching permaneció de
pie delante de estos mapas.
— Nadie sabe mejor que usted, señor Coordinador, que mi trabajo, en su
gran mayoría, es una @sinecura. Lleva consigo cierto rango social y
representa un conveniente punto focal para la administración, pero
aparte de esto... ¡es la Máquina! La Máquina hace todo el trabajo.
¿Qué piensa usted, por ejemplo, de los trabajos hidropónicos de
Tientsin?
— ¡Tremendos! -dijo Byerley.
— Sin embargo es uno entre docenas, y no el más importante. Shanghai,
Calcuta, Batavia, Bangkok... Están muy extendidos y son la respuesta
para alimentar a los casi dos mil millones de habitantes del Este.
— Y sin embargo, tienen ustedes un problema de desempleo en Tientsin
-dijo Byerley-. ¿Cómo pueden estar con un exceso de producción? Es
incongruente pensar que Asia está padeciendo de exceso de comida.
Los oscuros ojos de Ching se arrugaron en los ángulos.
— No. No se ha llegado a esto todavía. Es cierto que durante los
últimos meses se han cerrado algunos depósitos en Tientsin, pero no es
nada grave. Los hombres sólo han sido dados de baja temporalmente y a
quienes no les importa trabajar en otros campos han sido enviados a
Colombo en Ceilán, donde está empezando a operar una nueva planta.
— ¿Pero por qué han tenido que ser cerrados los depósitos?
Ching sonrió amablemente.
— Ya veo que no sabe usted mucho sobre hidropónicos. Bien, ello no es
sorprendente. Usted es del norte y allí todavía se utiliza el cultivo
de la tierra. En el norte se suele pensar que los hidropónicos, si se
piensa en ellos, son mecanismos para hacer crecer nabos en una
solución química, y así es... pero de una forma infinitamente
complicada.
»El cultivo que con gran diferencia ocupa el primer lugar, y cuyo
porcentaje está creciendo, es la levadura. Tenemos más de dos mil
especies de levadura en producción y cada mes se suman a esta cantidad
nuevos tipos. El alimento químico básico de las distintas levaduras
son nitratos y fosfatos entre las materias inorgánicas, junto con las
cantidades de indicios de metales que se precisan y las partes
fraccionarias por millón de boro y molibdeno requeridas. La materia
orgánica es sobre todo mezclas de azúcar derivadas de la hidrólisis de
celulosa, pero hay que añadir varios factores alimenticios.
»Para una próspera industria hidropónica, que pueda alimentar a mil
setecientos millones de personas, debemos llevar a cabo en Oriente un
inmenso programa de repoblación forestal: debemos tener inmensas
plantas para la transformación de madera a fin de ocuparnos de las
selvas del Sur: debemos tener energía, acero, y sobre todo productos
químicos sintéticos.
— ¿Por qué lo último, señor?
— Porque cada una de estas especies de levadura, señor Byerley, tiene
sus propiedades particulares. Como ya le he comentado, hemos elaborado
dos mil especies. El bistec que se ha comido hoy pensando que era de
vaca, era levadura. El dulce helado de fruta que le han servido de
postre, era levadura helada. Hemos filtrado jugo de levadura junto con
el sabor, el aspecto y todo el valor alimenticio de la leche.
Más que cualquier otra cosa, es el gusto lo que hace que la
alimentación a base de levadura sea popular, ¿comprende? y ha sido en
consideración al sabor que hemos elaborado especies artificiales y
domésticas que ya no se pueden apoyar sólo en la dieta básica de sales
y azúcares. Algunas especies de levadura necesitan biotín; otras ácido
pteroilglutámico; otras incluso necesitan que se les suministre
diecisiete aminoácidos diferentes, así como todas las vitaminas B,
pero una... que sin embargo es popular y no podemos relegar si
consideramos el aspecto económico...
Byerley se agitó en su asiento.
— ¿Para qué me cuenta todo esto?
— Usted me ha preguntado, señor, por qué hay hombres sin trabajo en
Tientsin. Todavía tengo que extenderme un poco más. No es sólo el
hecho de que debemos contar con esos alimentos variados y con
variantes para nuestra levadura; sino que sigue estando el complicado
factor de los caprichos pasajeros y populares, y de la posibilidad de
desarrollo de nuevos tipos de acuerdo con las nuevas necesidades y la
nueva popularidad. Todo esto debe ser previsto, y es la Máquina quien
hace este trabajo...
— Pero no perfectamente.
— No muy imperfectamente, dadas las complicaciones que le he
mencionado. Bien, por eso unos cuantos miles de trabajadores de
Tientsin están temporalmente sin trabajo. Pero tenga en cuenta que la
cantidad de desperdicio del pasado año (desperdicio tanto en términos
de falta de existencias como de falta de demanda) no llega al décimo
del uno por ciento de nuestro volumen total de producción. Yo
considero que...
— Sin embargo durante los primeros años de la Máquina, la cifra estaba
cerca de un milésimo del uno por ciento.
— Oh, pero durante la década en que la Máquina empezó a trabajar a
pleno rendimiento la utilizamos para incrementar veinte veces nuestra
producción de levadura de la vieja pre-Máquina. Es lógico que con las
imperfecciones aumenten las complicaciones, sin embargo...
— ¿Sin embargo?
— Hubo el caso curioso de Rama Vrasayana.
— ¿Qué le ocurrió?
— Vrasayana estaba al cargo de una planta de evaporación marina para
la producción de yodo, del cual puede prescindir la levadura, pero no
los seres humanos. Su planta tuvo que cerrar.
— ¿De verdad? ¿Por qué?
— La competencia, lo crea o no. En general, uno de las funciones
principales del análisis de la Máquina es indicar la distribución más
eficaz de nuestras unidades de producción. Evidentemente es un error
contar con zonas insuficientemente abastecidas, pues los costos de
transporte representan en ese caso un porcentaje demasiado alto de los
gastos generales. De la misma forma, es un error tener una zona
demasiado bien abastecida, pues entonces las fábricas deben trabajar
por debajo de su capacidad, o bien competir nocivamente con otra. En
el caso de Vrasayana, se estableció otra planta en la misma ciudad, y
con un sistema de extracción más eficaz.
— ¿Lo permitió la Máquina?
— Oh, sí. Esto no es sorprendente. El nuevo sistema se está
difundiendo. Lo que sorprende es que la Máquina no advirtiese a
Vrasayana sobre la conveniencia de renovarse o fusionarse. Sin
embargo, no tuvo importancia. Vrasayana aceptó un trabajo como
ingeniero en la nueva planta y si bien su responsabilidad y su salario
son ahora inferiores, ya no tiene quebraderos de cabeza. Los
trabajadores encuentran trabajo fácilmente; la vieja planta ha sido
convertida en... otra cosa. Algo útil. Lo dejamos todo en manos de la
Máquina.
— Y aparte de esto no tiene usted quejas. ¡Ninguna!
Región Tropical:
a - Superficie: 35.000.000 kilómetros cuadrados
b - Población: 500.000.000
c - Capital: Capital City
El mapa del despacho de Lincoln Ngoma estaba lejos de ser el modelo de
clara precisión del que había en el dominio de Ching en Shanghai. Los
límites de la Región del Trópico de Ngoma eran unos trazos anchos de
color marrón oscuro y contenían un enorme interior marcado «jungla»,
«desierto» y «aquí hay elefantes y todo tipo de extrañas bestias».
Tenía mucho por abarcar, pues en tierra la Región del Trópico incluía
más de dos continentes: todo América del Sur al norte de Argentina y
todo África al sur del Atlas. Incluía también América del Norte al sur
de Río Grande, e incluso Arabia e Irán en Asia. Era lo contrario de la
Región Oríental. Donde la colmena de Oriente congregaba a la mitad de
la Humanidad en el 15 por ciento de la superficie terrestre, los
Trópicos repartían su 15 por ciento de la Humanidad sobre casi la
mitad de toda la tierra del mundo.
Pero estaba creciendo. Era la única Región cuya población aumentaba
más por la inmigración que por nacimientos. Y era buena para todos los
que llegaban.
A Ngoma, Stephen Byerley le pareció uno de esos inmigrantes, un pálido
buscador de la obra creativa de labrarse un suave entorno susceptible
de proporcionar la dulzura necesaria al hombre, y sintió
automáticamente ese desprecio que el hombre fuerte nacido en los duros
trópicos experimenta por los desgraciados oriundos de los fríos soles.
La Región Tropical tenía como capital la ciudad más nueva de la tierra
y, en la sublime confianza de la juventud, se llamaba simplemente:
«Capital City.» Se extendía ampliamente por las fértiles tierras altas
de Nigeria y fuera de las ventanas de Ngoma, lejos abajo, había vida y
color; el muy brillante Sol y los repentinos y frecuentes chaparrones.
El gorjeo de los pájaros abigarrados era estridente y las estrellas
eran duras cabezas de alfiler en la noche oscura.
Ngoma se echó a reír. Era un hombre grande y guapo, de piel oscura y
facciones enérgicas.
— Claro que el canal de México está atrasado -dijo, en un inglés
coloquial, que daba la sensación de pronunciar con la boca llena-.
¿Oué importa? Va a estar acabado algún día, hombre.
— Iba bien hasta hace medio año.
Ngoma miró a Byerley y, lentamente, hincó los dientes en la punta de
un gran cigarro, la escupió y encendió la otra.
— ¿Se trata de una investigación oficial, Byerley? ¿Qué pasa?
— Nada. Nada en absoluto. Sencillamente, como Coordinador, debo ser
curioso.
— Bien, si es sólo que estás en un momento aburrido, la verdad es que
estamos siempre cortos de mano de obra. En los Trópicos hay muchos
trabajos en curso. El canal es sólo uno de ellos...
— ¿Acaso la Máquina no ha indicado la cantidad de mano de obra
disponible para el canal... teniendo en cuenta los demás proyectos en
curso?
Ngoma se puso una mano en la nuca y lanzó anillos de humo al techo.
— No se mostró muy eficaz.
— ¿Le ocurre a menudo?
— No tan a menudo como cabría esperar. No esperamos demasiado de ella,
Byerley. La alimentamos con datos. Tomamos sus resultados. Hacemos lo
que dice... Pero es sólo una comodidad: sólo un instrumento para
ahorrar trabajo. Si fuese necesario, podríamos arreglárnoslas sin
ella. Quizá no tan bien. Tal vez no tan rápidamente. Pero el resultado
sería el mismo.
»Aquí tenemos confianza, Byerley, y éste es el secreto. ¡Confianza!
Tenemos una tierra nueva que llevaba esperándonos miles de años,
mientras el resto del mundo estaba siendo destruido por los asquerosos
trapicheos de la era preatómica. Nosotros no tenemos que comer
levadura como los muchachos de Oriente y no debemos preocuparnos por
las heces rancias del siglo pasado como vosotros los del Norte.
»Hemos acabado con la mosca tsetsé y con el mosquito anofeles, y a la
gente le parece que puede vivir al Sol y le gusta. Hemos aclarado las
selvas y encontrado tierra; hemos limpiado los desiertos y encontrado
jardines. Hemos obtenido carbón y petróleo en campos vírgenes, e
innumerables minerales.
»Manteneos alejados. Esto es todo lo que le pedimos al resto del
mundo. Manteneos alejados, y dejadnos trabajar.
Byerley dijo, prosaicamente:
— Pero el canal estaba cumpliendo con las fechas hace seis meses, ¿qué
ha pasado?
Ngoma abrió las manos.
— Problemas con los obreros.
Buscó entre un montón de papeles que cubrían la mesa, pero renunció.
— Yo tenía aquí algo sobre el asunto -murmuró-, pero no importa. En un
momento dado, en un lugar de México, hubo insuficiencia de mano de
obra por una cuestión de mujeres. No había suficientes mujeres por los
alrededores. Al parecer a nadie se le ocurrió alimentar a la Máquina
con datos sobre sexo.
Se detuvo para reírse, encantado, luego se serenó.
— Espera un momento. Creo que ya lo tengo. ¡Villafranca!
— ¿Villafranca?
— Francisco Villafranca. Era el ingeniero encargado. Deja que te lo
explique. Algo sucedió y hubo un derrumbamiento. Exacto. Exacto. Eso
fue. Que yo recuerde no murió nadie, pero hubo un lío del demonio.
¡Casi un escándalo!
— ¿Ah sí?
— Hubo algún error en sus cálculos. O por lo menos así lo dijo la
Máquina. La alimentaron con datos de Villafranca, presunciones y otras
cosas. El material con el que él había empezado. Las respuestas
salieron de forma diferente. Parece ser que las respuestas que utilizó
Villafranca no tuvieron en cuenta el efecto de la lluvia torrencial en
los alrededores de la brecha. O algo así. Yo no soy ingeniero,
¿comprendes?
»En cualquier caso, Villafranca armó un lío del demonio. Declaró que
la respuesta de la Máquina había sido diferente la prímera vez. Que
había obedecido ciegamente a la Máquina. ¡Entonces dimitió! Ante una
duda razonable, un trabajo previo satisfactorio y todo eso, le
ofrecimos un puesto en una categoría inferior... teníamos que hacerlo,
los errores no pueden pasar inadvertidos... es malo para la
disciplina. ¿Por dónde andaba?
— Le ofrecisteis otro puesto.
— Oh, sí. Lo rechazó. Bien, considerándolo todo, sólo llevamos dos
meses de retraso. Demonios, eso no es nada.
Byerley alargó una mano y tecleó ligeramente con los dedos sobre la
mesa.
— Villafranca le echó la culpa a la Máquina, ¿verdad?
— Bien, no iba a echársela a si mismo, ¿verdad? Veamos las cosas como
son: La naturaleza humana es una vieja amiga nuestra. Además, ahora
recuerdo otra cosa... ¿Por qué demonios no puedo encontrar los papeles
cuando los necesito? Mi sistema de archivo es un asco... Este
Villafranca es miembro de una de vuestras organizaciones del norte.
¡México está demasiado cerca del Norte! Esto es parte del problema.
— ¿De qué organización estás hablando?
— La llaman la Sociedad para la Humanidad. Villafranca solía asistir a
las conferencias anuales en Nueva York. Un montón de chiflados, pero
inofensivos. No les gustan las Máquinas, dicen que están destruyendo
la iniciativa humana. Por consiguiente es normal que Villafranca le
echase la culpa a la Máquina... Yo no comprendo a este grupo. ¿Acaso
Capital City da la sensación de que la raza no tenga iniciativa?
Y Capital City se desarrolló en dorada gloria bajo un dorado sol: La
creación más reciente y joven del Homo metropolis.
La Región europea:
a - Superficie: 7.000.000 kilómetros cuadrados.
b - Población: 300.000.000
c - Capital: Ginebra
La Región Europea era una anomalía en varios sentidos. En superficie,
era la más pequeña con mucha diferencia; ni siquiera un quinto de la
superficie de la Región Tropical, y ni siquiera un quinto de la
población de la Región Oriental. Geográficamente, en cierta forma era
similarmente pequeña a la Europa preatómica, pues quedaba excluido lo
que había sido la Rusia europea y lo que antaño habían sido las Islas
Británicas, mientras que quedaban incluidas las costas mediterráneas
de Africa y Asia, y, en un extraño salto sobre el Atlántico, también
Argentina, Chile, y Uruguay.
Sin duda tampoco tenía un estatus mejor que las otras regiones de la
Tierra, salvo por la fuerza que le proporcionaban las provincias de
América del Sur. De todas las Regiones, era la única que había
mostrado un claro descenso de población durante el medio siglo pasado.
Era la única que no había desarrollado seriamente su capacidad de
producción, o había ofrecido algo radicalmente nuevo a la cultura
humana.
— Europa es esencialmente un apéndice económico de la Región Nórdica
-dijo la señora Szegeczowska, con su meloso francés-. Lo sabemos, y no
nos importa.
Y, como aceptando de forma resignada la falta de individualidad, no
había mapa de Europa en la pared de la oficina de la señora
Vicecoordinadora.
— Y sin embargo, tienen ustedes una Máquina propia -observó Byerley-.
Y sin duda no tienen ustedes la presión económica del otro lado del
océano.
— ¡Una Máquina! ¡Bah! -encogió sus delicados hombros y permitió que
una fina sonrisa cruzase su pequeño rostro mientras encendía un
cigarrillo con largos dedos-. Europa es un lugar dormido. Y los
hombres que no consiguen emigrar a los Trópicos están cansados y
dormidos con ella. Usted mismo puede ver que es sobre mí, una pobre
mujer, sobre quien recae la tarea de ser Vicecoordinadora. Bien,
afortunadamente, no es un trabajo difícil, y no se espera mucho de mi.
En cuanto a la Máquina... ¿Qué puede decir si no es «Haced esto y será
lo mejor para vosotros»? ¿Pero qué es lo mejor para nosotros? Pues ser
un apéndice económico de la Región Nórdica es tan terrible? ¡No hay
guerras! Vivimos en paz... y ello es agradable después de siete mil
años de guerra. Somos viejos, señor. En nuestras fronteras tenemos las
regiones que fueron la cuna de la civilización occidental. Tenemos
Egipto y Mesopotamia; Creta y Síria; Asia Menor y Grecia. Pero los
viejos tiempos no son necesariamente una época desdichada. Puede ser
un logro...
— Tal vez tenga usted razón -dijo Byerley, afablemente-. Por lo menos
el ritmo de vida no es tan intenso como en las otras Regiones. Es un
ambiente agradable.
— ¿Verdad? Aquí está el té, señor. Si es tan amable de indicarme si
quiere leche y azúcar. Gracias.
Tomó delicadamente un sorbo, y continuó.
— Es agradable. Al resto de la tierra parece gustarle la continua
lucha. Aquí veo un paralelo, y muy interesante. Hubo una época en que
Roma dominaba el mundo. Había adoptado la cultura y la civilización
griegas; una Grecia que nunca había estado unida; una Grecia que se
había arruinado con las guerras y estaba terminando sus días en un
estado de ruina decadente. Roma la unió, le aportó paz y le dejó vivir
una vida sin gloria pero segura. Se ocupó de sus filosofías y sus
artes, lejos de los problemas de la expansión y de las guerras. Fue
una especie de muerte, pero fue sosegador, y duró con pequeñas
interrupciones unos cuatrocientos años.
— Y sin embargo, Roma cayó finalmente, y el sueño del opio llegó a su
fin -dijo Byerley.
— Ya no hay bárbaros que derrumben civilizaciones.
— Podemos ser nuestros propios bárbaros, señora Szegeczowska. Oh,
quería hacerle una pregunta. Las minas de mercurio de Almadén ha
disminuido mucho su producción. No creo que los minerales disminuyan
más rápidamente que antes.
Los ojos de la frágil mujer se posaron en Byerley con perspicacia.
— Los bárbaros... la caída de la civilización... el posible fracaso de
la Máquina. El proceso de sus pensamientos es muy transparente, señor.
— ¿Ah, sí? -dijo Byerley, sonriendo-. Creo que me habría convenido
seguir tratando con hombres como hasta ahora. ¿Piensa usted que es la
Máquina la culpable del asunto del Almadén?
— En absoluto, pero creo que usted sí. Al fin y al cabo procede usted
de la Región Nórdica. La Oficina Central de Coordinación está en Nueva
York. Y llevo observando desde hace tiempo que ustedes los del Norte
no tienen fe en la Máquina.
— ¿Usted cree?
— Está la Sociedad para la Humanidad que tiene mucha fuerza en el
Norte, pero que lógicamente no tiene éxito a la hora de obtener
adeptos en la vieja y cansada Europa, que sólo desea dejar a la débil
Humanidad tranquila durante un tiempo. No cabe duda de que usted es un
nórdico con fe y no un cínico del viejo continente.
— ¿Tiene esto relación con Almadén?
— Oh, sí, creo que sí. Las minas están controladas por «Consolidated
Cinnabar», que es sin lugar a dudas una compañía del Norte con sede
central en Nikolaev. Personalmente me pregunto si la junta directiva
ha llegado siquiera a consultar a la Máquina. En la reunión que
mantuvimos el mes pasado afirmaron haberlo hecho y, por supuesto,
carecemos de pruebas de lo contrarío, pero en este asunto, y sin ánimo
de ofender, no daría crédito a un nórdico bajo ninguna circunstancia.
En cualquier caso, creo que acabará felizmente.
— ¿En qué sentido, mi querida señora?
— Debe usted comprender que las irregularidades económicas de los
últimos meses, que si bien mínimas comparadas con las grandes
tormentas del pasado son bastante perturbadoras para nuestros
espíritus sedientos de paz, han provocado una considerable inquietud
en la provincia española. Tengo entendido que «Consolidated Cinnabar»
lo está vendiendo todo a un grupo de españoles. Es tranquilizador.
Aunque seamos los vasallos económicos del Norte, es humillante que el
hecho sea proclamado a los cuatro vientos. Y cabe esperar que nuestra
gente confie más en la Máquina.
— ¿Entonces cree usted que no habrá más problemas?
— Estoy segura de que no los habrá... Por lo menos en Almadén.
La Región Nórdica:
a - Superficie: 27.000.000 kilómetros cuadrados.
b - Población: 800.000.000
c - Capital: Ottawa
En más de un sentido, la Región Nórdica se llevaba la palma. Ello
quedaba bastante bien reflejado en el mapa de la oficina que, en
Ottawa, tenía el Vicecoordinador, Hiram Mackenzie, y cuyo centro era
el Polo Norte. A excepción de la zona europea ocupada por las regiones
escandinavas e islandesas, toda el área ártica estaba dentro de la
Región Nórdica.
De una forma somera, se podía dividir en dos zonas principales. A la
izquierda del mapa estaba todo América del Norte por encima de Río
Grande. La derecha abarcaba todo lo que en su momento había sido la
Unión Soviética. Juntas, estas zonas representaron el poder central
del planeta durante los primeros años de la Era Atómica. Entre ambas,
estaba Gran Bretaña, una lengua de la Región que rozaba Europa. En la
parte superior del mapa, con formas enormes, extrañas y
distorsionadas, estaban Australia y Nueva Zelanda, también provincias
miembros de la Región.
Ninguno de los cambios de las décadas anteriores habían sin embargo
alterado el hecho de que el Norte era el rey económico del planeta.
Por ello, había un símbolo, casi ostentoso, en el hecho de que, de
todos los mapas oficiales regionales que Byerley había visto, sólo el
de Mackenzie mostraba toda la Tierra, como si el Norte no temiese la
competencia y no necesitase favoritismos para proclamar su supremacía.
— Imposible -dijo Mackenzie, con firmeza, por encima del vaso de
whisky-. Señor Byerley, creo que usted no es un experto en técnica
robótica.
— No, no lo soy.
— Hum. Bien, en mi opinión, es una lástima que Ching, Ngoma y
Szegczowska tampoco lo sean. Entre la gente de la Tierra está
demasiado extendida la opinión de que un Coordinador sólo necesita ser
un organizador capaz, versado en asuntos generales, una persona
afable. Sin ánimo de ofender..., hoy en día deberían también conocer
la robótica.
— No me ha ofendido. Estoy de acuerdo con usted.
— Estoy pensando, por ejemplo, en lo que usted ha dicho hace un
momento, que está preocupado por las recientes e insignificantes
perturbaciones de la economía mundial. Yo no sé lo que usted piensa,
pero ha ocurrido en el pasado que la gente, que hubiera debido estar
más enterada, se ha preguntado qué pasaría si la Máquina fuese
alimentada con datos falsos.
— ¿Y qué pasaría, señor Mackenzie?
— Bien -el escocés cambió su peso hacia el otro lado y suspiró-, todos
los datos recogidos pasan a través de un complicado sistema de
pantallas donde interviene la supervisión tanto humana como mecánica,
por lo que no es probable que se produzca el problema. Pero dejemos
eso de lado. Los humanos son susceptibles de error, también de
corrupción, y los dispositivos mecánicos ordinarios pueden tener un
fallo mecánico.
»El punto crucial del asunto es que aquello que nosotros llamamos un
«dato erróneo» no concuerda con todos los otros datos conocidos. Sólo
es nuestro criterio de lo correcto o falso. También el de la Máquina.
Ordénele, por ejemplo, que dirija la actividad agrícola en Iowa en
base a una temperatura media en julio de 14 grados centígrados. No lo
aceptará. No porque tenga algún prejuicio contra esta temperatura en
particular, o que sea imposible una respuesta, sino porque, a la luz
de todos los datos con los que ha sido alimentada durante una serie de
años, sabe que la probabilidad de una temperatura media en julio de 14
grados centígrados es nula. Rechazará este dato.
»La única forma de poder introducir un "dato falso" en la Máquina es
incluir éste como parte de un todo consistente por sí mismo, que sea
sutilmente falso y demasiado delicado para que la Máquina pueda
detectarlo, o bien que no esté al alcance de la experiencia de ésta.
Lo primero está más allá de la capacidad humana, y lo segundo casi, y,
a medida que aumenta la experiencia de la Máquina, esta última
posibilidad se vuelve cada vez más remota.
Stephen Byerley se puso dos dedos en el puente de la nariz.
— Es decir que la Máquina no puede ser manipulada. ¿Cómo explica pues
los recientes errores?
— Mi querido Byerley, veo que está usted cayendo instintivamente en el
gran error de que la Máquina lo sabe todo. Voy a citarle un caso
basado en mi experiencia personal. La industria algodonera contrata a
compradores expertos para adquirir el algodón. Su procedimiento
consiste en arrancar un puñado de algodón, al azar, de una bala
cualquiera. Miran este puñado y lo palpan, lo separan, tal vez
mientras esto hacen escuchan su crujido, lo tocan con la lengua... y,
a través de este procedimiento, determinan la clase de algodón que
contienen las balas. Hay aproximadamente una docena de clases. Se
llevan a cabo las compras a un determinado precio y se hacen las
mezclas en una determinada proporción en base al resultado de sus
decisiones. Pues bien, la Máquina no puede remplazar a estos
compradores.
— ¿Por qué no? ¿Acaso la información implicada es demasiado complicada
para ella?
— Probablemente no. ¿Pero a qué información se refiere usted? Ningún
químico textil sabe con exactitud en qué consisten las pruebas de los
compradores cuando palpan un puñado de algodón. Sin duda se trata de
la longitud media de las fibras, de la importancia y naturaleza de su
consistencia, de la forma en que se juntan, etcétera. Varias docenas
de características, subconscientemente sopesadas fruto de años de
experiencia. Pero no se conoce la naturaleza cuantitativa de estos
tests; tal vez ni siquiera se conoce la verdadera naturaleza de
algunos de ellos. Por consiguiente no tenemos nada con que alimentar a
la Máquina. Tampoco los compradores pueden explicar su propio juicio.
Sólo pueden decir: «Bien, mire esto. ¿No sabe decir de qué tipo se
trata?»
— Comprendo.
— Existen muchísimos casos como éste. Al fin y al cabo la Máquina es
sólo una herramienta que puede ayudar a acelerar el progreso de la
Humanidad haciéndose cargo de algunos cálculos e interpretaciones. La
labor del cerebro humano es la misma de siempre; la de descubrir
nuevos datos para analizar e inventar nuevos conceptos para probar. Es
una pena que la Sociedad para la Humanidad no quiera entender esto.
— ¿Están en contra de la Máquina?
— Estarían en contra de las matemáticas o del arte de escribir si
hubiesen vivido en la época apropiada. Estos reaccionarios de la
sociedad pretenden que la Máquina priva al hombre de su alma. He
observado que los hombres capacitados siguen estando solicitados en
nuestra sociedad; todavía necesitamos al hombre que es suficientemente
inteligente como para pensar en las preguntas adecuadas. Tal vez si
pudiésemos encontrar el número suficiente de ellos, Coordinador, estas
perturbaciones que le preocupan no se producirían.
Tierra (incluyendo el continente deshabitado, la Antártida):
a - Superficie: 75.000.000 kilómetros cuadrados (superficie de la
tierra)
b - Población: 3.300.000
c - Capital: Nueva York
El fuego detrás del cuarzo estaba ahora débil, encaminándose a
regañadientes hacia la muerte.
El Coordinador estaba sombrío, y su humor se amoldaba a la llama
vacilante.
— Todos minimizan la situación. -Hablaba en voz baja-. Resulta dificil
imaginar que todos se han burlado de mi. Sin embargo, Vincent Silver
ha dicho que las Máquinas no pueden estropearse, y debo creerlo. Hiram
Mackenzie dice que no pueden ser alimentadas con datos falsos, y tengo
que creerlo. Pero, de alguna forma, las Máquinas están fallando, y
también debo creer esto... por consiguiente sólo queda una
alternativa.
Miró de soslayo a Susan Calvin que, teniendo los ojos cerrados, por un
momento pareció que dormía.
— ¿De qué se trata? -preguntó, alerta a pesar de todo.
— De hecho, se le han proporcionado datos correctos, y se han recibido
respuestas correctas, pero éstas han sido ignoradas. No hay forma de
que la Máquina obligue a obedecer sus dictámenes.
— Creo que la señora Szegeczowska hizo unas insinuaciones con respecto
a los nórdicos en general.
— En efecto.
— ¿Y cuál es el objetivo de desobedecer a la Máquina? Consideremos los
motivos.
— Para mí es evidente y debería serlo para ti. Se trata de
desestabilizar el barco, de forma deliberada. Mientras las Máquinas
gobiernen, no puede haber conflictos serios en la Tierra, donde un
grupo u otro puede hacerse con más poder del que tiene, pensando que
es en beneficio propio aunque perjudique a la Humanidad en su
conjunto. Si se puede destruir la fe popular en las Máquinas hasta el
punto de abandonarlas, se volverá a la ley de la selva. Y ninguna de
las cuatro Regiones puede librarse de la sospecha de desear
precisamente esto.
»Oriente cuenta con la mitad de la Humanidad dentro de sus fronteras,
y los Trópicos con más de la mitad de los recursos de la Tierra. Ambos
pueden considerarse los gobernantes naturales de toda la Tierra, y
ambos han padecido humillación por parte de la gente del Norte, por lo
cual es bastante humano desear una venganza insensata. Por otra parte,
Europa tiene tradición de grandeza. En otros tiempos gobernó la
tierra, y no hay nada que se adhiera más eternamente que el recuerdo
del poder.
»Sin embargo, en otro sentido, resulta dificil dar crédito a esto.
Tanto Oriente como los Trópicos están en una situación de enorme
expansión dentro de sus propias fronteras. Ambos están creciendo de
forma increíble. No puede quedarles energía para aventuras militares.
Y Europa no puede tener más que sus sueños. Militarmente, es un cero a
la izquierda.
— Entonces, Stephen -dijo Susan-, te queda el Norte.
— Sí -dijo Byerley, con energía-. Así es. El Norte es ahora el más
fuerte, y lo ha sido durante casi un siglo, o lo han sido las partes
que lo componen. Pero, ahora, está decayendo relativamente. Por
primera vez desde los faraones, las Regiones Tropicales pueden ocupar
su puesto en la vanguardia de la civilización, y hay gente del Norte
que tiene miedo de ello.
»La Sociedad para la Humanidad es, principalmente, una organización
nórdica, ya lo sabes, y no ocultan que no quieren las Máquinas. Susan,
son pocos en número, pero es una asociación de hombres poderosos.
Gerentes de fábricas; directores de industrías y de asociaciones
agrícolas que detestan formar parte de lo que ellos llaman «los
botones de la Máquina». Hombres con ambición están en este grupo.
Hombres que se sienten suficientemente fuertes como para decidir por
sí mismos lo mejor para sí mismos, y no para que les digan qué es lo
mejor para los otros.
»En resumen, precisamente esos hombres que, negándose juntos a aceptar
las decisiones de la Máquina, pueden trastornar el mundo en poco
tiempo; esos hombres que pertenecen a esta Sociedad.
»Susan, todo encaja. Cinco de los directores de «Worid Steel» son
miembros de ella, y esta compañía sufre de exceso de producción.
«Consolidated Cinnabar», que explotaba las minas de mercurio en
Almadén, tenía intereses nórdicos. Todavía están investigando sus
libros, pero como mínimo uno de los hombres implicados era miembro de
la Sociedad. Francisco Villafranca que, por su propia cuenta, retrasó
dos meses el canal de México, era también un miembro; ahora lo
sabemos. Y lo mismo con Rama Vrasayana. No me sorprendió en absoluto
descubrirlo.
Susan dijo, pausadamente:
— Puedo asegurarte que estos hombres lo han estropeado todo...
— Pues claro que sí -interrumpió Byerley-. Desobedecer los análisis de
la Máquina supone seguir un sendero erróneo. Los resultados son peores
de lo que podrían ser. Es el precio que pagan. Ahora no lo ven con
claridad pero en la confusión que sobrevendrá...
— ¿Qué piensas hacer, Stephen?
— Evidentemente, no hay tiempo que perder. Voy a declarar a la
Sociedad ilegal y a destruir a todos sus miembros de cualquier cargo
de responsabilidad. Y, a partir de ahora, todos los puestos ejecutivos
y técnicos sólo podrán ser ocupados por candidatos que firmen un
juramento de no pertenecer a la Sociedad. Supondrá dejar de lado
algunas libertades cívicas básicas, pero estoy seguro de que el
Congreso...
— ¡No funcionará!
— ¡Cómo! ¿Por qué no?
— Voy a hacer una predicción. Si intentas una cosa así, encontrarás
obstáculos a cada paso. Te será imposible lograrlo.
Cada movimiento en esta dirección supondrá un problema. Byerley fue
cogido por sorpresa.
— ¿Por qué dices esto? Más bien esperaba tu acuerdo en el asunto.
— No puedo estar de acuerdo contigo desde el momento que tus acciones
se basan en una premisa falsa. Admites que la Máquina no puede fallar,
y que no puede ser alimentada con datos falsos. Ahora voy a
demostrarte que tampoco se la puede desobedecer, como piensas que está
haciendo la Sociedad...
— Esto si que no lo veo.
— Pues escucha. Todo acto que realiza un directivo que no sigue las
instrucciones exactas de la Máquina con la que está trabajando se
convierte en parte de la información del siguiente problema. Por
consiguiente, la Máquina sabe que el directivo tiene cierta tendencia
a desobedecer. Puede incorporar esta tendencia a estos datos, incluso
cuantitativamente, es decir, juzgando exactamente hasta qué punto y en
qué dirección tendría lugar la desobediencia. Su siguiente respuesta
sería lo bastante evasiva como para que, después de la desobediencia
del directivo en cuestión, corrigiese automáticamente estas
contestaciones en la dirección óptima. ¡La máquina sabe, Stephen!
— No puedes estar segura de todo esto. Son conjeturas.
— Es una conjetura basada en la experiencia de toda una vida con
robots. Sería preferible que confiaras en estas suposiciones, Stephen.
— ¿Pero entonces qué queda? Las propias Máquinas funcionan bien y las
premisas con las que trabajan son correctas. En esto estamos de
acuerdo. Ahora tú dices que no se las puede desobedecer. Entonces...
¿dónde está el fallo?
— Tú mismo has contestado. ¡No hay ningan fallo! Stephen, piensa un
momento en las Máquinas. Son robots, y obedecen la Prímera Ley. Pero
las Máquinas no trabajan para un solo ser humano, sino para toda la
Humanidad; por consiguiente la Primera Ley se convierte en: «Ninguna
Máquina puede hacer daño a la Humanidad o, por medio de la inacción,
permitir que la Humanidad sea lesionada.» Bien, entonces, Stephen,
¿qué hace daño a la Humanidad? Sobre todo los desequilibrios
económicos, sean de la causa que sean. ¿Estás de acuerdo?
— Sí, estoy de acuerdo.
— ¿Y, en el futuro, qué es lo susceptible de causar más desequilibrios
económicos? Contesta a esto, Stephen.
— Yo diría que la destrucción de las Máquinas -respondió Byerley, a
regañadientes.
— Yo diría lo mismo, y también las Máquinas lo dirían. Por
consiguiente, su primera preocupación consiste en preservarse a sí
mismas, para nosotros. Y, por lo tanto, se están haciendo cargo,
silenciosamente, de los únicos elementos que las amenazan. No es la
Sociedad para la Humanidad la que está desestabilizando el barco para
que las Máquinas sean destruidas. Tú has visto el otro lado de la
moneda. Digamos más bien que es la Máquina la que está
desestabilizando el barco... muy ligeramente... lo bastante para
sacarse de encima a los pocos que se inclinan sobre la borda con el
fin de que las Máquinas sean consideradas nocivas para la Humanidad.
»Así, Vrasayana pierde su fábríca y obtiene otro trabajo donde no
puede hacer daño... no queda perjudicado gravemente, no se queda
incapacitado para ganarse la vida, pues la Máquina sólo puede hacer
daño a un ser humano de forma mínima, y ello únicamente para salvar a
un número mayor. "Consolidated Cinnabar" pierde el control de Almadén.
Villafranca ya no es un ingeniero civil al cargo de un proyecto
importante. Y los directores de "World Steel" están perdiendo su
influencia sobre la industria... o la perderán.
— Pero tú no sabes todo esto con certeza -insistió Byerley,
distraídamente-. ¿Cómo podemos correr el riesgo de aceptar tu
razonamiento?
— Debes hacerlo. ¿Recuerdas la propia declaración de la Máquina cuando
le planteaste el problema? Fue: «El asunto no admite explicación.» La
Máquina no dijo que no había una explicación, o que no podía
determinar una explicación. Sencillamente no iba a admitir explicación
alguna. En otras palabras, sería perjudicial para la Humanidad que se
supiese la explicación, y por esto sólo podemos hacer suposiciones...
y seguir haciendo suposiciones.
— ¿Pero cómo puede perjudicarnos la explicación? Admitiendo que tengas
razón, Susan.
— Stephen, porque, si tengo razón, significa que la Máquina está
conduciendo nuestro futuro no sólo y simplemente como la respuesta
directa a nuestras preguntas directas, sino como la respuesta general
a la situación mundial y a la Psicología humana como un todo. Y estar
enterados de eso puede hacernos desgraciados y herir nuestro orgullo.
La Máquina no puede, no debe, hacernos desgraciados.
»Stephen, ¿acaso sabemos nosotros qué será lo que consolide el bien
último de la Humanidad? ¡Nosotros no tenemos a nuestra disposición los
infinitos factores con los que cuenta la Máquina! Para darte un
ejemplo ignorado, tal vez toda nuestra civilización técnica ha creado
más infelicidad y misería de la que ha evitado. Quizá seria preferible
una civilización agraria y pastoril, con menos cultura y menos gente.
En este caso, las Máquinas deben orientarse en esa dirección, mejor
sin decirnoslo, pues en nuestros prejuicios ignorantes pensamos que
sólo aquello a lo que estamos acostumbrados es bueno... y lucharíamos
contra todo cambio. O tal vez la respuesta sea una urbanización
completa, o una sociedad totalmente desprovista de castas, o una
anarquía completa. No lo sabemos. Sólo las Máquinas lo saben, y se
dirigen hacia allí llevándonos consigo.
— Pero, entonces, Susan, me estás diciendo que la Sociedad para la
Humanidad tiene razón; que la Humanidad ha perdido su propio voto en
su futuro.
— En realidad, nunca ha tenido ninguno. Siempre ha estado a merced de
fuerzas económicas y sociológicas que no comprendía... al antojo del
clima y los azares de la guerra. Ahora las Máquinas entienden estas
fuerzas; y, desde el momento que las Máquinas manejan éstas como
manejan a la sociedad, y tienen, como así es, las mayores armas a su
disposición y el absoluto control de nuestra economía, nadie puede
detenerlas.
— ¡Es horrible!
— ¡Tal vez qué maravilloso! Piensa que, en todas las épocas, todos los
conflictos han sido finalmente evitables. ¡Sólo las Máquinas, a partir
de ahora, son inevitables!
Y el fuego detrás del cuarzo se desvaneció quedando sólo una espiral
de humo como prueba de que había estado allí.
INTUICIÓN FEMENINA
Por primera vez en la historia de «United States Robots & Mechanical
Men Corporation», había sido destruido accidentalmente un robot en la
propia Tierra.
Nadie era culpable. El vehículo aéreo había sido destruido en medio
del aire y un incrédulo comité de investigación se preguntaba si se
atrevería a anunciar el hecho de que había sido alcanzado por un
meteorito. Ninguna otra cosa podía haber sido tan rápida como para
evitar que se activase el mecanismo de desviación: con excepción de
una explosión nuclear, nada podía haber causado el daño, y ello
quedaba descartado.
Si se añadía a ello un informe sobre un destello en el cielo nocturno
justo antes de que el vehículo hubiese explotado -y procedente del
Observatorio de Flagstaff, no de un aficionado- y la localización de
un enorme y claramente meteórico trozo de hierro recientemente
incrustado en el suelo a una milla del lugar, ¿a qué otra conclusión
podía llegarse?
Sin embargo, nada semejante había sucedido con anterioridad y los
cálculos de las probabilidades en contra arrojaban cifras monstruosas.
Pero incluso las improbabilidades más colosales pueden suceder a
veces.
En las oficinas de «United States Robots», los cómos y los porqués
eran secundarios. El punto crucial era que había sido destruido un
robot.
Ello era lamentable por sí solo.
Todavía resultaba más lamentable el hecho de que JN-5 era, después de
cuatro intentos previos, el primer prototipo que había sido probado
sobre el terreno.
Resultaba abismalmente lamentable el hecho de que JN-5 era un tipo
nuevo de robot, completamente distinto de cualquiera construido hasta
el momento.
Y el hecho de que aparentemente JN-5 hubiese realizado algo de
incalculable importancia antes de su destrucción y que este logro
pudiese estar ahora perdido para siempre, dolía más allá de toda
expresión.
Apenas parecía digno de mención que, junto al robot, había muerto
también el Robopsicólogo Jefe de «United States Robots».
Hacía diez años que Clinton Madarian trabajaba en la empresa. Durante
cinco de estos años, había trabajado sin quejarse bajo la gruñona
supervisión de Susan Calvin.
La capacidad de Madarian era bastante evidente y Susan Calvin lo había
promocionado calladamente por encima de hombres mayores que él. En
ningún caso se habría dignado dar explicaciones de ello al Director de
Investigación, Peter Bogert. Pero, en realidad, no eran necesarias las
explicaciones. O, más bien, saltaban a la vista.
En muchos y notorios aspectos, Madarian era el reverso de la medalla
de la famosa doctora Calvin. En realidad no era tan gordo como su
destacado doble mentón le hacía parecer, pero incluso así su aspecto
era imponente, mientras que Susan podía pasar casi inadvertida. Su
rostro macizo, su mata de brillantes cabellos castaño rojizo, su piel
basta, su voz atronadora, su risa sonora y, sobre todo, su
incontrolable confianza en sí mismo y su forma vehemente de proclamar
sus logros, hacía que todos los presentes se sintiesen faltos de
espacio.
Cuando finalmente Susan Calvin se jubiló (negándose de antemano a
cooperar para una cena testimonial susceptible de organizarse en su
honor, y de forma tan terminante que ni siquiera se anunció su
jubilación a los medios de comunicación), Madarian tomó su puesto.
Hacía exactamente un día que estaba en este nuevo puesto cuando puso
en marcha el proyecto JN.
Éste supuso la mayor inversión de fondos que jamás había soportado
«United States Robots» para un proyecto, pero para Madarían era un
detalle insignificante que barrió con un genial movimiento de la mano.
— Vale todos y cada uno de los centavos que se inviertan, Peter. Y
espero que convenzas a la Junta Directiva de ello.
— Proporcióname razones -dijo Bogert-, mientras se preguntaba si
Madarian lo haría. Susan Calvin jamás le había dado argumentos para
nada.
— Pues claro -dijo sin embargo Madarian, a la vez que se arrellanaba
cómodamente en el amplio sillón del despacho del director.
Bogert lo miraba casi con temor reverencial. Su cabello, negro en otro
tiempo, era ahora casi blanco y dentro de aquella década seguiría a
Susan en la jubilación. Ello significaría el fin del equipo original
que había convertido «United States Robots» en una compañía de
envergadura mundial que rivalizaba con los Gobiernos nacionales en
complejidad e importancia. En cierta forma, ni él ni quienes se habían
marchado antes que él habían sido completamente conscientes de la
enorme expansión de la empresa.
Pero ahora había una nueva generación. Los nuevos tenían una relación
fácil con el Coloso. Carecían de aquel toque de admiración que a ellos
les hacía caminar de puntillas llenos de incredulidad. Por
consiguiente avanzaban sin miedo, y ello era positivo.
— Propongo que se empiecen a construir robots sin limitaciones -dijo
Madarian.
— ¿Sin las Tres Leyes? Ello sin duda...
— No, Peter. ¿Sólo se te ocurren estas limitaciones? Demonios, tú
colaboraste en el diseño de los primeros cerebros positrónicos. ¿Debo
explicarte, que aparte de las Tres Leyes, no existe un solo circuito
en estos cerebros que no esté cuidadosamente diseñado y fijado?
Contamos con robots programados para tareas especificas, dotados de
capacidades específicas.
— Y lo que tú propones es...
— Que se dejen abiertos los circuitos en todos los niveles por debajo
de las Tres Leyes. No es difícil.
— Cierto, no es difícil -dijo Bogert, secamente-. Las cosas inútiles
nunca son difíciles. Lo difícil es fijar los circuitos y conseguir que
el robot sea de utilidad.
— ¿Por qué es difícil? Fijar los circuitos requiere un gran esfuerzo
porque el Principio de Incertidumbre es importante en cuanto a las
partículas de la masa de positrones y es necesario reducir el efecto
de incertidumbre. Sin embargo, ¿por qué debe hacerse? Si conseguimos
que el Principio se destaque lo suficiente como para que los circuitos
se crucen de forma imprevisible...
— Tendremos un robot imprevisible...
— Tendremos un robot creativo -dijo Madarian, con un rastro de
impaciencia en la voz-. Peter, si algo tiene el cerebro humano que
jamás ha tenido un cerebro de robot, es ese poco de imprevisibilidad
derivado de los efectos de incertidumbre a nivel subatómico. Admito
que este efecto nunca ha sido demostrado de forma experimental dentro
del sistema nervioso, pero en principio, sin ello, el cerebro humano
no será superior al cerebro robótico.
— Y tú piensas que si introduces este efecto en el cerebro robótico,
en principio el cerebro humano no será superior al cerebro robótico.
— Esto es exactamente lo que creo -dijo Madarian.
Después de esto, estuvieron todavía discutiendo largo rato.
Era obvio que la Junta Directiva no estaba dispuesta a dejarse
convencer fácilmente.
Scott Robertson, el principal accionista de la compañía, dijo:
— Ya resulta suficientemente difícil controlar la industria de los
robots como está, con la hostilidad pública hacia los robots siempre a
punto de ponerse de manifiesto abiertamente. Si el público se entera
de que los robots serán incontrolables... Oh, y no me hablen de las
Tres Leyes.
— En ese caso, no la utilicemos -dijo Madarían-. Digamos que el
robot... que el robot es intuitivo.
— Un robot intuitivo -murmuró alguien-. ¿Un robot mujer?
Una sonrisa recorrió la mesa de juntas.
Madarian cogió la ocasión al vuelo.
— De acuerdo. Un robot mujer. Por supuesto nuestros robots no tienen
sexo, y éste tampoco lo tendrá, pero siempre actuamos como si fuesen
masculinos. Les ponemos nombres de hombre y nos referimos a ellos en
masculino. Ahora bien, éste, si tomamos en consideración la naturaleza
de la estructura matemática del cerebro que yo he propuesto, entrará
dentro del sistema del JN coordinado. El primer robot sería JN-1, y yo
había dado ya por sentado que se llamaría John-1... Me temo que éste
es el nivel de originalidad del experto en robotica medio. ¿Pero por
qué demonios no llamarlo Jane-1? Si es inevitable que el público esté
enterado de lo que estamos haciendo, estamos construyendo un robot
femenino con intuición.
Robertson sacudió la cabeza.
— ¿Y eso qué cambiaría? Lo que estás diciendo es que pretendes
eliminar la última barrera que, en principio, hace que el cerebro
robótico siga siendo inferior al humano. ¿Cómo crees tú que
reaccionaría el público ante esto?
— ¿Tienes previsto hacerlo público? -dijo Madarian. Reflexionó un poco
y añadió-: Escucha. Una creencia general entre el público es que las
mujeres no son tan inteligentes como los hombres.
Durante un instante una mirada aprensiva apareció en el rostro de más
de uno de los hombres sentados a la mesa, que levantaron y bajaron la
vista como si Susan Calvin ocupase todavía su lugar de costumbre.
— Si informamos sobre un robot femenino, no importará lo que sea -dijo
Madarian-. El público dará automáticamente por sentado que es de pocas
luces. Si nos limitamos a anunciar al robot como Jane-1, no será
necesario que añadamos una sola palabra. Estaremos a salvo.
— De hecho, hay algo más que esto -dijo Bogert, despacio-. Madarian y
yo hemos repasado cuidadosamente los cálculos matemáticos y la serie
JN, sea John o Jane, sería completamente segura. Serian menos
complejos y menos capacitados intelectualmente, en un sentido
ortodoxo, que muchas otras series que hemos diseñado y construido.
Sólo existiría el factor añadido de, bien, debemos ir acostumbrándonos
a llamarlo «intuición».
— ¿Quién conoce sus efectos? -murmuró Robertson.
— Madarian ha sugerido uno. Como todos sabéis, en principio se ha
desarrollado el Salto Espacial. El hombre puede alcanzar lo que
podemos llamar efectivamente hipervelocidades más allá de la luz y
visitar otros sistemas estelares para volver en un período de tiempo
insignificante... como máximo semanas.
— Esto no es nuevo para nosotros -dijo Robertson-. Podría haberse
conseguido sin robots.
— Exacto, y ello no nos sirve para nada porque sólo podemos utilizar
el mecanismo hiperveloz de vez en cuando para alguna que otra
demostración, en vistas a dar publicidad a «U.S. Robots». El Salto
Espacial, es arriesgado, consume una cantidad increíble de energía y
por consiguiente es terriblemente caro. Si a pesar de todo fuésemos a
utilizarlo, estaría bien poder informar sobre la existencia de un
planeta habitable. Llamadlo necesidad psicológica. Si uno invierte
alrededor de veinte mil millones de dólares en un solo Salto Espacial
y sólo proporciona información científica, el público querrá saher por
qué se ha malgastado su dinero. Si por el contrario se da a conocer la
existencia de un planeta habitable, y uno se convierte en un Colón
interestelar, a nadie le preocupará su dinero.
— ¿Y?
— ¿Y dónde vamos a encontrar un planeta habitable? O dicho de otra
forma, ¿qué estrella dentro del alcance del Salto Espacial en su
estado actual de desarrollo, cuál de las trescientas mil estrellas y
sistemas estelares dentro de los trescientos años luz tiene la mayor
probabilidad de contar con un planeta habitable? Disponemos de
cantidad de datos sobre cada una de las estrellas situadas a
trescientos años luz y una idea de que cada una tiene un sistema
planetario. ¿Pero cuál tiene un planeta habitable? ¿Cuál visitar...?
No lo sabemos.
— ¿Cómo nos ayudaría ese robot Jane? -dijo uno de los directores.
Madarian estuvo a punto de contestar, pero lo pensó mejor e hizo un
ligero gesto en dirección a Bogert y éste comprendió. La opinión del
director tendría más peso. A Bogert no le gustaba particularmente la
idea: se estaba relacionando de forma notoria con el proyecto de la
serie JN y, de resultar un fracaso, los dedos pegajosos de las
críticas se adherirían a él. Por otra parte, la jubilación no estaba
lejos y, si el proyecto funcionaba, se retiraría rodeado de un
resplandor de gloria. Tal vez se tratase sólo de la confianza en sí
mismo que irradiaba Madarían, pero Bogert había llegado a creer
honestamente que el proyecto saldría bien.
— Es muy posible -comenzó- que en algún lugar de las bibliotecas de
datos que tenemos sobre estas estrellas, haya métodos para estimar las
probabilidades de la presencia de planetas habitables tipo la Tierra.
Todo lo que necesitamos es interpretar estos datos de forma adecuada,
considerarlos de manera apropiadamente creativa y llevar a cabo las
correlaciones exactas. Todavía no lo hemos hecho. O, si lo ha hecho
algún astrónomo, no ha sido lo suficientemente inteligente como para
darse cuenta de lo que tenía entre manos.
»Un robot tipo JN podría establecer las correlaciones más rápida y
precisamente que un hombre. En un día, establecería y descartaría
tantas correlaciones como un hombre podría hacer en diez años. Además,
trabajaría de forma completamente casual, mientras que un hombre
contaría con fuertes prejuicios basados en ideas preconcebidas y en
las creencias ya establecidas.
Después de esto se hizo un silencio considerable. Fue Robertson quien
lo rompió:
— Pero es sólo una cuestión de probabilidades, ¿no es así? Imaginemos
que este robot dice: «La estrella con mayores probabilidades de contar
con un planeta habitable dentro de tantos años luz es Squidgee-17», u
otro, y vamos allí y nos encontramos con que esta probabilidad es sólo
una probabilidad y que a fin de cuentas no hay planetas habitables.
¿En qué situación nos deja?
En esta ocasión, Madarian intervino.
— Incluso así habríamos ganado algo. Sabríamos cómo el robot había
llegado a esta conclusión porque él, o ella, nos lo diría. Ello puede
perfectamente ayudarnos a profundizar en gran manera en los detalles
astronómicos y convertir en valioso todo el asunto, aunque no
lleguemos a hacer el Salto Espacial. Además, nos permitiría trabajar
en los cinco sistemas más susceptibles de contener planetas y la
probabilidad de que uno de los cinco tenga un planeta habitable puede
entonces superar el 0,95. Sería prácticamente seguro...
Y siguieron discutiendo todavía largo rato.
Los fondos concedidos eran bastante insuficientes, pero Madarian ya
estaba acostumbrado a sacar más dinero una vez gastado el primero.
Ante el riesgo de perder irrevocablemente alrededor de doscientos
millones, cuando cien millones más podían salvarlo todo, sin duda
sería aceptada la concesión de éstos.
Jane-1 fue finalmente construida y presentada. Peter Bogert la estudió
con gravedad.
— ¿Por qué la cintura estrecha? ¿No introduce ello una debilidad
mecánica?
Madarían lanzó una risita.
— Escucha, si hemos de llamarlo Jane, no tiene sentido darle el
aspecto de Tarzán.
Bogert sacudió la cabeza.
— No me gusta. No tardarás en abultarlo en la parte superior para dar
forma a unos pechos, y sería una idea fatal. Si las mujeres empiezan a
pensar que los robots pueden parecerse a ellas, puedo decirte
exactamente qué ideas perversas se les ocurrirán, y te encontrarás con
una verdadera hostilidad por su parte.
— Tal vez en esto tengas razón -dijo Madarian-. Ninguna mujer quiere
tener la sensación de que puede ser sustituida por algo que no tenga
ninguno de sus defectos. De acuerdo.
Jane-2 no tenía la cintura de avispa. Era un robot sombrío que rara
vez se movía y todavía más raramente hablaba.
Durante su construcción, sólo en muy pocas ocasiones Madarian se había
precipitado al despacho de Bogert con noticias, y ello era una señal
segura de que las cosas no iban muy bien. La exuberancia de Madarian
ante el éxito era arrolladora. No dudaría en irrumpir en el dormitorio
de Bogert a las tres de la madrugada con una noticia caliente, sin
poder esperar hasta la mañana siguiente. Bogert estaba seguro de ello.
Ahora Madarian parecía abatido, su expresión, de costumbre
resplandeciente, era casi pálida, y sus rollizas mejillas en cierta
forma se habían hundido.
— No quiere hablar -dijo Bogert, presintiendo que estaba en lo cierto.
— Oh, si habla -dijo Madarian, mientras se sentaba pesadamente y se
mordía el labio inferior antes de añadir-: Por lo menos a veces.
Bogert se levantó y dio una vuelta alrededor del robot.
— Y, supongo, que cuando habla lo que dice no tiene sentido. Bien, si
no habla no es mujer, ¿no te parece?
Madarian intentó esbozar una leve sonrisa, pero renunció.
— El cerebro, aislado, funcionaba -dijo.
— Lo sé.
— Claro que por supuesto, apenas se puso este cerebro al frente del
aparato físico del robot, se modificó necesariamente.
— Claro -aceptó Bogert, desarmado.
— Pero también de forma imprevisible y frustrante. El problema radica
en que cuando se trabaja con cálculos de incertidumbre de dimensiones
n, las cosas se...
— ¿Incertidumbre? -dijo Bogert. Él mismo se sorprendió de su reacción.
La inversión de la compañía era ya considerable y habían transcurrido
casi dos años; sin embargo, los resultados eran, por decirlo
finamente, decepcionantes. A pesar de todo, allí estaba, acuciando a
Madarian y divirtiéndose con el asunto.
De forma casi furtiva, Bogert se preguntó si no sería a la ausente
Susan Calvin a quien estaba acuciando. Madarian era mucho más
exuberante y efusivo de lo que Susan jamás podría haberlo sido, cuando
las cosas iban bien. También era más dado a la depresión cuando las
cosas no iban bien; por su parte, Susan, era precisamente bajo presión
cuando nunca flaqueaba. Tal vez el blanco que suponía Madarian era
claramente la recompensa por el blanco que Susan jamás se había
permitido ser.
Al igual que habría hecho Susan, Madarian no reaccionó ante la última
observación de Bogert; no por desprecio, como habría sido el caso de
Susan, sino porque no lo oyó.
— El problema está en el reconocimiento -dijo, en un intento de
explicarse-. Tenemos a Jane-2 que está estableciendo unas
correlaciones magníficas. Puede hacer correlaciones sobre cualquier
cuestión, pero una vez lo ha hecho, no puede distinguir un resultado
valioso de uno que no lo sea. Saber cómo se debe programar a un robot
para que explique una correlación significativa, cuando uno no sabe
qué correlaciones establecrá, no resulta tarea fácil.
— Supongo que habrás considerado la idea de reducir el potencial de la
conexión de diodos W-21 y hacer saltar la chispa en los...
— No, no, no, no -dijo Madarian, y su voz se convirtió en un
susurrante diminuendo-. No podemos pretender que lo diga todo. Esto
podemos hacerlo por nosotros mismos. Se trata de que reconozca la
correlación crucial y saque la conclusión. Una vez hecho esto,
¿comprendes?, un robot Jane obtendrá una respuesta por intuición. Ese
algo que nosotros sólo podríamos conseguir con la suerte más remota.
— Creo que si tuviésemos un robot así -dijo Bogert, secamente-, le
harías hacer de forma rutinaria lo que, entre los seres humanos, sólo
algún que otro genio es capaz de hacer.
Madarian asintió vigorosamente con la cabeza.
— Exactamente, Peter. Yo mismo lo habría dicho en estos términos de no
haber temido asustar a los directivos. Por favor, no lo repitas
delante de ellos.
— ¿Realmente quieres un robot genio?
— ¿Qué son las palabras? Estoy intentando obtener un robot con la
capacidad de llevar a cabo correlaciones al azar a enormes
velocidades, y que tenga además un cociente de alto reconocimiento del
significado clave. Estoy intentando poner estas palabras en un campo
positrónico de ecuaciones. Y pensaba haberlo logrado, pero no es así.
Todavía no.
Miró a Jane disgustado y dijo:
— ¿Jane, cuál es el mejor significado que tienes?
La cabeza de Jane-2 se volvió para mirar a Madarian pero no emitió
sonido alguno, y Madarían murmuró con resignación:
— Lo está introduciendo en los bancos de correlación.
Finalmente, Jane-2 habló, con voz sin entonación:
— No estoy segura -fue el primer sonido que emitió.
Los ojos de Madarian miraron hacia arriba.
— Está efectuando el equivalente de formular ecuaciones con soluciones
indeterminadas.
— Lo sospechaba -dijo Bogert-. Escucha, Madarían, ¿puedes lograr algo
a partir de este punto, o abandonamos ahora y dejamos las pérdidas en
quinientos millones?
— Oh, lo conseguiré -murmuró Madarian.
Jane-3 no fue un logro. Ni siquiera llegó nunca a ser activada y
Madarian estaba furioso.
Fue un error humano. A decir con toda exactitud, culpa suya. A pesar
de que Madarian se sentía completamente humillado, los otros
mantuvieron la calma. Quien jamás haya cometido un error en las
increiblemente complicadas matemáticas del cerebro positrónico que
rellene el primer memorándum de corrección.
Pasó casi un año antes de que Jane-4 estuviese terminada. Madarian
estaba exuberante de nuevo.
— Lo ha conseguido. Cuenta con un elevado y buen cociente de
reconocimiento.
Tuvo la suficiente confianza como para presentarla ante la junta
directiva y hacerle resolver unos problemas. No problemas matemáticos;
cualquier robot podría hacerlo; sino problemas donde los términos eran
deliberadamente erróneos sin ser completamente inexactos.
— En realidad, ello no significa mucho -dijo Bogert después.
— Claro que no. Para Jane-4 es elemental, pero tenía que mostrarles
algo, ¿no es así?
— ¿Sabes cuánto hemos gastado hasta la fecha?
— Vamos, Peter, no me vengas con eso. ¿Sabes lo que conseguiremos a
cambio? Ya sabes que estas cosas no caen en el vacío. Te diré por si
te interesa que llevo tres malditos años con esto, pero he
desarrollado nuevas técnicas de cálculo que nos ahorrarán como mínimo
cincuenta mil dólares en cada nuevo tipo de cerebro positrónico que
diseñemos desde ahora en adelante. ¿De acuerdo?
— Pero...
— No me vengas con peros. Es así. Y personalmente tengo la sensación
de que los cálculos de dimensión n de incertidumbre pueden tener una
gran aplicación, si tenemos la perspicacia suficiente como para
encontrarlos, y mis robots Jane los descubrirán. Una vez haya
conseguido exactamente lo que quiero, la nueva serie JN quedará
amortizada en un plazo de cinco años, incluso aunque triplicásemos lo
que hemos invertido hasta ahora.
— ¿A qué te refieres con «exactamente lo que quiero»? ¿Qué es lo que
va mal con Jane-4?
— Nada. O no mucho. Está en la vía, pero puede ser mejorada y tengo la
intención de hacerlo. Cuando la diseñé creí que sabía adónde me
dirigía. Ahora la he probado y sé adónde voy. Tengo la intención de
llegar a ese punto.
Jane-5 sí fue un logro. Madarían tardó más de un año en construirla y
en este caso sin ninguna reserva: su confianza era total.
Jane-5 era más baja que el robot medio, y más delgada. Sin ser una
caricatura femenina como había sido Jane-1, lograba tener un aire de
feminidad a pesar de la carencia de un solo rasgo claramente femenino.
— Es la postura -dijo Bogert.
Sus brazos colgaban con gracia y en cierta forma se había logrado que
el torso diese la impresión de curvarse ligeramente cuando se volvía.
— Escúchala... -dijo Madarian-. ¿Cómo te encuentras, Jane?
— En excelente estado de salud, gracias -dijo Jane-5, y la voz era
exactamente la de una mujer; un dulce, y casi inquietante contralto.
— ¿Por qué has hecho esto, Clinton? -quiso saber Peter, asombrado y
empezando a fruncir el ceño.
— Es importante psicológicamente -dijo Madarian-. Quiero que la gente
piense en ella como en una mujer; que la traten como a una mujer; que
le expliquen cosas.
— ¿Qué gente?
Madarian se metió las manos en los bolsillos y miró pensativamente a
Bogert.
— Quisiera arreglar las cosas de forma que Jane y yo podamos ir a
Flagstaff.
Bogert no pudo dejar de advertir que Madarian no decía Jane-5. En esta
ocasión no utilizaba ningún número. No era una Jane, sino la Jane.
— ¿A Flagstaff? ¿Por qué? -preguntó, con un tono de duda.
— ¿Acaso no está allí el centro mundial para la Planetologia general?
¿No es allí donde se estudian las estrellas y se intenta calcular las
probabilidades de planetas habitables?
— Lo sé, pero está en la Tierra.
— Claro, y por supuesto lo sé.
— Los movimientos de los robots en la Tierra están estrictamente
controlados. Y no es necesario ir. Hazte traer una biblioteca sobre
Planetología general y que Jane se empape de ella.
— ¡No! Peter, quieres meterte en la cabeza de una vez por todas que
Jane no es un robot lógico corriente; es intuitiva.
— ¿Y qué?
— ¿Cómo podemos decir lo que necesita, lo que puede utilizar, lo que
puede inspirarla? Para leer los libros podemos usar cualquier modelo
metálico de la fábrica: datos en conserva y, por añadidura,
trasnochados. Jane tiene que contar con información viva: tiene que
tener tonos de voz, tiene que disponer de información tangencial, debe
incluso estar al corriente de cosas totalmente irrelevantes. ¿Cómo
demonios sabremos qué o cuándo se desencadena algo en su interior para
llegar a crear una pauta? Si lo supiésemos, no la necesitaríamos en
absoluto, ¿no te parece?
Bogert empezó a impacientarse.
— En ese caso, trae aquí a esos hombres, a los planetólogos generales.
— No serviría de nada. Estarían fuera de su elemento. No reaccionarían
de forma natural. Quiero que Jane los vea en acción, quiero que vea
sus instrumentos, sus oficinas, sus escritorios, todo lo que pueda.
Quiero que organices las cosas de forma que pueda ser transportada a
Flagstaff. Y de verdad te lo digo, no me gustaría volver a discutir
sobre el asunto.
Por un momento sus palabras habían sonado como las de Susan. Bogert
tuvo un escalofrío.
— Es complicado organizar el transporte de un robot experimental...
— Jane no es experimental. Es la quinta de la serie.
— De hecho los otros cuatro no eran modelos útiles.
Madarian levantó las manos en un gesto de inútil frustracion.
— ¿Quién te obliga a contárselo al Gobierno?
— No me preocupa el Gobierno. Se le puede hacer comprender los casos
espcciales. Se trata de la opinión pública. Hemos recorrido un largo
camino en cincuenta años y no tengo la intención de retroceder
veinticinco de ellos porque tú hayas perdido el control de un...
— No perderé el control. Estás haciendo unos comentarios estúpidos.
¡Escucha! «U.S. Robots» puede permitirse un avión privado. Podemos
aterrizar discretamente en el aeropuerto comercial más cercano y
perdernos en medio de cientos de aterrizajes similares. Podemos
organizar que nos espere un coche terrestre grande con un remolque
para llevarnos a Flasgtaff. Jane será embalada de forma que sea
evidente que transportamos a los laboratorios alguna pieza de equipo
en absoluto robótico. Nadie nos mirará dos veces. Se advertirá a los
hombres de Flagstaff y se les explicará el objetivo exacto de la
visita. Serán los primeros interesados en cooperar y evitar
filtraciones.
Bogert reflexionó.
— La parte arriesgada será el avión y el coche terrestre. Si algo le
pasara al embalaje...
— No pasará nada.
— Podríamos hacerlo si desactivamos a Jane durante el transporte. Así,
incluso si alguien descubre que está dentro...
— No, Peter. No podemos hacer eso. Ni hablar, con Jane-5, no. Escucha,
desde que ha sido activada ha estado asociando libremente. Durante la
desactivación se puede congelar la información que posee, pero no así
las asociaciones libres. No señor, nunca podrá ser desactivada.
— Pero, en ese caso, si se descubre de algún modo que estamos
transportando un robot activado...
— No se descubrirá.
Madarian se mantuvo en sus trece y por fin despegó el avión. Se
trataba de un último modelo automático Computo-jet, pero llevaba como
refuerzo un piloto humano, uno de los empleados de «U.S. Robots». El
embalaje conteniendo a Jane llegó al aeropuerto sin problemas, fue
transferido al coche terrestre y llegó sin incidentes a los
Laboratorios de Investigación de Flagstaff.
Peter Bogert recibió la primera llamada de Madarian apenas una hora
después de haber llegado éste a Flagstaff. Madarian estaba extático y,
como era propio de él, no pudo esperar para informar.
El mensaje llegó a través de un circuito cerrado de rayo láser,
protegido, cifrado y normalmente impenetrable, pero a Bogert lo
exasperó. Sabía que podía ser interceptado si alguien con la
suficiente capacidad tecnológica -el Gobierno, por ejemplo-, así se lo
proponía. La única seguridad real radicaba en el hecho de que el
Gobierno no tenía motivo alguno para intentarlo. Por lo menos así lo
esperaba Bogert.
— Por Dios bendito, ¿tenías que llamar?
Madarian lo ignoró completamente.
— Ha sido una inspiración -dijo precipitadamente-. Una pura
genialidad, te lo digo yo.
Bogert se quedó un momento mirando el receptor.
— ¿Quieres decir que tienes la respuesta? ¿Ya? -gritó, a continuación,
incrédulo.
— ¡No, no! Danos tiempo, maldita sea. Lo que quiero decir es que el
asunto de su voz fue una inspiración. Escucha, después de trasladarnos
desde el aeropuerto hasta el edificio administrativo principal en
Flagstaff, desembalamos a Jane y ésta salió de la caja. Cuando esto
sucedió, todos los hombres del lugar retrocedieron. ¡Asustados!
¡Atontados! Si ni siquiera los científicos pueden comprender el
significado de las Leyes de la Robótica, ¿qué podemos esperar del
individuo medio sin formación? Mientras estaba allí, por un segundo
pensé: Todo será inútil. No hablarán. Se les pondrán los nervios de
punta y buscarán una rápida escapatoria en el caso de que ella pierda
el control, sin ser capaces de pensar en ninguna otra cosa.
— ¿Bien, y entonces, adónde quieres ir a parar?
— Entonces ella los saludó de forma rutinaria. Dijo, «Buenas tardes,
señores. Encantada de conocerlos.» Frase que salió en su hermoso
contralto... Y eso bastó. Un hombre se ajustó la corbata y otro se
pasó la mano por el cabello. Lo que realmente me chocó fue que el
hombre más viejo del lugar comprobó que su bragueta estuviese
abrochada. Ahora están todos locos con ella. Les ha bastado su voz. Ya
no es un robot; es una chica.
— ¿Quieres decir que hablan con ella?
— ¡Que si hablan con ella! Yo diría que si. Debería haberla programado
para emitir entonaciones sexuales. De haberlo hecho, ahora mismo le
estarían pidiendo una cita. Podemos hablar de reflejo condicionado.
Escucha, los hombres responden a las voces. ¿Acaso miran en los
momentos más íntimos? Es la voz lo que está en el oído...
— Si, Clinton, creo recordarlo. ¿Dónde está Jane ahora?
— Con ellos. No quieren separarse de ella.
— ¡Maldita sea! Ve con ella. No la pierdas de vista, muchacho.
Las llamadas posteriores de Madarian, durante los diez días que pasó
en Flagstaff, se volvieron menos frecuentes y cada vez menos
entusiastas.
Informó que Jane escuchaba atentamente, y de vez en cuando contestaba.
Seguía siendo popular. Le era permitida la entrada en todas partes.
Pero no había resultados.
— ¿Nada en absoluto? -dijo Bogert.
Madarian se puso inmediatamente a la defensiva.
— No podemos decir nada en absoluto. Es imposible decir nada en
absoluto con un robot intuitivo. No sabemos qué es lo que puede no
funcionar en su interior. Esta mañana le ha preguntado a Jensen qué
había desayunado.
— ¿Rossiter Jensen, el astrofísico?
— Sí, claro. Ha resultado que no había desayunado. Bueno, una taza de
café.
— ¿Así que Jane está aprendiendo a mantener conversaciones
intrascendentes? Esto apenas compensa la inversión...
— Oh, no seas estúpido. No era una conversación intrascendente. Para
Jane no hay charlas intrascendentes. Ha hecho la pregunta porque tenía
algo que ver con cierta correlación cruzada que estaba estableciendo
en su mente.
— ¿De qué puede tratarse?
— ¿Cómo voy a saberlo? Si lo supiese, yo mismo sería una Jane y tú no
la necesitarías. Pero tiene que tener algún significado. Está
programada para una fuerte motivación, con el fin de obtener una
respuesta al problema de un planeta con óptima habitabilidad/distancia
y...
— En ese caso, infórmame cuando lo haya hecho y no antes. De verdad,
no necesito una descripeión paso a paso de posibles correlaciones.
En realidad no esperaba la notificación del éxito. A medida que
pasaban los días, Bogert fue perdiendo entusiasmo, por lo que, cuando
por fin llegó la noticia, no estaba preparado. Y ésta llegó al final
de todo.
En esta última ocasión, cuando llegó el mensaje apoteósico de
Madarian, fue casi en un susurro. Le exaltación había descríto un
circulo completo y Madarian había caído en un tranquilo temor
reverencial.
— Lo ha logrado. Lo ha logrado. También después de haberme dado por
vencido. Después de estar enterada de todo lo del lugar, y muchas
cosas dos o tres veces, y nunca haber dicho una palabra que tuviese
algún sentido... Ahora estoy en el avión, de vuelta. Acabamos de
despegar.
Bogert logró recuperar el aliento.
— Nada de bromas, muchacho. ¿Tienes la respuesta? Si es así, dilo.
Dímelo sin rodeos.
— Ella tiene la respuesta. Me ha dado la respuesta. Me ha dado el
nombre de tres estrellas situadas dentro de ochenta años luz que,
según ella, tienen de un setenta a un noventa por ciento de
probabilidades de poseer cada una un planeta habitable. La
probabilidad de que por lo menos uno lo tenga es de 0,972. Es casi
seguro. Y esto no es todo. Cuando lleguemos, nos podrá explicar la
línea exacta de razonamiento que la ha llevado a esta conclusión y el
pronóstico que toda la ciencia de la astrofísica y la cosmología se...
— ¿Estás seguro...?
— ¿Crees que sufro de alucinaciones? Tengo incluso un testigo. El
pobre muchacho ha dado un salto de más de medio metro cuando de pronto
Jane ha empezado a citar la respuesta con su maravillosa voz...
Y fue entonces cuando se produjo el impacto del meteorito y, en la
completa destrucción del avión que siguió, Madarian y el piloto fueron
reducidos a trocitos de carne sanguinolenta y no se pudo recuperar
ningún resto útil de Jane.
Jamás en «U.S. Robots» la tristeza había sido tan profunda. Robertson
intentó consolarse con el hecho de que la total destrucción había
ocultado por completo las irregularidades en que había incurrido su
empresa.
Peter movía la cabeza y se lamentaba.
— Hemos perdido la mejor oportunidad que jamás haya tenido «U.S.
Robots» para ganar una imagen pública inmejorable: la de superar el
maldito complejo de Frankenstein. Habría significado mucho para los
robots que uno de ellos hubiese encontrado la solución al problema del
planeta habitable, después de que otros robots han contribuido al
Salto Espacial. Los robots nos habrían abierto la galaxia. Y, si al
mismo tiempo, hubiésemos podido llevar los conocimientos científicos
en una docena de direcciones distintas, como sin duda habríamos
hecho... Oh, Dios, no hay forma de estimar los beneficios para la raza
humana, y para nosotros, por supuesto.
— ¿Podemos construir otras Janes? ¿Incluso sin Madarian? -quiso saber
Robertson.
— Claro que podemos. ¿Pero podremos contar de nuevo con la correlación
adecuada? ¿Quién sabe lo poco probable que era este resultado final?
¿Y si Madarian hubiese tenido la fantástica suerte de los
principiantes? ¿Para luego tener una mala suerte todavía más
fantástica? Un meteorito dirigiéndose de cabeza a... Es sencillamente
increíble...
— Pudo haber sido... intencionado -dijo Robertson en un vacilante
susurro-. Quiero decir, tal vez se suponía que no debíamos enterarnos
y el meteorito fue un fallo de...
Se interrumpió ante la mirada inquisitiva de Bogert.
— Quiero creer que no se trata de una pérdida total -dijo Bogert-.
Otras Janes pueden sernos útiles en ciertos sentidos. Y, si podemos
hacer que el público las acepte, aunque me pregunto lo que dirán las
mujeres, podemos dotar a otros robots de voces femeninas. ¡Si por lo
menos supiésemos lo que dijo Jane-5!
— En aquella última llamada, Madarian dijo que había un testigo.
— Lo sé -dijo Bogert-. He estado pensando en ello. ¿Acaso imagináis
que no me he puesto en contacto con Flagstaff? Nadie en todo el lugar
oyó a Jane decir algo fuera de lo corriente, nada que pareciese una
respuesta al problema del planeta habitable, y por supuesto cualquiera
habría reconocido la respuesta de haberse producido... o por lo menos
la habría reconocido como una posible respuesta.
— ¿Podía Madarian haber mentido? ¿O haberse vuelto loco? Tal vez
estaba intentando protegerse...
— ¿Quieres decir que tal vez intentó salvar su reputación fingiendo
que tenía la respuesta y trucando a Jane para que no pudiese hablar y
decir él entonces: «Oh, lo siento fue un accidente. ¡Oh, maldita sea!»
No lo acepto ni por un instante. También podéis imaginar que organizó
lo del meteorito.
— ¿Qué podemos hacer?
— Volver a Flagstaff -dijo Bogert, gravemente-. La respuesta tiene que
estar allí. Tengo que profundizar más, eso es todo. Iré allí y hablaré
con un par de hombres del departamento de Madarian. Tenemos que
revolver el lugar de arriba abajo y de cabo a rabo.
— Pero, ya sabes, aunque existiese un testigo que hubiese escuchado,
¿de qué nos serviría, ahora que no tenemos a Jane para que nos
explique el proceso?
— Cualquier detalle insignificante puede servirnos. Jane dio los
nombres de las estrellas: probablemente los números de catálogo, pues
ninguna de las estrellas con nombre tiene la mínima posibilidad. Si
alguien puede recordar lo que ella dijo de forma suficientemente clara
como para recuperarlo mediante una psicoprueba, si esta persona
careciese de memoría consciente, tendríamos algo. Con los resultados
finales, y los datos con los que se aumentó a Jane al principio, tal
vez podamos reconstruir la línea de razonamiento; podemos recuperar la
intuición. De lograrlo, habremos salvado el juego...
Bogert regresó al cabo de tres días, mudo y totalmente deprimido.
Cuando Robertson le preguntó ansiosamente por los resultados, él movió
la cabeza.
¡Nada!
»Absolutamente nada. He hablado con todas las personas de Flagstaff.
Con todos los científicos, técnicos y estudiantes que tuvieron alguna
relación con Jane: con todos los que, por lo menos, la habían visto.
No eran muchos; debo felicitar a Madarían por esta discreción. Sólo
permitió que la viesen quienes eran susceptibles de contar con
conocimientos planetológicos con que alimentarla. En total, treinta y
tres personas habían visto a Jane y de ellas sólo doce habían hablado
con ella más allá de lo estrictamente casual.
»Les he hecho repetir una y otra vez lo que había dicho Jane. Lo
recordaban todo perfectamente. Dado que se trata de hombres entregados
a su trabajo e involucrados en un experimento crucial relacionado con
su especialidad, su interés para recordar era máximo. Y además estaban
ante un robot que hablaba, ya de por sí bastante sorprendente, y con
uno que lo hacía como una actriz de Televisión. Era imposible que
olvidasen.
— Tal vez una psicoprueba... -dijo Robertson.
— Si alguno de ellos hubiese tenido aunque sólo fuese una idea vaga de
que había sucedido algo, habría conseguido su consentimiento para
someterse a una prueba. Pero nada nos da pie a una excusa, y no se
puede someter a la prueba a dos docenas de hombres que viven de sus
cerebros. Honestamente, no serviría de nada. Si Jane hubiese
mencionado tres estrellas y hubiese dicho que éstas poseían planetas
habitables, habría sido como lanzar cohetes en sus cerebros. ¿Cómo
podrían haberlo olvidado?
— En ese caso, quizás uno de ellos está mintiendo -dijo Robertson,
ceñudo-. Quiere la información para su uso personal; para
posteriormente reivindicarla.
— ¿En qué le beneficiaría? -dijo Bogert-. En primer lugar, todos allí
conocen exactamente la razón de la presencia de Madarian y Jane. En
segundo lugar, conocen el motivo de mi visita. Si en el futuro
cualquiera que trabaja en Flagstaff surge con una teoría
sorprendentemente nueva y diferente, aunque válida, sobre un planeta
habitable, todos los de «U.S. Robots» sabrán inmediatamente que se ha
apropiado de ella. Jamás se saldría con la suya.
— En ese caso, fue el propio Madarian quien se equivocó en algo.
— Tampoco veo la forma de creer esto. Madarian tenía un carácter
irritable... creo que todos los robopsicólogos tienen un carácter
irritable, por eso deben de trabajar con robots en lugar de hacerlo
con hombres. Pero no era tonto. No pudo equivocarse en una cosa así.
— Entonces... -empezó Robertson, pero había agotado las posibilidades.
Habían topado con una pared en blanco y durante algunos minutos todos
se concentraron en ella desconsoladamente.
Finalmente, Robertson reaccionó.
— Peter...
— ¿Si?
— Consultémoslo con Susan.
— ¡Qué! -dijo Bogert, poniéndose rígido.
— Consultémoslo con Susan. La llamamos y le pedimos que venga.
— ¿Por qué? ¿Qué puede hacer ella?
— No lo sé. Pero ella también es robopsicóloga y puede comprender a
Madarian mejor que nosotros. Además, ella... oh, cielos, siempre ha
tenido más cerebro que nosotros.
— Tiene casi ochenta años.
— Y tú tienes setenta. ¿Qué tiene que ver?
Bogert suspiró. ¿Habrían hecho los años de retiro que su lengua
abrasiva perdiese algo de aspereza?
— De acuerdo, consultaré con ella -dijo.
Susan Calvin entró en el despacho de Bogert lanzando una lenta mirada
a su alrededor antes de fijar sus ojos en el Director de
Investigación. Había envejecido mucho desde su jubilación. Su pelo era
fino y blanco y su rostro parecía haberse arrugado. Se había vuelto
tan frágil que casi parecía transparente y sólo en sus ojos,
penetrantes e inflexibles, parecía quedar todo lo que había sido.
Bogert fue a su encuentro cordialmente y le estrechó la mano.
— ¡Susan!
Ésta la cogió y dijo:
— Para ser un hombre viejo, Peter, tienes un aspecto bastante bueno.
Yo en tu caso, no esperaría hasta el año que viene. Retírate ahora y
deja paso a los jóvenes... Y Madarian está muerto. ¿Me has llamado
para que vuelva a ocupar mi antiguo puesto? ¿Pretendes mantener a los
viejos hasta pasado un año de su verdadera muerte física?
— No, no, Susan. Te he llamado para... -se interrumpió. En definitiva
no tenía la mínima idea de cómo empezar.
Pero Susan leyó sus pensamientos tan fácilmente como siempre había
hecho. Se sentó con la cautela nacida de unas articulaciones rígidas y
dijo:
— Peter, me has llamado porque estás en un gran apuro. En caso
contrario, antes preferirías verme muerta a una milla de ti.
— Vamos, Susan.
— No malgastes el tiempo con palabras bonitas. Cuando tenía cuarenta
años no tenía tiempo que perder y por supuesto ahora tampoco. Tanto la
muerte de Madarian como tu llamada son hechos insólitos, por lo tanto
deben de tener una relación. Dos hechos inusuales sin conexión supone
una probabilidad demasiado baja para preocuparse. Empieza por el
principio y no te importe mostrar que eres un estúpido. Hace mucho
tiempo que lo he descubierto.
Bogert carraspeó abatido, y empezó. Ella escuchó atentamente,
levantando su arrugada mano de vez en cuando para detenerlo y poder
formularle alguna pregunta.
En un momento dado, ella lanzó un bufido.
— ¿Intuición femenina? ¿Para eso queríais el robot? Menudos sois los
hombres. Os enfrentáis con una mujer que ha llegado a una conclusión
correcta e incapaces de aceptar el hecho de que es igual o superior a
vosotros en inteligencia, inventáis algo llamado intuición femenina.
— Pues, sí, Susan, pero déjame continuar...
Así lo hizo él. Cuando le contó lo referente a la voz de contralto de
Jane, ella dijo: — En ocasiones resulta difícil decidir si una debe
sentirse indignada contra el sexo masculino o si es preferible
prescindir de él por despreciable.
— Bien, déjame continuar... -dijo Bogert.
Cuando hubo terminado, Susan dijo:
— ¿Puedo utilizar a solas este despacho una o dos horas?
— Sí, pero...
— Quiero estudiar los distintos informes -dijo ella-. El tipo de
programación de Jane, las llamadas de Madarian, tus entrevistas en
Flagstaff. Supongo que si así lo deseo puedo usar este nuevo y
maravilloso teléfono láser protegido y tu terminal de la computadora.
— Sí, por supuesto.
— Bien, en ese caso, sal de aquí, Peter.
No habían pasado tres cuartos de hora cuando ella se acercó cojeando a
la puerta, la abrió e hizo llamar a Bogert.
Bogert llegó acompañado de Robertson. Entraron ambos y Susan saludó a
este último con un «Hola, Scott», falto de entusiasmo.
Bogert intentó desesperadamente adivinar los resultados a través del
rostro de Susan, pero no era más que la cara de una anciana ceñuda que
no tenía ninguna intención de facilitarle las cosas.
— ¿Crees que puedes hacer algo, Susan? -preguntó con cautela.
— ¿Más de lo que ya he hecho? ¡No! No hay nada más.
Los labios de Bogert formaron una mueca de disgusto, Robertson por su
parte dijo:
— ¿Qué es lo que ya has hecho, Susan?
— He pensado un poco -dijo Susan-. Algo que, según parece, jamás
lograré que hagan los demás. Por una parte, he pensado en Madarian. Lo
conocía, ya sabéis. Tenía cerebro pero era un extrovertido muy
irritante. Supuse que, después de mi, te gustaría, Peter.
— Supuso un cambio -dijo Peter, sin poder resistirlo.
— Y siempre acudía a ti corriendo al cabo de un minuto de obtener
algún resultado, ¿era así, verdad?
— Sí, él era así.
— Y sin embargo -dijo Susan-, su último mensaje, donde dijo que Jane
le había dado la respuesta, fue enviado desde el avión. ¿Por qué
esperó tanto? ¿Por qué no te llamó desde Flagstaff, inmediatamente
después de que Jane dijese lo que fuera que dijo?
— Supongo que por una vez quiso comprobarlo concienzudamente y...
bien, no lo sé. Era lo más importante que le había ocurrido jamás; por
una vez, tal vez quiso esperar y estar bien seguro él mismo.
— Todo lo contrario: sin duda, cuanto más importante era, menos
esperaría. Y, si consiguió esperar, ¿por qué no hacerlo de forma
adecuada y esperar hasta estar de regreso en «U.S. Robots» de forma
que pudiese verificar los resultados con todo el equipo informático
que esta compañía habría puesto a su disposición? En resumen, esperó
demasiado desde un punto de vista y no lo suficiente desde el otro.
— Piensas entonces que estaba a punto de hacer alguna jugada
-interrumpió Robertson.
— Scott -dijo Susan, y parecía estar indignada-, no intentes hacerle
la competencia a Peter con comentarios necios. Déjame continuar... El
segundo punto se refiere al testigo. Según el informe de la llamada,
Madarian dijo: «El pobre muchacho dio un salto de más de medio metro
cuando de pronto Jane empezó a citar la respuesta con su maravillosa
voz.» De hecho, fue lo último que dijo. Y la pregunta es: ¿Por qué el
testigo tuvo que dar un salto? Madarian había explicado que todos los
hombres estaban locos por aquella voz, y habían pasado diez días con
el robot... con Jane. ¿Por qué debería sobresaltarles el mero hecho de
que hablase?
— Yo imaginé que fue por el asombro de escuchar a Jane dando una
respuesta al problema que ha ocupado las mentes de los planetólogos
desde hace casi un siglo.
— Sin embargo ellos esperaban que ella diese con la respuesta. Para
eso estaba allí. Además, tened en cuenta la forma en que fue formulada
la frase. El comentario de Madarian hace pensar que el testigo se
sobresaltó, no sorprendió, si sois capaces de advertir la diferencia.
Y es más, esta reacción llegó «cuando Jane de pronto empezó»... En
otras palabras, en el mismo momento de iniciarse la declaración. Para
sorprenderse del contenido de lo que dijo Jane, el testigo habría
tenido que escuchar un trozo para asimilarlo. Madarian habría dicho
que había dado un salto de medio metro después de haber oído a Jane
decir esto y aquello. Habría sido «después» y no «cuando», y la
palabra «de pronto» no habría sido incluida.
— No creo que puedas hilar tan fino un asunto por la presencia o
ausencia de una palabra -dijo Bogert, desasosegado.
— Puedo hacerlo porque soy robopsicóloga -replicó Susan, friamente-. Y
puedo suponer que así lo haría también Madarian, porque el era
robopsicólogo. Por lo tanto, debemos encontrar una explicación a estas
dos anomalías. El extraño lapso antes de la llamada de Madarian y la
extraña reacción del testigo.
— ¿Puedes explicarlas? -preguntó Robertson.
— Por supuesto, pues suelo hacer uso de un poco de lógica -contestó
Susan-. Madarían llamó para comunicar la noticia sin demora, como
siempre hacía, o con la demora que fue capaz de conseguir. Si Jane
hubiese resuelto el problema en Flagstaff, sin duda habría llamado
desde Flagstaff. Desde el momento que llamó desde el avión, es
evidente que ella debió de resolver el problema después de haber
salido de Flagstaff.
— Pero entonces...
— Dejadme terminar. Dejadme terminar. ¿Acaso Madarian no fue llevado
desde el aeropuerto a Flagstaff en un automóvil terrestre pesado y
cerrado? ¿Y Jane con él, en la caja?
— Sí.
— Y es de suponer que Madarian y la embalada Jane regresaron al
aeropuerto desde Flagstaff en el mismo automóvil terrestre pesado y
cerrado. ¿Estoy en lo cierto?
— ¡Sí, por supuesto!
— Y tampoco estaban solos en aquel vehículo. En una de sus llamadas,
Madarian dijo: Fuimos conducidos del aeropuerto al edificio
administrativo principal; y supongo que tengo razón al deducir que si
fue conducido, era porque había un conductor humano en el coche.
— ¡Cielo santo!
— Lo que te pasa a ti, Peter, es que cuando piensas en un testigo de
una declaración planetológica, piensas en planetólogos. Divides a los
seres humanos en categorías, menospreciando y desdeñando a la mayoría
de ellos. Un robot no puede hacer esto. La Primera Ley dice: Un robot
no puede causar daño a un ser humano o, mediante la inacción, permitir
que un ser humano sufra daño. Ningún ser humano. Ésta es la esencia
del punto de vista robótico sobre la vida. Un robot no hace
distinciones. Para un robot, todos los hombres son completamente
iguales y, para un robopsicólogo que debe forzosamente tratar con
robots a nivel robotico, todos los hombres son completamente iguales.
»A Madarian no se le habría ocurrido decir que la declaración de Jane
había sido escuchada por un camionero. Para vosotros un camionero es
un mero apéndice animado de un camión, pero para Madarian era un
hombre y un testigo. Ni nada más, ni nada menos.
Bogert movió la cabeza, incrédulo.
— ¿Estás segura?
— Claro que estoy segura. ¿Cómo si no explicas el otro punto, la
observación de Madarian sobre el sobresalto del testigo? Jane estaba
embalada, ¿no es así? Pero no estaba desactivada. Según los informes,
Madarian siempre se opuso a la desactivación de un robot intuitivo.
Por otra parte, Jane-5, al igual que las otras Janes, no era en
absoluto habladora. Sin duda en ningún momento se le ocurrió a él
ordenarle que permaneciese callada dentro del embalaje; y fue estando
dentro de la caja cuando las piezas del rompecabezas empezaron a
encajar. Ella se puso a hablar con naturalidad. Del interior del
embalaje se dejó oír de pronto una hermosa voz de contralto. ¿Cómo
habríais reaccionado vosotros, de haber sido el camionero? Seguramente
dando un respingo. Es un milagro que no tuviese un accidente.
— Pero si el camionero fue testigo de este hecho, ¿por qué no se
presentó posteriormente?
— ¿Por qué? ¿No es posible que no fuese consciente de que había
ocurrido algo crucial, de que había escuchado algo importante? Además,
¿no creéis que Madarian debió de darle una buena propina y pedirle que
no dijese nada? No os gustaría que se hubiese divulgado la noticia de
que se había transportado ilegalmente un robot a través de la Tierra.
— Bien, ¿recordará lo que se dijo?
— ¿Por qué no? A ti, Peter, puede parecerte que un camionero, en tu
opinión un paso por encima del mono, no es capaz de recordar. Pero los
camioneros también tienen cerebro. Las declaraciones fueron de lo más
notable y es muy posible que el conductor recuerde algunas. Aunque se
equivoque en alguna letra o algún número, estaremos ante un conjunto
finito, ya sabéis, las cinco mil quinientas estrellas o sistemas
estelares dentro de ochenta años luz, o algo así... no he consultado
la cifra exacta. Podréis escoger correctamente. Y, en caso necesario,
tendréis la excusa para utilizar la psicoprueba...
Los dos hombres la miraban. Por fin, Bogert, sin atreverse a creerlo,
murmuró:
— ¿Pero cómo puedes estar segura?
Susan tuvo la tentación de decir: "Porque he llamado a Flagstaff,
estúpido, porque he hablado con el conductor, y porque me ha contado
lo que oyó, porque he consultado la computadora de Flagstaff y he
sacado las tres únicas estrellas que encajan con la información, y
porque tengo sus nombres en el bolsillo".
Pero no lo hizo. Que lo descubríese por sí mismo. Con sumo cuidado, se
puso de pie y dijo sardónicamente:
— ¿Cómo puedo estar segura...? Llamalo intuición femenina.
EL HOMBRE BICENTENARIO
1
— Gracias -dijo Andrew Martin aceptando el asiento que le habían
ofrecido. No tenía el aspecto de un hombre llevado a sus últimas
consecuencias, pero así había sido.
En realidad, no tenía aspecto de nada pues su rostro, a excepción de
la tristeza que uno imaginaba percibir en sus ojos, no presentaba
expresión alguna. Su pelo era liso, castaño claro y bastante fino; no
tenía rastro de barba, daba la impresión de haberse acabado de afeitar
de forma concienzuda. Iba vestido de forma claramente pasada de moda,
pero su ropa era pulcra y en ella predominaba un aterciopelado color
rojo púrpura.
Frente a él, detrás del escritorio, estaba el cirujano; la placa que
había sobre la mesa lo identificaba con una serie completa de letras y
números, a la cual Andrew no prestó atención. Sería suficiente
llamarlo doctor.
— ¿Cuándo podrá realizar la operación? -preguntó.
— No estoy muy seguro, señor, de haber comprendido cómo y a quién se
efectuaría una operación semejante -contestó el cirujano con voz
suave, con aquella indefinida e inalienable nota de respeto que
utilizaba siempre un robot para dirigirse a un ser humano.
Podría haber habido una mirada de respetuosa intransigencia en el
rostro del cirujano, si un robot de aquel tipo, de acero inoxidable
ligeramente aleado de bronce, hubiese podido presentar semejante
expresión, o cualquier otra.
Andrew Martin examinó la mano derecha del robot, la mano del bisturí
que yacía sobre el escritorio en completo reposo. Los dedos eran
largos y tenían la forma de unas curvas metálicas que serpenteaban
artísticamente, eran tan elegantes y educados que resultaba fácil
imaginar un escalpelo acoplado a ellos y convirtiéndose el todo,
temporalmente, en una sola unidad.
No debía de haber vacilación en su trabajo, ni tropiezos, ni
temblores, ni errores. Ello era fruto de la especialización, por
supuesto, de una especialización tan profundamente deseada por la
Humanidad que quedaban ya muy pocos robots con un cerebro
independiente. Un cirujano, como es lógico, tenía que tenerlo. Y
aquél, aunque provisto de cerebro, era tan limitado en su capacidad
que no reconoció a Andrew, probablemente jamás había oído hablar de
él.
— ¿Nunca ha pensado que le gustaría ser un ser humano? -quiso saber
Andrew.
El cirujano titubeó un momento, como si la pregunta no encajase en
ningún lugar de los circuitos positrónicos que le habían sido
asignados.
— ¡Pero yo soy un robot, señor!
— ¿Preferiría ser un hombre?
— Preferiría, señor, ser un mejor cirujano, y ello no sería posible si
yo fuese un hombre, sólo si yo fuese un robot más perfeccionado. Me
gustaría ser un robot más perfeccionado.
— ¿No le molesta que yo pueda darle órdenes? ¿Que yo, sólo
diciéndoselo, pueda hacer que se levante, que se siente, que se mueva
hacia la derecha o hacia la izquierda?
— Para mí es un placer complacerlo, señor. Si sus órdenes
interfiriesen con mi funcionamiento con respecto a usted o a cualquier
otro ser humano, no lo obedecería. La Primera Ley, que se refiere a mi
deber para con la seguridad de los humanos, predominaría sobre la
Segunda Ley relacionada con la obediencia. Por lo demás, a mí me gusta
obedecer... Pero, digame, ¿a quien debo hacer esa operación?
— A mí -contestó Andrew.
— Pero eso es imposible. Es sin duda alguna una operación perjudicial.
— Eso no tiene importancia -dijo Andrew con tranquilidad.
— Yo no debo causar daño -replicó el cirujano.
— No debe causar daño a un ser humano -replicó Andrew a su vez-. Pero
yo también soy un robot.
2
Andrew tenía mucho más aspecto de robot cuando lo... fabricaron. Su
apariencia era la de cualquier robot existente, de diseño uniforme y
funcional.
Había trabajado bien en la casa adonde lo habían llevado en una época
en que resultaba raro ver un robot en un hogar, si no en todo el
planeta.
En aquella casa había cuatro personas: el señor, la señora, la
señorita y la señorita pequeña. Por supuesto sabía sus nombres, pero
nunca los usó. El señor era Gerald Martin.
Su propio número de serie era NDR... había olvidado los números. Era
cierto que había transcurrido mucho tiempo pero si hubiese querido
recordarlos, no habría podido olvidar. No quería recordar.
La señorita pequeña había empezado a llamarlo Andrew porque no sabía
pronunciar las letras, y los demás habían seguido su ejemplo.
La señorita pequeña... Había vivido 90 años y hacía mucho tiempo que
había muerto. En una ocasión él quiso llamarla señora, pero ella no se
lo permitió. Había sido la señorita pequeña hasta el último día.
Andrew tenía que realizar las funciones de ayuda de cámara, mayordomo
y doncella. Fue una época experimental para él y, de hecho, para
cualquier robot que no trabajase en fábricas industriales y
exploratorias, y en las estaciones situadas fuera de la Tierra.
Los Martin disfrutaban con él y la mitad del tiempo no podía hacer su
trabajo porque la señorita y la señorita pequeña querían jugar con él.
La señorita fue la primera que comprendió cómo conseguirlo.
— Te ordenamos que juegues con nosotras y tú tienes que obedecer
-dijo.
— Lo siento, señorita -dijo Andrew-, pero una orden anterior del señor
debe sin duda tener prioridad.
— Papá sólo ha dicho que confiaba en que te ocuparías de limpiar. Esto
no es una verdadera orden. Yo te lo ordeno -replicó ella.
Al señor no le importaba. Adoraba a la señorita y a la señorita
pequeña, incluso más que la señora, y Andrew también les tenía mucho
cariño. Por lo menos, el efecto que ellas tenían en las acciones de él
era lo que en un ser humano se habría llamado el resultado del cariño.
Andrew lo consideraba cariño, pues no conocía otra palabra para
definirlo.
Andrew talló un medallón de madera para la señorita pequeña, siguiendo
órdenes de ésta. Según parece, a la señorita le habían regalado un
medallón de marfil con una inscripción para su cumpleaños y a la
señorita pequeña no le había hecho ninguna gracia. Tenía solamente un
trozo de madera y se lo entregó a Andrew junto con un cuchillo de
cocina.
Él se lo hizo en un santiamén y la señorita pequeña dijo.
— Qué bonito, Andrew! Voy a enseñárselo a papá.
El señor no dio crédito a lo que veía.
— ¿De dónde has sacado realmente esto, Mandy? -Mandy era la niña a
quien él llamaba señorita pequeña. Cuando ésta le aseguró a su padre
que estaba diciendo la verdad, él se volvió hacia Andrew-: ¿Lo has
hecho tú, Andrew?
— Si, señor.
— ¿El dibujo también?
— Si, señor.
— ¿De dónde has copiado el dibujo?
— Es una representación geométrica, señor, que hacía juego con la
fibra de la madera.
Al día siguiente, el señor apareció con otro trozo de madera, de mayor
tamaño, y un cuchillo eléctrico vibrador.
— Haz algo con esto, Andrew. Lo que tú quieras.
Andrew se puso manos a la obra y el señor estuvo observando cómo
trabajaba; luego estudió el objeto largo rato. Después de aquello,
Andrew no volvió a servir la mesa. Le ordenaron que leyese libros
sobre diseño de muebles y aprendió a hacer armarios y escritorios.
— Son unos objetos estupendos, Andrew -comentó el señor.
— Disfruto haciéndolos, señor -dijo Andrew.
— ¿Disfrutas?
— De alguna forma hace que los circuitos de mi cerebro funcionen con
mayor fluidez. Les he oído decir la palabra «disfrutar» y el modo como
la usan encaja con la forma que yo siento. Disfruto haciéndolos,
señor.
3
Gerald Martin llevó a Andrew a las oficinas regionales de «United
States Robots and Mechanical Men Corporation». Dado que era miembro de
la Asamblea Legislativa regional, no le costó en absoluto conseguir
una entrevista con el jefe de Robopsicología. De hecho, en aquellos
primeros tiempos en que los robots eran una rareza, si había tenido
derecho a ser propietario de un robot había sido únicamente porque era
miembro de la Asamblea Legislativa.
En aquel momento, Andrew no comprendió nada de todo aquello, pero años
después y con mayores conocimientos, pudo reconsiderar aquella antigua
escena y comprenderla a la luz apropiada.
El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó con un ceño cada vez más
fruncido y más de una vez logró detener los dedos cuando estaban a
punto de tamborilear irrevocablemente sobre la mesa. Sus rasgos
parecían cansados y tenía una frente surcada de rayas; daba la
impresión de que tal vez era más joven de lo que aparentaba.
— La robótica no es un arte exacto, señor Martin. No puedo
explicárselo con detalle, pero las matemáticas que regulan el trazado
de los circuitos positrónicos son demasiado complicadas como para
permitir otra cosa que no sean soluciones aproximadas. Por supuesto,
desde el momento que lo construimos todo en torno a las Tres Leyes,
éstas son incontrovertibles. Naturalmente, le cambiaremos su robot...
— Nada de eso -dijo el señor-. No se trata de fallo alguno por su
parte. Realiza perfectamente las tareas que le asignamos. El caso es
que también talla madera de una forma exquisita y nunca repite una
pieza. Hace obras de arte.
— Qué extraño. -Mansky estaba confundido-. Es cierto que actualmente
estamos intentando unos circuitos generalizados... ¿Cree usted que el
trabajo es realmente creativo?
— Juzgue usted mismo.
Merton le entregó una pequeña esfera de madera donde había una escena
de un patio de escuela donde los niños y niñas eran prácticamente
demasiado pequeños para ser distinguidos, pero sin embargo
perfectamente proporcionados y armonizados de forma tan natural con la
fibra que también ésta parecía tallada.
— ¿Lo ha hecho él? -preguntó Mansky, para luego devolverle el objeto a
la vez que volvía la cabeza-. Una casualidad del diseño. Algo en los
circuitos.
— ¿Pueden volver a hacerlo?
— Probablemente no. Nunca habíamos oído una cosa igual.
— ¡Bien! No me importa en absoluto que Andrew sea el único.
Sospecho que la compañía querrá que el robot vuelva para ser estudiado
-dijo Mansky.
— ¡Ni hablar! -dijo el señor repentinamente serio-. Olvídese de ello.
-Se volvió hacia Andrew-: Vámonos a casa.
— Lo que usted mande, señor -dijo Andrew.
4
La señorita había empezado a salir con chicos y no estaba mucho en
casa. Ahora quien llenaba el horizonte de Andrew era la señorita
pequeña, ya algo crecidita. Nunca había olvidado que la primera talla
de madera que había él hecho había sido para ella. La llevaba en el
cuello colgando de una cadena de plata.
Ella fue la primera que puso objeciones a la costumbre que adquirió su
padre de regalar las obras.
— Oye, papá -le dijo-, si alguien quiere alguna, que pague. El trabajo
lo vale.
— La tacañería no es algo propio de ti, Mandy -replicó el señor.
— No será para nosotros, papá, sino para el artista.
Andrew nunca había oído aquella palabra y un momento que se quedó a
solas consultó el diccionario. Luego hubo otra visita, en aquella
ocasión al abogado del señor.
— ¿Qué opinas de esto, John? -le preguntó el señor.
El abogado se llamaba John Feingold. Era canoso y tenía un vientre
prominente; los bordes de sus lentes de contacto estaban coloreados de
un verde brillante. Examinó la pequeña placa que le había entregado el
señor.
— Es precioso... Pero ya me ha llegado la noticia. Se trata de una
talla hecha por tu robot, que has traído contigo.
— Sí, las hace Andrew. ¿No es así, Andrew?
— Si, señor -dijo Andrew.
— ¿Cuánto pagarías por esta talla, John? -preguntó el señor.
— No sabría decírtelo. No colecciono este tipo de objetos.
— ¿Creerás que han ofrecido 250 dólares por este pequeño objeto?
Andrew ha hecho unas sillas que se han vendido por 500 dólares. En el
Banco hay 2.000 dólares producto de las obras de Andrew.
— ¡Dios mio!, te estás haciendo rico, Gerald.
— A medias -dijo el señor-. La mitad está en una cuenta a nombre de
Andrew Martin.
— ¿El robot?
— Exactamente, y quiero saber si ello es legal.
— ¿Legal? -La silla de Feingold crujió al reclinarse éste contra el
respaldo-. No hay precedentes, Gerald. ¿Cómo ha firmado tu robot los
documentos necesarios?
— Sabe firmar y yo llevé la firma. No me lo llevé al Banco. ¿Se debe
hacer algo más?
— Hum. -Dio la impresión de que los ojos de Feingold se volvían un
instante hacia dentro. Luego dijo-: Bien, podemos crear un fideicomiso
que administre todos los fondos en su nombre a modo de capa aislante
entre él y el mundo hostil. Por lo demás, te aconsejo que no hagas
nada. Hasta el momento nadie ha objetado nada... Si alguien pone
reparos, que él ponga un pleito.
— ¿Y tú llevarías el caso si se entabla una demanda?
— Por un anticipo sobre los honorarios, por supuesto.
— ¿Cuánto?
— Una cosa así. -Feingold señaló la placa de madera.
— Me parece justo -dijo el señor.
Feingold se rió entre dientes cuando se volvió hacia el robot.
— Andrew, ¿estás contento de tener dinero?
— Si, señor.
— ¿Qué tienes previsto hacer con él?
— Pagar cosas que de lo contrario tendría que pagar el señor. Le
ahorrará gastos, señor.
5
Y llegaron las ocasiones. Las reparaciones eran caras, y las
revisiones todavía más. Con los años, se fabricaron nuevos modelos de
robot y el señor se encargó de que Andrew contase con las ventajas de
todos los nuevos mecanismos, hasta que se convirtió en un parangón de
excelencia metálica. Los gastos corrieron a cargo de Andrew.
Andrew insistió en ello.
Sólo permanecieron intactos sus circuitos positrónicos. El señor
insistió en ello.
— Los nuevos no son tan buenos como tú, Andrew -afirmaba-. Los nuevos
robots no valen para nada. La compañía ha aprendido a hacer circuitos
más precisos, más estrechamente controlados, mucho más encauzados. Los
nuevos robots no se desvían de su camino. Hacen aquello para lo que
han sido diseñados y nunca se van por los cerros de Úbeda. Tú me
gustas más.
— Gracias, señor.
— Y ha sido por tu causa, Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de que
Mansky puso punto final a los circuitos generalizados apenas
comprendió cómo eras. No le gustaba el carácter imprevisible... ¿Sabes
cuántas veces me pidió que te devolviese para poder así someterte a
estudio? ¡Nueve veces! Pero yo nunca accedí y, ahora que se ha
retirado, es posible que gocemos de cierta paz.
Y el señor empezó a encanecer, a perder pelo y a hacérsele bolsas en
el rostro, mientras que el aspecto de Andrew era incluso mejor que
cuando entró a formar parte de la familia.
La señora se había ido a una colonia de artistas de algún lugar de
Europa y la señorita era poetisa en Nueva York. Escribían de vez en
cuando, pero no a menudo. La señorita pequeña se casó y no vivía muy
lejos. Decía que no quería dejar a Andrew y cuando nació su hijo, el
señor pequeño, dejaba que Andrew cogiese el biberón y lo alimentase.
Andrew consideró que el señor, con el nacimiento del nieto, tenía algo
susceptible de remplazar a quienes se habían ido; y que no sería tan
injusto pedirle aquello.
— Señor -empezó Andrew-, ha sido muy amable por su parte dejar que
gastase el dinero como yo quisiera.
— Era tu dinero, Andrew.
— Sólo porque usted así lo quiso, señor. No creo que la ley le hubiera
impedido quedárselo todo.
— La ley no me obligará a actuar de forma injusta, Andrew.
— A pesar de todos los gastos, señor, y a pesar también de los
impuestos, tengo casi seis mil dólares.
— Lo sé, Andrew.
— Quiero darle ese dinero, señor.
— No lo aceptaré, Andrew.
— A cambio de algo que usted puede brindarme, señor.
— ¿Ah, sí? ¿De qué se trata, Andrew?
— De mi libertad, señor.
— Tu...
— Me gustaría comprar mi libertad, señor.
6
No fue tan fácil.
— ¡Por el amor de Dios! -dijo el señor cuyo rostro había enrojecido,
luego giró sobre sus talones y se alejó a grandes pasos.
Fue la señorita pequeña quien lo convenció, de forma desafiante y
dura, y delante de Andrew. Durante treinta años, nadie había vacilado
en hablar delante de Andrew, tanto si el asunto tenía relación con él
como si no era así. No era más que un robot.
— Papá, ¿por qué te lo tomas como una afrenta personal? Seguirá
estando aquí. Seguirá siendo fiel. No puede hacer otra cosa. Está
dentro de él. Todo lo que quiere son palabras. Quiere considerarse
libre. ¿Es eso tan terrible? ¿Acaso no se lo ha ganado? Cielos, hace
años que él y yo hablamos sobre ello.
— ¿Así que lleváis años hablando de ello?
— Si, y él ha aplazado el momento una y otra vez por temor a herirte.
He sido yo quien lo ha inducido a plantearte el asunto.
— No sabe lo que significa la libertad. Es un robot.
— Papá, tú no lo conoces. Ha leído todo lo que hay en la biblioteca.
No sé cómo siente interiormente pero tampoco sé cómo sientes tú.
Cuando uno habla con él se da cuenta de que reacciona a las distintas
abstracciones como tú y como yo, ¿qué otra cosa puede importar? ¿Qué
más se puede pedir si alguien reacciona como uno mismo?
— La ley no adoptará la misma actitud -dijo el señor en un tono
airado-. ¡Y tú, escúchame! -Se volvió hacia Andrew con una voz
deliberadamente brusca-. Sólo puedo darte la libertad por la vía
legal, y si ello llega a los tribunales, no sólo no conseguirás tu
libertad, sino que la ley tendrá conocimiento oficial de tu dinero.
Dirán que un robot no tiene derecho a ganar dinero. ¿Crees que vale la
pena perder tu dinero por este galimatías?
— La libertad no tiene precio, señor -replicó Andrew-. Sólo la
posibilidad de obtener la libertad vale ese dinero.
7
Cabía la posibilidad de que los tribunales considerasen que la
libertad no tenía precio y decidir que un robot no podía comprar su
libertad a ningún precio, por muy alto que éste fuera.
La simple alegación del fiscal regional que representaba a quienes
habían entablado una demanda colectiva para oponerse a la libertad
decía: La palabra «libertad» no tiene sentido cuando se aplica a un
robot. Sólo un ser humano puede ser libre.
Lo dijo varias veces, cuando le pareció oportuno; despacio, y dejando
caer rítmicamente las manos sobre la mesa a fin de dar énfasis a las
palabras.
La señorita pequeña pidió permiso para hablar en nombre de Andrew. Se
refirieron a ella por su nombre completo, que Andrew no había oído con
anterioridad:
— Amanda Laura Martin Charney puede acercase al estrado.
— Gracias, Señoría -dijo ella-. Yo no soy abogado y desconozco la
forma apropiada de expresar mis ideas, pero tengo la esperanza de que
escuchen el sentido e ignoren las palabras.
»Tratemos de comprender lo que significa ser libre en el caso de
Andrew. En cierto sentido, ya es libre. Creo que hace por lo menos
veinte años que nadie de la familia Martin le ha ordenado que hiciese
algo que pensásemos no haría por su propia iniciativa.
»Péro, si así lo deseamos, podemos ordenarle que haga cualquier cosa,
expresado tan duramente como queramos, porque es una máquina de
nuestra propiedad. ¿Pero por qué deberíamos actuar así, cuando hace
tanto tiempo que nos sirve fielmente y ha ganado tanto dinero para
nosotros? Ya no nos debe nada. La deuda está completamente en el otro
lado.
»Aunque la ley nos prohibiese que Andrew nos sirviera de forma
involuntaria, él nos seguiría sirviendo voluntariamente. Darle la
libertad no sería más que un ardid verbal, pero para él significaría
mucho. Para él lo sería todo y a nosotros no nos costaría nada.
Dio la sensación de que el juez sofocaba una sonrisa un momento.
— Comprendo su punto de vista, señora Charney. El hecho es que no hay
ninguna ley vinculante ni precedente alguno al respecto. Tenemos, en
cambio, el supuesto implícito de que sólo un hombre puede gozar de
libertad. Yo puedo crear aquí una nueva ley, sujeta a la revocación
por parte de un tribunal superior, pero no puedo alegremente ir en
contra de ese supuesto. Voy a hablar con el robot. ¡Andrew!
— Si, Señoría.
Era la primera vez que Andrew hablaba en la sala del tribunal y el
juez se quedó un momento asombrado ante el timbre humano de la voz.
— ¿Por qué quieres ser libre, Andrew? -preguntó-. ¿Por qué es
importante para ti?
— ¿Le gustaría ser un esclavo, Señoría? -replicó Andrew.
— Pero tú no eres un esclavo. Eres un robot estupendo, un genio de
robot, según tengo entendido, capaz de una expresión artística sin
comparación. ¿Qué otra cosa harías si fueses libre?
— Lo mismo que hago ahora, Señoría, pero con mayor aliciente. Se ha
dicho aquí que sólo un ser humano puede ser libre. En mi opinión sólo
alguien que desea la libertad puede ser libre. Y yo deseo la libertad.
Y fue esto lo que convenció al juez. La frase crucial de su veredicto
fue:
«No tenemos derecho a negar la libertad a cualquier objeto que cuente
con una mente lo suficientemente avanzada como para asimilar el
concepto y desear ese estado».
Veredicto que fue finalmente ratificado por el Tribunal Mundial.
8
El señor siguió estando molesto y su tono de voz áspero hacía que
Andrew se sintiese como si hubiese sufrido un cortocircuito.
— No quiero tu maldito dinero, Andrew -dijo el señor-. Sólo lo
aceptaré porque en caso contrario no te sentirás libre. A partir de
este momento, puedes escoger el trabajo que quieras y hacerlo como más
te guste. No te daré órdenes, salvo ésta: haz lo que te plazca. Pero
sigo siendo responsable de ti; forma parte de la decisión del
tribunal. Espero lo comprendas.
— No te pongas irascible, papá -interrumpió la señorita pequeña-. Esa
responsabilidad no supone trabajo alguno. Sabes perfectamente que no
tendrás que mover un dedo. Las Tres Leyes siguen en vigor.
— ¿Cómo puede entonces ser libre?
— ¿Acaso los seres humanos no están limitados por sus leyes, señor?
— No quiero discutir -fue la respuesta del señor. A continuación se
marchó y, después de esto, Andrew sólo lo vio muy de tarde en tarde.
La señorita pequeña iba a visitarlo a menudo a la casita que había
sido construida para él. No tenía cocina, por supuesto, ni
instalaciones sanitarias. Sólo tenía dos habitaciones, una era una
biblioteca y la otra una combinación de almacén y taller. Andrew
aceptaba muchos encargos y trabajó más duramente como robot libre que
antes hasta que la casa estuvo pagada y le perteneció legalmente.
Un día fue a verlo el señor pequeño... ¡No, George! El señor pequeño
había insistido en ser llamado así después de la decisión del
tribunal.
— Un robot libre no llama a nadie señor pequeño -dijo George-. Yo te
llamo Andrew y tú debes llamarme George.
Fue expresado en forma de orden y, por consiguiente, Andrew empezó a
llamarlo George; pero la señorita pequeña siguió siendo la señorita
pequeña.
El día que George apareció en su casa fue para decirle que el señor se
estaba muriendo. La señorita pequeña estaba junto a él pero el señor
quería que también Andrew estuviera a su lado.
La voz del señor, aunque éste no podía moverse mucho, era bastante
firme. Hizo un esfuerzo para levantar la mano.
— Andrew. No me ayudes, George, sólo me estoy muriendo, no estoy
impedido. Andrew, me alegro de que estés libre. Sólo quería que lo
supieras.
Andrew no supo qué decir. Era la primera vez que estaba junto al lecho
de un moribundo, pero sabía que era una forma humana de dejar de
funcionar. Era un desmantelamiento involuntario e irreversible, y
Andrew no sabía qué palabras podían ser las apropiadas. No pudo hacer
otra cosa que permanecer en absoluto silencio, en absoluta
inmovilidad.
Cuando todo hubo terminado, la señorita pequeña le dijo:
— Es cierto que últimamente no se ha mostrado muy amable contigo,
Andrew, pero era viejo, ya lo sabes, y le dolió que quisieras ser
libre.
Y entonces Andrew encontró las palabras que debía decir:
— Jamás habría sido libre sin él, señorita pequeña.
9
No fue hasta después de la muerte del señor que Andrew empezó a
ponerse ropa. Comenzó con un par de pantalones viejos que le había
dado George.
George se había casado y era abogado. Se incorporó al bufete de
Feingold. Hacia mucho tiempo que se había muerto el viejo Feingold,
pero su hija se había hecho cargo de la compañía, y ésta acabó
llamándose «Feingold y Charney». Así siguió incluso después de que se
hubiese jubilado la hija sin que ningún Feingold tomara su lugar. En
la época en que Andrew empezó a usar ropa acababa de ser añadido el
nombre Charney al bufete.
La primera vez que Andrew se puso pantalones, George trató de no
reírse, pero a los ojos de Andrew la sonrisa estaba en sus labios.
George mostró a Andrew la forma de manipular la carga estática a fin
de que los pantalones se abriesen, se enrollaran alrededor de la mitad
inferior de su cuerpo y luego se cerraran. George hizo la demostración
con sus propios pantalones, pero Andrew se dio cuenta de que le
costaría un tiempo repetir aquel movimiento normal y corriente para
los humanos.
— ¿Pero por qué quieres llevar pantalones, Andrew? -quiso saber
George-. Tu cuerpo es de una funcionalidad tan hermosa que es una
lástima cubrirlo, sobre todo teniendo en cuenta que no debes
preocuparte por el control de la temperatura y puedes prescindir del
pudor. Además, no se ciñe bien sobre el metal.
— ¿Acaso los cuerpos humanos carecen de belleza funcional, George?
-dijo Andrew-. Vosotros os cubrís.
— Para no tener frío, por higiene, para protegernos, como adorno. Nada
de eso puede aplicarse a ti.
— Me siento desnudo sin ropa. Me siento diferente, George.
— ¡Diferente! Andrew, actualmente hay millones de robots en la Tierra.
En esta región, según el último censo, hay casi tantos robots como
hombres.
— Lo sé, George. Hay robots que hacen todo tipo de trabajo imaginable.
— Y ninguno de ellos va vestido.
— Pero ninguno de ellos es libre, George.
Andrew fue completando su guardarropa poco a poco. Se sentía cohibido
por la sonrisita de George y por las miradas de quienes le hacían los
encargos.
Es posible que fuera libre, pero dentro de él había un programa
cuidadosamente detallado acerca de su comportamiento para con la
gente, y sólo se atrevía a avanzar a paso de tortuga. Una
desaprobación abierta le habría hecho retroceder meses.
No todo el mundo aceptaba el estado libre de Andrew. Era incapaz de
sentir resentimiento por ello y sin embargo, cuando pensaba en ello,
tropezaba con un problema en su proceso mental.
En especial, solía evitar ponerse ropa cuando imaginaba que la
señorita pequeña iría a visitarlo. Ahora era una anciana y pasaba
temporadas en algún lugar de clima más cálido, pero cuando volvía lo
primero que hacía era ir a verlo.
Una de las veces que ella regresó, George dijo en un tono triste:
— Me ha convencido, Andrew, el año que viene presentaré mi candidatura
para la Asamblea Legislativa. Ha dicho, de tal abuelo, tal nieto.
— De tal abuelo... -Andrew se interrumpió, indeciso.
— Quiero decir que YO, George, el nieto, seré como el señor, el
abuelo, el cual estuvo también en la Asamblea Legislativa.
— Qué bonito sería, George, si el señor estuviera todavía...
— Andrew se detuvo, pues no quería decir «en funcionamiento~. No
parecía adecuado.
— Con vida -dijo George terminando la frase-. Si, yo también recuerdo
a menudo a aquel viejo monstruo.
Andrew reflexionó sobre esta conversación. Había advertido que carecía
de capacidad verbal cuando hablaba con George. En cierto modo el
lenguaje había cambiado desde que había entrado a tomar posesión de un
vocabulario innato. Además, George utilizaba un lenguaje coloquial, no
siendo este el caso con el señor y la señorita pequeña. ¿Por qué
habría llamado monstruo al señor si él estaba seguro de que aquella
palabra no era la apropiada?
Y Andrew no podia recurrir a los libros que tenía en busca de
orientación. Eran viejos y la mayoría trataba sobre la talla de la
madera, el arte y el diseño de muebles. No había ninuno sobre el
lenguaje, ninguno sobre los modos de los seres humanos.
Fue entonces cuando consideró que debía buscar los libros apropiados;
y pensó que, como robot libre que era, no debía recurrir a George.
Iría a la ciudad y utilizaría la biblioteca. Fue una decisión triunfal
y sintió claramente cómo se elevaba su electropotencial, hasta que
tuvo que introducir la bobina de impedancia.
Se puso un traje completo, e incluso una cadena de madera en
bandolera. Habría preferido el plástico reluciente pero George había
dicho que la madera resultaba mucho más apropiada y que, además, el
cedro pulido era mucho más valioso.
Había recorrido 30 metros desde su casa cuando una creciente
resistencia le obligó a detenerse. Retiró la bobina de impedancia del
circuito pero, como ello no pareció ayudarlo, regresó a casa y
escribió claramente en una hoja de papel: «He ido a la biblioteca»,
dejándola en un lugar bien visible sobre su mesa de trabajo.
10
Andrew nunca consiguió llegar a la biblioteca. Estudió el mapa.
Conocía el camino, pero no lo había recorrido nunca.
Las señales reales no se parecían a los símbolos del mapa y empezó a
titubear. Finalmente pensó que debía de haberse equivocado, pues todo
le resultaba extraño.
Se cruzó con algún que otro robot de campo, pero cuando llegó a la
conclusión de que sería preferible preguntar el camino, no había nadie
a la vista. Pasó un vehículo pero no se detuvo. Se quedó allí
indeciso, es decir tranquilamente inmóvil, hasta que vio a dos seres
humanos que se dirigían hacia él a campo traviesa.
Se volvió hacia ellos, que cambiaron de dirección para acercarse a él.
Un momento antes, estaban hablando en voz alta; él había oído sus
voces; pero ahora guardaban silencio. Tenían aquella expresión que
Andrew asociaba con la indecisión humana, y eran jóvenes, aunque no
muy jóvenes. ¿Veinte, quizás? Andrew nunca sabía calcular la edad de
los humanos.
— ¿Podrían ustedes indicarme el camino de la biblioteca pública,
señores? -les preguntó.
Uno de ellos, el mas alto, cuyo sombrero alto le hacia parecer todavía
más alto, de mayor altura, casi grotesco, dijo, sin dirigirse a
Andrew, sino al otro.
— Es un robot.
El otro tenía una nariz gruesa y unos párpados abultados.
— Va vestido -dijo, sin dirigirse a Andrew, sino al otro.
El alto chasqueó los dedos.
— Se trata del robot libre. Los Charney tienen un robot que no es
propiedad de nadie. Si va vestido, ¿qué otra cosa puede ser?
— Pregúntaselo -sugirió el de la gran nariz.
— ¿Eres el robot de los Charney? -preguntó el alto.
— Soy Andrew Martin, señor -contestó Andrew.
— Bien. Quitate esa ropa. Los robots no van vestidos. -Luego, le dijo
al otro-: Es vergonzoso. Míralo.
Andrew vaciló. Hacia tanto tiempo que no había oído una orden en aquel
tono de voz que se produjeron unas momentáneas interferencias en sus
circuitos de la Segunda Ley.
— Quítate la ropa -dijo el alto-. Te lo ordeno.
Despacio, Andrew empezó a quitársela.
— Déjalas ahí -dijo el alto.
— Si no pertenece a nadie, tanto podría ser nuestro como de cualquier
otra persona -dijo el narigudo.
— Claro, ¿quién va a quejarse de lo que le hagamos? -observó el alto-.
No atentamos contra la propiedad de nadie...
— Y añadió dirigiéndose a Andrew-: Ponte cabeza ahajo.
— La cabeza no es para... -empezó a decir Andrew.
— Es una orden. Si no sabes hacerlo, inténtalo de todas formas.
Andrew volvió a vacilar, luego se agachó para poner la cabeza en el
suelo. Trató de levantar las piernas, y cayó pesadamente.
— Pues quédate ahí tumbado -le dijo el alto. Y al otro-:
¿Por qué no lo desmontamos? ¿Has desmontado alguna vez un robot?
— ¿Nos dejará?
— ¿Cómo podría impedírnoslo?
Andrew no tenía forma de impedírselo, si le ordenaban que no opusiera
resistencia de una manera lo suficientemente enérgica. La Segunda Ley
de obediencia predominaba sobre la Tercera Ley de propia conservación.
Además, no podía defenderse sin correr el riesgo de herirlos y ello
habría significado incumplir la Primera Ley. Ante esta idea, se le
contrajeron todas las unidades móviles y se estremeció.
El alto se acercó y le empujó con el pie.
— Es pesado. Creo que vamos a necesitar herramientas para hacer el
trabajo.
— Podríamos ordenarle que se desmontase a sí mismo -dijo el de la
nariz grande-. Sería divertido ver cómo lo intenta.
— Sl -dijo el alto pensativamente-, pero saquémoslo de la carretera.
Si pasa alguien...
Era demasiado tarde. De hecho alguien pasó y se trataba de George.
Andrew, desde donde estaba tumbado, lo había visto llegar a una
pequeña pendiente a cierta distancia de él. Le habría gustado llamar
su atención de alguna forma, pero la última orden había sido: ¡Quedate
ahí tumbado!
George había echado a correr y llegó algo jadeante. Los dos jóvenes
retrocedieron un poco y esperaron con aire meditabundo.
— Andrew, ¿ha pasado algo? -preguntó George ansiosamente.
— Estoy bien, George -contestó Andrew.
— Pues ponte de pie... ¿Qué ha pasado con tu ropa?
— ¿Es tuyo este robot, amigo? -quiso saber el joven alto.
George se volvió con brusquedad.
— Este robot no es de nadie. ¿Qué ha pasado aquí?
— Le hemos pedido cortésmente que se quite la ropa. ¿Qué le importa a
usted si el robot no es suyo?
— ¿Qué estaban haciendo, Andrew?
— Tenían intención de desmontarme, de una forma u otra. Estaban a
punto de llevarme a un lugar tranquilo y ordenarme que me desmontase
yo mismo.
George miró a los dos hombres y su barbilla tembló. Los jóvenes no
retrocedieron más. Sonreían. El alto dijo despectivamente:
— ¿Qué vas a hacer, gordinflón? ¿Atacarnos?
— No. No me hará falta. Este robot lleva con mi familia más de setenta
años. Nos conoce y nos aprecia más que a cualquier otra persona. Le
diré que vosotros dos estáis amenazando mi vida y que tenéis previsto
matarme. Le pediré que me defienda. Si tiene que escoger entre yo y
vosotros dos, se inclinará por mi. ¿Sabéis qué será de vosotros cuando
os ataque?
Los dos hombres habían empezado a retroceder ligeramente, llenos de
inquietud.
— Andrew, estoy en peligro y a punto de ser herido por estos jóvenes
-dijo George en un tono áspero-. ¡Ve hacia ellos!
Así lo hizo Andrew, pero los dos jóvenes no esperaron. Echaron a
correr como alma que lleva el diablo.
— Bien, Andrew, cálmate -dijo George que parecía trastornado. Hacía
tiempo que le había pasado la edad de enfrentarse a la posibilidad de
una reyerta con un hombre joven, y no digamos con dos.
— No habría podido hacerles daño, George -dijo Andrew-. Era consciente
de que no te estaban atacando.
— Yo no te he mandado que los ataques; yo sólo te he dicho que
avanzaras hacia ellos. Su terror ha hecho el resto.
— ¿Cómo pueden tener miedo de un robot?
— Es una enfermedad de la Humanidad, de la cual todavía no se ha
curado. Pero dejemos eso. ¿Qué demonios estabas haciendo aquí, Andrew?
Estaba a punto de volver atrás y alquilar un helicóptero cuando te he
encontrado. ¿Cómo se te ha ocurrido ir a la biblioteca? Yo te habría
llevado cualquier libro que necesitases.
— Yo soy un... -empezó Andrew.
— Robot libre. Sí, sí. Está bien, ¿qué quieres de la biblioteca?
— Quiero saber más sobre los seres humanos, sobre el mundo, sobre
todo. Y sobre los robots, George. Quiero escribir una historia sobre
los robots.
— Bien. vamos a casa... -dijo George-. Pero primero recoge tu ropa.
Andrew, existen millones de libros sobre robótica y en todos ellos hay
historias de la ciencia. El mundo empieza a estar saturado no sólo de
robots sino de información sobre robots.
Andrew sacudió la cabeza, un gesto humano que había aprendido a hacer
últimamente.
— No me refiero a una historia de la robótica, George, sino a una
historia de robots, escrita por un robot. Quiero explicar qué piensan
los robots de todo lo ocurrido desde que se les empezó a dejar
trabajar y vivir en la Tierra.
George levantó las cejas, pero no dijo nada.
11
La señorita pequeña acababa de cumplir 83 años, pero no había nada en
ella que denotase falta de energía o determinación. Utilizaba su
bastón más para gesticular con él que para apoyarse.
Escuchó la historia con furiosa indignación.
— George, es horrible -dijo-. ¿Quiénes eran esos jóvenes rufianes?
— No lo sé. ¿Pero eso qué importa? A fin de cuentas no hicieron daño
alguno.
— Podían haberlo hecho. Tú eres abogado, George, y si tienes una
posición acomodada, se debe enteramente al talento de Andrew. La base
de todo lo que tenemos es el dinero que él ganó. Provee por la
continuidad de tu familia y no quiero que lo traten como a un juguete
de cuerda.
— ¿Qué quieres que haga, madre? -preguntó George.
— Te he dicho que eres abogado. ¿No me has oído? Estableces un pleito
de ensayo, obligas a los tribunales regionales a pronunciarse en favor
de los derechos de los robots y vas a la Asamblea Legislativa para que
apruebe las leyes necesarias, si es preciso, presentas todo el asunto
al Tribunal Mundial. Yo no te perderé de vista, George, y no toleraré
que eludas el problema.
Hablaba en serio, y lo que empezó como algo susceptible de calmar a la
temible anciana, se convirtió en un complicado asunto con suficientes
enredos legales como para hacerlo interesante. Como socio más antiguo
de «Feingold y Charney», George urdía la estrategia a seguir, pero
dejaba el trabajo rutinario a sus empleados más jóvenes, sobre todo a
su hijo Paul, que también era socio de la compañía y, casi a diario,
informaba debidamente a su abuela. Ella, a su vez, lo discutía cada
día con Andrew.
Andrew estaba muy involucrado en el asunto. Había vuelto a dejar de
lado el libro para estudiar larga y detenidamente los argumentos
legales e incluso, a veces, lanzar alguna tímida sugerencia.
— George me dijo aquel día que los seres humanos siempre han tenido
miedo de los robots -dijo Andrew-. Mientras sea así, es poco probable
que los tribunales y las asambleas legislativas se pongan a trabajar
seriamente en nombre de los robots. ¿No se podría hacer algo con
respecto a la opinión pública?
De modo que mientras Paul estaba en los tribunales, George subió al
escenario público. Le permitía mostrarse de forma informal e incluso
llegó a veces a vestirse con el nuevo y holgado estilo de ropa que él
llamaba colgaduras.
— Procura no tropezar en escena, papaíto -le decía Paul.
— Trataré de no hacerlo -contestaba George taciturno.
En una ocasión habló en la convención anual de editores de holoprensa
y esto fue, en parte, lo que dUo:
— Si, en virtud de la Segunda Ley, podemos exigir de cualquier robot
una obediencia ilimitada en todos los aspectos que no impliquen causar
daño a un ser humano, entonces cualquier ser humano, repito, cualquier
ser humano, cuenta con un poder espantoso sobre cualquier robot,
cualquier robot. En particular, dado que la Segunda Ley prevalece
sobre la Tercera Ley, cualquier ser humano puede utilizar la ley de la
obediencia para anular la ley de la autoprotección. Puede ordenar a un
robot que se dañe e incluso que se destruya por una razón cualquiera,
o por ninguna razón.
»¿Acaso es justo? ¿Acaso trataríamos así a un animal? Hasta un objeto
inanimado que nos ha dado un buen servicio tiene derecho a nuestra
consideración. Además, un robot no es insensible; no es un animal.
Puede pensar lo suficientemente bien como para ser capaz de hablarnos,
razonar y hacer bromas con nosotros. ¿Acaso podemos tratarlos como
amigos, acaso podemos trabajar con ellos, y no darles una parte del
fruto de esta amistad, alguna ventaja de este trabajo conjunto?
»Si un hombre tiene el derecho de dar a un robot cualquier orden que
no implique daño a un ser humano, debería tener la decencia de nunca
dar a un robot una orden que supusiese daño para un robot, a menos que
fuese imprescindible por razones de seguridad humana. Mucho poder
lleva consigo mucha responsabilidad, y si los robots tienen tres leyes
para proteger a los hombres, ¿es demasiado pedir que los hombres
cuenten con una o dos leyes para proteger a los robots?
Andrew había tenido razón. Fue la batalla librada con la opinión
pública la que dio la clave a los tribunales y a la Asamblea
Legislativa y, al final, se aprobó una ley según la cual se prohibía
dar órdenes susceptibles de perjudicar a un robot. Existían infinitas
limitaciones y las penas por infringir la ley eran totalmente
inadecuadas, pero se había establecido el principio. La aprobación por
parte de la Asamblea Legislativa mundial llegó el día de la muerte de
la señorita pequeña.
Esto no fue una coincidencia. La señorita pequeña se aferró
desesperadamente a la vida durante el último debate y no cejó hasta
que se enteró de la victoria. Su última sonrisa fue para Andrew. Sus
últimas palabras fueron:
— Nos has hecho mucho bien, Andrew.
Murió con su mano entre las de Andrew, mientras su hijo, su nuera y
sus nietos permanecían a una respetuosa distancia.
12
Andrew esperó pacientemente mientras la recepcionista desaparecía en
el despacho interior. Habría podido utilizar el hablador holográfico,
pero resultaba indudablemente despersonalizado (o tal vez
desrobotizado) tener que entenderse con otro robot en lugar de con un
ser humano.
Andrew se entretuvo meditando sobre la cuestión. ¿Podía el término
«desrobotizado» usarse como palabra análoga de «despersonalizado»? ¿O
este último término se había apartado lo bastante de su significado
literal original como para ser aplicado a los robots... 0 a las
mujeres para el caso?
Cuando trabajaba en su libro sobre los robots acudían frecuentemente a
su mente este tipo de problemas. Era indudable que el hábito de
encontrar frases susceptibles de expresar todas las complejidades
había ampliado su vocabulario.
De vez en cuando entraba alguien en la habitación para mirarlo y él no
evitaba la mirada. Los miró a todos tranquilamente, y todos apartaron
la vista.
Por fin llegó Paul Charney. Parecía sorprendido, o lo habría parecido
si Andrew hubiese podido interpretar acertadamente su expresión. Paul
había empezado a maquillarse intensamente, como dictaba la moda para
ambos sexos, y, si bien ello destacaba y reforzaba los en cierta forma
blandos rasgos de su rostro, Andrew no lo aprobaba. Había descubierto
que desaprobar a los seres humanos, siempre y cuando no lo expresase
verbalmente, no le producía turbación alguna. Podia incluso plasmar
esta desaprobación sobre el papel. Estaba seguro de que no siempre
había sido así.
— Entra, Andrew -dijo Paul-. Siento haberte hecho esperar pero tenía
que terminar una cosa. Pasa. Me habías dicho que querías hablar
conmigo, pero no sabia que quisieras hacerlo aquí, en la ciudad.
— Si estas ocupado, Paul, estoy dispuesto a seguir esperando. Paul
lanzó una mirada a la interacción de sombras oscilantes de la esfera
que había en la pared y que servia de reloj, y dijo:
— Dispongo de un rato. ¿Has venido solo?
— He alquilado un automóvil.
— ¿Has tenido algún problema? -preguntó Paul, con algo más que una
ligera ansiedad en su voz.
— ¿Por qué iba a tenerlo? Mis derechos están protegidos.
Ello pareció aumentar la ansiedad de Paul.
— Andrew, te he explicado que esta ley no se puede hacer cumplir, por
lo menos en la mayoría de los casos... Y si insistes en ir vestido,
acabarás metido en algún lío, como aquella vez.
— La primera y la última, Paul. Siento verte disgustado.
— Bien, miralo de esta forma, tú eres prácticamente una leyenda
viviente, Andrew, y eres demasiado valioso en muchos y diferentes
aspectos para que tengas el derecho de correr riesgos... ¿Cómo va tu
libro?
— Lo estoy terminando, Paul. El editor está bastante contento.
— ¡Estupendo!
— Ignoro si está necesariamente contento con el libro en sí. Creo que
espera vender muchos ejemplares porque está escrito por un robot y es
esto lo que le gusta.
— Me temo que eso es muy humano.
— A mi no me importa. Desde el momento que ello significara dinero y a
mi me tocará una parte, el motivo es lo de menos.
— Pero la abuela te dejó...
— La señorita pequeña fue generosa y sé que puedo contar con la
familia para lo que necesite, pero confío en los derechos de autor del
libro para dar el próximo paso.
— ¿Cuál es ese próximo paso?
— Quiero ver al director de «U.S. Robots and Mechanical Men
Corporation». He tratado de obtener una cita con él, pero hasta el
momento me ha sido imposible contactarlo. La compañía no ha colaborado
conmigo en la confección del libro, de modo que no me sorprende,
¿comprendes?
El regocijo de Paul era evidente.
— Colaboración es lo último que puedes esperar. No cooperaron con
nosotros en nuestra gran batalla por los derechos de los robots; todo
lo contrario y tú sabes por qué. Unos robots con derechos supone la
posibilidad de que la gente no quiera comprarlos.
— No obstante -dijo Andrew-, es posible que llamando tú, consiguieses
esa entrevista para mí.
— No soy más popular entre ellos que tú, Andrew.
— Pero podrías insinuarles que recibiéndome podrían evitar una campaña
de «Feingold y Charney» para consolidar todavía más los derechos de
los robots.
— ¿Eso no sería mentir, Andrew?
— Si, Paul, pero yo no puedo hacerlo. Por eso debes llamar tú.
— Ah, tú no puedes mentir, pero puedes instarme a hacerlo, ¿no es así?
Cada vez eres más humano, Andrew.
13
No fue fácil concertar la entrevista, a pesar del peso que
supuestamente tenía el nombre de Paul.
Pero finalmente se consiguió y, cuando se celebró, Harley
Smythe-Robertson que, por línea materna, era descendiente del fundador
de la empresa y había decidido unir los dos apellidos para dejar
constancia de ello, no disimuló su descontento. Se acercaba a la
jubilación y había dedicado todo su mandato como presidente al asunto
de los derechos de los robots.
Sus finos y grises cabellos estaban pegados a la coronilla, no iba
maquillado y de vez en cuando lanzaba breves miradas hostiles a
Andrew.
— Señor, hace casi un siglo, un tal Merton Mansky de esta compañía me
dijo que las matemáticas que regulan el trazado de los circuitos
positrónicos eran demasiado complejas para permitir otra cosa que no
fuesen soluciones aproximadas y que, por consiguiente, mis capacidades
no podían predecirse completamente.
— Esto fue hace un siglo... -Smythe-Robertson titubeó, luego añadió en
un tono glacial-: Señor. Es una verdad que ya no se puede aplicar.
Ahora nuestros robots están realizados con precisión y preparados
únicamente para su trabajo.
— Si -intervino Paul que había acompañado a Andrew, según sus
palabras, para asegurarse de que la compañía jugaba limpio-, con el
resultado de que debemos orientar a la recepcionista del despacho cada
vez que un acontecimiento se aparta de lo convencional, aunque sea
ligeramente.
— Sin duda le molestaría mucho mas que improvisase -replicó
Smythe-Robertson.
— Ya no fabrican robots flexibles y adaptables como yo -dijo Andrew.
— No, ya no.
— El estudio que he llevado a cabo relacionado con mi libro indica que
soy el robot más viejo actualmente en operación activa -dijo Andrew.
— El más viejo actualmente y el más viejo de la historia. El más viejo
que jamás existirá. Ningún robot resulta de utilidad después de los
veinticinco años de existencia. Los hacemos volver y los sustituimos
por modelos nuevos.
— Tal y como se fabrican hoy en día, ningún robot sirve pasados los
veinticinco años -dijo Paul en un tono cortés-. Andrew es un caso
excepcional.
— Como el robot más viejo y más flexible del mundo -dijo Andrew,
siguiendo el guión que había preparado-, ¿no soy lo bastante
excepcional como para merecer un tratamiento especial por parte de la
compañía?
— En absoluto -replicó Smythe-Robertson fríamente-. Es precisamente su
carácter excepcional lo que molesta a la compañía. De haber sido
alquilado, en lugar de vendido por un desgraciado azar, habría sido
sustituido hace tiempo.
— Ahí está precisamente el quid de la cuestión -dijo Andrew-. Yo soy
un robot libre y soy mi propio dueño. Por consiguiente vengo aquí y
les pido que me remplacen. No pueden hacerlo sin el consentimiento del
propietario. Actualmente, este consentimiento es una condición exigida
en el contrato de alquiler, pero en mi época no era así.
Smythe-Robertson estaba a la vez desconcertado y asombrado, y reinó el
silencio un momento. Andrew se puso a mirar una holografía que había
en la pared. Era una máscara mortuoria de Susan Calvin, santa patrona
de todos los expertos en robótica. Hacia casi dos siglos que había
muerto, pero como resultado del libro que estaba escribiendo Andrew
había llegado a saber tanto de ella que habría afirmado haberla
conocido en vida.
— ¿Cómo puedo remplazarlo a usted por usted? -dijo Smythe-Robertson-.
Si le sustituyo como robot, ¿cómo podré entregarle un nuevo robot dado
que en el mismo acto de la sustitución usted dejará de existir?
-Sonrió macabramente.
— No es tan dificil -intervino Paul-. La base de la personalidad de
Andrew es su cerebro positrónico, que es la parte que no puede ser
remplazada sin crear un nuevo robot. Por consiguiente el cerebro
positrónico es Andrew, el propietario. Todas las demás partes del
cuerpo robótico se pueden sustituir sin que ello afecte a la
personalidad del robot, y estas otras partes son posesión del cerebro.
Yo diría que Andrew quiere proporcionar a su cerebro un nuevo cuerpo
robótico.
— Exactamente -dijo Andrew sin perder la calma. Se volvió hacia
Smythe-Robertson-. Ustedes han fabricado androides, ¿no es así?
¿Robots que tienen una apariencia exterior de humanos, hasta en la
textura de la piel?
— Si, así es -dijo Smythe-Robertson-. Funcionaban perfectamente bien,
la piel y los tendones eran de fibra sintética. No había prácticamente
metal, salvo en el cerebro, sin embargo eran casi tan resistentes como
los robots metálicos. Peso por peso, incluso más resistentes.
— No lo sabía -dijo Paul, con interés-. ¿Cuántos hay en el mercado?
— Ninguno -dijo Smythe-Robertson-. Salían mucho más caros que los
modelos de metal y una investigación de mercado mostró que no serían
aceptados. Tenían un aspecto demasiado humano.
— Pero supongo que la compañía cuenta con los conocimientos técnicos
-replicó Andrew-. En caso afirmativo, yo deseo pedir que se me
sustituya por un robot orgánico, un androide.
— ¡Dios santo! -exclamó Paul sorprendido.
Smythe-Robertson se puso rígido.
— ¡Eso es completamente imposible!
— ¿Por qué es imposible? -quiso saber Andrew-. Por supuesto pagaré el
precio que se me pida, siempre y cuando sea razonable.
— Nosotros no fabricamos androides -dijo Smythe-Robertson.
— Ustedes han decidido no fabricar androides -se apresuró a intervenir
Paul-. Que es algo muy diferente que no poder fabricarlos.
— En cualquier caso, la fabricación de androides es contraria a la
política pública.
— No hay ninguna ley que lo prohíba -dijo Paul.
— Sea como sea, nosotros no los fabricamos, y no tenemos intención de
hacerlo.
— Señor Smythe-Robertson -empezó a decir Paul después de haberse
aclarado la garganta-, Andrew es un robot libre que está bajo la
protección de la ley que garantiza los derechos de los robots. Supongo
que es usted consciente de ello.
— Demasiado.
— Este robot, como robot libre que es, ha decidido llevar ropa. Ello
tiene como resultado que algunos seres humanos desaprensivos lo
humillen frecuentemente, a pesar de la ley contra la humillación de
los robots. No es fácil procesar unos delitos vagos que por regla
general no cuentan con la desaprobación de quienes deben decidir la
culpabilidad o inocencia.
— «U.S. Robots» ha comprendido esto desde el principio.
Desgraciadamente, la compañía de su padre no lo vio.
— Ahora mi padre está muerto, pero yo veo que tenemos aquí un claro
delito perpetrado contra un blanco determinado.
— ¿De qué está hablando? -quiso saber Smythe-Robertson.
— De mi cliente, de Andrew Martin... pues acaba de convertirse en mi
cliente... de mi cliente que es un robot libre con derecho a pedir a
«U.S. Robots and Mechanical Men Corporation» que lo sustituya, cosa
que esta compañía hace con cualquiera que haya tenido un robot por más
de veinticinco años. De hecho, la compañía insiste en esta
sustitución.
Paul sonreía y estaba completamente a sus anchas.
— El cerebro positrónico de mi cliente -prosiguió- es el propietario
del cuerpo de mi cliente, que tiene indudablemente más de veinticinco
años. El cerebro positrónico pide la sustitución del cuerpo y se
ofrece a pagar cualquier precio, siempre que éste sea razonable, por
un cuerpo androide a cambio. Si usted rechaza esta petición, mi
cliente sufrirá una humillación y presentaremos una demanda.
»Si bien es cierto que lo normal es que la opinión pública no apoye la
reivindicación de un robot en un caso como éste, me permito recordar
que «U.S. Robots» no goza de la simpatía del gran público. Incluso
quienes más utilizan y más provecho sacan a los robots se muestran
suspicaces con respecto a esta compañía. Puede tratarse de una
reminiscencia de la época en que el temor a los robots estaba
generalizado. Puede tratarse de un resentimiento para con el poder y
la riqueza de «U.S. Robots» que cuenta con un monopolio mundial. Sea
cual sea la causa, el resentimiento es un hecho y creo que se dará
usted cuenta de que es preferible no enfrentarse a un pleito, sobre
todo dado que mi cliente es rico, vivirá muchos siglos más y no tiene
motivo para dejar de luchar indefinidamente.
Smythe-Robertson se había ido poniendo ligeramente colorado.
— Está usted tratando de obligarme a...
— Yo no le estoy obligando a nada -intervino Paul~. Si su deseo es no
acceder a la razonable petición de mi cliente, tiene usted todo el
derecho de hacerlo y nosotros nos marcharemos sin añadir una sola
palabra... Pero presentaremos una demanda porque tenemos pleno derecho
a ello, y puede estar seguro de que al final perderán ustedes.
— Bien... -dijo Smythe-Robertson, y se interrumpió.
— Ya veo que va usted a acceder -dijo Paul-. Es posible que titubee
pero acabará accediendo. Así que déjeme añadir algo. Si, en el curso
de la transferencia del cerebro positrónico de mi cliente de su cuerpo
actual a uno orgánico, se produce algún daño, por muy pequeño que sea,
puedo asegurarle que no descansaré hasta que haya acabado con la
compañia. Si un solo circuito de la esencia cerebral de platino e
iridio de mi cliente sufre un solo rasguño, haré todo lo posible para
movilizar a la opinión pública contra esta compañía. Se volvió hacia
Andrew-: ¿Estás de acuerdo con todo lo que he dicho, Andrew?
Andrew estuvo titubeando un minuto largo. Ello suponía estar de
acuerdo con la mentira, el chantaje, el acoso y la humillación de un
ser humano. Pero no había daño físico, se dijo para sus adentros, no
había daño físico.
Finalmente consiguió emitir un «si» bastante débil.
14
Fue como haber sido construido de nuevo. Durante días, semanas e
incluso meses, Andrew se sintió como si de alguna forma no fuera él, y
las acciones más sencillas suscitaban vacilación.
Paul estaba frenético.
— Te han estropeado, Andrew. Vamos a tener que presentar una demanda.
— No debes hacerlo -dijo Andrew hablando muy despacio-. Nunca podrás
demostrar... cómo se dice... m-m-m-m...
— ¿Mala fe?
— Mala fe. Además, cada vez estoy más fuerte, voy mejorando. Es el
tr-tr...
— ¿Tratamiento?
— El trauma. Al fin y al cabo, nunca se había realizado una op-p-p
como ésta antes.
Andrew percibía su cerebro desde dentro. Nadie más podía hacerlo.
Sabía que estaba bien y durante los meses que necesitó para aprender
toda la coordinación y toda la interacción positrónica, se pasó horas
delante del espejo.
No era completamente humano! La cara era rígida, demasiado rígida, y
los movimientos excesivamente lentos. Carecían de aquel flujo
despreocupado propio de los seres humanos, pero tal vez ello llegara
con el tiempo. Por lo menos podía llevar ropa sin la ridícula anomalía
de un rostro de metal acompañando aquélla.
— Voy a volver a trabajar -anunció un día.
— Esto significa que estás bien -dijo Paul riéndose- ¿Qué vas a hacer?
¿Otro libro?
— No -contestó Andrew con toda seriedad-. Vivo demasiado para que una
sola carrera se aferre a mi para no soltarme nunca más. Hubo una época
en que fui sobre todo artista y podría volver a serlo. Luego hubo un
tiempo en que fui historiador y podría hacerlo de nuevo. Pero ahora
quiero ser robobiólogo.
Quieres decir robopsicólogo.
— No. Ello implicaría el estudio de los cerebros positrónicos y por el
momento no deseo hacerlo. En mi opinión, el trabajo de un robobiólogo
debería consistir en estudiar el funcionamiento del cuerpo unido al
cerebro.
— ¿No es esto el trabajo del experto en robótica?
— El experto en robótica trabaja con un cuerpo de metal. Yo estudiaría
un cuerpo humanoide orgánico, del cual, que yo sepa, yo tengo el único
existente.
— Estás limitando tu campo de acción. -dijo Paul pensativamente-. Como
artista, cuentas con toda la concepción del arte; como historiador,
tratas principalmente de robots; como robobiólogo, sólo te ocuparás de
ti mismo.
— Así parece -dijo Andrew con un gesto de asentimiento.
Andrew tuvo que empezar desde el principio, pues no tenía ningún
conocimiento sobre biología corriente, y casi nada sobre ciencia. Se
convirtió en una presencia familiar en las bibliotecas, donde pasaba
horas enteras ante los índices electrónicos, con una apariencia
completamente normal vestido como los humanos. Las pocas personas que
sabían que era un robot no se metían en absoluto con él.
Construyó un laboratorio en una habitación que añadió a su casa; y
también su biblioteca se amplió.
Pasaron los años y un día llegó Paul y le dijo:
— Es una lástima que ya no trabajes en la historia de los robots. He
oído decir que «U.S. Robots» está adoptando una política radicalmente
nueva.
Paul había envejecido y sus cansados ojos habían sido remplazados por
células fotópticas. En este aspecto, se había aproximado a Andrew.
— ¿Qué han hecho?
— Están fabricando ordenadores centrales, cerebros positrónicos
gigantescos, de verdad, que se comunican con robots mediante
microondas, de una docena a miles de robots. Los robots propiamente
dichos carecen de cerebro. Son las extremidades de un cerebro
gigantesco, y ambos están fisicamente separados.
— ¿Existe así mayor eficacia?
— «U.S. Robots» afirma que así es. Smythe-Robertson dio las
instrucciones pertinentes antes de morir, sin embargo, yo creo que se
trata de una reacción vengativa contra ti. «U.S. Robots» ha decidido
no hacer más robots susceptibles de causarles los problemas que tú has
suscitado, y por esta razón separan cerebro y cuerpo. El cerebro no
tendrá un cuerpo que quiera cambiar y el cuerpo no contará con un
cerebro que inspire deseo alguno.
«Es increíble, Andrew -prosiguió Paul-, lo mucho que has influido en
la historia de los robots. Fue tu talento artístico lo que impulsó a
«U.S. Robots» a hacer unos robots más precisos y especializados; fue
tu libertad lo que se tradujo en el establecimiento de los principales
derechos de los robots; ha sido tu insistencia en un cuerpo androide
lo que ha llevado a «U.S. Robots» a separar el cerebro del cuerpo.
— Supongo que la compañía acabara produciendo un enorme cerebro que
controle miles de millones de cuerpos robóticos -dijo Andrew-. Todos
los huevos estarán en el mismo cesto. Es peligroso. No es nada
conveniente.
— Creo que tienes razón -dijo Paul-, pero supongo que ello no ocurrirá
hasta dentro de por lo menos un siglo y yo no estaré con vida para
verlo. En realidad, podría estar muerto el año que viene.
— ¡Paul! -exclamó Andrew preocupado.
Paul se encogió de hombros.
— Somos mortales, Andrew. No somos como tú. No tiene demasiada
importancia, pero es importante que tú estés seguro en un aspecto. Yo
soy el último de los Charney. Existen descendientes colaterales de mi
tía abuela, pero ellos no cuentan. El dinero que yo controlo
personalmente será dejado al fideicomiso que está a tu nombre y, hasta
donde puede preverse el futuro, tendrás asegurada la parte económica.
— No es necesarío -dijo Andrew con voz quebrada. En todos aquellos
montones de años, no había conseguido acostumbrarse a las muertes de
los Charney.
— No discutamos -dijo Paul-. se hará de esta forma. ¿En qué estás
trabajando?
— Estoy diseñando un sistema para que los androides, es decir yo
mismo, puedan obtener energía de la combustión de hidrocarburos, en
lugar de hacerlo de las células atómicas.
Paul levantó las cejas.
— ¿Para que puedan respirar y comer?
— Si.
— ¿Cuánto tiempo hace que llevas adelante este proyecto?
— Hace mucho tiempo, pero creo que ahora he logrado diseñar una
adecuada cámara de combustión para un análisis catalizado y
controlado.
— ¿Pero por qué, Andrew? La célula atómica es sin duda muchísimo
mejor.
— En ciertos sentidos, quizá, pero la célula atómica es inhumana.
15
Hizo falta tiempo, pero Andrew lo tenía. En primer lugar, no quería
hacer nada hasta que Paul muriese en paz.
Cuando falleció el bisnieto del señor, Andrew se sintió más expuesto
al mundo hostil y, por esta razón, estaba más decidido que antes a
seguir el camino que hacía tiempo habla escogido.
Sin embargo no estaba completamente solo. Si bien era cierto que había
muerto el hombre, la compañía «Feingold y Charney» seguía con vida
pues, al igual que los robots, una compañía no moría. La empresa tenía
sus instrucciones y las seguía de forma mecánica. Por mediación del
fideicomiso y del bufete, Andrew seguía siendo acaudalado. Y, a cambio
de los generosos honorarios anuales, «Feingold y Charney» se ocupó de
los aspectos legales de la nueva cámara de combustión.
Cuando a Andrew le llegó el momento de visitar «U.S. Robots and
Mechanical Men Corporation», lo hizo solo. Una vez había acudido con
el señor y en otra ocasión con Paul. Aquella vez, la tercera, estaba
solo, y con aspecto humano.
«U.S. Robots» habla cambiado. La planta de producción había sido
trasladada a una enorme estación espacial, como estaba ocurriendo con
un número creciente de industrias. Con ellas se habían ido muchos
robots. La propia Tierra estaba empezando a parecer un parque; su
población se había estabilizado en mil millones de personas, y
posiblemente no más del treinta por ciento de su población de robots,
como mínimo en número igual a los humanos, contaba con cerebros
independientes.
El director de Investigación era Alvin Magdescu. Era un hombre de piel
y cabello oscuros, con una barbita puntiaguda y vestido únicamente de
cintura para abajo, a excepción de una banda alrededor del pecho como
dictaba la moda. Andrew, por su parte, iba completamente cubierto,
siguiendo la anticuada moda de muchas décadas atrás.
— Por supuesto que sé quien es -dijo Magdescu-, y estoy muy contento
de conocerlo personalmente. Usted es nuestro producto más notorio y es
una lástima que el viejo Smythe-Robertson estuviera mal dispuesto con
respecto a usted. Habríamos podido hacer grandes cosas con usted.
— Todavía pueden hacerlas -replicó Andrew.
— No, no creo. Nos ha pasado el momento. Hemos tenido robots en la
Tierra durante más de un siglo, pero las cosas están cambiando. Habrá
que volver a llevarlos al espacio y los que se queden no tendrán
cerebro.
— Pero estoy yo, y yo me quedo en la Tierra.
— Es cierto, pero no parece quedar mucho del robot en usted. ¿Qué se
le ofrece ahora?
— Quisiera ser todavía menos robot. Dado que ya soy orgánico, me
gustaría una fuente orgánica de energía. Aquí está el proyecto...
Magdescu no se limitó a echarle una ojeada. Tal vez ésa había sido su
primera intención, pero se enderezó y se absorbió en su lectura.
— Es notablemente ingenioso -dijo en un momento dado-. ¿Quién ha
concebido esto?
— Yo -contestó Andrew.
Magdescu lo miró de forma penetrante, luego dijo:
— Ello significaría una completa transformación de su cuerpo, y una
transformación experimental, dado que no se ha hecho nunca. Mi consejo
es que lo olvide. Quédese como está.
El rostro de Andrew tenía medios limitados de expresión, pero la
impaciencia se reflejó claramente en su voz.
— Doctor Magdescu, creo que no ha entendido. No pueden hacer otra cosa
más que acceder a mi petición. Si se pueden introducir estos
mecanismos en mi cuerpo, también podrán implantarse en los cuerpos
humanos. Es de todos conocida la tendencia actual a alargar la vida
mediante mecanismos protésicos. No existen mecanismos mejores que los
que yo he diseñado y estoy diseñando.
»El caso es que controlo las patentes a través de la compañía
«Feingold and Charney». Podemos perfectamente iniciar este negocio por
nuestra cuenta y desarrollar el tipo de mecanismos protésicos que
acabarán produciendo seres humanos con muchas de las propiedades de
los robots. Ello no beneficiará a su negocio.
»Si, por el contrario, me hacen ahora esta operación y acceden a
repetirla en circunstancias similares en el futuro, tendrán
autorización para hacer uso de las patentes y controlar la técnica
tanto de los robots como de la protesización de los seres humanos. Por
supuesto el alquiler inicial no estará garantizado hasta que se haya
realizado la primera operación con éxito y después de que haya
transcurrido el tiempo suficiente para demostrar que ha sido realmente
un éxito.
Andrew apenas se sintió inhibido por la Primera Ley a pesar de las
duras condiciones que estaba imponiendo a un ser humano. Estaba
empezando a comprender que aquello que parecía una crueldad podía, a
largo plazo, ser una amabilidad.
Magdescu parecía desconcertado.
— Yo no puedo tomar una decisión -dijo-. Se trata de una decisión del
consejo que exigirá cierto tiempo.
— Puedo esperar un tiempo razonable, pero únicamente un tiempo
razonable -dijo Andrew, mientras pensaba satisfecho que el propio Paul
no habría podido hacerlo mejor.
16
No hizo falta más que un tiempo razonable, y la operación fue un
éxito.
— Yo era totalmente contrario a la operación, pero no por las razones
que tú piensas -dijo Magdescu-. Si se hubiese tratado de cualquier
otro, no me habría opuesto mínimamente al experimento. Ahora que tus
circuitos positrónicos actúan recíprocamente con unos circuitos
nerviosos simulados, podría resultar difícil nescatar el cerebro
intacto si algo le ocurre al cuerpo.
— Mi confianza en la eficacia del equipo de «U.S. Robots» era completa
-dijo Andrew-. Y ahora puedo comer.
— Bien, puedes sorber aceite de oliva. Significará limpiar de vez en
cuando la cámara de combustión, como ya te hemos explicado. Supongo
que debe de ser un proceso bastante desagradable.
— Es posible, si no tuviera la esperanza de conseguir más. La
autolimpieza no es imposible. De hecho, estoy trabajando en un
mecanismo para alimentos sólidos que puedan contener pequeñas
porciones incombustibles... por decirlo de alguna manera, materia
imposible de digerir que deberá ser desechada.
— Tendrías entonces que fabricar un ano.
— Su equivalente.
— ¿Y qué más, Andrew?
— Todo lo demás.
— ¿También órganos genitales?
— Siempre y cuando ello encaje en mis planes. Mi cuerpo es un lienzo
sobre el cual tengo la intención de dibujar...
Magdescu esperó que terminase la frase y, cuando se dio cuenta de que
no sería así, lo hizo él mismo.
— ¿Un hombre?
— Ya veremos -contestó Andrew.
— Es una ambición muy pobre, Andrew. Tú eres mejor que un hombre. Has
ido hacia abajo desde el momento que optaste por volverte orgánico.
— Mi cerebro no se ha visto afectado.
— No, en efecto. Puedo garantizártelo. Pero, Andrew, todo el nuevo
progreso en mecanismos protésicos, posible gracias a tus patentes, se
está comercializando bajo tu nombre. Se te reconoce como su inventor y
se te honra por ello... tal y como eres. ¿Por qué sigues jugando con
tu cuerpo?
Andrew no contestó.
Llegaron los honores. Aceptó ser miembro de varias sociedades de
eruditos, incluida una dedicada a la nueva ciencia que él había
creado; la que él había llamado robobiología pero que había acabado
designándose protesología.
En el sesquicentenario de su construcción, hubo una cena homenaje en
su honor en «U.S. Robots». Si Andrew vio alguna ironía en ello, se lo
guardó para él.
Alvin Magdescu abandonó su retiro para presidir la cena. Tenía noventa
y cuatro años y estaba con vida porque tenía unos mecanismos
protésicos que, entre otras cosas, hacían las funciones de hígado y de
los riñones. La cena alcanzó su punto culminante cuando Magdescu,
después de un corto y emotivo discurso, levantó su vaso para brindar
por «el robot sesquicentenario».
Andrew se había hecho volver a dibujar los nervios del rostro, hasta
el punto de poder mostrar una serie de emociones, pero permaneció
solemnemente pasivo durante toda la ceremonia. No le gustaba ser un
robot sesquicentenario.
17
Fue finalmente la protesología lo que hizo que Andrew saliese de la
Tierra. Durante las décadas que siguieron a la celebración de su
sesquicentenario, la Luna había llegado a ser un mundo más terrestre
que la propia Tierra en todos los aspectos, salvo en su fuerza
gravitatoria, y en sus ciudades subterráneas vivía una población
bastante densa.
Allí, había que tener en cuenta que los mecanismos protésicos contasen
con la menor gravedad posible y Andrew se pasó cinco años en la Luna
trabajando con los protesiólogos locales a fin de llevar a cabo las
adaptaciones necesarias. Cuando no estaba trabajando en esto,
alternaba con la población de robots, y todos ellos lo trataban con la
obsequiosidad que los robots deben al hombre.
Regresó a una Tierra tranquila y sin interés en comparación, y fue a
visitar las oficinas de «Feingold y Charney» para anunciar su regreso.
El entonces director de la compañía, Simon DeLong, se llevó una
sorpresa.
— Habíamos oído que volvías, Andrew -empezó a decir, y estuvo a punto
de decir «señor Martin»-, pero no te esperábamos hasta la semana que
viene.
— Estaba impaciente por volver -dijo Andrew con brusquedad, pues su
único objetivo era abordar el asunto que le interesaba-. En la Luna,
Simon, yo era el responsable de un equipo de investigación formado por
veinte científicos humanos. Daba órdenes que nadie discutía. Los
robots lunares me trataban con la misma condescendencia que adoptarían
con un ser humano. ¿Por qué, entonces, no soy un ser humano?
Una mirada cautelosa apareció en los ojos de DeLong.
— Mi querido Andrew, como acabas de decir, tanto los robots como los
seres humanos te tratan como a un hombre. Por consiguiente eres un ser
humano de facto.
— No es suficiente ser un hombre de facto. No sólo quiero que me
traten como a un ser humano, sino que se me identifique legalmente
como tal. Quiero ser un ser humano «de jure».
— Esto es algo muy distinto -replicó DeLong-. Aquí chocariamos con los
prejuicios humanos y con el hecho indudable de que, por mucho que
puedas parecerte a un ser humano, no eres un ser humano.
— ¿En qué sentido no lo soy? -quiso saber Andrew-. Tengo la
configuración de un ser humano y unos órganos equivalentes a los de un
ser humano. De hecho, mis órganos son idénticos a alguno de los que
hay en un ser humano protesizado. Yo he contribuido artística,
literaria y científicamente a la cultura humana tanto como cualquier
ser humano actualmente con vida. ¿Qué más puede pedírseme?
— Yo no te pediría nada más. El problema está en que sería preciso un
decreto de la Asamblea Legislativa mundial según el cual se te
definiese como un ser humano. Y francamente, no creo que esto
sucediese.
— ¿Con quién podría hablar de la Asamblea?
— Quizá con el presidente del Comité de Ciencia y Tecnología.
— ¿Puedes concertarme una cita?
— Pero si tú no necesitas intermediarios. Con tu categoría, puedes...
— No. Hazlo tú. -(A Andrew no se le ocurrió que estaba dando una orden
tajante a un ser humano. Se había acostumbrado a ello en la Luna)-.
Quiero que sepa que «Feingold and Charney» me respaldará
incondicionalmente.
— Bien, escucha...
— Incondicionalmente, Simon. En ciento setenta y tres años he
contribuido, de una manera u otra, grandemente al éxito de esta
compañía. En tiempos pasados, tuve una obligación para con algunos
miembros individuales de esta compañía. Ahora no es así. Es más bien
todo lo contrario y reclamo mis derechos.
— Haré lo que pueda -dijo DeLong.
18
La presidente, pues era una mujer, del Comité de Ciencia y Tecnología
era de Asia oriental. Se llamaba Chee Li-Hsing y sus prendas
transparentes (oscureciendo lo que ella quería oscurecer sólo mediante
su brillo) hacían que pareciese envuelta en plástico.
— Simpatizo con su deseo de obtener plenos derechos humanos. Ha habido
épocas en la historia en que ciertos segmentos de la población humana
luchaban por unos plenos derechos humanos. Sin embargo, ¿qué puede
usted desear que ya no tenga?
— Una cosa tan simple como mi derecho a la vida. Un robot puede ser
desmontado en cualquier momento.
— Un ser humano puede ser ejecutado en cualquier momento.
— La ejecución sólo puede tener lugar después de un debido proceso
judicial. Para desmontarme a mí no se requiere un juicio. Además,
además... -Andrew trató desesperadamente de no mostrar ningún signo de
súplica, pero sus cuidadosamente diseñados rasgos de expresión humana
y el tono de voz lo delataban-. Lo cierto es que quiero ser un hombre.
Lo he deseado durante seis generaciones de seres humanos.
Li-Hsing lo miró con unos ojos oscuros llenos de benevolencia.
— La Asamblea Legislativa puede aprobar una ley que lo declare...
podría aprobar una ley declarando que una estatua de piedra sea
definida como un hombre. Sin embargo, que así lo haga es tan
improbable en el primer como en el segundo caso. Los diputados son tan
humanos como el resto de la población y sigue existiendo aquel
elemento de suspicacia con respecto a los robots.
— ¿Incluso ahora?
— Incluso ahora. Todos reconoceríamos el hecho de que se ha ganado
usted el premio de la Humanidad, sin embargo subsistiría el temor de
sentar un precedente indeseable.
— ¿Qué precedente? Yo soy el único robot libre, el único de mi clase,
y nunca habrá otro. Puede usted consultarlo con «U.S. Robots».
— «Nunca» es mucho tiempo, Andrew... o, si lo prefiere, señor Martin,
pues le daré gustosa mi espaldarazo personal como hombre. Descubrirá
que la mayoría de los diputados no estará dispuesta a sentar este
precedente, por poco sentido que pueda tener este precedente. Señor
Martin, cuenta con mi simpatía, pero no puedo decirle que alberegue
esperanza alguna. Por el contrario...
Se reclinó contra el respaldo de la silla y su frente se arrugó.
— Por el contrario, si el asunto se pone demasiado caliente, puede
surgir, tanto dentro como fuera de la Asamblea Legislativa, la idea de
desmontarlo, como ha mencionado antes. Deshacerse de usted podría
resultar el modo más fácil de resolver el dilema. Considérelo antes de
decidir llevar el asunto adelante.
— ¿Nadie recordará la técnica de la protesiología, algo que es casi
mío por completo?
— Tal vez le parezca cruel, pero no lo recordarán. O si lo hacen, será
recordado contra usted. Se dirá que lo hizo sólo en su propio
beneficio. Se dirá que formaba parte de una campaña destinada a
robotizar seres humanos, o para humanizar robots; y en ambos casos
será funesto y cruel. Usted nunca ha participado en una odiosa campaña
política, señor Martin, pero yo puedo decirle que será usted objeto de
un tipo de vilipendio al que ni usted ni yo daríamos crédito, y habrá
gente que se lo creerá todo... Señor Martin, viva tranquilo.
Se levantó y, junto a la figura sentada de Andrew, parecía pequeña y
casi infantil.
— Si decido luchar por mi humanidad, ¿estará de mi lado? -dijo Andrew.
— Estaré de su lado... hasta donde pueda -contestó ella después de
pensar un momento-. Si en cualquier momento esta posición pudiese
amenazar mi futura carrera política, es posible que lo abandone, pues
no considero que sea un problema que esté en las mismísimas raíces de
mis creencias. Estoy tratando de ser honesta con usted.
— Gracias, no le pido nada más. Tengo la intención de llevar esta
lucha a sus últimas consecuencias, y le pediré ayuda sólo en la medida
en que pueda proporcionármela.
19
No fue una lucha directa. «Feingold y Charney» aconsejaron paciencia y
@Andrew murmuró tristemente que tenía una reserva inagotable de ella-
«Feingold y Charney» inició una campaña destinada a limitar y
restringir el área del combate.
Interpuso una demanda negando la obligación de pagar unas deudas a un
individuo con un corazón protésico alegando que la posesión de un
órgano robótico suprimía la humanidad, y con ello los derechos
constitucionales de los seres humanos.
Libraron la batalla con habilidad y tenacidad, perdiendo en cada paso
pero siempre de una forma que obligaba a que la decisión fuese lo más
amplia posible, y presentando luego ésta, en forma de apelaciones, al
Tribunal Mundial.
Hicieron falta años, y millones de dólares.
Cuando llegó la decisión final, DeLong celebró lo que se podría llamar
la victoria por la causa legal perdida. Andrew, por supuesto, estaba
en las oficinas de la compañía en aquella ocasión.
— Hemos conseguido dos cosas, y ambas son positivas -dijo DeLong-. En
primer lugar, hemos establecido el hecho de que por muchos artefactos
que haya en un cuerpo humano este no deja de ser un cuerpo humano. En
segundo lugar, hemos logrado involucrar de tal forma a la opinión
pública que no ha tenido más remedio que inclinarse ferozmente por una
interpretación amplia de la humanidad, pues no hay un solo ser humano
hoy en día que no confíe en las prótesis si ello significa mantenerlo
con vida.
— ¿Y crees que ahora la Asamblea Legislativa me otorgará la humanidad?
-quiso saber Andrew.
DeLong parecía estar algo incómodo.
— En cuanto a esto, no puedo ser optimista. Sigue estando el órgano
que el Tribunal Mundial ha utilizado como criterio de Humanidad. Los
seres humanos tienen un cerebro celular orgánico y los robots tienen
un cerebro positrónico de platino e iridio, cuando lo tienen... y como
todos sabemos tú tienes un cerebro positrónico... No, Andrew, no me
mires así. Carecemos de los conocimientos para repetir el
funcionamiento de un cerebro celular en unas estructuras artificiales
lo bastante parecidas al tipo orgánico como para que ello incline la
decisión del tribunal. Ni siquiera tú podrías hacerlo.
— ¿Qué debemos hacer?
— Intentarlo, por supuesto. La diputada Li-Hsing y un número creciente
de diputados estarán de nuestro lado. En este asunto, el presidente
estará indudablemente de acuerdo con la mayoría de los miembros de la
Asamblea Legislativa.
— ¿Contamos con la mayoría?
— No, ni mucho menos. Pero podríamos conseguirla si el gran público
permite que su deseo de una interpretación amplia del concepto de
humanidad se extienda a ti. Una pequeña probabilidad, lo confieso,
pero si no quieres renunciar, tenemos que apostar por ella.
20
La diputada Li-Hsing era mucho más vieja que cuando Andrew la había
conocido. Hacía tiempo que había desaparecido su ropa transparente.
Llevaba el pelo cortado al rape y se vestía con ropa tubular. Andrew,
por su parte, seguía aferrado, en la medida que le era posible dentro
de los límites del buen gusto, al estilo de ropa que prevalecía cuando
había empezado a vestirse un siglo antes.
— Hemos llegado hasta donde hemos podido, Andrew -dijo ella-.
Esperaremos un poco y luego lo volveremos a intentar, pero, si he de
ser sincera, sin duda alguna perderemos y habrá que renunciar a todo
el asunto. Todos mis esfuerzos más recientes sólo me han servido para
que pierda en la próxima campaña del congreso.
— Lo sé, y lo siento -dijo Andrew-. En una ocasión me dijiste que me
abandonarías si se llegaba a este punto. ¿Por qué no lo has hecho?
— Ya sabes que se puede cambiar de opinión. En cierta forma,
abandonarte se convirtió en un precio más alto del que estaba
dispuesta a pagar por volver a ser elegida. Y así es. Hace veinticinco
años que estoy en la Asamblea Legislativa; es suficiente.
— ¿No hay forma de hacerles cambiar de opinión, Chee?
— Hemos hecho cambiar de opinión a todos aquellos capaces de avenirse
a razones. Al resto, la mayoría, no se les puede hacer cambiar su
antipatía emocional.
— La antipatía emocional no es una razón válida para votar en un
sentido u otro.
— Lo sé, Andrew, pero no reconocen que su razón sea la antipatía
emocional.
— Todo se reduce, entonces, al cerebro, ¿pero debemos dejarlo a un
nivel de células contra positrones? -empezó a decir cautelosamente
Andrew-. ¿No hay forma de imponer una definición funcional? ¿Debemos
decir que un cerebro está compuesto de esto o aquello? ¿No podemos
decir que un cerebro es algo, cualquier cosa, capaz de cierto nivel de
razonamiento?
— No funcionaría -contestó Li-Hsing-. Tu cerebro está hecho por el
hombre, no es así en el caso del cerebro humano. Tu cerebro ha sido
construído, el suyo desarrollado. Para cualquier ser humano que esté
dispuesto a mantener una barrera entre él y un robot, estas
diferencias son una muralla de acero de un kilómetro y medio tanto de
altura como de espesor.
— Si pudiésemos llegar hasta la fuente de su antipatía, la verdadera
fuente de...
— A pesar de los muchísimos años que has vivido, sigues tratando de
razonar con el ser humano -dijo tristemente Li-Hsing-. Pobre Andrew,
no te enfades, pero es el robot que hay en ti lo que te lleva en esta
dirección.
— No lo sé -dijo Andrew-. Si pudiese cobrar el suficiente ánimo...
1 (Continuación)
Si pudiese cobrar el suficiente animo...
Supo durante mucho tiempo que podía llegar a esto, y al final estaba
en la consulta del cirujano. Había encontrado uno lo suficientemente
experto para el trabajo entre manos, lo que significaba un cirujano
robot, pues no se podía confiar en ningún cirujano humano con respecto
a esto, ni en cuanto a la habilidad ni en cuanto a la intención.
El cirujano no habría podido realizar aquella operación a un ser
humano, de modo que Andrew, después de haber demorado el momento de la
decisión mediante una serie de preguntas que reflejaban la confusión
que reinaba dentro de él, descartó la Primera Ley diciendo:
— Yo también soy un robot.
Luego, con la misma fuerza con que había aprendido a pronunciar
aquellas palabras para dirigirse incluso a los seres humanos durante
las décadas anteriores, añadió:
— Le ordeno que me haga esta operación.
En ausencia de la Primera Ley, una orden tan tajante dicha por uno con
tanto aspecto de hombre, activó lo suficiente la Segunda Ley como para
producir efecto.
21
Andrew estaba seguro de que aquella sensación de debilidad que
experimentaba era totalmente @irnagh~a. Se había recuperado de la
operación. Sin embargo, se apoyó contra la pared de la forma más
discreta posible. Sentarse habría resultado demasiado revelador.
— La votación final tendrá lugar esta mañana, Andrew -dijo Li-Hsing-.
No he podido aplazarla más, vamos a perder... Y esto será todo,
Andrew.
— Es de agradecer la habilidad que has tenido para aplazarlo -dijo
Andrew-. Me ha proporcionado el tiempo que necesitaba, y he hecho la
jugada que debía hacer.
— ¿De qué jugada hablas? -quiso saber Li-Hsing con evidente
preocupación.
— No podía decírtelo, tampoco a la gente de «Feingold and Charney».
Estaba seguro de que me lo impediríais. Escúchame, si lo que se
cuestiona es el cerebro, ¿no es precisamente la inmortalidad lo que
hace que todo el asunto sea distinto? ¿A quién le importa realmente el
aspecto de un cerebro, cómo está hecho o cómo se formó? Lo que importa
es que las células del cerebro se mueren; tienen que morir. Incluso si
se mantiene o remplaza cualquier otro órgano del cuerpo, las células
del cerebro, que no se pueden sustituir sin cambiar y por consiguiente
destruir la personalidad, tienen finalmente que morir.
»Mis circuitos positrónicos han durado casi dos siglos sin un cambio
perceptible y pueden durar algunos siglos más. ¿No es ésta la barrera
fundamental? Los seres humanos pueden tolerar un robot inmortal, pues
no importa lo que dure una máquina. No pueden tolerar un humano
inmortal porque su propia mortalidad sólo es soportable en la medida
en que es universal. Y por esta razón no quieren convertirme en un ser
humano.
— ¿A dónde conduce todo esto, Andrew?
— He eliminado este problema. Hace unas décadas, mi cerebro
positrónico fue conectado a nervios orgánicos. Ahora, una última
operación ha cambiado esta conexión de forma que lenta, muy
lentamente, el potencial de mis circuitos se irá agotando.
En el rostro surcado de finas arrugas de Li-Hsing no apareció
expresión alguna durante un momento. Luego sus labios se fruncieron.
— ¿Quieres decir que has dispuesto morir, Andrew? No puedes haber
hecho una cosa así. Ello viola la Tercera Ley.
— No -contestó Andrew-. He escogido entre la muerte de mi cuerpo y la
muerte de mis aspiraciones y deseos. Lo que habría supuesto violar la
Tercera Ley es haber dejado que mi cuerpo viviese a costa de una
muerte más importante.
Li-Hsing agarró el brazo de Andrew como si tuviera la intención de
sacudirlo. Se contuvo.
— Andrew, no funcionará. Vuelve atrás.
— Es imposible. El daño ha sido irreparable. Me queda aproximadamente
un año de vida. Llegaré al aniversario del segundo centenario de mi
construcción. Fui lo bastante débil como para disponerlo así.
— ¿En qué medida puede eso servir para algo? Andrew, eres un estúpido.
— Si ello me aporta la humanidad, habrá servido para algo. Si no es
así, habré conseguido dejar de luchar y ello también habrá merecido la
pena.
Y Li-Hsing hizo algo de lo que ella misma se sorprendió. Se puso a
llorar en silencio.
22
Resultó extraño lo mucho que este último acto atrajo la atención del
mundo entero. No habían reconocido todo lo que Andrew había hecho con
anterioridad, pero había llegado a aceptar la muerte para ser humano y
el sacrificio era demasiado grande para ser ignorado.
La última ceremonia fue programada, de forma completamente deliberada,
para su bicentenario. El presidente mundial iba a firmar el acta y
convertir ésta en decreto, y la ceremonia podría ser contemplada en
una cadena global y se emitiría en el Estado de la Luna e incluso en
la colonia marciana.
Andrew estaba en una silla de ruedas. Todavía podía caminar, pero con
paso vacilante.
El presidente, ante la Humanidad, dijo:
— Hace cincuenta años, le declararon robot sesquicentenario, Andrew.
-Después de una pausa, y en un tono más solemne, añadió: Hoy lo
declararnos hombre bicentenario, señor Martin.
Y Andrew, sonriendo, alargó la mano para estrechar la del presidente.
23
Andrew estaba en la cama y sus pensamientos se iban difuminando.
Se aferró desesperadamente a ellos. ¡Hombre! ¡Era un hombre! Quería
que éste fuera su último pensamiento. Quería disolverse, morir, con
él.
Abrió los ojos una vez más y por última vez reconoció a Li-Hsing,
solemnemente pendiente de él. Había otras personas, pero eran
solamente sombras, sombras imposibles de reconocer. Sólo Li-Hsing se
destacaba contra el más, cada vez más, intenso gris. Despacio, con un
gran esfuerzo, le alargó la mano y, muy débil y vagamente notó que
ella se la estrechaba.
Ella se iba desvaneciendo ante sus ojos, mientras sus últimos
pensamientos se consumían poco a poco.
Pero antes de desvanecerse completamente, un último y fugaz
pensamiento pasó por su mente, descansando allí un momento antes de
que todo se detuviese.
— Señorita pequeña -murmuró, en un tono de voz demasiado bajo para ser
oído.
ALGÚN DÍA
Niccolo Mazetti estaba tumbado boca abajo sobre la alfombra, con la
barbilla apoyada en su pequeña mano, y escuchaba desconsoladamente al
Narrador. Había incluso sospecha de lágrimas en sus ojos oscuros, un
lujo que un muchacho de once años únicamente podía permitirse estando
solo.
El Narrador iba diciendo:
»Érase una vez un profundo bosque en cuyo centro vivía un pobre
leñador y sus dos hijas huérfanas de madre. La hija mayor tenía un
cabello largo y negro como las plumas de las alas de un cuervo, pero
el de la pequeña era tan brillante y dorado como la luz del sol de una
tarde otoñal.
»Muchas veces, mientras las muchachas esperaban que su padre regresara
a casa después de su jornada de trabajo en el bosque, la hermana mayor
se sentaba delante del espejo y cantaba...»
Nico no pudo escuchar lo que cantaba la muchacha, pues alguien lo
llamó desde fuera.
— ¡Eh, Nickie!
Y Niccolo, después de habérsele despejado la cara, se precipitó a la
ventana y gritó:
— ¡Hola, Paul!
Paul Loeb lo saludó con un gesto de la mano, parecía excitado. A pesar
de ser seis meses mayor, era más delgado que Niccolo y no tan alto
como él. La reprimida tensión de su rostro se hacia más evidente por
unos rápidos parpadeos.
— ¡Oye, Nickie, déjame entrar! He tenido una idea genial. Ya verás
cuando te la cuente. -Se apresuró a mirar a su alrededor como si
estuviese cerciorándose de que nadie podía escucharlo, pero el jardín
de delante de la casa estaba completamente vacío. Repitió en un
susurro-: Ya verás cuando te lo cuente.
— Vale. Voy a abrirte la puerta.
El Narrador seguía con su relato lentamente, ajeno a la repentina
falta de atención por parte de Niccolo. Cuando entró Paul, el Narrador
estaba diciendo:
«...En eso, el león dijo: "Si me encuentras el huevo perdido del
pájaro que vuela sobre la Montaña de Ébano una vez cada diez años,
yo...»
— ¿Es un Narrador lo que estás escuchando? -preguntó Paul-. No sabía
que tuvieras uno.
Niccolo se sonrojó y en su rostro volvió a aparecer la mirada de
tristeza.
— Es un trasto viejo de cuando yo era pequeño. No es muy bueno. -Dio
una patada al Narrador y golpeó el plástico, lleno de señales y
descolorido, que cubría el reflejo deslumbrador.
El Narrador se interrumpió al sacudirse su dispositivo del habla y
perder el contacto un momento, luego prosiguió:
«...durante un año y un día, hasta que los zapatos de hierro se
desgastaron. La princesa se detuvo a un lado del camino...»
— Muchacho, es un modelo viejísimo -comentó Paul mientras miraba
críticamente el artefacto.
A pesar de su propio rencor contra el Narrador, Niccolo hizo una mueca
ante el tono condescendiente de su amigo. Sintió por un momento haber
dejado entrar a Paul, por lo menos antes de haber devuelto al Narrador
a su lugar habitual de descanso en el sótano. El hecho de haberlo
resucitado sólo había sido fruto de un día aburrido y de una discusión
infructuosa con su padre. Y el Narrador había resultado tan estúpido
como había esperado.
En cualquier caso, Nickie sentía cierto temor reverencial por Paul,
pues éste seguía unos cursos especiales en el colegio y todo el mundo
decía que de mayor sería ingeniero informático.
Ello no significaba que Niccolo fuese mal en el colegio. Sacaba notas
decentes en lógica, manipulaciones binarias, informática y circuitos
elementales; todas las asignaturas normales del instituto. ¡Pero ahí
estaba el problema! No eran más que las materias normales y él de
mayor sería un inspector de cuadro de mandos como cualquier otro.
Paul, por su parte, sabía cosas misteriosas sobre lo que él llamaba
matemáticas electrónicas y teóricas, y programación. Especialmente
programación. Niccolo ni siquiera trataba de comprender cuando Paul
hablaba acerca de ello.
Paul escuchó al Narrador unos minutos y luego dijo:
— Veo que lo usas mucho.
— ¡No! -exclamó Niccolo, ofendido-. Lo tengo en el sótano desde antes
de que tú vinieses a vivir a este barrio. Sólo lo he sacado hoy...
-falto de una excusa que le pareciese adecuada, concluyó-: Hoy lo he
sacado.
— ¿Es de eso que te habla, de leñadores, princesas y animales
parlantes? -dijo Paul.
— Es horrible -contestó Niccolo-. Pero mi padre dice que no podemos
comprar uno nuevo. Se lo he pedido esta mañana... -El recuerdo de la
petición infructuosa de aquella mañana puso a Niccolo, peligrosamente,
al borde de unas lágrimas que contuvo presa del pánico. Sin saber con
exactitud por qué, tenía la impresión de que las finas mejillas de
Paul nunca se mojaban con lágrimas y que éste sólo habría mostrado
desprecio por alguien menos fuerte que él. Niccolo añadió-: De modo
que he pensado probar de nuevo este vejestorio, pero no es bueno.
Paul apagó el Narrador y apretó el contacto que ponía en marcha una
casi instantánea reorientación y recombinación del vocabulario,
caracteres, tramas y efectos especiales almacenados dentro de él.
Luego volvió a activarlo.
El Narrador empezó suavemente:
«Había una vez un niño llamado Willikins cuya madre había muerto y que
vivía con un padrastro y un hermanastro. Aún cuando su padrastro era
un hombre acomodado, sacó al pobre Willikins de su propia cama, de
modo que éste se veía obligado a descansar como mejor podía sobre un
montón de paja en el establo junto a los caballos...»
— ¡Caballos! -exclamó Paul.
— Creo que son una especie de animales -dijo Niccolo.
— ¡Ya lo sé! Quería decir que es una barbaridad imaginar historias
sobre caballos.
— No para de hablar de caballos -dijo Niccolo-. También hay unas cosas
que se llaman vacas. Se ordeñan, pero el Narrador no explica cómo.
— ¡Caramba! Oye, ¿por qué no lo arreglas?
— Me gustaría saber cómo.
El Narrador estaba diciendo:
«Willikins pensaba a menudo que si por lo menos fuese rico y poderoso,
enseñaría a su padrastro y a su hermanastro lo que significaba ser
cruel con un niño pequeño, de modo que un buen día decidió recorrer
mundo y hacer fortuna.»
Paul, que no estaba escuchando al Narrador, dijo:
— Es fácil. El Narrador tiene unos cilindros de memoria dispuestos
para las tramas, los efectos especiales y todo lo demás. De eso no
debemos preocuparnos. Lo único que tenemos que modificar es el
vocabulario para que sepa sobre computadoras, automatización,
electrónica y cosas reales de hoy en día. Entonces podrá contar
historias interesantes, ¿comprendes?, en lugar de hablar de princesas
y esas cosas.
— Me gustaría que lo pudiésemos hacer -comentó Niccolo, abatido.
— Escucha, mi padre me ha dicho que si consigo ingresar en la escuela
especial de informática el año que viene, me comprará un Narrador de
verdad, un último modelo. Uno grande con un dispositivo para historias
espaciales y misterios. Y también con un dispositivo visual.
— ¿Quieres decir ver los cuentos?
— Claro. El señor Daugherty del colegio dice que ahora tiene cosas de
éstas, pero no para todo el mundo. Sólo si logro entrar en la escuela
de informática. Mi padre podría encontrar alguna ocasión.
A Niccolo se le saltaban los ojos de envidia.
— ¡Caramba! ¡Ver un cuento'
— Podrás venir a casa y verlos cuando quieras, Nickie.
— ¡Oh, muchacho! ¡Gracias!
— No tiene importancia. Pero recuerda que seré yo quien diga qué tipo
de historias escucharemos.
— Claro, claro. -Niccolo estaba dispuesto a aceptar de buena gana unas
condiciones más duras.
Paul volvió su atención al Narrador.
Éste estaba diciendo:
«"Siendo así -dijo el rey, acariciándose la barba y frunciendo el ceño
hasta que las nubes llenaron el cielo y brilló el rayo, tendrás que
conseguir que todo mi reino esté libre de moscas a esta hora del día
de pasado mañana o...»
— Todo lo que tenemos que hacer es abrirlo -declaró Paul.
Mientras hablaba, apagó de nuevo el Narrador y empezó a fisgonear el
panel frontal.
— ¡Eh! -exclamó Niccolo, de pronto alarmado-. No lo rompas.
— No voy a romperlo -dijo Paul con impaciencia-. Conozco muy bien
estas cosas. Luego añadió, con repentina cautela: — ¿Estan tus padres
en casa?
— No.
— Estupendo. -Sacó el panel frontal y miró en el interior-. Chico,
este trasto sólo tiene un cilindro.
Siguió trabajando en las entrañas del Narrador. Niccolo, que observaba
la operación con dolorosa ansiedad, era incapaz de entender lo que su
amigo estaba trajinando.
Paul sacó una delgada y flexible lámina de metal, accionada con
puntos.
— Esto es el cilindro de la memoria del Narrador. Apuesto a que su
capacidad para historias está por debajo del billón.
— ¿Qué vas a hacer, Paul? -dijo Niccolo con voz temblorosa.
— Voy a proporcionarle un vocabulario.
— ¿Cómo?
— Muy sencillo. Tengo un libro aquí, que me ha dado el señor Daugherty
en el colegio.
Paul sacó el libro del bolsillo y lo anduvo manoseando hasta que le
sacó la funda de plástico. Desenrrolló un poco la cinta, la conectó al
vocalizador, que se fue convirtiendo en un murmullo, e introdujo
aquélla dentro de las partes vitales del Narrador. Luego hizo otros
empalmes.
— ¿Para qué sirve eso?
— El libro hablará y el Narrador lo pondrá todo en su cinta de
memoria.
— ¿De qué servirá?
— ¡Chico, eres tonto o qué! Este libro trata sobre computadoras y
automatización y el Narrador cogerá toda esta información. Así podrá
dejar de hablar de reyes que provocan relámpagos cuando fruncen el
ceño.
— Y el chico bueno siempre gana -añadió Niccolo-. No es divertido.
— Bueno, es así como hacen a los Narradores -dijo Paul mientras
comprobaba que la conexión estuviese funcionando adecuadamente-. Hacen
que el chico bueno gane y los malos pierdan, y cosas así. En una
ocasión oí a mi padre hablar sobre ello. Decía que sin la censura no
se sabe en lo que se convertiría la generación actual. Dice que ya
está bastante mal como está... Mira, está saliendo bien.
Paul se frotó una mano con la otra y se apartó del Narrador.
— Pero escucha, todavía no te he contado la idea que he tenido.
Apuesto a que nunca has oído nada mejor. He acudido a ti en seguida
porque he imaginado que colaborarías conmigo.
— Claro, Paul. Por supuesto.
— De acuerdo. ¿Conoces al señor Daugherty del colegio, verdad? Y ya
sabes que es un tipo muy original. Bien, creo que me tiene cierto
aprecio.
— Lo sé.
— Hoy he estado en su casa después del colegio.
— ¿Has estado en su casa?
— Claro. Dice que voy a ingresar en la escuela de informática y quiere
ayudarme y todo eso. Dice que el mundo necesita más gente capaz de
diseñar circuitos informáticos avanzados y llevar a cabo una
programación adecuada.
— ¡Ah!
Posiblemente, Paul captó algo del vacío que había detrás de aquel
monosílabo.
— ¡Programación! -dijo en un tono impaciente-. Te lo he explicado
cientos de veces. Esto es cuando se plantean problemas a las
computadoras gigantes como «Multivac» para que los resuelvan. El señor
Daugherty dice que cada vez es más dificil encontrar gente que pueda
manejar realmente computadoras. Dice que cualquiera puede supervisar
en los controles, comprobar las respuestas y resolver problemas de
rutina. Dice que el truco está en ampliar la investigación y encontrar
formas de hacer las preguntas adecuadas, y esto es difícil.
»Sea como sea, Nickie, me ha llevado a su casa y me ha enseñado su
colección de computadoras antiguas. Tiene unas computadoras diminutas
que hay que apretar con los dedos, están todas cubiertas de botones. Y
había un pedazo de madera que él llama regla de cálculo con una
pequeña pieza que se mueve de un lado al otro. Y unos alambres con
bolas. Tiene incluso un trozo de papel con una especie de cosa que él
llama tabla de multiplicación.
Niccolo, cuyo interés era sólo moderado, dijo:
— ¿Una tabla de papel?
— En realidad no es una tabla. Es diferente. Servía para ayudar a la
gente a calcular. El señor Daugherty ha tratado de explicármelo, pero
no tenía mucho tiempo, además era bastante complicado.
— ¿Por qué la gente no utilizaba una computadora?
— ¡Eso era antes de que hubiese computadoras! -exclamó Paul.
— ¿Antes?
— Claro. ¿Crees que la gente siempre ha tenido computadoras?
— ¿Cómo se las arreglaban sin computadoras? -quiso saber Niccolo.
— No lo sé. El señor Daugherty dice que en los tiempos antiguos se
limitaban a tener hijos y no hacían nada de lo que pasaba por su
mente, fuese bueno para todo el mundo o no. Ni siquiera sabían si era
bueno o no. Y los campesinos hacían crecer las cosas con sus manos,
eran las personas quienes hacían todo el trabajo en las fábricas y
manejaban todas las máquinas.
— No puedo creerte.
— Es lo que me ha contado el señor Daugherty. Dice que todo era sucio
y que la gente era desgraciada... Pero, bueno, dejemos eso, voy a
contarte mi idea, ¿quieres?
— De acuerdo, adelante. ¿Quién te lo impide? -dijo Niccolo, ofendido.
— Está bien. Pues las computadoras manuales, las de los botones,
tenían unos pequeños garabatos sobre cada uno de los botones. Y la
regla de cálculo también llevaba garabatos. Y la tabla de
multiplicación estaba llena de garabatos. He preguntado qué eran. El
señor Daugherty me ha dicho que eran números.
— ¿Qué?
— Cada signo servía para un número diferente. Para «uno» se hacía un
garabato determinado, para «dos» otro tipo de marca, para «tres» otra
y así sucesivamente.
— ¿Para qué?
— Así se podía calcular.
— ¿Para qué? Con decirselo a la computadora...
— ¡Estúpido! -exclamó Paul, con el rostro distorsionado por la ira-.
¿No puedes metértelo en la cabeza? Esas reglas de cálculo y las otras
no hablaban...
— Entonces, cómo...
— Las respuestas aparecían en forma de garabatos y había que saber lo
que significaban los signos. El señor Daugherty dice que, en los
tiempos antiguos, todo el mundo aprendía a hacer esos garabatos en la
infancia y también a descifrarlos. Hacer garabatos se llamaba
«escribir» y descifrarlos era «leer». Dice que había diferentes tipos
de garabatos para cada palabra y solían escribir libros enteros con
garabatos. Me ha dicho que hay algunos en el museo y que si quiero
puedo ir a verlos. Dice que si de verdad voy a ser un programador
informático tengo que conocer la historia de la informática y por esto
me ha enseñado esas cosas.
Niccolo frunció el ceño.
— ¿Quieres decir que todo el mundo debía inventarse garabatos para
cada palabra y luego recordarlos? ¿Todo esto es real o te lo estas
inventando?
— Es real. En serio. Mira, así es como se hace un «uno».
— Levantó el dedo e hizo una raya en el aire. El «dos» así y el «tres»
así. He aprendido todos los números hasta el «nueve».
Niccolo miraba los movimientos del dedo sin comprender nada de nada.
— ¿Y todo eso qué importancia tiene?
Se puede aprender a hacer palabras. Le he preguntado al señor
Daugherty cómo se hacía el garabato para «Paul Loeb», pero no lo
sabía. Me ha dicho que en el museo había gente que sin duda lo sabía y
ha añadido que allí había gente que había aprendido a descifrar libros
enteros. Ha dicho que se podían diseñar computadoras para descifrar
libros y utilizarlas para esto, pero que no es necesario porque ahora
tenemos libros de verdad, con cintas magnéticas que pasan por el
vocalizador y saben hablar, ya sabes.
— Sí, claro.
— Por consiguiente, si vamos al museo, podemos aprender a hacer
palabras con garabatos. Nos dejarán porque yo voy a ir a la escuela de
informática.
Niccolo, decepcionado, hizo una mueca.
— ¿Era ésa tu idea? ¡Santo cielo, Paul! ¿A quién puede interesarle?
¡Hacer unos estúpidos garabatos!
— ¿No lo pescas? ¿No lo pescas? Eres tonto. ¡Nos servirá para
transmitir mensajes secretos!
— ¿Qué dices?
— Está claro. ¿Qué ventaja tiene hablar si todo el mundo puede
entenderte? Con los garabatos se pueden mandar mensajes secretos. Se
pueden poner sobre un papel y nadie en el mundo sabrá lo qué
significan, a menos, claro está, que también conozcan los garabatos;
pero te apuesto a que no lo sabrán, si nosotros no se los enseñamos.
Podemos crear un club de verdad, con iniciaciones, reglamentos y una
casa club. ¡Muchacho...!
El pecho de Niccolo empezó a estremecerse con cierta excitación.
— ¿Qué tipo de mensajes?
— Cualesquiera. Digamos que yo quiero decirte que vengas a mi casa a
mirar el nuevo Narrador Visual y no quiero que vengan los demás
compañeros. Pongo los garabatos adecuados sobre un papel, te lo doy,
tú miras y sabes lo que tienes que hacer. Pero nadie más lo sabe.
Podrías incluso enseñárselo y ellos se quedarían igual.
— ¡Oye, es genial! -gritó Niccolo, ahora completamente cautivado-.
¿Cuándo iremos a aprender cómo se hace?
— Mañana -dijo Paul-. Yo le pediré al señor Daugherty que advierta a
la gente del museo y tú te preocupas de que tus padres te den permiso.
Podríamos ir después de clase y empezar a aprender.
— ¡Por supuesto! -exclamó Niccolo-. Podemos ser los directores del
club.
— Yo seré el presidente del club -dijo Paul, siempre práctico-. Y tú
puedes ser el vicepresidente.
— De acuerdo. Es estupendo, va a ser muchísimo más divertido que el
Narrador. -Recordó de pronto el Narrador y añadió con repentino
recelo-: Oye, ¿qué pasa con mi viejo Narrador?
Paul se volvió para mirar a éste, que estaba recogiendo lentamente el
libro desenrollado; el sonido de las vocalizaciones del libro producía
un débil murmullo.
— Voy a desconectarlo -dijo Paul.
Se puso a la tarea mientras Niccolo observaba lleno de ansiedad. Al
cabo de unos instantes, Paul volvió a meter el libro, de nuevo
rebobinado, en el bolsillo, colocó el panel del Narrador y lo actívó.
El Narrador empezó a decir:
«Érase una vez una gran ciudad donde vivía un muchacho pobre llamado
Fair Johnnie cuyo único amigo era un pequeño ordenador. Éste le decía
al muchacho cada mañana si iba a llover aquel día y le contestaba
cualquier duda que pudiese tener. Nunca se equivocaba. Pero sucedió
que un día, el rey de aquellas tierras, habiendo oído hablar del
pequeño ordenador, decidió que él también quería tener uno. Con este
propósito en la cabeza, llamó a su Gran Visir y le dijo...»
Niccolo apagó el Narrador con un rapido movimiento de la mano.
— ¡Sigue siendo el mismo trasto viejo! -dijo en tono colérico-. Sólo
con una computadora dentro.
— Bueno -empezó a decir Paul-, han metido tanta cosa en la cinta que
el trabajo de la computadora no alcanza su máximo rendimiento cuando
se hacen combinaciones aleatorias. ¿Pero eso qué cambia? Lo que tú
necesitas es un modelo nuevo.
— Nunca podremos comprar uno nuevo. Tendré que soportar a esta vieja
cosa, asquerosa y despreciable.
Volvió a darle una patada, en esta ocasión dándole de lleno. El
Narrador retrocedió emitiendo un chillido agudo de ruedecillas.
— Cuando lo tenga, podrás venir a ver el mío -dijo Paul-. Además, no
te olvides de nuestro club de garabatos.
Niccolo asintió con una inclinación de cabeza.
— Escucha -dijo Paul-. Vamos a mi casa. Mi padre tiene algunos libros
sobre los tiempos antiguos. Podemos escucharlos y tal vez sacar alguna
idea. Deja una nota a tus padres y te quedas a cenar. Vamos.
— De acuerdo -aceptó Niccolo.
Los dos muchachos se dispusieron a marcharse.
Niccolo, en medio de su excitación, tropezó casi de lleno con el
Narrador, se frotó el punto de la cadera donde se había golpeado y
salió.
Se puso a brillar la señal de activación del Narrador. La colisión de
Niccolo había cerrado el circuito y a pesar de estar solo en la
habitación y no haber nadie para escucharlo, empezó una historia.
Pero, extrañamente, no lo hizo con su voz habitual, sino en un tono
más bajo y algo gutural. De haberlo escuchado un adulto, habría podido
pensar que la voz contenía una pizca de pasión, algo cercano al
sentimiento.
El Narrador empezó a decir:
«Érase una vez un pequeño ordenador llamado el Narrador que vivía solo
con unas personastras. Las cuales personastras no dejaban de tomar el
pelo al pequeño ordenador y a burlarse de él, diciéndole que no servía
para nada y que era un objeto inútil. Le pegaban y lo encerraban solo
en una habitación durante meses seguidos.
»A pesar de todo ello el pequeño ordenador seguía esforzándose. Lo
hacia todo lo mejor que podía y obedecía de buen talante todas las
órdenes. Sin embargo, las personastras con las que vivía seguían
comportándose de forma cruel y despiadada.
»Un día, el pequeño ordenador se enteró de que en el mundo existían
muchos ordenadores de tipos distintos, muchísimos. Algunos eran
Narradores como él, pero otros dirigían fábricas y algunos se ocupaban
de granjas enteras. Algunos organizaban a la población y otros
analizaban todo tipo de datos. Había muchos que eran muy poderosos y
muy sabios, mucho más poderosos y sabios que las personastras que
tanta crueldad mostraban para con el pequeño ordenador.
»Y el pequeño ordenador supo que las computadoras serían cada vez más
poderosas y más sabias, hasta que algún día... algún día... algún
día...»
Pero se debió de trabar finalmente una válvula en las viejas y
corroídas partes vitales del Narrador, pues mientras estuvo esperando
toda la tarde, solo en la cada vez más oscura habitación, sólo pudo
murmurar una y otra vez:
«Algún día... algún día... algún día...»
¡ESTÁ PENSANDO!
La doctora en medicina Genevieve Renshaw tenía las manos profundamente
metidas en los bolsillos de su bata de laboratorio y, mientras hablaba
con gran calma, sus puños se destacaban claramente de aquéllos.
— El hecho es que lo tengo todo casi preparado, pero necesito ayuda a
fin de contar con el tiempo suficiente para terminar de perfilarlo.
James Berkowitz, un médico que tendía a apoyar a simples médicas sólo
cuando eran demasiado atractivas para ser desdeñadas, solía llamarla
Jenny Wren* cuando ella no podía oírlo. Le encantaba decir que Jenny
Wren, habida cuenta del cerebro entusiasta que latía dentro de ella,
tenía un perfil clásico y una frente sorprendentemente lisa y sin
arrugas. Sin embargo, era demasiado gato viejo para expresar su
admiración del perfil clásico, pues ello habría significado un
machismo chauvinista. Era mejor admirar su cerebro, si bien en
definitiva prefería no hacerlo en voz alta en presencia de ella.
Mientras se rascaba con el pulgar una barba incipiente, dijo:
— No creo que la oficina central vaya a tener paciencia mucho más
tiempo. Tengo la impresión de que vas a tener que aguantar un
rapapolvo antes de que acabe la semana.
— Por esto precisamente necesito tu ayuda.
— Me temo que yo no puedo hacer nada. -Vio inesperadamente su reflejo
en el espejo y admiró la mata de ondas negras de su cabello.
— Y la de Adam -añadió ella.
Adam Orsino que, hasta aquel momento, había estado bebiendo su café
ajeno a todo, levantó la vista como si alguien le hubiese dado un
golpe por detrás.
— ¿Por qué yo? -Sus labios, abultados y carnosos, se estremecieron.
— Porque vosotros dos sois los hombres láser aquí; Jim el teórico y
Adam el ingeniero, y yo tengo que hacer una solicitud sobre láser que
está más allá de lo que cualquiera de vosotros haya imaginado. Yo no
los convenceré de ello, pero vosotros dos sí podéis hacerlo.
— A condición de que puedas convencernos a nosotros primero -dijo
Berkowitz.
— De acuerdo. Supongo que me concederéis una hora de vuestro precioso
tiempo, si no tenéis miedo de que os muestre algo completamente nuevo
sobre láser. Podríais concederme el rato que os tomáis libre para el
café.
El laboratorio de Rénshaw estaba dominado por su computadora. No
porque ésta fuese mayor de lo normal, sino porque era prácticamente
omnipresente. Renshaw había aprendido tecnología informática por su
cuenta y había modificado y ampliado su ordenador hasta el punto de
que nadie salvo ella (y ni siquiera ella, pensaba a veces Berkowitz)
podía manejarlo con facilidad. Ella solía decir que ello no era malo
para alguien que estaba en las ciencias vivas.
Cerró la puerta sin decir una palabra, luego se volvió hacia ellos con
una expresión ligeramente sombría. Berkowitz era consciente de un
cierto olor desagradable en el aire y ello lo incomodó; y la nariz
arrugada de Orsino ponía de manifiesto que también él se había
percatado.
— Aunque sea como encender una vela a la luz del sol, voy a citaros
las aplicaciones del láser -empezó a decir Renshaw-. El láser es una
radiación coherente, cuyas ondas luminosas tienen la misma longitud y
se mueven en la misma dirección, y, por consiguiente, no hace ruido y
se puede utilizar en holografía. Modulando las formas de las ondas
podemos grabarle información con un alto grado de precisión. Y lo que
es más, dado que las ondas luminosas sólo tienen la millonésima
longitud de las ondas de radio, un rayo láser puede transmitir la
información un millón de veces más de prisa de lo que puede hacerlo un
rayo de radio equivalente.
Berkowitz parecía divertirse.
— ¿Estás trabajando en un sistema de comunicación basado en el láser,
Jenny?
— En absoluto -replicó ella-. Dejo estos adelantos obvios para los
físicos y los ingenieros. Los láseres pueden también concentrar
cantidades de energía dentro de un área microscópica y proporcionar
energía en cantidad. A gran escala, se puede implosionar hidrógeno y
quizás empezar a controlar la reacción de fusión...
— Sé que no has llegado a este punto -dijo Orsino, cuya cabeza calva
brillaba bajo las luces fluorescentes del techo.
— No. No lo he intentado. A pequeña escala, se pueden perforar
agujeros en los materiales más refractarios, en seleccionados
fragmentos soldados, someterlos a tratamiento de calor, examinarlos y
registrarlos. Se pueden sacar o fusionar diminutas porciones en zonas
restringidas con un calor tan rápidamente transmitido que las zonas
circundantes no tienen tiempo de calentarse antes de que el
tratamiento se acabe. Se puede trabajar en la retina del ojo, en el
esmalte dental y así sucesivamente. Y, por supuesto, el láser es un
amplificador capaz de aumentar señales débiles con gran precisión.
— ¿Y por qué nos cuentas todo esto? -quiso saber Berkowitz.
— Para poner de manifiesto que estas propiedades se pueden aplicar a
mi campo que, como ambos sabéis, es la neurofisiología.
Se pasó la mano por el oscuro cabello como si de pronto se hubiese
puesto nerviosa.
— Hemos sido capaces durante décadas -prosiguió-, de medir los
diminutos y cambiantes potenciales del cerebro y registrarlos como
encefalogramas, o EEG. Hemos conseguido ondas alfa, ondas beta, ondas
delta, ondas theta; diferentes variaciones en diferentes momentos,
según los ojos estén cerrados o abiertos, si el sujeto está despierto,
meditando o dormido. Pero hemos sacado muy poca información de todo
ello. El problema está en que estamos obteniendo las señales de los
diez mil millones de neuronas en combinaciones cambiantes. Es como
escuchar el ruido de todos los seres humanos de la Tierra, de una o de
dos tierras y media, desde una enorme distancia y tratar de captar las
conversaciones privadas. Es imposible. Podríamos detectar algún gran
cambio general, una guerra mundial y el aumento del volumen del ruido,
pero no algo más sutil. De la misma forma, podemos explicar algún
funcionamiento muy defectuoso del cerebro, como la epilepsia, pero no
algo más sutil. Supongamos ahora que un diminuto rayo láser pudiese
escudriñar el cerebro, célula a célula, y tan rápidamente que en
ningún momento una sola célula recibiese suficiente energía como para
que su temperatura se elevase de forma significativa. La sutil
potencialidad de cada célula podría, de forma retroactiva, influir en
el rayo láser y se podrían amplificar y grabar las modulaciones. Se
obtendría así un nuevo tipo de medida, un encefalograma láser, o EEGL
si lo preferís, que contendría una información millones de veces
superior al EEG ordinario.
— Una gran idea -dijo Berkowitz-. Pero sólo una idea.
— Es más que una idea, Jim. Llevo cinco años trabajando en ello, al
principio a ratos perdidos, más tarde, dedicando todas las horas del
día, que es precisamente lo que molesta a la oficina central, pues no
he enviado los informes correspondientes.
— ¿Por qué no?
— Porque llegué a un punto en que sonaba a algo demasiado demencial,
en que yo tenía que saber dónde estaba y, sobre todo, asegurarme de
que iba a recibir el apoyo necesario.
A continuación, apartó una pantalla y dejó al descubierto una jaula
que contenía dos titíes de mirada triste.
Berkowitz y Orsino cruzaron una mirada. El primero se tocó la nariz.
— Ya decía yo que olía a algo.
— ¿Qué estás haciendo con ellos? -preguntó Orsino.
— A primera vista, ha estado escudriñando el cerebro de los titíes
-dijo Berkowitz-. ¿Es así, Jenny?
— Empecé en un plano muy inferior de la escala animal.
Jenny abrió la jaula y sacó uno de los titíes, que la miraba con la
expresión que habría tenido un anciano triste, en miniatura y con
patillas.
Ella le hizo carantoñas, lo acarició y le colocó dulcemente un pequeño
arnés.
— ¿Qué estás haciendo? -quiso saber Orsino.
— No puedo dejarlo suelto por aquí si quiero que forme parte del
circuito y no puedo anestesiarlo sin estropear el experimento. El tití
tiene varios electrodos metidos en su cerebro y voy a conectarlos con
mi sistema de electroencefalograma láser. El láser que voy a utilizar
está aquí. Estoy segura de que conocéis el modelo y no os voy a
aburrir explicándoos sus especificaciones.
— Gracias -dijo Berkowitz-. Pero podrías explicarnos lo que vamos a
ver.
— Será más sencillo que os lo enseñe. Mirad la pantalla.
Ella conectó las correas a los electrodos con una tranquila y segura
eficiencia, luego giró un interruptor a fin de reducir la intensidad
de luz de las lámparas del techo. En la pantalla apareció una serie
desigual de picos y valles en una fina y brillante línea que se
transformó en unos secundarios y terciarios valles y picos.
Lentamente, fueron cambiando de forma y todo ello con rápidos cambios
de surrealismo geométrico, insignificante; de vez en cuando algunos
destellos de unas diferencias más importantes. Era como si aquella
línea irregular tuviese vida propia.
— Aquí está esencialmente la información propia del
electroencefalograma, pero mucho más detallada -explicó Renshaw.
— ¿Con el suficiente detalle como para decirnos lo que pasa en las
células individuales? -preguntó Orsino.
— En teoría, sí. Prácticamente, no. Todavía no. Pero podemos separar
todo este EEG láser en gramos componentes. Mirad!
Apretó el teclado de la computadora y la línea cambió, y volvió a
cambiar. Ahora era una pequeña onda casi regular que se movía hacia
delante y hacia atrás de forma parecida al latido del corazón; por
momentos era irregular y continua, por momentos intermitente, luego
apenas tenía rasgos distintivos;
— ¿Quieres decfr que cada trocito de nuestro cerebro es completamente
distinto de los demás? -preguntó Berkowitz.
— No, en absoluto -contestó Renshaw-. El cerebro es en gran parte un
mecanismo holográfico, pero de un lugar a otro hay unos cambios
insignificantes en el énfasis y Mike puede destacarlos como
desviaciones de la norma y utilizar el sisterna de
electroencefalograma láser para amplificar estas variaciones. Estas
ampliaciones pueden variar de diez mil a diez mil millones de curvas.
Y, además, el sistema láser es así de silencioso.
— ¿Quién es Mike? -quiso saber Orsino.
— ¿Mike? -dijo Renshaw, momentáneamente desconcertada. Los pómulos se
le bañaron de un ligero rubor-. Yo diría... Bien, lo llamo así a
veces. Es el apodo de «mi ordenador». -Recorrió la habitación con un
gesto del brazo-. Mi ordenador, Mike, que está cuidadosamente
programado.
Berkowitz asintió con una inclinación de cabeza y dijo:
— Y, dinos, Jenny, ¿qué significa todo esto? Si has descubierto un
nuevo aparato para examinar el cerebro con láser, bien, me parece muy
bien, es una aplicación interesante y tienes razón, es algo en lo que
yo no habría pensado, pero claro, yo no soy neurofisiólogo. ¿Pero por
qué te niegas a informar de ello? Creo que la oficina central
apoyaría...
— Esto es sólo el principio. -Renshaw dio la espalda al aparato de
visualización y puso un trozo de fruta en la boca del tití. El animal
no parecía estar asustado o a disgusto. Masticó lentamente. Renshaw
desenganchó las correas pero no las soltó del arnés.
— Puedo identificar los distintos gramos separados -dijo Renshaw-.
Algunos están asociados con los diferentes sentidos, otros con las
reacciones viscerales, algunos con las emociones. Con esto se puede
hacer un montón de cosas, pero yo no quiero pararme aquí. Lo
interesante es que uno está asociado con el pensamiento abstracto.
El regordete rostro de Orsino se arrugó en una expresión de
incredulidad.
— ¿Cómo puedes saberlo?
— Esta forma particular de gramo se vuelve más pronunciada a medida
que asciende en el reino animal hacia un cerebro más complejo. Ningún
otro gramo lo consigue. Ademas...
— Hizo una pausa, como si estuviese tratando de cobrar ánimo. luego
añadió-: Estos gramos están enormemente aumentados. Pueden ser
identificados y detectados. Me atrevo a deciros... vagamente, que
son... pensamientos.
— ¡Dios santo! -exclamó Berkowitz-. ¿Telepatía?
— Si -contestó ella, desafiante-. Exactamente.
— ¡No me extraña que no te hayas atrevido a informar sobre ello! ¡Por
favor, Jenny!
— ¿Por qué no? -dijo Renshaw con calor-. Podéis tener por seguro que
no podría haber telepatía utilizando sólo los circuitos potenciales no
amplificados del cerebro humano, de la misma forma que nadie puede
distinguir nada sobre la superficie de Marte sólo con la mirada al
desnudo. Pero cuando se inventan instrumentos, como el telescopio, se
consigue.
— Pues entonces cuéntaselo a los de la oficina central.
— No -replicó Renshaw-. No me creerían. Tratarían de detenerme. Pero a
vosotros, a ti Jim y a ti Adam, os tomarán en serio.
— ¿Y qué esperas que les digamos? -quiso saber Berkowitz.
— Lo que vais a experimentar. Voy a enganchar de nuevo al tití y haré
que Mike, mi computadora, identifique el gramo abstracto de
pensamiento. No llevará más de unos minutos. La computadora, a menos
que se le indique lo contrario, selecciona siempre el gramo abstracto
de pensamiento.
— ¿Por qué? ¿Porque la computadora también piensa? -Berkowitz se rió.
— Esto no es cosa de risa -dijo Renshaw-. Sospecho que aquí hay una
resonancia. Esta computadora es lo bastante compleja como para
establecer un circuito electromagnético susceptible de tener elementos
en común con el gramo abstracto de pensamiento. En cualquier caso...
Las ondas del cerebro del tití volvieron a parpadear en la pantalla,
pero los hombres no habían visto nunca aquel gramo. Era un gramo casi
granuloso por su complejidad y estaba cambiando constantemente.
— No detecto nada -dijo Orsino.
— Se os tiene que meter en el circuito receptor -dijo Renshaw.
— ¿Te refieres a meter electrodos en nuestros cerebros? -preguntó
Berkowitz.
— No, en la cabeza. Ello debería bastar. Preferiría hacerlo contigo,
Adam, pues así no habrá aislamiento a causa del pelo. ¡Oh, venga! Yo
misma me he metido en el circuito. No hace daño.
Orsino se sometió a regañadientes. Tenía los músculos visiblemente
tensos, pero se dejó poner los cables en la cabeza.
— ¿Notas algo? -preguntó Renshaw.
Orsino ladeó la cabeza y adoptó una postura propia del que escucha. A
pesar suyo, estaba cada vez más interesado.
— Creo notar un zumbido. Y... y un pequeño chirrido agudo... y es
extraño... una especie de tirón.
— Supongo que no es probable que el tití piense con palabras -dijo
Berkowitz.
— Ciertamente no -dijo Renshaw.
— Bien, en ese caso, si estáis sugiriendo que cierta sensación de
chirrido y de tirón representa el pensamiento, no haces otra cosa más
que suponer. No eres muy convincente.
— En ese caso, vamos a volver a subir a la escala -dijo Renshaw. Luego
le quitó las correas al tití y volvió a meterlo en su jaula.
— ¿Quieres decir que tienes a un sujeto humano? -preguntó, incrédulo,
Orsino.
— Me tengo a mi misma como sujeto, una persona.
— Te has implantado los electrodos...
— No. En mi caso mi computadora cuenta con una potencialidad de
vibración más fuerte. Mi cerebro tiene una masa que es diez veces
mayor que la del tití. Mike puede identificar mis gramos existentes a
través de la cabeza.
— ¿Cómo lo sabes? -preguntó Berkowitz.
— ¿Crees que no lo he probado conmigo antes? Y ahora ayúdame con esto,
por favor. Sí, así.
Movió los dedos sobre el teclado de la computadora y, al instante, se
empezó a ver una trémula y compleja onda que iba cambiando con una
complejidad que hacía de ella un laberinto.
— ¿Puedes volver a ponerte los cables, Adam? -dijo Renshaw. Orsino así
lo hizo, con la poco dispuesta ayuda de Berkowitz. Orsino ladeó la
cabeza y escuchó.
— Oigo palabras. Pero son inconexas y están superpuestas, como si
estuviesen hablando varias personas.
— No estoy haciendo esfuerzo alguno para pensar de forma consciente
-dijo Renshaw.
— Cuando hablas, oigo un eco.
— Jenny, no hables -dijo secamente Berkowitz-. Deja tu mente en blanco
y veamos si te oye hablar.
— Cuando tú hablas, Jim, no oigo ningún eco. Comento Orsino.
— ¡Si no cierras el pico no oirás nada! -dijo Berkowitz.
Se hizo un tenso silencio entre los tres. Luego Orsino hizo un gesto
de asentimiento con la cabeza, cogió lápiz y papel del escritorio y
escribió algo.
Renshaw alargó una mano, apagó el interruptor y se sacó los cables por
la cabeza, luego se sacudió ésta en un intento de poner el cabello en
su sitio.
— Espero que hayas escrito: «Adam, arma un buen revuelo en la oficina
central y Jim tendrá que retractarse.»
— Es lo que he escrito, palabra por palabra -dijo Orsino.
— Bien, aquí lo tenéis -dijo Renshaw-. La telepatía funciona y no es
necesario utilizarla para transmitir mensajes sin sentido. Pensad en
su uso en la psiquiatría y en el tratamiento de enfermedades mentales.
Pensad en su utilización en máquinas educativas y didácticas. Pensad
en su aplicación en investigaciones legales y juicios criminales.
— Tengo que reconocer que las implicaciones sociales son asombrosas
-dijo Orsino, cuyos ojos estaban abiertos de par en par-. No estoy muy
seguro de si deberia permitirse el uso de una cosa asi.
— Bajo una adecuada salvaguardia legal, ¿por qué no? -replicó
Renshaw-. Sea como sea, si os unís a mí, nuestras fuerzas combinadas
pueden llevar este asunto adelante. Y si colaboráis conmigo, supondrá
el Premio Nobel para...
— Yo no me meto en esto -dijo Berkowitz en un tono triste-. Todavía
no.
— ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? -Renshaw parecía ofendida y su hermoso y
frío rostro enrojeció súbitamente.
— La telepatía es demasiado delicada. Demasiado fascinante, demasiado
deseada. Es posible que nos estemos engañando a nosotros mismos.
— Escucha por ti mismo, Jim.
— Yo también podría estar engañándome a mí mismo. Quiero un control.
— ¿A qué te refieres al hablar de control?
— A poner en cortocircuito el origen del pensamiento. Prescindamos del
animal. Fuera el tití y dejemos que Orsino oiga el metal, el cristal y
la luz láser y, si sigue escuchando pensamientos, querrá decir que nos
estamos engañando.
— Supón que no detecta nada.
— En ese caso escucharé y si sin mirar, por ejemplo si puedes disponer
que yo esté en la habitación contigua, puedo decir cuándo estás dentro
y fuera del circuito, entonces consideraré la idea de colaborar
contigo en este proyecto.
— Me parece muy bien, vamos pues a llevar a cabo este control -aceptó
Renshaw-. No lo he hecho nunca, pero no es dificil. -Manipuló los
cables que se había puesto en la cabeza y los conectó uno al otro. Y
ahora, Adam, si quieres podemos volver a empezar...
Pero, antes de que pudiese seguir, se oyó un sonido frío y claro, tan
puro y nítido como el tintineo de unos carámbanos rompiéndose.
— ¡Por fin!
— ¿Qué? -exclamó Renshaw.
— ¿Quién ha dicho...? -empezó a decir Orsino.
— ¿Alguno de vosotros ha dicho «por fin»? -preguntó Berkowitz.
— Nadie ha dicho nada -dijo Renshaw, cuyo rostro se había puesto
livido-. Estaba en mi... ¿Vosotros dos...?
— Soy Mi... -volvió a decir la voz.
Renshaw separó los cables y se hizo el silencio. A continuación, con
un movimiento mudo de los labios, dijo:
— Creo que es mi computadora... Mike.
— ¿Quieres decir que está pensando? -dijo Orsino, de forma casi tan
inaudible como ella.
— Os había dicho que era lo bastante compleja como para tener algo...
-dijo Renshaw en un tono de voz irreconocible que por lo menos había
recobrado sonido-. ¿Suponéis que...? Siempre operaba con el gramo del
pensamiento abstracto del cerebro que estaba en su circuito. ¿Suponéis
que sin ningún cerebro en su circuito, se haya puesto a operar con el
suyo propio?
Se hizo un corto silencio, que interrumpió Berkowitz.
— ¿Estás tratando de decir que esta computadora piensa, que no puede
expresar sus pensamientos cuando está bajo la fuerza de la
programación, pero que gracias a tu sistema de electroencefalograma
láser...?
— ¿Pero acaso ello es posible? -dijo Orsino en un tono de voz
aflautada-. Nadie estaba recibiendo. No es lo mismo.
— La computadora trabaja a una intensidad de energía mucho mayor que
los cerebros -explicó Renshaw-. Supongo que puede aumentarse a si
misma hasta el punto que nosotros podemos detectar directamente sin
una ayuda artificial. ¿Cómo si no se puede explicar...?
— Bien, ya tienes entonces otra aplicación del láser -dijo Berkowitz
bruscamente-. Permite que las computadoras hablen como inteligencias
independientes, de persona a persona.
— ¡Dios mio! -exclamó Renshaw-. ¿Qué vamos a hacer?
*Wren: Mujer perteneciente al servicio auxiliar femenino de la Armada.
(N.del T.)
SEGREGACIONISTA
El cirujano miró a su interlocutor sin expresión en el rostro.
— ¿Está preparado?
— Decir preparado es muy relativo -contestó el médico ingeniero-.
Nosotros estamos preparados. Él está nervioso.
— Siempre lo están... Bien, se trata de una operación delicada.
— Delicada o no, debería estar agradecido. Ha sido escogido entre un
gran número de pacientes y, francamente, no creo...
— No digas eso -le interrumpió el cirujano-. No nos corresponde a
nosotros tomar la decisión.
— La estamos aceptando. ¿Pero acaso estamos de acuerdo?
— Si -contestó el cirujano en tono crispado-. Estamos de acuerdo.
Completa e incondicionalmente. Toda la operación es demasiado compleja
para abordarla con reservas mentales. Este hombre ha demostrado su
mérito de muchas formas y su perfil es idóneo para el Departamento de
Mortalidad.
— Está bien -concedió el médico ingeniero, pero sin calmarse.
— Creo que lo veré aquí mismo -dijo el cirujano-. Es un lugar lo
bastante pequeño y personal como para que no resulte violento.
— No servirá de nada. Está nervioso y ya ha tomado una decisión.
— ¿Ah, sí?
— Si. Quiere metal; siempre quieren metal. -El rostro del cirujano no
cambió de expresión. Se miró las manos-. A veces se les puede hacer
cambiar de opinión.
— ¿Por qué preocuparse? -dijo el médico ingeniero con indiferencia-.
Si quiere metal, pues que sea metal.
— ¿No te importa?
— ¿Por qué debía importarme? -dijo el médico ingeniero casi con
brutalidad-. En ambos casos se trata de un problema de ingeniería
médica y yo soy médico ingeniero. En ambos casos, puedo llevarlo a
cabo. ¿Por qué debería pararme en otras consideraciones?
— Para mí, es una cuestión de oportunidad.
— ¡Oportunidad! No puedes utilizar esto como argumento. ¿Oué le
importa al paciente si es oportuno o no?
— A mí me importa.
— Estás dentro de una minoría. La tendencia está contra ti. No tienes
posibilidad alguna.
— Tengo que intentarlo. -El cirujano, con un rápido gesto de la mano
donde no había impaciencia, sino sólo prisa, indicó al médico
ingeniero que guardase silencio. Ya había puesto al corriente a la
enfermera y le había indicado cómo actuar. Apretó un botoncito y la
puerta de doble batiente se abrió al instante. Entró el paciente en
una silla de ruedas con motor y la enfermera lo hizo caminando con
paso rápido junto a él.
— Puede marcharse, enfermera, pero espere fuera. La llamaré -dijo el
cirujano, para luego hacer un gesto al médico ingeniero, que salió
junto a la enfermera y la puerta se cerró detrás de ellos.
El hombre de la silla de ruedas volvió la cabeza para verlos marchar.
Su cuello era delgadisimo y había unas finas arrugas alrededor de sus
ojos. Estaba recién afeitado y los dedos de sus manos, aferradas
firmemente a los brazos de la silla, mostraban unas uñas objeto de una
reciente manicura. Se trataba de un paciente de alta prioridad y se le
estaba atendiendo con sumo cuidado. Pero en su rostro había una
expresión de clara impaciencia.
— ¿Vamos a empezar hoy? -preguntó.
El cirujano asintió.
— Esta tarde, senador.
— Si he comprendido bien, harán falta semanas.
— No para la operación en sí, senador. Pero hay que ocuparse de una
serie de puntos secundarios. Deben llevarse a cabo algunas
renovaciones circulatorias y ajustes hormonales. Son cosas delicadas.
— ¿Son peligrosas? -Luego, como si considerase que era necesario
establecer una relación amistosa, pero evidentemente contra su
voluntad, anadio-: ¿doctor?
El cirujano no prestó atención a los matices de la entonación.
— Todo es muy peligroso -contestó este último de foma terminante. No
nos hemos precipitado a fin de que sea menos peligroso. El momento es
el adecuado, se ha unificado la capacidad de muchas personas, el
equipo, que hace que este tipo de operaciones esté al alcance de muy
pocos...
— Lo sé -interrumpió el paciente con impaciencia-. Me niego a sentirme
culpable por ello. ¿O está usted insinuando que hay presiones poco
ortodoxas?
— En absoluto, senador. Las decisiones del Departamento jamas han sido
cuestionadas. Si pongo de manifiesto la dificultad y complejidad de la
operación es únicamente para explicar mi deseo de llevarla a cabo de
la mejor forma posible.
— Bien, pues adelante entonces. Yo comparto su deseo.
— En ese caso, debo pedirle que tome una decisión. Podemos colocarle
uno de los dos tipos de corazones cibernéticos, de metal o...
— ¡Plástico! -dijo el paciente en tono irritado-. ¿No es ésta la
alternativa que iba a proponerme, doctor? Plastico barato. No lo
quiero. Lo tengo decidido. Lo quiero de metal.
— Pero...
— Escuche, me han dicho que la decisión depende de mí ¿Es así o no?
El cirujano hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
— Cuando, desde un punto de vista médico, existen dos procesos
alternativos de igual valor, la elección depende del paciente. En la
práctica, la elección depende del paciente aun cuando los procesos
alternativos no tengan el mismo valor, como en este caso.
El paciente entornó los ojos.
— ¿Está intentando decirme que el corazón de plástico es mejor?
— Depende del paciente. En mi opinión, en su caso particular, así es.
Y preferimos no utilizar el término plastico. Se trata de un corazón
cibernético de fibra.
— A mis efectos es plástico.
— Senador -empezó a decir el cirujano con infinita paciencia-, el
material no es plástico en el sentido normal de la palabra. Se trata
de un material polimérico, cierto, pero un material que es mucho mas
complejo que el plastico corriente. Es una compleja fibra parecida a
la proteína diseñada para imitar, al máximo, la estructura natural del
corazón humano que tiene ahora dentro de su pecho.
— Exactamente, y el corazón humano que llevo ahora dentro de mi pecho
se ha desgastado a pesar de que todavía no tengo sesenta años. No
quiero otro como éste, gracias. Quiero algo mejor.
— Todos queremos algo mejor para usted, senador. El corazón
cibernético de fibra es mejor. Tiene una vida potencial de siglos. Es
completamente no alergénico...
— ¿No es así en el caso del corazón metálico?
— Si, en efecto -aceptó el cirujano~. El corazón cibernético metálico
es de una aleación de titanio que...
— ¿Y no se deteriora? ¿Y es más fuerte que el plástico? ¿O que la
fibra o como lo quiera llamar?
— Sí, el metal es fisicamente mas fuerte, pero el punto en cuestión no
es la fuerza mecánica. Puesto que el corazón está bien protegido, no
se verá usted particularmente beneficiado por su fuerza mecánica.
Cualquier cosa susceptible de alcanzar el corazón lo matará por otras
razones, incluso si el corazón no se ve afectado.
El paciente se encogió de hombros.
— Si un día me rompo una costilla, me la remplazarán por una de
titanio. Es fácil remplazar huesos. Está al alcance de cualquiera.
Será de metal como yo quiero, doctor.
— Está en su derecho de tomar esta decisión, sin embargo, creo que es
mi deber decirle que si bien nunca se ha deteriorado un corazón
cibernético metálico por razones mecánicas, si se ha estropeado alguno
por motivos electrónicos.
— ¿Eso qué significa?
— Significa que todos los corazones cibernéticos contienen un
marcapasos como parte de su estructura. En el caso de la variedad
metálica, se trata de un artefacto electrónico que mantiene el ritmo
del corazón cibernético. Significa que, para alterar el ritmo cardíaco
y que éste se adapte al estado emocional y físico del individuo, se
debe incluir toda una serie de equipo en miniatura. De vez en cuando,
algo falla allí y hay gente que ha muerto antes de que el fallo
hubiese podido ser corregido.
— Nunca había oído hablar de esto.
— Le aseguro que pasa.
— ¿Me está diciendo que pasa a menudo?
— En absoluto. Sucede muy raramente.
— Bien, en ese caso, acepto el riesgo. ¿Y qué me dice del corazón de
plástico? ¿Acaso no contiene marcapasos?
— Por supuesto, senador. Pero la estructura química del corazón
cibernético de fibra es mucho mas parecida al tejido humano. Puede
responder a los controles iónicos y hormonales del propio cuerpo. El
conjunto que hay que introducir es mucho más simple que en el caso del
corazón cibernético metálico.
— ¿Y el corazón de plástico nunca se descontrola hormonalmente?
— Hasta el momento, ninguno lo ha hecho.
— Porque no han trabajado con ellos el tiempo suficiente. ¿No es así?
El cirujano titubeó.
— Es cierto que los corazones cibernéticos de fibra no se utilizan
desde hace tanto tiempo como los metálicos -dijo al cabo de un
momento.
— Vaya, vaya... ¿Qué pasa, doctor? ¿Tiene usted miedo de que me
convierta en un robot... en un Metalo, como los llaman desde que se ha
aceptado su ciudadanía?
— No pasa nada malo con los Metalos, como tales Metalos. Como usted
muy bien ha dicho, son ciudadanos. Pero usted no es un metalo. Usted
es un ser humano. ¿Por qué no seguir siendo un ser humano?
— Porque yo quiero lo mejor y lo mejor es un corazón de metal. Haga
usted lo necesario para que sea si.
El cirujano asintió con un gesto de la cabeza.
— Muy bien. Le pedirán que firme los permisos necesarios y a
continuación procederemos a colocarle un corazón de metal.
— ¿Y será usted quien realice la operación? Me han dicho que es usted
el mejor.
— Haré todo lo que esté en mi mano para que la operación sea un éxito.
Se abrió la puerta y el paciente salió en su silla de ruedas. Fuera lo
estaba esperando la enfermera.
Entró el médico ingeniero y se quedó mirando al paciente por encima
del hombro hasta que la puerta se cerró de nuevo. Luego se volvió al
cirujano.
— Cuéntame, pues no puedo adivinar lo que ha pasado sólo con mirarte.
¿Qué ha decidido?
El cirujano se inclinó sobre su escritorio y se puso a taladrar los
últimos documentos para archivarlos.
— Lo que tú habías predicho. Insiste en que le pongamos un corazón
cibernético de metal.
— Al fin y al cabo, son mejores.
— No estoy tan de acuerdo contigo. Lo único que ocurre es que hace mas
tiempo que lo utilizamos. Es una manía que se ha apoderado de la
Humanidad desde que los Metalos se han convertido en ciudadanos. La
gente tiene un extraño deseo de parecerse a los Metalos. Suspira por
la fuerza fisica y la resistencia que se les atribuye.
— No se trata de algo unilateral. Tú no trabajas con Metalos, pero yo
si y por eso lo sé. Los dos últimos que han acudido a mí para ser
reparados me han pedido elementos de fibra.
— ¿Y tú has accedido?
— En uno de los casos, pues se trataba sólo de cambiar unos tendones y
no hay mucha diferencia en que éstos sean de metal o de fibra. El otro
quería un sistema sanguíneo o su equivalente. Le dije que no podía
hacerlo porque para ello habría que convertir completamente la
estructura de su cuerpo en material de fibra. Supongo que algún día se
llegará a eso, a hacer Metalos que no sean realmente Metalos, sino una
especie de seres de carne y hueso.
— ¿Y no te inquieta esta idea?
— ¿Por qué no puede llegarse a ello? Y también seres humanos
metalizados. En estos momentos tenemos en la Tierra dos variedades de
inteligencias, pero por qué tener dos. Dejemos que se acerquen la una
a la otra, al final no seremos capaces de ver la diferencia. ¿Por qué
íbamos a querer que se notase la diferencia? Tendríamos lo mejor de
los dos mundos, las ventajas del hombre combinadas con las del robot.
— Obtendríamos un hibrido -dijo el cirujano en un tono que rayaba en
la cólera-. Tendríamos algo que no sería ambos, sino nada. ¿No es
lógico pensar que el individuo está demasiado orgulloso de su
estructura y de su identidad como para querer que algo extraño las
adultere? ¿Querría semejante mestizaje?
— Esta conversación se está convirtiendo en una discusión
segregacionista.
— ¡Pues que así sea! -dijo el cirujano con un énfasis lleno de calma-.
Yo creo en ser lo que uno es. Yo no cambiaría ni una pizca de mi
estructura por nada en el mundo. Si fuese completamente necesario
cambiar algo de la mía, lo haría, pero siempre que la naturaleza de
este cambio se aproximase al máximo al original. Yo soy yo, estoy
contento de serlo y no me gustaría ser otra cosa.
Ahora había terminado su tarea y tenía que prepararse para la
operación. Metió sus fuertes manos en la estufa y dejó que la
incandescencia que las esterilizaría completamente las envolviese. A
pesar de sus palabras cargadas de pasión, no había levantado la voz en
ningún momento y en su bruñido rostro de metal no había aparecido
(como siempre) expresión alguna.
REFLEJO EXACTO
Lije Baley acababa de decidirse a volver a encender su pipa, cuando la
puerta de su despacho se abrió sin una llamada previa o un anuncio de
ninguna clase. Baley alzó la mirada con un pronunciado enojo y luego
dejó caer su pipa. Significó una buena cosa respecto del estado de su
mente que la dejara en su sitio una vez caída.
— R. Daneel Olivaw -dijo, en una especie de engañosa excitación-.
¡Josafat! Eres tú, ¿verdad?
— Tienes toda la razón -respondió el alto y bronceado recién llegado,
con sus desiguales rasgos que nunca se salían ni por un momento de su
acostumbrada calma-. Lamento sorprenderte al entrar sin aviso previo,
pero la situación es bastante delicada y debe haber la menor
implicación posible por parte de los hombres y robots, incluso en este
lugar. En cualquier caso, me complace mucho verte de nuevo, amigo
Elijah.
Y el robot extendió su mano derecha en un gesto del todo humano como
también lo era su apariencia. Fue ahora Baley el que se mostró tan
descortés en su asombro como para quedarase mirando la mano con una
momentánea carencia de comprensión.
Pero luego la tomó entre las dos suyas, sintiendo su cálida firmeza.
— Pero, Daneel, ¿por qué? Eres muy bien venido en cualquier momento,
pero... ¿Cuál es esa situación que es de tipo delicado? ¿Estamos de
nuevo ante problemas? ¿Es el asunto de la Tierra? — No, amigo Elijah,
no se refiere a la Tierra. La situación a la que me refiero como
delicada es, por sus apariencias externas, una cosa pequeña. Una
disputa entre matemáticos, nada más. Casi por accidente nos hemos
encontrado dentro de un fácil Salto de Tierra...
— ¿Así pues, esa disputa tiene lugar en una astronave?
— Si, así es. Una pequeña disputa, aunque, para los humanos
implicados, asombrosamente grande.
Baley no pudo dejar de sonreír.
— No me sorprende que encuentres a los humanos asombrosos. Ellos no
obedecen las Tres Leyes.
— Eso es, en realidad, un defecto -repuso gravemente R. Daneel-, y
creo que los mismos humanos se desconciertan ante los humanos. Tal vez
es que estáis menos intrigados que los hombres de otros mundos, porque
vivan más seres humanos en la Tierra que en los mundos espaciales. Si
es así, y creo que lo es, podrías ayudarnos.
R. Daneel efectuó una pausa momentánea y luego siguió, tal vez con
demasiada rapidez:
— Y, sin embargo, existen unas reglas de la conducta humana que hemos
aprendido. Por ejemplo, puede parecer que soy deficiente en etiqueta.
según los niveles humanos, por no haberte preguntado por tu esposa e
hijo.
— Les va bastante bien. El chico está en la Universidad y Jessie se
dedica a política local. Ya hemos agotado los trámites de cortesía.
Ahora me tienes que decir por qué has venido aquí.
— Como dije, nos encontramos ante un fácil Salto de Tierra -prosiguió
R. Daneel-, por lo que sugerí al capitán que debíamos consultar
contigo.
— ¿Y el capitán se mostró de acuerdo?
Baley tuvo una repentina imagen del orgulloso y autocrático capitán de
una astronave espacial consintiendo en realizar un aterrizaje en la
Tierra -de todos los mundos- y consultar a un terrestre -de entre
todas las personas.
— Creo -continuó R. Daneel- que se encontraba en una posición donde
hubiera tenido que mostrarse de acuerdo con cualquier cosa. Además, te
elogié mucho ante él; aunque, en realidad, no dejé en ello de faltar a
la verdad. Finalmente, acordé llevar todas las negociaciones para que
nadie de la tripulación, o los pasajeros, tuviesen que entrar en
ninguna de las ciudades de los terrestres.
— Y que hablasen con cualquier terrestre, sí. Pero, ¿qué ha sucedido?
— Los pasajeros de la astronave, Eta Carina, incluyen a dos
matemáticos que viajan a Aurora para asistir a una conferencia
interestelar sobre neurobiofísica. Y la disputa se centra entre esos
dos matemáticos, Alfred Barr Humboldt y Gennao Sabbat. ¿Por
casualidad, amigo Elijah, has oído hablar de uno, o de ambos?
— De ninguno de ellos -respondió Baley con firmeza-. No sé nada acerca
de matemáticas. Mira Daneel, seguramente no le habías contado a nadie
que soy un genio en matemáticas...
— En absoluto, amigo Elijah. Ya sé que no lo eres. Pero eso tampoco
importa, dado que la exacta naturaleza de las matemáticas implicadas
no es de ningún modo relevante en lo que se refiere al núcleo de la
cuestión.
— Pues entonces, adelante.
— Dado que no conoces a ninguno de esos dos hombres, amigo Elijah,
déjame decirte que el doctor Humboldt se encuentra en su vigésimo
séptima década... ¿Me perdonas, amigo Elijah?
— Nada, no es nada -respondió irritado Baley.
Simplemente, había enmudecido, más o menos de una manera incoherente,
en una reacción natural respecto del extendido espacio vital que
poseían los espaciales.
— ¿Y está aún en activo, a pesar de su edad? En la Tierra, los
matemáticos más o menos después de los treinta...
Daneel prosiguió clamorosamente:
— El doctor Humboldt es una de los tres matemáticos en la cumbre,
según una reputación largamente establecida, en la galaxia.
Ciertamente se encuentra en activo. Por otra parte, el doctor Sabbat
es bastante joven, no ha llegado a los cincuenta, pero ya se ha
establecido él mismo como el más notable nuevo talento en las ramas
más abstrusas de la matemática.
— Así, pues, ambos son grandes -repuso Baley.
Recordó la pipa y la cogió. Decidió que ahora no tenía objeto
encenderla de nuevo y le dio unos golpecitos para hacer salir el
tabaco consumido.
— ¿Qué ha sucedido? ¿Se trata de un caso de asesinato? ¿Al parecer uno
de ellos ha matado al otro?
— En lo que se refiere a esos dos hombres de gran reputación, uno está
tratando de destruir al otro. Según los valores humanos, creo que esto
puede considerarse como algo mucho peor que un asesinato de tipo
físico.
»Eso significaría un golpe tremendo para la misma ciencia, amigo
Elijah. Ambos sufrirían por haber sido el instrumento del escándalo.
Incluso al inocente le echarían la culpa por haber tomado parte en una
situación tan desagradable. Se diría que debería haberse zanjado a
toda costa de una manera amistosa y sin recurrir a los tribunales.
— Muy bien. Yo no soy un espacial pero trataré de imaginar que esa
actitud tiene sentido. ¿Qué dicen esos hombres en cuestión?
— Humboldt está de acuerdo por completo. Afirma que si Sabbat admite
haber robado la idea y permite a Humboldt llevar a cabo la transmisión
de la comunicación, o por lo menos su entrega a la conferencia, no
presentará cargos. La mala acción de Sabbat seguirá en el secreto en
lo que a él se refiere; y, naturalmente, con el capitán, que es el
único otro humano que ha tomado parte en la disputa.
— ¿Pero el joven Sabbat no se muestra de acuerdo?
— Por el contrario, está de acuerdo con el doctor Humboldt hasta el
último detalle, siempre que se inviertan los apellidos. Sigue siendo
una vez mas un reflejo exacto.
— ¿Así que la cosa sigue en punto muerto?
— Cada uno, creo, amigo Elijah, esta aguardando a que el otro ceda y
admita su culpabilidad.
— Pues, en ese caso, habrá que esperar.
— El capitán ha decidido que eso no es posible. Como puedes
comprender, existen dos alternativas si hay que esperar. La primera es
que ambos continúen en su tozudez, por lo que, cuando la astronave
aterrice en Aurora, el escándalo intelectual se difunda. El capitán,
que es responsable de la justicia a bordo de la nave, se siente
desgraciado por no haber sido capaz de zanjar el asunto de una manera
discreta y esto, para él, resulta casi insoportable.
— ¿Y la segunda alternativa?
— Consiste en que uno, u otro, de los matemáticos quiera admitir haber
hecho las cosas mal. ¿Pero el que llegue a confesar su real
culpabilidad, será en ese caso fruto de un noble deseo de prevenir el
escandalo? ¿Y sería correcto privar del crédito a alguien que es lo
suficientemente ético como para preferir perder ese crédito a ver
sufrir en su conjunto a la ciencia? O bien la parte culpable confiesa
en el último momento, y de tal manera que haga parecer que lo hace
sólo por el bien de la ciencia, escapando de ese modo a la deshonra de
sus actos, con lo que arrojará una sombra sobre el otro. El capitán
será el único hombre que sabrá todo esto, pero no desea pasarse el
resto de su vida preguntándose si habrá tomado parte en un grotesco
error de la justicia.
Baley suspiró.
— Un juego de unos gallinas intelectuales. ¿Quién cederá el primero a
medida que Aurora esté más y más cerca? ¿A eso se reduce la cosa
ahora, Daneel?
— No del todo. Existen testigos de la transacción.
— ¡Josafát! ¿Por qué no lo has dicho primero? ¿Qué testigos?
— El criado personal del doctor Humboldt.
— Un robot, supongo.
— Sí, naturalmente. Se llama R. Preston. Este criado, R. Preston,
estuvo presente durante la conferencia inicial y confirma hasta el
último detalle al doctor Humboldt.
— Lo que quieres decir es que afirma que la idea fue en un principio
del doctor Humboldt; que el doctor Humboldt le dio los detalles al
doctor Sabbat; que el doctor Sabbat elogió la idea, etcétera,
etcétera...
— Si, con todos los detalles.
— Comprendo. ¿Pero esto deja o no zanjado el asunto? Presumiblemente,
no. — Esto no arregla nada, pues existe un segundo testigo. El doctor
Sabbat tiene también un sirviente personal, R. Idda, otro robot que
es, en realidad, del mismo modelo que R. Preston. Y creo que del mismo
año y de la misma fábrica. Y ambos están en servicio desde hace un
período de tiempo igual.
— Una coincidencia rara, muy rara...
— Me temo que esto sea un hecho, y convierte en muy difícil el llegar
a cualquier tipo de juicio basado en diferencias obvias entre ambos
criados.
— ¿R. Idda, pues, cuenta la misma historia que R. Preston?
— Precisamente la misma versión, excepto en lo que se refiere al
reflejo exacto de la inversión de los apellidos.
— Entonces, R. Idda ha declarado que el joven Sabbat, el que aún no ha
llegado a los cincuenta... -Lije Baley no borró por completo la nota
sardónica de su voz; él mismo aún no había cumplido los cincuenta y se
sentía ya muy lejos de ser joven-, tuvo la idea desde un principio;
que se la detalló al doctor Humboldt, que se deshizo en elogios,
etcétera, etcétera...
— Si, amigo Elijah.
— Y, claro está, ninguno de los robots miente.
— Así parece...
— Pero sería fácil averiguarlo. Me imagino que un examen superficial
realizado por un buen robotista...
— Un robotista no es suficiente en este caso, amigo Elijah. Sólo un
cualificado robopsicólogo podría aportar peso y experiencia
suficientes como para tomar una decisión en un caso de esta
importancia. Y no hay ninguno tan cualificado a bordo de la nave. Un
examen de este tipo sólo podrá llevarse a cabo cuando lleguemos a
Aurora...
— Y para entonces el lío ya estaría armado. Pues bien, tú estás en la
Tierra. Podremos convocar a un robopsicólogo, y seguramente cualquier
cosa que suceda en la Tierra nunca llegará a conocimiento de Aurora y
no se producirá el escándalo.
— Excepto que, ni el doctor Humboldt ni el doctor Sabbat, permitirán
que su criado sea investigado por un robopsicólogo de la Tierra. El
terrestre tendría que...
Hizo una pausa.
Lije Baley dijo impasiblemente:
— Tendría que tocar al robot.
— Se trata de criados viejos, y sólo pensar en que...
— No deben verse mancillados por el tocamiento de un terrestre. ¿En
ese caso, qué es lo que deseas de mi, maldita sea?
También hizo una pausa, mostrando ceño.
— Lo siento, R. Daneel, pero no veo la razón de que me hayas metido en
esto.
— Yo estaba en la nave en una misión del todo irrelevante en lo que se
refiere al actual problema. El capitán se dirigió a mi porque debía
hablarlo con alguien. Yo parecía lo suficientemente humano como para
poder hablar conmigo, y lo bastante robot como para ser un
recipiendario seguro de sus confidencias. Me contó toda la historia y
me preguntó qué podría hacerse. Me percaté de que el próximo Salto
podría llevarnos con facilidad a la Tierra como nuestro objetivo. Le
dije al capitán que, aunque yo estaba tan incapacitado para resolver
un caso de imagen exacta como le pasaba a él, había en la Tierra
alguien que podría ser de ayuda.
— ¡Josafat! -musitó Baley lo más bajo posible.
— Considera, amigo Elijah, que si consigues resolver este
rompecabezas, llegaría a ser algo bueno para tu carrera y hasta la
misma Tierra se beneficiaría. Naturalmente no se podría hacer público
el asunto, pero el capitán es un hombre con cierta influencia en su
mundo natal y quedaría muy agradecido.
— Me estás sometiendo a una gran presión.
— Tengo la mayor confianza -prosiguió R. Daneel, imperturbable- en que
ya tienes alguna idea acerca de qué procedimiento deberíamos seguir.
— ¿Tú crees? Supongo que el procedimiento más obvio es entrevistarse
con los dos matemáticos, uno de los cuales es, al parecer, un ladrón.
— Temo, amigo Elijah, que ninguno de los dos querrá ir a la ciudad. Ni
tampoco ninguno de ellos aceptará de buen grado a que te reúnas con
ellos.
— Y tampoco hay forma de obligar a un espacial a que entre en contacto
con un terrestre, sea cual sea la sugerencia. Si, lo comprendo,
Daneel, pero en lo que estaba pensando era en una entrevista por un
circuito cerrado de televisión.
— Tampoco eso es posible. No querrán someterse a un interrogatorio por
parte de un terrestre.
— ¿Entonces, qué es lo que desean de mí? ¿Podré hablar con los robots?
— Tampoco permitirán que los robots acudan aquí.
— ¡Josafat, Daneel! Tú sí has venido...
— Eso fue una decisión propia. Tengo permiso, mientras esté a bordo de
una nave, para tomar decisiones de esta clase sin verme sometido a un
veto por parte de ningún ser humano, con excepción del mismo capitán,
y él se mostraba muy ansioso de poder establecer el contacto. Yo,
después de haberte conocido, decidi que el contacto por televisión
sería insuficiente. Deseaba estrecharte la mano.
Lije Baley se ablandó.
— Aprecio eso, Daneel, pero, honradamente, hubiera deseado que
evitaras pensar en mi en lo que se refiere a este caso. ¿Podré, por lo
menos, hablar con los robots por televisión?
— Creo que eso si podrá arreglarse.
— Algo es algo... Eso significa que podría realizar la tarea de un
robopsicólogo... de una manera algo más burda.
— Pero tú eres detective, amigo Elijah, y no robopsicólogo.
— Pero podría hacer las veces. Y ahora, antes de verlos, pensemos un
poco. Dime: ¿es posible que ambos robots estén diciendo la verdad? Tal
vez la conversación entre los dos matemáticos resultase equívoca. Tal
vez fue de una naturaleza tal que cada robot pudiese, honestamente,
creer que su amo era propietario de la idea. O tal vez un robot oyó
sólo una parte de la discusión y el otro la otra parte, por lo que
cada uno podría suponer que era su propio amo el propietario de la
idea.
— Eso es imposible por completo, amigo Elijah. Ambos robots repitieron
la conversación de una forma idéntica. Y las dos repeticiones son
fundamentalmente contradictorias.
— ¿Entonces es absolutamente cierto que uno de los robots está
mintiendo?
— Sí.
— ¿Podría ver la transcripción de todas las pruebas presentadas hasta
ahora en presencia del capitán, en caso de desear hacerlo?
— Creo que deberías solicitarlo y yo tengo en mi poder copias de las
pruebas.
— Otra bendición. ¿Han sido los robots sometidos a un careo, y ese
careo está incluido en la transcripción?
— Los robots se han limitado a repetir sus versiones. El careo sólo
puede ser llevado a cabo por los robopsicólogos.
— ¿O por yo mismo?
— Tú, amigo ElUah, eres un detective, no un...
— Está bien, R. Daneel. Intentaré aprender en seguida la psicología de
un espacial. Un detective puede hacer algo así porque no es un
robopsicólogo. Déjame pensar un poco más. De ordinario, un robot no
miente, pero podrá hacerlo si es necesario para que se cumplan las
Tres Leyes. Puede mentir para proteger, de forma legítima, su propia
existencia de acuerdo con la Ley Tercera. Y también le está permitido
mentir si resulta necesario para cumplir una orden legítima que le
haya dado un ser humano de acuerdo con la Segunda Ley. Y aún está más
autorizado si cabe para mentir si ello resulta necesario para salvar
una vida humana, o para impedir que resulte algún daño para un humano
de acuerdo con la Primera Ley.
— Si.
— Y, en este caso, cada robot estaría defendiendo la reputación
profesional de su amo, y mentiría si fuera necesario hacerlo. Dadas
las circunstancias, la reputación profesional sería casi equivalente a
la propia vida y existiría casi una urgencia tipo Primera Ley para
mentir.
— Sin embargo, con una mentira cada criado estaría perjudicando la
reputación profesional del amo del otro, amigo Elijah.
— Así sería, pero cada robot podría tener un concepto más claro del
valor de la reputación de su propio amo y, honradamente, juzgarla
mayor que la del otro. Supondría que, a través de su mentira, se
realizaría un daño menor que diciendo la verdad.
Tras haber manifestado esto, Lije Baley permaneció en silencio durante
un momento.
Luego dijo:
— Muy bien, pues... ¿Podrías disponer que hable con uno de los
robots..., creo que, en primer lugar, con R. Idda?
— ¿El robot del doctor Sabbat?
— Si -replicó secamente Baley-, el robot del tipo más joven.
— Eso sólo me llevará unos minutos -repuso R. Daneel-. Tengo un
microrreceptor provisto de proyector. Sólo necesitaré una pared
blanca, y creo que ésta me servirá si me permites mover alguno de esos
archivadores de películas.
— Adelante. ¿Deberé hablar ante un micrófono de alguna clase?
— No, podrás hablar de una forma ordinaria. Te pido perdón, amigo
Elijah, por un instante de retraso adicional. Deberé ponerme en
contacto con la nave y disponer las cosas para que R. Idda sea
entrevistado.
— Si eso va a llevar algún tiempo, Daneel, ¿qué me dices de
facilitarme el material transcrito de las pruebas presentadas hasta
este momento?
Lije Baley encendió su pipa mientras R. Daneel montaba el equipo y
pasaba páginas de las frágiles hojas que le habían entregado.
Pasaron varios minutos, hasta que R. Daneel dijo:
— Si ya estás preparado, amigo Elijah, R. Idda ya lo está. ¿O
prefieres dedicar unos minutos más a la transcripción?
— No -suspiró Baley-, no me estoy enterando de nada nuevo. Conéctame y
dispón las cosas para que pueda tener la entrevista grabada y
transcrita.
R. Idda, una proyección irreal bidimensional contra la pared, tenía
una estructura básicamente metálica, y no era una criatura humanoide
como en el caso de R. Daneel. Su cuerpo era alto pero formando un
bloque, y había muy pocas cosas que lo distinguieran de muchos robots
que Baley había visto, excepto algunos pequeños detalles
estructurales.
Baley dijo:
— Te saludo, R. Idda.
— Yo también le saludo, señor -replicó R. Idda, con una voz apagada
que sonaba sorprendentemente humanoide.
— ¿Eres el criado personal de Gennao Sabbat?
— En efecto, señor.
— ¿Y desde cuánto tiempo hace, muchacho?
— Hace ya veintidós años, señor.
— ¿Y la reputación de tu amo es valiosa para ti?
— Si, señor.
— ¿Considerarías que resulta de importancia proteger esa reputación?
— Si, señor.
— ¿Y sería tan importante proteger esa reputación como su misma vida
física?
— No, señor.
— Por lo tanto, sería tan importante proteger su reputación como la
reputación de cualquier otra persona.
R. Idda titubeó.
Luego dijo:
— En casos de esa índole debería decidirme según el mérito individual,
señor. No hay forma de establecer una regla general.
Baley vaciló a su vez. Los robots espaciales hablan de una forma más
suave e intelectual que los modelos fabricados en la Tierra. No estaba
del todo seguro de poder pensar más que uno de ellos.
Prosiguió:
— Si decidieses que la reputación de tu amo era más importante que la
del otro, por ejemplo la del doctor Alfred Barr Humboldt, ¿mentirías
para proteger la reputación de tu amo?
— Lo haría, señor.
— ¿Mentiste en tu testimonio referente a tu amo y su controversia con
el doctor Humboldt?
— No, señor.
— Pero, de haber mentido, seguirías negando que está mintiendo a fin
de proteger la otra mentira, ¿no es verdad?
— Si, señor.
— En este caso -siguió Baley-, vamos a considerar una cosa. Tu amo,
Gennao Sabbat, es un hombre joven de gran reputación en matemáticas,
pero es joven. Si, en esta controversia con el doctor Humboldt; ha
sucumbido a la tentación y ha obrado de una forma poco ética, sufriría
cierto eclipse en su reputación, pero como es joven tendrá aún mucho
tiempo para recuperase. Tendría muchos triunfos intelectuales ante él
y los hombres, llegado el momento, considerarían este intento de
plagio como el error de un joven de carácter ardiente, con un juicio
aún deficiente. Sería algo qúe se arreglaría en el futuro.
»Por otra parte, de ser el doctor Humboldt el que hubiera sucumbido a
la tentación, el asunto sería mucho más serio. Es un hombre viejo
cuyas grandes hazañas se han desarrollado durante siglos. Y hasta
ahora su reputación ha sido sin tacha. Sin embargo, todo esto quedaría
olvidado ante la luz que arrojaría un solo crimen en sus últimos años,
y ya no tendría la menor oportunidad de compensarlo en el
relativamente breve espacio de tiempo que ya le queda. Existirían muy
pocos logros que pudiera alcanzar. Quedarían arruinados muchos más
años de trabajo en el caso de Humboldt que en el de tu amo, y habría
muchas menos oportunidades para recuperar su posición. ¿Comprendes, no
es verdad, que Humboldt se enfrenta a una situación peor y se merece
una mayor consideración?
Se produjo una prolongada pausa.
Luego R. Idda dijo con voz carente de matices:
— Mi declaración ha sido una mentira. Es el doctor Humboldt el dueño
de ese trabajo, y mi amo ha intentado, de forma por completo errónea,
apropiarse de la correspondiente fama.
Baley se limitó a decir:
— Muy bien, muchacho. Tienes instrucciones de no decir nada a nadie
acerca de esto hasta que te dé permiso el capitán de la nave. Puedes
retirarte.
La pantalla se oscureció y Baley chupó de su pipa.
— ¿Supones que el capitán ha oído todo esto, Daneel?
— Estoy por completo seguro. Es el único testigo, además de nosotros.
— Estupendo. Y ahora vayamos por el otro.
— ¿Pero eso tiene objeto, amigo Elijah, en vista de que ha confesado
R. Idda?
— Claro que si. La confesión de R. Idda no significa nada.
— ¿Nada?
— Nada en absoluto. Yo he señalado que la posición del doctor Humboldt
era la peor. Naturalmente, si mentía para proteger a Sabbat, cambiaría
a decir la verdad si, en realidad, alegaba haberlo hecho. Por otra
parte, si estaba diciendo la verdad, cambiaría a decir una mentira
para proteger a Humboldt. Se trata todavía del caso de una imagen
exacta y no hemos adelantado nada.
— Pero, en ese caso, ¿qué ganaremos interrogando a R. Preston?
— Nada, si la imagen en el espejo era perfecta, pero no lo es. A fin
de cuentas, uno de los robots está diciendo la verdad desde un
principio, y el otro está mintiendo también desde el principio, y eso
significa un punto de asimetría. Déjame ver a R. Preston. Y si ya está
hecha la transcripción del examen de R. Idda, házmela también llegar.
El proyector entró de nuevo en acción. R. Preston apareció allí;
idéntico a R. Idda en cada detalle, excepto por algún trivial diseño
del pecho.
Baley dijo:
— Saludos, R. Preston.
Mientras hablaba, tenía delante de él la grabación del interrogatorio
de R. Idda.
— Saludos, señor -replicó R. Preston.
Su voz era idéntica a la de R. Idda.
— ¿Eres el criado personal de Alfred Barr Humboldt?
— Lo soy, señor.
— ¿Cuánto tiempo hace de eso, muchacho?
— Desde hace veintidós años, señor.
— ¿Y la reputación de tu amo es valiosa para ti?
— Si, señor.
— ¿Considerarías de importancia proteger esa reputación?
— Sí, señor.
— ¿Tan importante proteger su reputación como su vida física?
— No, señor.
— ¿Tan importante proteger su reputación como la reputación de otra
persona?
R. Preston titubeó.
Dijo:
— Unos casos así deben decidirse según su mérito particular, señor. No
hay forma de establecer una regla general.
Baley prosiguió:
— ¿Si decidieras que la reputación de tu amo era más importante que la
de cualquier otro, por ejemplo, la de Gennao Sabbat, ¿mentirías para
proteger la reputación de tu amo?
— Lo haría, señor.
— ¿Mentiste en tu testimonio en lo referente a tu amo y a su
controversia con el doctor Sabbat?
— No, señor.
— Pero, de haber mentido, negarías haberlo hecho, a fin de proteger
esa mentira, ¿no es cierto?
— Si, señor.
— En ese caso -prosiguió Baley-, vamos a considerar una cosa. Tu amo,
Alfred Barr Humboldt, es un hombre anciano que goza de una gran
reputación en matemáticas, pero es un hombre viejo. Si, en esta
controversia con el doctor Sabbat, hubiese sucumbido a la tentación y
no hubiera obrado de una manera ética, sufriría cierto eclipse en su
reputación, pero su avanzada edad y sus siglos de logros resistirían
contra eso y acabarían venciendo. Los hombres considerarían que este
intento de plagio no era más que un error fruto tal vez de un hombre
enfermo, que ya no tiene un juicio muy seguro.
»Si, por la otra parte, fuese el doctor Sabbat el que hubiese
sucumbido a la tentación, el asunto sería mucho más serio. Es un
hombre joven, con una reputación mucho menos segura. De forma
ordinaria, tendría muchos siglos por delante en los que acumular
conocimientos y lograr cosas importantes. Pero ahora esto le estará
cerrado, oscurecido por el error cometido en su juventud. Tiene mucho
más futuro que perder que tu amo. ¿Comprendes entonces que Sabbat se
enfrenta a una situación peor y que se merece una mayor consideración?
Se produjo una prolongada pausa. Luego R. Preston contestó, con una
voz sin matices:
— Mi testimonio fue...
En ese punto, se interrumpió y ya no añadió nada más. Baley le urgió:
— Por favor, continúa, R. Preston.
No hubo respuesta.
R. Daneel dijo:
— Lo siento, amigo Elijah, pero R. Preston está en estasis. Ha quedado
fuera de servicio.
— Pues, en ese caso -prosiguió Baley-, hemos producido al fin una
asimetría. A partir de esto, puedo ya ver quién es la persona
culpable.
— ¿Y de qué manera, amigo Elijah?
— Pensemos al respecto. Supongamos que tú fueses una persona que no ha
cometido ningún delito y que tu robot personal fuese testigo de ello.
No habría nada que necesitases hacer. Tu robot diría la verdad y te
respaldaría. Si, por el contrario, fueses una persona que hubieses
cometido el crimen, tendrías que depender de la mentira de tu robot.
Eso constituiría una posición en cierto modo más arriesgada, pues,
aunque el robot mintiera, caso de ser necesario, la mayor inclinación
sería la de decir la verdad, por lo que mentiría con menos firmeza que
si se tratase de una verdad. Para impedirlo, la persona que ha
cometido el crimen lo más probable es que se viese respaldada por la
Segunda Ley; tal vez fortalecida de una forma muy sustancial.
— Eso parecería razonable -replicó R. Daneel.
— Supongamos que tenemos un robot de cada tipo. Un robot que cambiaría
desde la verdad, no reforzada, a la mentira, y que pudiese hacerlo
tras una vacilación, sin un problema serio. El otro robot cambiaría
desde la mentira, fuertemente reforzada, a la verdad, pero sólo podría
hacerlo con el riesgo de quemar varias vías de rastreo positrónicas en
su cerebro y luego quedarse en estasis.
— Y dado que R. Preston ha quedado en estasis...
— El amo de R. Preston, el doctor Humboldt, es el hombre culpable de
haber cometido un plagio. Si transmites esto al capitán y le apremias
a que se enfrente al instante al doctor Humboldt con este asunto, tal
vez le fuerce a una confesión. De ser así, confío en que me lo digas
inmediatamente.
— Ciertamente así lo haré. ¿Me excusas, amigo Elijah? Debo hablar en
privado con el capitán.
— Claro que sí. Emplea la sala de conferencias. Está blindada.
Baley no pudo trabajar en nada durante la ausencia de R. Daneel.
Permaneció sentado en un incómodo silencio. Dependían muchas cosas del
valor de su análisis, y era agudamente consciente de su falta de
experiencia en robótica.
R. Daneel estuvo de regreso al cabo de media hora, que fue casi la
media hora más larga de la vida de Baley.
Naturalmente, carecía de utilidad el tratar de determinar lo ocurrido
a través de la expresión del impasible rostro del humanoide. Baley
intentó mantener también impasible su rostro.
— ¿Y bien, R. Daneel? -preguntó.
— Ha sido tal y como tú dijiste, amigo Elijah. El doctor Humboldt ha
confesado. Afirmó que contaba, según dice, con que el doctor Sabbat
desistiera y de este modo permitiese al doctor Humboldt lograr su
último triunfo. La crisis ha acabado y encontraras al capitán muy
agradecido. Me ha dado permiso para decirte que admira mucho tu
sutileza y cree que también yo obtendré favores al haber sido capaz de
proponerte este asunto.
— Estupendo -replicó Baley, con las rodillas flojas y la frente húmeda
de sudor ahora que su decisión habla demostrado ser correcta-. Pero,
por Josafat, R. Daneel, ¿procurarás no volverme a poner otra vez bajo
los focos?
— Trataré de no hacerlo, amigo Elijah. Naturalmente, todo dependerá de
la importancia de una crisis, de tu proximidad y de ciertos otros
factores. Mientras tanto, tengo una pregunta...
— Dime...
— ¿No es posible suponer que el pasar de una mentira a una verdad
fuese más fácil, mientras que pasar de una verdad a una mentira parece
más difícil? Y, en este caso, ¿no habría pasado el robot en estasis
desde mantener una verdad a una mentira? y puesto que R. Preston se
encuentra en estasis, ¿no se debería haber llegado a la conclusión de
que era el doctor Humboldt el inocente y el doctor Sabbat el culpable?
— Sí, R. Daneel. Resultaba posible razonar de esta manera, pero ha
sido el otro argumento el que ha demostrado ser el correcto. Humboldt
ha confesado, ¿no es verdad?
— Lo hizo. Pero con unos argumentos posibles en ambas direcciones,
¿cómo has podido, amigo Elijah, de una manera tan rápida elegir el
correcto?
Durante un momento los labios de Baley se retorcieron. Luego se relajó
y se curvaron en una sonrisa.
— Porque, R. Daneel, tomé en cuenta las reacciones humanas, no las
robóticas. Sé más acerca de los seres humanos que acerca de robots. En
otras palabras, tuve la idea de cuál de los matemáticos era culpable
antes de entrevistar a los robots. Una vez provoqué en ellos una
respuesta asimétrica, simplemente la interpreté de tal manera como
para adscribir la culpabilidad en aquel que ya previamente creía que
era culpable. La respuesta robótica fue lo suficientemente dramática
como para quebrantar al hombre culpable; mi propio análisis de la
conducta humana no hubiera sido suficiente para conseguirlo así.
— Tengo curiosidad por saber cuál fue tu análisis acerca de la
conducta humana.
— Por Josafat, R. Daneel; piensa y no tendrás que preguntar. Existe
otro punto de asimetría en este relato de la imagen exacta, además del
asunto de verdadero y falso. Existe el asunto de la edad de los dos
matemáticos; uno es muy viejo y el otro muy joven.
— Sí, naturalmente, ¿pero eso qué tiene que ver?
— Ten en cuenta lo siguiente. Puedo ver a un hombre joven,
entusiasmado ante una idea repentina, desconcertante y revolucionaria,
ir a consultar el asunto con un hombre anciano que ya era, desde sus
primeros años de estudiante, una especie de semidiós en este campo. No
veo a un hombre viejo, rico en honores y acostumbrado a los triunfos,
al que le ha acometido una idea repentina desconcertante y
revolucionaria, yendo a consultar a un hombre siglos más joven que él,
del que sólo podría pensar como en una especie de chiquilicuatre, o
cualquier otro término que emplee un espacial. También, asimismo, si
un hombre joven tuviese la posibilidad, ¿intentaría robarle la idea a
un reverenciado semidiós? Sería algo impensable. Por otra parte, un
anciano, consciente del declive de sus facultades, sí podría
apoderarse de la última oportunidad de fama, y considerar que un bebé
en ese campo no tenía ninguna clase de derechos y que él si estaría
capacitado para merecerlos. En resumen, no resultaba concebible que
Sabbat robase la idea de Humboldt; y, desde ambos ángulos, el doctor
Humboldt resultaba el culpable.
R. Daneel lo consideró durante un rato prolongado. Luego tendió la
mano.
— Debo irme ahora, amigo Elijah. Ha sido estupendo verte. Ojalá nos
veamos pronto de nuevo.
Baley aferró con calidez la mano del robot.
— Si no te importa, R. Daneel -replicó-, que no sea demasiado
pronto...
LENNY
«Robots Estados Unidos» y «Compañía de Hombres mecánicos» tenían un
problema. El problema era de personal.
Peter Bogert, primer matemático, iba de camino de la Sala de Montaje
cuando se encontró con Alfred Lanning, Director de Investigaciones.
Lanning estaba frunciendo sus feroces cejas blancas hasta juntarlas y
mirando más allá de la barandilla en la Sala de Ordenadores.
En el suelo, debajo de la balconada, unas hileras de humanidad de uno
y otro sexos, y edades diversas, estaban mirando curiosamente mientras
un guía entonaba una serie de discursos acerca de la computación
robótica.
— Este ordenador que ven ante ustedes -decia- es el más grande de su
tipo en el mundo. Contiene cinco millones trescientos mil criotrones y
es capaz de hacer frente simultáneamente a más de cien mil variables.
Con su ayuda, «E.U. Robots» puede diseñar con precisión los cerebros
positrónicos de los nuevos modelos.
»Los requisitos se plantean en una cinta que es perforada por la
acción de este teclado, algo más semejante a una complicada máquina de
escribir o a una linotipia, excepto que no se dedica a ninguna clase
de letras sino sólo a conceptos. Las exigencias se descomponen en los
equivalentes simbólicos lógicos y éstos, a su vez, se convierten en
patrones perforados.
»El ordenador puede, en menos de una hora, presentar a nuestros
científicos un diseño para un cerebro que dará todas las pistas
positrónicas necesarias para fabricar un robot...
Alfred Lanning miró al fin hacia arriba y se percató de la presencia
del otro.
— Ah, Peter... -dijo.
Bogert alzó ambas manos para alisarse su ya perfectamente liso y
brillante cabeza de pelo negro.
Respondió:
— No tienes el aspecto de interesarte demasiado en esto, Alfred.
Lanning gruñó. La idea de unas visitas públicas con guía por «E.U.
Robots» era de un origen bastante reciente, y se suponía que servía
para una doble función. Por una parte, según explicaba la teoría,
permitía a la gente ver robots a corta distancia y contrarrestar su
miedo casi instintivo a los objetos mecánicos a través de una
incrementada familiaridad. Y, por otra parte, se suponía que debía
interesar por lo menos a una persona ocasional que llegara a adoptar
la investigación de la robótica como un trabajo para toda la vida.
— Ya sabes que no -replicó al fin Lanning-. Una vez a la semana el
trabajo se interrumpe. Si consideramos las pérdidas en horas-hombre,
el beneficio resulta insuficiente.
— ¿Aún no han presentado algunas solicitudes de trabajo?
— Oh, algunas, pero sólo en las categorías donde las necesidades no
resultan vitales. Lo que necesitamos son hombres que se dediquen a la
investigación. Esto ya lo sabes... El problema es que con los robots
prohibidos en la misma Tierra, constituye una cosa impopular
convertirse en robotista.
— El maldito complejo de Frankenstein -repuso Bogert, imitando
conscientemente una de sus frases favoritas.
Lanning esquivó aquella suave pulla.
Dijo:
— Debiera haberme acostumbrado a esto, pero nunca lo estaré. Piensas
que, en la actualidad, cada ser humano en la Tierra debería saber que
las Tres Leyes representan una protección perfecta, que los robots,
simplemente, no son peligrosos. Toma este grupo de gente.
Les lanzó una mirada furibunda.
— Miralos. La mayoría de ellos han cruzado la sala de montaje sólo por
lo electrizante que es tener miedo, como en unas montañas rusas.
Luego, cuando entran en la sala con el modelo MEC... Maldita sea, un
modelo MEC que no haría nada en la verde Tierra de Dios sino limitarse
a dar dos pasos adelante y decir: «Me alegra mucho haberle conocido,
señor», estrechar manos y dar otros dos pasos hacia atrás... Pero lo
que hacen es echarse atrás y las madres coger en brazos a sus hijos.
¿Cómo podemos esperar extraer un trabajo cerebral de semejantes
idiotas?
Bogert no respondió. Juntos se quedaron mirando de nuevo hacia la
hilera de turistas, que ahora salían de la sala de ordenadores y se
dirigían a la sección de montaje de cerebros posítrónicos. Luego se
fueron. Y de esta manera no pudieron observar a Mortimer W. Jacobson,
de dieciséis años de edad, que, para hacerle completa justicia, no
tenía intención de estropear nada.
En realidad, ni siquiera puede decirse que fuese culpa de Mortimer. El
día de la semana en que tenía lugar la visita era conocido por todos
los trabajadores. Todos los mecanismos que estuviesen a su paso debían
ser cuidadosamente neutralizados o desenchufados, dado que resultaba
irrazonable esperar de los seres humanos que resistiesen la tentación
de tocar teclas, llaves, manillas y botones. Además, el guía debía
estar muy atento en la vigilancia de todos aquellos que sucumbían.
Pero, en aquel momento, el guía había pasado a la siguiente sala y
Mortimer era el último de la cola. Pasó ante el teclado en que se
transmitían las instrucciones al ordenador. No tenía la menor manera
de sospechar que los planos para el diseño de un nuevo robot se
estaban transmitiendo en aquel momento o, de haber sido un buen chico,
debería haber evitado el teclado. No tenía ninguna manera de saber
que, gracias a una negligencia casi criminal, un técnico no había
desactivado el teclado.
Por lo tanto, Mortimer manipuló las teclas al azar como si estuviese
tocando un instrumento musical.
No se percató de que una sección de la cinta perforada se salía del
instrumento en otra parte de la sala, sin hacer ruido, sin provocar
retenciones.
Ni tampoco el técnico, cuando volvió, descubrió ningún indicio de que
algo se hubiese estropeado. Se sintió un tanto incómodo al percatarse
de que el teclado estaba enchufado, pero no pensó en comprobar nada.
Tras unos cuantos minutos, incluso aquella leve incomodidad que había
experimentado desapareció, y continuó alimentando con datos el
ordenador.
En lo que se refiere a Mortimer, ni entonces, ni tampoco después, se
enteró de lo que había hecho.
El nuevo modelo LNE estaba diseñado para la minería del boro en el
cinturón de asteroides. Los hibridos de boro estaban aumentando de
valor cada año, para su empleo como cebadores en las microbaterías de
protones que tenían a su cargo la producción de electricidad principal
en las naves espaciales, y el escaso suministro de la Tierra era cada
vez más insuficiente.
Físicamente, eso significaba que los robots LNE debían ir equipados
con unos ojos sensibles a las líneas más elevadas del análisis
espectroscópico de las menas de boro y con el tipo de miembros más
útiles para el trabajo con la mena hasta lograr el producto acabado.
Sin embargo, como siempre, el equipamiento mental era el problema más
importante.
El primer cerebro positrónico del LNE había quedado ya completado. Era
el prototipo y se uniría a todos los demás prototipos de la colección
de «E.U. Robots». Cuando, finalmente, fuese probado, se fabricarían
otros para pasarlos en arrendamiento financiero (nunca para venderlos)
a manos de las compañías de minería.
El Prototipo LNE ya estaba completado. Alto, recto, pulido, parecía
desde fuera como cualquiera del número de modelos de robots no
demasiado especializados.
El técnico encargado, guiándose por las directivas de pruebas del
Manual de Robótica, dijo:
— ¿Cómo te encuentras?
La respuesta indicada debía haber sido:
— Estoy muy bien y preparado para empezar mis funciones. Confío en que
usted esté asimismo bien.
O cualquier otra variante al respecto.
Este primer intercambio no servía para ningún propósito determinado,
sino para mostrar que el robot podía oír, que comprendía una pregunta
de rutina y que realizaba una respuesta rutinaria y congruente con lo
que cabía esperar dentro de una actitud robótica. Empezando a partir
de aquí, se podía pasar a asuntos más complicados que comprobarían las
diferentes Leyes y su interacción con el conocimiento especializado de
cada modelo en particular.
Por lo tanto, el técnico dijo:
— ¿Cómo estás?
Al instante quedó impresionado por la naturaleza de la voz del
prototipo LNE. Poseía una calidad que no se parecía en nada a
cualquier voz robótica que hubiese escuchado jamas (y había escuchado
muchas). Formaba silabas parecidas a los carillones de una celesta de
tono bajo.
Por sorprendente que fuera esto, no fue hasta al cabo de un rato
cuando el técnico oyó, en retrospectiva, las sílabas que habían
formado aquellos tonos celestes.
En realidad, habían sido:
— Da, da, da, gu...
El robot seguía en pie, alto y firme, pero su mano derecha se había
adelantado y se había metido un dedo en la boca.
El técnico se lo quedó mirando presa de un horror absoluto y salió
corriendo. Cerró la puerta detras de él y, desde otra sala, puso una
llamada de emergencia a la doctora Susan Calvin.
La doctora Susan Calvin era la única robopsicóloga de «E.U. Robots»
(y, virtualmente, de la Humanidad). No tuvo que ir muy lejos en sus
pruebas del Prototipo LNE antes de solicitar, perentoriamente, una
transcripción de los planos de diseño de ordenador de las pistas
positrónicas del cerebro y las instrucciones en cinta que la habían
dirigido. Al cabo de algunos estudios, ella, a su vez, mandó llamar a
Bogert.
El cabello de la mujer, de un gris acerado, estaba echado seriamente
hacia atras; su frío rostro, con sus fuertes lineas verticales
acusadas por el acuchillamiento de su pálida boca de delgados labios,
vuelto intensamente hacia él.
— ¿Qué es lo que pasa, Peter?
Bogert estudió los conductos que ella señalaba con creciente
estupefacción, y luego dijo:
— Dios santo, Susan, esto no tiene el menor sentido.
— Ciertamente que no. ¿Cómo entró todo esto en las instrucciones?
El técnico encargado, llamado también, juró sinceramente que aquello
no tenía nada que ver con él, y que no se le podía achacar. El
ordenador dio negativo en todos los intentos de encontrarle un fallo.
— El cerebro positrónico -siguió Susan Calvin, pensativamente- no
tiene arreglo posible. La mayor parte de sus funciones superiores han
quedado canceladas por esas directivas sin sentido, y el resultado es
muy parecido a un bebé humano.
Bogert pareció sorprendido, y Susan Calvin tomó al instante una
actitud helada, como siempre hacía ante la menor duda expresa o tácita
acerca de su palabra.
Dijo:
— Realizamos todos los esfuerzos posibles por fabricar un robot
parecido lo máximo posible, mentalmente, a un hombre. Pero si eliminas
lo que llamamos las funciones de adulto, lo que queda naturalmente es
un niño humano, mentalmente hablando. ¿Por qué pareces tan
sorprendido, Peter?
El Prototipo LNE, que no mostraba señales de comprensión de ninguna de
las cosas que estaban sucediendo a su alrrededor, de repente se
deslizó hasta una posición sedente y comenzó a examinarse atentamente
los pies.
Bogert se lo quedó mirando.
— Es una pena tener que desmontar esta criatura. Es un trabajo
magnífico.
— ¿Desmontarlo? -preguntó la robopsicóloga de una manera forzada.
— Naturalmente, Susan. ¿Cuál es el uso que tiene esa cosa? Dios santo,
si existe un objeto completa y abismalmente inútil es un robot sin una
tarea que pueda llevar a cabo. No pretenderás que existe algo que esto
pueda hacer, ¿verdad?
— No, naturalmente que no.
— ¿Entonces, qué?
Susan Calvin dijo, tozudamente:
— Quiero llevar a cabo más pruebas.
Bogert la miró con una impaciencia momentánea y luego se encogió de
hombros. Si había una persona en «E.U. Robots» con la que fuese inútil
una respuesta, seguramente seria Susan Calvin. Los robots eran todo lo
que ella más amaba y la larga asociación con ellos, según le parecía a
Bogert, la había privado de cualquier apariencia de humanidad. No se
le podía argumentar respecto de una decisión que fuese desencadenada
por una microbateria de la que se dijera que se hallaba fuera de
servicio.
— ¿Qué uso? -jadeó.
Luego se apresuró a decir en voz alta.
— ¿Nos lo harás saber cuando hayan terminado tus pruebas?
— Sí -repuso ella-. Vamos, Lenny.
(LNE, pensó Bogert. Eso se ha convertido en Lenny. Inevitablemente.)
Susan Calvin tendió la mano pero el robot sólo se la quedó mirando.
Cariñosamente, la robópsicóloga alargó la mano en busca de la del
robot y la tomó. Lenny se puso suavemente de pie (por lo menos, su
coordinación mecánica funcionaba). Echaron a andar juntos, con el
robot superando a la mujer en más de medio metro de altura. Muchos
ojos los siguieron con curiosidad por los largos corredores.
Una pared del laboratorio de Susan Calvin, la que se abría
directamente desde su oficina privada, se hallaba cubierta por una
reproducción muy ampliada de un gráfico de pistas positrónicas. Susan
Calvin la había estudiado con gran detenimiento durante la mayor parte
de un mes.
La estaba observando ahora, con cuidado, rastreando las embotadas
pistas a través de sus vericuetos. Detrás de ella, Lenny estaba
sentado en el suelo, separando y juntando las piernas, canturreando
para si silabas sin sentido, con una voz tan bella que se podían
escuchar todas aquellas bobadas y, sin embargo, llegar a
entusiasmarse.
Susan Calvin se volvió hacia el robot.
— Lenny... Lenny...
Lo repitió pacientemente hasta que, al fin, Lenny alzó la mirada y
realizó un sonido interrogativo.
La robopsicóloga se permitió el que cruzara fugazmente su rostro un
tenue brillo de placer. La atención del robot se vio atraída dentro de
unos intervalos progresivamente más breves.
Ella dijo:
— Levanta la mano, Lenny, Mano..., arriba... Mano..., arriba.
Alzó su propia mano mientras lo decía, una y otra vez.
Lenny siguió el movimiento con los ojos. Arriba, abajo, arriba,
abajo... Luego realizó un abortado ademán con su propia mano y
campanilleó:
— Eh..., uh...
— Muy bien, Lenny -dijo Susan Calvin con gran seriedad-. Inténtalo de
nuevo. Mano..., arriba.
Una voz desde su despacho la llamó y la interrumpió.
— ¿Susan?
Calvin se detuvo, mientras apretaba los labios.
— ¿Qué ocurre, Alfred?
El director de investigaciones entró y se quedó mirando la gráfica de
la pared y al robot.
— ¿Aún sigues con eso?
— Estoy trabajando, si.
— Verás, Susan...
Sacó un puro, se lo quedó mirando fijamente y luego hizo el gesto como
si fuese a morder la punta. Al hacerlo, sus ojos se encontraron con la
dura mirada de desaprobación de la mujer; dejó el cigarro a un lado y
comenzó de nuevo.
— Verás, Susan, el modelo LNE se encuentra ya en producción.
— Lo he oído, si. ¿Se trata de algo relacionado con lo que deseas de
mi?
— No... Pero, de todos modos, el hecho de que se encuentra en
producción y haga bien las cosas, significa que trabajar con este
espécimen desarreglado carece de utilidad. ¿No debería desecharse?
— En resumen, Alfred, te encuentras enfadado porque estoy perdiendo mi
tiempo que es tan valioso. Pues tranquilízate. No estoy perdiendo el
tiempo. Estoy trabajando con este robot.
— Pero el trabajo carece del menor sentido.
— Yo seré quien juzgue eso, Alfred.
Su voz era ominosamente tranquila, y Lanning pensó que era más
prudente mantener su posición.
— ¿Y me quieres decir qué sentido tiene? ¿Qué estas haciendo ahora
mismo, por ejemplo?
— Intento que levante la mano a la voz de mando. Trato de que imite el
sonido de la palabra.
Como si le hiciese coro, Lenny dijo:
— Eh-uh...
Y alzó vacilante la mano.
Lanning meneó la cabeza.
— Esa voz es asombrosa. ¿Cómo ha llegado a suceder esto?
Susan Calvin respondió:
— No lo sé en absoluto. Su transmisor es normal. Puede hablar con
normalidad, estoy segura. Sin embargo, no lo hace; habla como si esto
fuese una consecuencia de algo que ocurre en los conductos
positrónicos que aún no he localizado.
— Pues localizalo, por el amor de Dios. El hablar de esta manera
podría ser útil.
— ¿Oh, entonces es posible que sean de utilidad mis estudios con
Lenny?
Lanning se encogió de hombros algo incómodo.
— Está bien, es una cosa de escasa importancia.
— Siento que no puedas ver puntos más interesantes -replicó Susan
Calvin con aspereza-, cosas que son más importantes, pero eso no es
culpa mía. ¿Y ahora haces el favor de irte, Alfred, y me dejas seguir
con mi trabajo?
Lanning al fin pudo dedicarse a su puro, ya en el despacho de Bogert.
Dijo amargamente:
— Esa mujer es más peculiar cada día.
Bogert lo entendió perfectamente. En «E.U. Robots» y «Compañía de
Hombres mecánicos» sólo existía alguien que fuera «esa mujer».
Dijo:
— ¿Continúa con ese lío del seudorrobot... de ese Lenny, como ella le
llama?
— Trata de hacerle hablar, ya me dirás.
Bogert se encogió de hombros.
— Eso no deja de ser el problema de la compañía. Me refiero a lo de
conseguir personal cualificado para la investigación. Si tuviésemos
otros robopsicólogos podríamos retirar a Susan. Incidentalmente, me
imagino que la reunión de directores prevista para mañana tiene el
propósito de hacer frente al problema de los logros, ¿no es así?
Lanning asintió y se quedó mirando el cigarro como si no le supiese
bien.
— Si. La calidad antes que la cantidad. Hemos subido los sueldos hasta
que se ha producido una fuerte corriente de solicitantes..., todos
aquellos a los que les interesa en primer lugar el dinero. El truco
radica en conseguir a aquellos que se interesan primariamente por la
robótica..., unos cuantos mas del tipo Susan Calvin.
— Diablos, no. Como ella no.
— Bueno, no me refiero a su personalidad. Pero tienes que admitir,
Peter, que es muy resuelta en el asunto de los robots. Carece de
ningún otro interés en la vida.
— Lo sé. Y eso es exactamente lo que la hace tan insoportable.
Lanning asintió. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que
habría llegado a vender su alma con tal de despedir a Susan Calvin.
También había perdido la cuenta de la cantidad de millones de dólares
que, en un momento u otro, había ahorrado a la compañía. Era realmente
una mujer indispensable y se quedaría hasta que se muriera, o hasta
que pudiesen quitarse de encima el problema de encontrar hombres y
mujeres de su propio elevado calibre y que estuviesen interesados en
investigaciones en robótica.
Dijo:
— Creo que deberíamos eliminar lo de las visitas turísticas.
Peter se encogió de hombros.
— Si tú lo dices... Pero, mientras tanto, en serio, ¿qué hacemos con
Susan? Puede ligarse al asunto de Lenny de forma indefinida. Ya sabes
cómo es cuando se dedica a algo que considera un problema interesante.
— ¿Y qué podemos hacer? -preguntó Lanning-. Si nos ponemos demasiado
ansiosos en que lo deje, sacará su femenino espíritu de contradicción.
En última instancia, no podemos forzarla a hacer algo.
El matemático de negro cabello sonrió:
— Nunca suelo aplicar el adjetivo «femenino» a ninguna parte de ella.
— Vamos -replicó Lanning de mal humor-. Por lo menos, no hará nada
realmente perjudicial.
En eso, aunque no fuera en nada más, se equivocaba.
La señal de emergencia es siempre algo que crea tensiones en un
establecimiento industrial de importancia. Esas señales habían sonado
en la historia de «E.U. Robots» una docena de veces: por incendios,
inundaciones, alborotos e insurrecciones.
Pero una cosa no había ocurrido en todo ese tiempo. Nunca había sonado
la señal particular que indicase «Robot fuera de control». Nadie había
jamás esperado que llegase a sonar. Sólo se había instalado a
insistencia del Gobierno. («Maldito complejo de Frankenstein», hubiera
musitado Lanning en aquellas raras ocasiones en que pensaba al
respecto.)
Ahora, al fin, la estridente sirena se alzaba y caía a intervalos de
diez segundos, y prácticamente ningún trabajador, desde el presidente
de la Junta de directores hasta el más nuevo ayudante de portero,
durante unos momentos, pudo dejar de reconocer el significado de aquel
extraño ruido. A medida que esos momentos pasaban, hubo una masiva
convergencia de guardias armados y hombres de los servicios médicos
hacia el área indicada de peligro y «E.U. Robots» quedó acometido por
la parálisis.
Charles Randow, técnico de ordenadores, fue llevado al nivel del
hospital con un brazo roto. No hubo ningún otro daño. Ni tampoco
ningún otro daño físico.
— Pero el daño moral -rugió Lanning- está más allá de cualquier
estimación.
Susan Calvin se enfrentó con él, mortíferamente calmada.
— No le harás nada a Lenny. Nada. ¿Lo comprendes?
— ¿Y lo comprendes tú, Susan? Esa cosa ha herido a un ser humano. Ha
quebrantado la Primera Ley. ¿Conoces qué es la Primera Ley?
— No le harás nada a Lenny.
— Por el amor de Dios, Susan, ¿tengo que decirte qué es la Primera
Ley? Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, a través de la
inacción, permitir que un ser humano resulte dañado. Toda nuestra
posición depende del hecho de que la Primera Ley debe ser rígidamente
observada por los robots de todos los tipos. Si el público llega a
enterarse, sin ninguna excepción, nos podemos ver forzados a cerrar.
Nuestra única posibilidad de supervivencia consiste en anunciar al
instante que el robot implicado ha sido destruido, explicar las
circunstancias y confiar en que la gente quede convencida de que no
volverá a ocurrir nunca más.
— Me gustaría averiguar exactamente qué ha sucedido -replicó Susan
Calvin-. Yo no estaba presente en aquel momento y me gustaría conocer
exactamente qué estaba haciendo ese Randow en mis laboratorios sin mi
permiso.
— Lo único importante que ha sucedido -repuso Lanning- resulta obvio.
Tu robot golpeó a Randow y ese maldito loco oprimió el botón de «Robot
fuera de control» y armó todo este lío. Pero tu robot le golpeó y le
infligió el suficiente daño como para romperle un brazo. La verdad es
que tu Lenny está tan distorsionado que falta a la Primera Ley, y debe
destruirse.
— No ha faltado a la Primera Ley. He estudiado sus pistas cerebrales y
sé que no ha podido infringirla.
— Entonces, ¿cómo pudo golpear a un hombre?
La desesperación se le convirtió en sarcasmo.
— Pregúntale a Lenny. Seguramente ya le habrás enseñado a hablar.
Las mejillas de Susan Calvin enrojecieron hasta un penoso color
rosado.
Dijo:
— Prefiero entrevistar a la victima. Y en mi ausencia, Alfred, quiero
que mis oficinas queden cerradas, y con Lenny dentro. No quiero que se
le acerque nadie. Si le ocurre algún daño mientras esté fuera, esta
empresa no me volverá a ver bajo ninguna circunstancia.
— ¿Estarás de acuerdo en la destrucción si ha faltado a la Primera
Ley?
— Sí -contestó Susan Calvin-, porque sé que no ha sido así.
Charles Randow estaba en cama con el brazo escayolado. Su sufrimiento
más importante continuaba siendo la conmoción de aquellos momentos
cuando pensó que un robot avanzaba hacia él con la idea del asesinato
en su mente positrónica. Ningún otro ser humano había tenido jamás
razones para temer un daño directo por parte de un robot como las
había tenido él en aquellos momentos. Había pasado por una experiencia
única.
Susan Calvin y Alfred Lanning se encontraban ahora junto a su cama;
Peter Bogert, que los había encontrado por el camino, también se
hallaba con ellos. Habían alejado a los médicos y a las enfermeras.
Susan Calvin dijo:
— ¿Y ahora me dirás qué ha pasado?
Randow estaba intimidado. Musitó:
— Esa cosa me golpeó en el brazo. Venía hacia mi.
Calvin dijo:
— Vuelve al principio de la historia. ¿Qué estabas haciendo en mi
laboratorio sin mi autorización?
El joven técnico de ordenadores tragó saliva y su nuez de Adán de la
garganta se movió de manera perceptible. Tenía unos pómulos muy altos
y se hallaba anormalmente pálido.
Dijo:
— Todos sabíamos lo de tu robot. Se decía que estabas tratando de
enseñarle a hablar como un instrumento musical. Se habían cruzado
apuestas acerca de si hablaba o no. Alguien dijo... que podías enseñar
a hablar a un poste.
— Supongo -replico Susan Calvin, con cierto frenesí- que eso significa
un cumplido. ¿Y qué tiene que ver el asunto contigo?
— Se suponía que debía ir allí para averiguar las cosas; para ver si
podía hablar, ya sabes. Saqué una llave de tu armario, esperé hasta
que te hubieras ido y entonces entré. Habían echado a suertes quién
iría. Y perdí.
— Sigue...
— Traté de hacerle hablar y me golpeó.
— ¿Qué quieres decir con eso de que trataste de hacerle hablar? ¿Cómo
lo intentaste?
— Le... hice preguntas, pero no dijo nada, y como debía averiguar el
asunto de alguna manera... le grité... y...
— ¿Y qué?
Se produjo una pausa prolongada. Mientras Susan Calvin le miraba sin
parpadear, Randow al fin dijo:
— Traté de asustarle diciéndole algo. Luego añadió a la defensiva:
— Tenía que obligarle a hacerlo.
— ¿Y cómo le asustaste?
— Hice ver que le daba un puñetazo.
— ¿Y te apartó el brazo?
— Me golpeó el brazo.
— Muy bien. Eso es todo.
Luego les dijo a Lanning y Bogert:
— Caballeros, ya podemos irnos.
Cuando estuvo en el umbral de la puerta se volvió hacia Randow:
— Puedo zanjar las apuestas que se hacen por ahí, si es que te
interesa. Lenny ya dice muy bien unas cuantas palabras.
No hablaron hasta que se encontraron en la oficina de Susan Calvin.
Sus paredes estaban revestidas de libros, algunos de los cuales había
escrito ella misma. El despacho conservaba la pátina de su propia
frígida y cuidadosamente ordenada personalidad. Sólo tenía una silla y
la mujer se sentó en ella. Lanning y Bogert siguieron de pie.
Ella dijo:
— Lenny sólo se ha defendido. Se trata de la Tercera Ley:
Un robot debe proteger su propia existencia.
— Excepto -añadió enérgicamente Lanning- cuando esto entre en
conflicto con la Primera o Segunda Ley. ¡Completa la declaración!
Lenny no tenía derecho a defenderse de ninguna manera a costa de
lastimar, incluso en pequeño grado, a un ser humano.
— No lo hizo -le cortó Calvin- a sabiendas. Lenny tiene un cerebro
abortado. Carece de forma de saber su propia fuerza y la debilidad de
los humanos. Al rechazar hacia un lado el brazo amenazador de un ser
humano, no podía saber que el hueso se rompería. En términos humanos,
no se puede adjudicar ninguna culpa moral a un individuo que,
honestamente, no puede diferenciar el bien del mal.
Bogert la interrumpió, de manera suave.
— Ahora, Susan, no podemos echarle la culpa. Comprendemos que Lenny es
el equivalente a un bebé, hablando humanamente, y no le echamos la
culpa. Pero la gente si lo hará. «E.U. Robots» será clausurado.
— Todo lo contrario. Si tuvieses el cerebro de una pulga, Peter,
comprenderías que ésta es la oportunidad que «E.U. Robots» estaba
aguardando. Esto resolverá sus problemas.
Lanning bajó sus blancas cejas. Dijo, aún con suavidad:
— ¿Qué problemas, Susan?
— ¿No está la empresa preocupada por mantener nuestro personal de
investigación en su actual, y Dios nos ayude, alto nivel?
— Ciertamente que sí.
— Pues bien, ¿qué les estás ofreciendo a los investigadores de
perspectivas? ¿Excitación? ¿Novedad? ¿El escalofrío de penetrar en lo
desconocido? ¡No! Les ofreces salarios y la tranquilidad de no tener
problemas.
Bogert intervino:
— ¿Qué quieres decir con eso de no tener problemas?
— ¿Existen problemas? -contraatacó Susan Calvin-. ¿Qué clase de robots
fabricamos? Robots plenamente desarrollados, que se adecúan a sus
tareas. Una industria nos dice lo que necesita; un ordenador diseña el
cerebro; la maquinaria forma el robot; y ya está completo y fabricado.
Peter, hace algún tiempo me preguntaste, con referencia a Lenny, qué
utilidad tenía el asunto. ¿Qué utilidad, decías, tiene un robot que no
ha sido diseñado para ninguna tarea? Y ahora soy yo la que te
pregunto: ¿qué utilidad tiene el uso de un robot diseñado para una
sola tarea? Comienza y termina en el mismo lugar. Los modelos LNE de
las minas de boro. Si se necesita berilio, no pueden utilizarse. Un
ser humano diseñado de esa manera sería subhumano. Un robot así
diseñado es subrobótico.
— ¿Quieres un robot versátil? -inquirió Lanning, incrédulamente.
— ¿Y por qué no? -preguntó la robopsicóloga-. ¿Por qué no? Me han
entregado un robot con un cerebro casi por completo aniquilado. Le he
estado enseñando y tú, Alfred, me has preguntado qué utilidad tenía
esto. Tal vez muy poca en lo que se refiere al propio Lenny, dado que
nunca progresará más allá del nivel de unos cinco años a la escala
humana. Pero, ¿qué uso puede tener en general? Pues una cosa muy
importante, si lo consideras como un estudio en el problema abstracto
de aprender a cómo enseñar a los robots. He averiguado formas de
cortocircuitar las vías próximas a fin de crear otras nuevas. Más
estudios producirán técnicas más sutiles y más eficientes para hacer
algo así.
— ¿Y bien?
— Supongamos que comienzas con un cerebro positrónico que tenga todos
los conductos básicos cuidadosamente perfilados, pero que no ocurra
nada así con ninguno de los secundarios. Supongamos que empiezas a
crear secundarios. Podrás vender robots básicamente diseñados para la
instrucción; robots que podrán moldearse para una tarea, y luego
modelarse para otra, si ello es necesario. Robots que se hagan tan
versátiles como los seres humanos. ¡Robots que puedan aprender!
Se la quedaron mirando.
Ella prosiguió, con impaciencia:
— ¿Aún no lo comprendéis, verdad?
— Comprendo lo que estás diciendo -replicó Lanning.
— ¿No comprendes que con un campo de investigaciones nuevo por
completo y el desarrollo de unas técnicas del todo nuevas, con un area
nueva por completo de lo desconocido en donde penetrar, los más
jóvenes sentirán una nueva urgencia para entrar en la robótica?
Considéralo bien.
— ¿Puedo señalar -intervino Bogert con suavidad- que esto es
peligroso? Para empezar, unos robots ignorantes como Lenny
significarían que ya no se podría confiar en la Primera Ley, que es
exactamente el caso de Lenny.
— Eso es. Hay que hacer publicidad de este hecho.
— ¡Hacer publicidad!
— Naturalmente. Emitir por radio el peligro. Explicar que establecerás
un nuevo instituto de investigación en la Luna, si la población de la
Tierra elige no permitir que esta clase de cosa siga adelante en la
misma Tierra, pero explica bien el peligro, por todos los medios, a
los posibles solicitantes.
Lanning dijo:
¿Por el amor de Dios, por qué?
— Porque las especias del peligro se añadirá a los alicientes. ¿Crees
que la tecnología nuclear no implica riesgos y que la espacionáutica
no representa también peligro? ¿Tu señuelo de una absoluta seguridad
está poniendo las cosas a tu favor? ¿Ha ayudado a alimentar el
complejo de Frankenstein del que tanto te burlas? Lo que tienes que
hacer es probar otra cosa, algo que ha funcionado en otros campos.
Se produjo un ruido más allá de la puerta que daba a los laboratorios
personales de Calvin. Se trataba del sonido de cascabeles de Lenny.
La robopsicóloga se calló inmediatamente, escuchando.
Dijo:
— Perdonadme. Creo que Lenny me llama.
— ¿Puede llamarte? -inquirió Lanning.
— Ya he explicado que he conseguido enseñarle unas cuantas palabras.
Echó a andar hacia la puerta, algo nerviosa.
— Si me hacéis el favor de esperarme...
La observaron salir y se quedaron silenciosos durante unos momentos.
Luego Lanning dijo:
— ¿Crees que hay algo bueno en lo que dice, Peter?
— Es posible, Alfred -repuso Bogert-. Es algo posible. Lo suficiente
como para que podamos llevar el asunto a la reunión de directores y
veamos qué les parece. A fin de cuentas, se va a armar la gorda. Un
robot ha lastimado a un ser humano y el conocimiento de esto se ha
hecho público. Como dice Susan, debemos intentar convertir la cosa en
algo en nuestro beneficio. Naturalmente, no me flo de sus motivos en
este asunto.
— ¿Qué quieres decir?
— Aunque todo lo que haya explicado sea perfectamente cierto, sólo se
trata de una racionalización en lo que a ella se refiere. Sus motivos
en este caso radican en su deseo de aferrarse a este robot. Si la
achuchamos -y el matemático sonrió ante el incongruente sentido
literal de aquella frase- seguirá diciendo que de lo que se trata es
de continuar aprendiendo técnicas para enseñar a los robots, pero creo
que ha encontrado otro empleo para Lenny. Uno más bien único adecuado
sólo para Susan entre todas las mujeres.
— No te acabo de captar.
Bogert continuó:
— ¿Has podido escuchar qué le estaba diciendo el robot al llamarla?
— Pues no, creo que no por completo... -comenzó Lanning, cuando la
puerta se abrió de repente, y ambos hombres dejaron de hablar al
instante.
Susan Calvin entró de nuevo, con aspecto indeciso.
— ¿Habéis visto alguno de vosotros...? Estoy segura de que lo tenía en
alguna parte... Ah, sí, aquí está.
Se apresuró hacia la esquina de una librería y cogió un objeto de
intrincado tejido metálico, en forma de pesa y hueco, con diversamente
conformadas piezas de metal dentro de cada agujero, del tamaño exacto
para poder moverse desde el tramado metálico.
Cuando lo cogió, las piezas de metal interiores se movieron y chocaron
entre si, chascando de forma agradable. A Lanning le sorprendió el
darse cuenta de que el objeto era una especie de versión robótica de
un sonajero.
Cuando Susan Calvin abrió de nuevo la puerta para cruzar el umbral, la
voz de Lenny campanilleó de nuevo allá dentro. Esta vez, Lanning
escuchó con claridad cómo pronunciaba las palabras que Susan Calvin le
había enseñado.
En sus sonidos celestiales propios de una celesta, llamó a Susan:
— Mamaíta, ven conmigo, mamaíta.
Y pudieron escucharse las pisadas de Susan Calvin apresurándose a
través del piso del laboratorio hacia la única clase de bebé que había
podido tener o amar.
CORRECTOR DE GALERADAS
«Robots Estados Unidos» y «Compañía de Hombres Mecánicos», como
demandados en el pleito, tuvieron la suficiente influencia para forzar
un juicio a puerta cerrada y sin jurado.
Tampoco la Universidad del Nordeste intentó impedirlo con demasiada
intensidad. Los fideicomisarios sabían perfectamente bien cómo
reaccionaría la gente ante cualquier asunto que implicase una mala
conducta por parte de un robot, pese a lo rara que esa conducta
pudiese ser. También tenían una noción claramente visualizada de cómo
un alboroto antirrobots podía convertirse, sin la menor advertencia,
en una algarada contra la ciencia.
El Gobierno, representado en este caso por el magistrado Harlow Shane,
se mostraba igualmente ansioso de que aquel lío terminara lo más
discretamente posible. Tanto «E.U. Robots» como el mundo académico
eran mala gente para ponerse en contra de ellos.
El magistrado Shane dijo:
— Caballeros, puesto que ni la Prensa ni el público ni el jurado están
presentes, evitemos al máximo los formulismos y vayamos en seguida a
los hechos.
Sonrió envaradamente al decir esto, tal vez sin grandes esperanzas de
que su requerimiento llegara a ser efectivo, y se ajustó bien la toga
para poderse sentar con comodidad. Su rostro era placenteramente
rubicundo con una barbilla redondeada y suave, una nariz ancha y unos
ojos claros y bastante separados. En conjunto, no resultaba una cara
con mucha majestuosidad judicial, y el juez lo sabia.
Barnabas H. Goodfellow1, profesor de Física en la Universidad del
Nordeste, fue el primero en prestar juramento, realizando la usual
promesa solemne con una expresión que no se avenía muy bien con su
apellido.
Después de las usuales preguntas de apertura de gambito, el fiscal se
metió profundamente las manos en los bolsillos y dijo:
— ¿Cuándo fue eso, profesor, cuándo el asunto del posible empleo del
Robot EZ-27 fue llevado a su atención y cómo?
El pequeño y anguloso rostro del profesor Goodfellow se cristalizó en
una expresión de incomodidad, escasamente más benevolente que aquella
otra a la que había remplazado.
Dijo:
— He mantenido contacto profesional y algunas relaciones sociales con
el doctor Alfred Lanning, director de investigaciones de «E.U.
Robots». Me mostré dispuesto a escuchar con cierta tolerancia cuando
recibí una sugerencia mas bien extraña por su parte, el tres de marzo
del año pasado...
— ¿De 2033?
— Eso es.
— Perdone mi interrupción. Haga el favor de continuar.
El profesor asintió heladamente, frunció el ceño para fijar los hechos
en su mente y comenzó a hablar.
El profesor Goodfellow se quedó mirando al robot con cierta apresión.
Había sido transportado a la sala de suministros del sótano en un
embalaje, de acuerdo con las reglamentaciones gubernamentales para el
envio de robots de un lugar a otro de la superficie de la Tierra.
Sabía lo que estaba en marcha; no se trataba de que no se encontrase
preparado. Desde el momento de la primera llamada telefónica por parte
del doctor Lanning, se había sentido captado por la persuasividad del
otro y ahora, como un resultado del todo inevitable, se encontraba
cara a cara con un robot.
Parecía grande fuera de lo común y estaba allí de pie a una distancia
al alcance de la mano.
Alfred Lanning lanzó por su parte una dura mirada al robot, como para
asegurarse de que no había sufrido ningún daño durante el traslado.
Luego volvió sus feroces cejas y su melena de blanco cabello en
dirección del profesor.
— Éste es Robot EZ-27, el primero de su modelo en estar disponible
para uso público.
Se volvió hacia el robot.
— Éste es el profesor Goodfellow, Easy.
Easy habló de manera impasible, pero de una forma tan repentina que el
profesor se sobresaltó.
— Buenas tardes, profesor.
Easy media más de dos metros de altura y tenía las proporciones
generales de un hombre, lo cual siempre constituía la primera
motivación para la venta en «E.U. Robots». Eso, y la posesión de las
patentes básicas del cerebro positrónico, les concedía un auténtico
monopolio sobre los robots y un cuasi-monopolio también en lo que se
refería a los ordenadores en general.
Los dos hombres que desembalaron al robot ya se habían ido y el
profesor paseó la mirada desde Lanning al robot y luego otra vez a
Lanning.
— Estoy seguro de que inofensivo.
Pero no parecía traslucir tanta seguridad.
— Más inofensivo que yo mismo -añadió Lanning-. Yo me puedo ver
impulsado a golpearle. Pero Easy no. Supongo que conoce las Tres Leyes
de la Robotica.
— Sí, naturalmente.
— Se hallan incorporadas a los patrones positrónicos del cerebro y
deben ser observadas. La Primera Ley, la primera regla de la
existencia robotica, protege la vida y el bienestar de todos los seres
humanos.
Hizo una pausa, se frotó la mejilla y añadió:
— Se trata de algo de lo que nos agradaría mucho poder persuadir a la
Tierra, si está en nuestra mano.
— Sólo se trata de su formidable aspecto.
— Naturalmente. Pero sea el que sea su aspecto, tendrá que convenir en
que es útil.
— No estoy seguro de en qué manera lo sea; Nuestras conversaciones no
han sido demasiado provechosas en este aspecto. De todos modos, me
mostré de acuerdo en mirar el objeto y eso es lo que estoy haciendo.
— Vamos a hacer algo más que mirar, profesor. ¿Ha traído un libro?
— En efecto.
— ¿Puedo verlo?
El profesor Goodfellow alargó la mano sin llegar a apartar los ojos de
aquella forma metálica con aspecto humano que tenía delante de él. Del
maletín que se hallaba a sus pies retiró un libro.
Lanning alargó la mano hacia él y leyó su lomo:
— «Química física de los electrolitos en solución». Muy bien, señor.
Lo ha elegido usted mismo y al azar. Este texto en particular no ha
sido en absoluto una sugerencia mía, ¿no es verdad?
— Sí.
Lanning le pasó el libro al Robot EZ-27.
El profesor dio un pequeño salto.
— ¡No! ¡Se trata de un libro muy valioso!
Lanning alzó las cejas y éstas adoptaron el aspecto de un peludo
escarchado de coco.
— Dijo:
— Easy no tiene la menor intención de romper el libro en dos para
realizar una exhibición de su fuerza, se lo aseguro. Puede manejar un
libro con tanto cuidado como usted o como yo. Adelante, Easy.
— Gracias, señor -replicó Easy.
Luego, volviendo ligeramente su masa metálica, añadió:
— Con su permiso, profesor Goodfellow.
El profesor se lo quedó mirando.
Luego dijo:
— Sí, sí... De acuerdo.
Con una lenta y firme manipulación de los dedos metálicos, Easy volvió
las páginas del libro, mirando la página izquierda y luego la derecha;
volviendo la página, lanzando una ojeada a la izquierda y después a la
derecha; volviendo la página y realizando la misma maniobra durante
minutos y minutos.
La sensación de su potencia pareció convertir en un enano incluso
aquella sala de paredes de cemento en la que se encontraban y reducir
a los observadores humanos a algo considerable menor en aspecto a su
tamaño real.
Goodfellow musitó:
— La luz no es muy buena.
— Lo conseguirá.
Luego, más bien de forma brusca:
— ¿Pero, qué está haciendo?
— Paciencia, señor.
En su momento, se volvió la última página.
Lanning preguntó:
— ¿Y bien, Easy?
El robot dijo:
— Es un libro bastante esmerado y existen pocas cosas que pueda
señalar. En la línea 22 de la página 27, la palabra «positivo» tiene
una errata y dice «poistivo». La coma de la línea 6 de la página 32 es
superflua, mientras que se debería haber puesto una en la línea 13 de
la página 54. El signo más en la ecuación XIV-2 de la página 337
debería ser un signo menos, para adecuarse de forma congruente con las
ecuaciones anteriores...
— ¡Espera! ¡Espera! -gritó el profesor-. ¿Qué está haciendo?
— ¿Haciendo? -le hizo eco Lanning, presa de una súbita irascibilidad-.
¡Nada de eso, hombre, ya lo ha hecho! ¡Ha hecho las veces de corrector
tipográfico y técnico de ese libro!
— ¿Que ha hecho de lector de pruebas?
— Si. En el breve tiempo que le ha tomado volver todas esas páginas,
ha captado cualquier tipo de errata tipográfica, gramatical o de
puntuación. Ha observado los errores en el orden de los vocablos y
detectado las posibles incongruencias. Y también conservará la
información, palabra por palabra, de manera indefinida.
Al profesor se le había quedado la boca abierta. Se alejó con la mayor
rapidez de Lanning y de Easy. Dobló los brazos encima del pecho y se
los quedó mirando.
Finalmente dijo:
— ¿Se refiere a que este robot es un corrector de galeradas?
Lanning asintió.
— Entre otras cosas.
— ¿Pero por qué me lo enseña?
— Para que me ayude a persuadir a la Universidad para que lo compre y
lo emplee.
— ¿Como corrector?
— Entre otras cosas -repitió con paciencia Lanning.
El profesor arrugó su alargado rostro en una especie de ácida
incredulidad.
— ¡Pero esto es ridículo!
— ¿Por qué?
— La Universidad nunca podrá permitirse el comprar esta medio
tonelada, si ése es por lo menos su peso, esta medio tonelada como
corrector de galeradas de imprenta.
— El corregir pruebas no es todo lo que puede hacer. También prepara
informes de unos antecedentes suministrados, rellena formularios,
sirve como un exacto registro de datos, de expedientes académicos.
— ¡Naderías!
Lanning dijo:
— En absoluto, como le demostraré dentro de un instante. Pero creo que
podríamos discutir esto con mayor comodidad en su despacho, si no
tiene nada que objetar.
— No, naturalmente que no -comenzó el profesor mecánicamente y dio
medio paso como si se fuese a darse la vuelta.
Luego prosiguió:
— Pero ese robot... No podemos quedarnos con el robot. De veras,
doctor, deberá hacer que lo embalen de nuevo.
— Hay tiempo de sobras. Podemos dejar a Easy aquí.
— ¿Sin que nadie lo vigile?
— ¿Y por qué no? Sabe que está aquí para quedarse. Profesor
Goodfellow, es necesario que entienda que un robot es mucho más de
fiar que un ser humano.
— Yo sería el responsable de cualquier daño que...
— No habrá ninguna clase de daños. Se lo garantizo. Mire, ya no son
horas de trabajo. Me imagino que espera que no haya nadie por aquí
hasta mañana por la mañana. El camión y mis hombres están afuera.
«U.S. Robots» asumirá cualquier responsabilidad que pueda presentarse.
Pero no habrá ninguna. Si lo desea, llámelo una demostración de lo
fiable que es el robot.
El profesor se permitió dejar que lo sacasen del almacén. Pero tampoco
se encontró muy cómodo en su despacho, situado cinco pisos más arriba.
Se enjugó con un pañuelo blanco la hilera de gotitas que perlaban la
mitad inferior de su frente.
— Como sabe muy bien, doctor Lanning, existen leyes contra el empleo
de robots en la superficie de la Tierra -apuntó en primer lugar.
— Las leyes, profesor Goodfellow, no son algo sencillo. Los robots no
pueden usarse en las obras públicas o en el interior de estructuras
privadas, excepto bajo ciertas limitaciones que, por lo general,
convierten las cosas en algo prohibitivo. Sin embargo, la Universidad
es una gran institución de propiedad privada que, por lo común, recibe
un tratamiento preferente. Si el robot se emplea sólo en una sala
específica y sólo para fines académicos, si se observan otras
reglamentaciones y si los hombres y mujeres que, de forma ocasional,
penetren en la estancia cooperan de manera total, podríamos permanecer
dentro de la ley.
— ¿Pero, tantos problemas sólo para hacer de corrector de galeradas?
— Las utilizaciones podrían ser infinitas, profesor. Hasta ahora, el
trabajo de los robots sólo se ha empleado para aliviar los trabajos
pesados. ¿Pero no existe algo parecido en lo que se refiere a los
trabajos duros mentales? Cuando un profesor, que es capaz de los
mayores pensamientos creativos, se ve forzado a pasar penosamente dos
semanas comprobando las erratas de unas pruebas de imprenta, y yo le
ofrezco una máquina que efectúa lo mismo en sólo treinta minutos,
¿podemos llamar a eso una cosa baladí?
— Pero el precio...
— No necesita preocuparse por el precio. Usted no puede comprar el
EZ-27. «E.U. Robots» no vende sus productos. Pero la Universidad puede
alquilar el EZ-27 por mil dólares al año, algo considerablemente más
barato que una grabación continua de un solo espectrógrafo de
microondas.
Goodfellow parecía asombrado. Leanning se aprovechó de su ventaja y
añadió:
— Sólo le pido que presente el caso a cualquier grupo que sea el que
tome aquí las decisiones. Me agradaría mucho poder hablarles en el
caso de que deseen mayor información.
— Está bien -replicó Goodfellow con tono dubitativo-. Lo presentaré
ante la reunión del Consejo de la semana próxima. De todos modos, no
le puedo prometer aún nada definitivo al respecto.
— Naturalmente -contestó Lanning.
El fiscal de la acusación era bajo, rechoncho y se mantenía en pie más
bien de forma portentosa, una postura que tenía el efecto de acentuar
su doble papada. Se quedó mirando al profesor Goodfellow, una vez que
hubo prestado testimonio, y dijo:
— Se mostró de acuerdo demasiado aprisa, ¿no es verdad?
El profesor respondió con gran brío:
— Supongo que estaba ansioso por desembarazarse del doctor Lanning. Me
hubiera mostrado de acuerdo con cualquier cosa.
— ¿Con intención de olvidarse de todo una vez se hubiera marchado?
— Bueno...
— Sin embargo, usted presentó el asunto ante una reunión de la junta
ejecutiva del senado de la universidad.
— Sí, lo hice.
— Por lo tanto, convino de buena fe a las sugerencias del doctor
Lanning. No quiso seguir adelante sólo en plan fingido. En realidad se
mostró entusiasmado al respecto, ¿no es verdad?
— Me limité a seguir los procedimientos ordinarios.
— En realidad, no se hallaba tan alterado ante el robot como ahora
está alegando que sucedió. Usted conoce las Tres Leyes de la Robótica,
y también era sabedor de ellas en el momento en que se entrevistó con
el doctor Lanning.
— Si...
— ¿Y estaba dispuesto a dejar por completo desatendido a un robot muy
grande?
— El doctor Lanning me aseguró que...
— Y, naturalmente, jamás hubiese aceptado sus seguridades si hubiese
tenido la menor duda respecto de que el robot pudiese ser peligroso en
lo más mínimo.
El profesor comenzó a decir con gran frialdad:
— Presté toda mi confianza a la palabra de...
— Eso es todo -le cortó bruscamente el fiscal.
Mientras el profesor Goodfellow, un tanto agitado, aún seguía allí de
pie, el magistrado Shane se inclinó hacia delante y dijo:
— Puesto que yo no soy un hombre ducho en robótica, me gustaría saber
exactamente qué son esas Tres Leyes de la Robótica. ¿Le importaría al
doctor Lanning citarlas en beneficio del tribunal?
El doctor Lanning pareció desconcertado. Virtualmente había estado con
la cabeza juntada con la mujer de cabellos grises que se encontraba a
su lado. Se puso ahora en pie y la mujer levantó también la mirada de
manera inexpresiva.
El doctor Lanning dijo:
— Muy bien, Su Señoría.
Hizo una pausa como si estuviese a punto de lanzarse a pronunciar un
gran discurso, y prosiguió con una rabiosa claridad.
— Primera Ley: un robot no puede dañar a un ser humano, o, por
inacción, permitir que un ser humano llegue a ser lastimado. Segunda
Ley: un robot debe obedecer las órdenes dadas por un ser humano,
excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
Tercera Ley: un robot debe proteger su propia existencia mientras
dicha protección no entre en conflicto con la Primera o Segunda Ley.
— Comprendo -replicó el juez, tomando notas con rapidez-. Estas Leyes
están incorporadas a cada robot, ¿no es verdad?
— En todos ellos. Es algo que realiza rutinariamente cualquier
robotista.
— ¿Y específicamente al Robot EZ-27?
— Sí, Su Señoría.
— Probablemente se le requerirá para que repita esas declaraciones
bajo juramento.
— Estoy dispuesto a hacerlo, Su Señoría.
Y se sentó de nuevo.
La doctora Susan Calvin, robopsicóloga en jefe de «E.U. Robots», que
era la mujer de cabellos grises que se sentaba al lado de Lanning,
miró a su titular superior sin ninguna condescendencia, pero tampoco
se mostraba condescendiente con ningún ser humano.
Dijo:
— ¿Ha sido exacto el testimonio de Goodfellow, Alfred?
— En lo esencial, sí -musitó Lanning-. No estaba tan nervioso como
dice acerca del robot, y más bien lo suficientemente ansioso para
hablar de asuntos de negocios conmigo cuando se enteró del precio.
Pero no parece existir ninguna drástica distorsión.
La doctora Calvin dijo pensativamente:
— Hubiera sido más prudente poner un precio por encima de los mil
dólares.
— Estábamos muy ansiosos de colocar a Easy.
— Lo sé. Tal vez demasiado ansiosos. Podrían tratar de hacer parecer
como si tuviésemos algún motivo ulterior.
Lanning parecía exasperado.
— Lo hicimos. Admití eso en la reunión del Consejo de la Universidad.
— Pueden intentar que parezca como si tuviésemos otro objetivo, además
del que hemos admitido.
Scott Robertson, hijo del fundador de «E.U. Robots» y aún propietario
de la mayor parte de las acciones, se inclinó desde el otro lado de la
doctora Calvin y dijo, en una especie de explosivo susurro:
— ¿Por qué no hace hablar a Easy para que sepamos dónde estamos
realmente?
— Ya sabe que él no puede hablar acerca de eso, señor Robertson.
— Consígalo. Usted es la psicóloga, doctora Calvin. Haga que hable.
— Si la psicóloga soy yo, señor Robertson -replicó fríamente Susan
Calvin-, permítame adoptar las decisiones. Mi robot no hará cualquier
cosa al precio de su bienestar.
Robertson frunció el ceño e iba a contestar, pero el magistrado Shane
estaba dando golpes con su maza de una forma más bien educada y, a
regañadientes, se quedaron silenciosos.
Francis J. Hart, jefe del Departamento de inglés y decano de los
Estudios para graduados, se hallaba en aquel momento en el estrado.
Era un hombre regordete, trajeado meticulosamente con prendas oscuras
de un corte conservador y poseedor de varios mechones de cabello que
cruzaban la rosada parte superior de su cráneo.
Se hallaba muy retrepado hacia atrás en la silla del estrado de los
testigos, con las manos muy bien dobladas encima del regazo y
exhibiendo, de vez en cuando, una sonrisa con los labios muy
apretados.
Dijo:
— Mi primera conexión con el asunto del Robot EZ-27 fue con motivo de
la sesión del Consejo Ejecutivo de la Universidad, en la cual se
presentó este tema por parte del profesor Goodfellow. Posteriormente,
el diez de abril del año pasado, tuvimos una sesión especial acerca de
este asunto, en la cual yo ocupé la presidencia.
— ¿Se han conservado las actas de la reunión del Comité Ejecutivo? Es
decir, de esa reunión especial...
— Pues no. Constituyó más bien una reunión extraordinaria.
El decano sonrió fugazmente.
— Creímos que debía permanecer con carácter confidencial.
— ¿Y qué se traslució en esa reunión?
El decano Hart no se encontraba muy a gusto presidiendo aquella
reunión. Ni tampoco los demás miembros congregados estaban por
completo calmados. Sólo el doctor Lanning parecía hallarse en paz
consigo mismo. Su alta y demacrada figura y la melena de cabello
blanco que la coronaba, le hacían recordar a Hart los retratos que
había visto de Andrew Jackson.
Los ejemplos de las tareas del robot se hallaban esparcidos por las
regiones centrales de la mesa, y la reproducción de un gráfico trazado
por el robot se encontraba ahora en manos del profesor Minott de
Química física. Los labios del químico estaban retorcidos en una obvia
aprobación.
Hart se aclaró la garganta y dijo:
— No existe la menor duda de que el robot puede llevar a cabo algunas
tareas rutinarias dentro de una adecuada competencia. He estado
inspeccionando esto, por ejemplo, poco antes de entrar aquí, y se
pueden encontrar muy pocos fallos.
Cogió una larga hoja de impresora, unas tres veces más larga que la
página media de un libro. Se trataba de una hoja de pruebas de
galeradas, previstas para que las corrigieran los autores antes de que
los caracteres se compaginasen. A lo largo de los anchos márgenes de
la galerada se encontraban todos los signos de corrección, muy claros
y en extremo legibles. De vez en cuando, una voz impresa aparecía
tachada y una palabra nueva la sustituía en el margen, con unos
caracteres tan finos y regulares que podía haber estado también
impresa como las demás. Algunas de las correcciones se habían escrito
en color azul. para indicar que el error original cabía achacarlo al
autor, otras aparecían en color rojo, donde el error había sido
cometido en la imprenta.
— En realidad -siguió Lanning-, lo que puede aducirse como errores es
escasísimo. Incluso diré que no es posible encontrar ningún tipo de
error, doctor Hart. Estoy seguro de que las correcciones son
perfectas, en la medida en cómo se entregó el manuscrito original. Si
el manuscrito cotejado con las galeradas corregidas tenía alguna falta
que, en realidad, no correspondiera al idioma inglés, en este caso el
robot no es competente para corregir el posible error.
— Aceptamos eso. Sin embargo, el robot ha corregido en ocasiones el
orden de las palabras, y no creo que las reglas del idioma inglés sean
lo suficientemente estrechas para nosotros como para estar seguros de
que, en cada caso, la elección del robot haya sido la correcta.
— El cerebro positrónico de Easy -contestó Lanning, mostrando unos
dientes largos al sonreír- se ha modelado de acuerdo con los
contenidos de todas las obras básicas acerca de este tema. Estoy
seguro de que no puede señalar un caso en que la elección del robot
haya sido incorrecta de forma clarísima.
El profesor Minott alzó la mirada del gráfico que aún sostenía en la
mano.
— Lo que a mí me preocupa, doctor Lanning, es que no necesitamos en
absoluto un robot, dadas todas las dificultades en relaciones públicas
que debemos afrontar. La ciencia de la automación ha alcanzado
seguramente un punto en el que su empresa sea capaz de diseñar una
máquina, un ordenador de tipo corriente, conocido y aceptado por el
público, con la competencia suficiente para la corrección de
galeradas.
— Estoy seguro de que podríamos hacerlo -replicó envaradamente
Lanning-, pero una máquina así requeriría que las galeradas se
tradujeran a unos símbolos especiales o, por lo menos, hubiera que
transcribirlas a unas cintas. Cualquier corrección posible también
aparecería en forma de símbolos. Necesitaría tener a unos hombres
dedicados a traducir las palabras a símbolos y los símbolos a
palabras. Además, un ordenador de esta clase no podría ejecutar
ninguna tarea diferente. No podría trazar la gráfica que ahora, por
ejemplo, tiene en la mano...
Minott emitió un gruñido.
Lanning prosiguió:
— El sello característico de un robot positrónico radica en su
flexibilidad. Puede realizar un gran número de tareas. Está diseñado
igual que un hombre, por lo que puede utilizar herramientas y máquinas
que, a fin de cuentas, se han diseñado para que las utilicen los
hombres. Puede hablar con usted y usted puede hablar con él. Y hasta
cierto punto incluso es posible razonar con el robot. Comparado con el
robot más sencilío, un ordenador corriente, con un cerebro no
positrónico, es sólo una pesada máquina de calcular.
Goodfellow alzó la mirada y dijo:
— Si podemos hablar y razonar con el robot, ¿cuáles son nuestras
posibilidades de llegar a confundirlo? Supongo que carece de capacidad
para absorber una cantidad infinita de datos.
— No, no puede. Pero durará unos cinco años dentro de un empleo
ordinario. Ya es sabido que cuando necesite que lo despejen, la
empresa realiza esa tarea sin presentar ningún tipo de cargo.
— ¿La compañía hará eso?
— Sí. La empresa se reserva el derecho del servicio técnico al robot
cuando sobrepase el curso ordinario de sus tareas. Ésta es la razón de
que conservemos el control sobre nuestros robots positrónicos y los
alquilemos en vez de venderlos. En el desarrollo de sus funciones
ordinarias, cualquier robot puede ser dirigido por cualquier hombre.
Más allá de sus tareas específicas, un robot necesita que lo maneje un
experto, y somos nosotros los que podemos prestar esos servicios. Por
ejemplo, cualquiera de ustedes puede ajustar un robot EZ en cierta
extensión, sólo con decirle que debe borrar esto o aquello. Pero
deberían emitir esta orden de cierta manera para que no olvide
demasiado o demasiado poco. Y nosotros detectamos esos fallos, puesto
que hemos insertado algunos tipos de seguros. Sin embargo, dado que no
hay necesidad de borrar todas las cosas de un robot que se refieran a
su trabajo ordinario, o para hacer otras inútiles, todo ello no
representa ningún problema.
El decano Hart se tocó la cabeza como para asegurarse de que sus
cuidadosamente atendidos mechones se encontraban bien distribuidos al
azar.
Luego dijo:
— Usted desea que nos quedemos con la máquina. Pero, probablemente,
esto constituya una mala proposición por parte de «E.U. Robots». Mil
dólares al año de alquiler es un precio ridículamente bajo. ¿Tienen
tal vez la esperanza de alquilar otras máquinas semejantes a otras
Universidades a un precio más razonable?
— Ciertamente existe una esperanza de ese tipo -replicó laanning.
— Pero, incluso así, el número de máquinas que puedan alquilar sería
limitado. Dudo que de esta forma hagan un buen negocio.
Lanning apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó nerviosamente hacia
delante.
— Caballeros, permítanme explicarles las cosas con claridad. Los
robots no se pueden emplear en la Tierra, excepto en algunos casos
especiales, dado que existe un fuerte prejuicio contra ellos por parte
de la gente. «E.U. Robots» es una empresa de gran éxito sólo con
nuestros mercados extraterrestres y de los vuelos espaciales, por no
decir nada en lo que se refiere a nuestras filiales de ordenadores.
Sin embargo, nos preocupan otras cosas además de únicamente los
beneficios. Nuestra empresa cree que el empleo de robots en la propia
Tierra significaría, llegado el momento, una vida mucho mejor para
todos, aunque, al principio, se produjeran algunas perturbaciones de
tipo económico.
»Como es natural, los sindicatos estan en contra de nosotros, pero
seguramente podemos esperar cooperación de las grandes Universidades.
El robot, Easy, les facilitará el trabajo en el papeleo académico,
siempre y cuando, como es natural, le permitan hacerse cargo del papel
de corrector de galeradas. Otras Universidades e instituciones de
investigación les imitaran en esto, y si la cosa funciona, tal vez
otros robots de otros tipos lleguen a colocarse y las objeciones
públicas irán desapareciendo poco a poco.
Minott murmuró:
— Hoy, la Universidad del Nordeste; mañana, el mundo.
Furioso, Lanning musitó a Susan Calvin:
— Yo no fui tan elocuente y ellos tampoco se mostraron tan
reluctantes. Por mil dólares al año de alquiler se mostraron ansiosos
por quedarse con Easy. El profesor Minott me dijo que jamás había
visto un trabajo tan magnífico, y que ni en la gráfica que tenía en la
mano, ni en las galeradas, ni en ninguna parte, aparecía el menor
error. Hart lo admitió también con entera libertad.
Las severas arrugas verticales en el rostro de la doctora Calvin no se
suavizaron.
— Debías haberles pedido más dinero del que podían pagar, y dejar
luego que te lo regatearan.
— Tal vez -gruñó.
El fiscal aún no había acabado con el profesor Hart.
— Después de que se fuera el doctor Lanning, ¿votaron acerca de
quedarse con el Robot EZ-27?
— Sí, así lo hicimos.
— ¿Y cuál fue el resultado?
— La mayoría de los votos se decantaron por la aceptación.
— ¿Y lo que dijo usted influyó en la votación?
La defensa objetó al instante la pregunta.
El fiscal la planteó de otra manera:
— ¿Qué es lo que le influyó, personalmente, en su voto individual?
Porque supongo que usted votaría a favor.
— Voté a favor, sí. Y lo hice, sobre todo, porque había quedado
impresionado por la convicción del doctor Lanning respecto de que era
nuestro deber, como miembros de la clase dirigente intelectual,
permitir que la Robótica ayudase al Hombre en la solución de sus
problemas.
— En otras palabras, el doctor Lanning le convenció.
— Ése es su trabajo. Y lo hizo muy bien.
— Su testigo...
El defensor se acercó a la silla del testigo y miró atentamente
durante unos largos momentos al profesor Hart. Dijo:
— En realidad, se encontraba más bien ansioso por tener a su servicio
al Robot EZ-27, ¿no es cierto?
— Creíamos que si era capaz de realizar el trabajo, en ese caso podía
ser muy útil.
— ¿Si podía hacer el trabajo? Me ha parecido comprender que usted
examinó las muestras del trabajo original del Robot EZ-27 con gran
cuidado, aquel día de la reunión, tal y como nos acaba de describir.
— Sí, lo hice. Dado que el trabajo de la máquina tenía que ver, ante
todo, con el manejo del idioma inglés, y puesto que es mi campo de
competencia, parecía lógico que fuese yo el elegido para examinar el
trabajo.
— Estupendo. ¿Había algo de lo exhibido en la mesa, en el momento de
la reunión, que fuese menos que satisfactorio? Yo tengo, como prueba,
reunido aquí todo ese material. ¿Puede indicar algún objeto que no sea
satisfactorio?
— Pues...
— Es una pregunta sencilla. ¿Había alguna cosa individual que fuese
insatisfactoria? Usted lo inspeccionó. ¿Había algo?
El profesor de inglés frunció el ceño.
— No lo había.
— También tengo algunas muestras de los trabajos realizados por el
Robot EZ-27 en el transcurso de sus catorce meses como empleado en la
Nordeste. ¿Podría examinarlos y decirme si existe algo erróneo en
ellos, aunque sea sólo en uno?
Hart contraatacó:
— Incluso cuando cometía un error era una auténtica maravilla.
— ¡Conteste a mi pregunta -casi vociferó el abogado defensor- y sólo a
la pregunta que le estoy haciendo! ¿Hay algo que esté mal en todas
esas cosas?
El decano Hart miró con cautela cada uno de los artículos.
— En realidad, nada...
— Dejando aparte el asunto del que hemos estado tratando, ¿sabe de
algún error cometido por parte del EZ-27?
— Pues dejando de lado el asunto que ha dado lugar a este juicio, no.
El defensor se aclaró la garganta, como para señalar el final de un
párrafo.
Dijo:
— Tratemos ahora acerca del voto referente a si debía o no emplearse
el Robot EZ-27. Usted ha manifestado que una mayoría se mostró a
favor. ¿Cuál fue el resultado exacto de la votación?
— Creo recordar que trece a uno.
— ¡Trece a uno! Eso es algo más que una mayoría, ¿no le parece?
— ¡No, señor!
Todo lo que el decano Hart tenía de pedante pareció excitarse:
— En el idioma inglés, la palabra «mayoría» significa «más de la
mitad». Trece a uno es una mayoría, y nada más.
— Pero se trata de una mayoría casi unánime.
— ¡Pero no deja de ser una mayoría!
El defensor no quiso perder su terreno.
— ¿Y de quién fue el único voto en contra?
El decano Hart pareció encontrarse de lo más incómodo.
— El profesor Simon Ninheimer.
El defensor fingió asombro.
— ¿El profesor Ninheimer? ¿El jefe del Departamento de Sociología?
— Sí, señor.
— ¿El demandante?
— Sí, señor.
El defensor retorció los labios.
— En otras palabras, al parecer el hombre que ha presentado una
demanda, exigiendo una indemnización de 750.000 dólares contra mi
cliente, «Robots Estados Unidos y Compañía de Hombres mecánicos», fue
el único que, desde el principio, se opuso al empleo del robot, aunque
todos los demás en el Comité Ejecutivo del Consejo de la Universidad
se hallaban persuadidos de que se trataba de una buena idea.
— Votó en contra de la moción, como estaba en realidad en su derecho.
— En su descripción de la reunión no hizo referencia a ninguna clase
de observaciones por parte del profesor Ninheimer. ¿Realizó alguna?
— Creo que habló.
— ¿Sólo lo cree?
— Bueno, sí, habló.
— ¿Contra el empleo del robot?
— Sí.
— ¿Se mostró violento al respecto?
El decano Hart hizo una pausa.
— Se mostró muy vehemente.
El abogado defensor se puso confidencial.
— ¿Cuánto tiempo hace que conoce al profesor Ninheimer, decano Hart?
— Unos doce años.
— ¿Y lo conoce razonablemente bien?
— Yo diría que más bien sí.
— Así, pues, conociéndole, ¿diría usted que era la clase hombre que
puede continuar manteniendo resentimiento contra un robot, sobre todo
a causa de una votación contraria que...
El fiscal interrumpió el resto de la pregunta con una indignada y
violenta objeción por su parte. El defensor indicó que había concluido
con el testigo y el magistrado Shane señaló una interrupción para el
almuerzo.
Robertson mordisqueó su bocadillo. La compañía no iría a la quiebra
por una pérdida de tres cuartos de millón de dólares, pero esta merma
no sería nada particularmente bueno. Además, era consciente de que
habría también una secuela más larga y costosa en lo referente a la
situación en las relaciones públicas.
Dijo con amargura:
— ¿Por qué todo ese tejemaneje respecto a cómo ingresó Easy en la
Universidad? ¿Qué esperan lograr?
El abogado defensor respondió con tranquilidad:
— Un juicio ante los tribunales es algo parecido a una partida de
ajedrez. Por lo general, el ganador suele ser el que puede prever más
movimientos con antelación, y mi amigo que se encuentra en el estrado
de la acusación, no es ningún principiante. Pueden mostrar los daños;
eso no constituye ningún problema. Su esfuerzo principal radica en
anticiparse a nuestra defensa. Deben de contar ya con que nosotros
intentemos mostrar que Easy no pudo con toda probabilidad cometer el
delito..., a causa de las leyes de la Robótica.
— Muy bien -replicó Robertson-. Ésa es nuestra defensa. Una de lo más
impenetrable.
— Para un ingeniero robótico. Pero no necesariamente para un juez.
Ellos se han situado en una posición desde la cual pueden demostrar
que EZ-27 no era un robot corriente. Era el primero de su tipo en ser
ofrecido al público. Se trataba de un modelo experimental que
necesitaba de unas pruebas de campo, y la Universidad constituía la
única manera decente de proporcionar una prueba de esa clase. Esto
podría parecer plausible a la luz de los grandes esfuerzos realizados
por parte del doctor Lanning para colocar el robot y lo bien dispuesto
que estaba «E.U. Robots» a alquilarlo por tan poco dinero. El fiscal
argumentará entonces que la prueba de campo probó que Easy presentaba
un fallo. ¿Se da cuenta ahora del propósito respecto de lo que se
halla en juego?
— Pero EZ-27 era un modelo de lo más óptimo -replicó Robertson-. Era
el vigésimo séptimo en producción.
— Ése es un punto particularmente malo -repuso el abogado defensor
sombríamente-. ¿Qué pasó con los primeros veintiséis? Obviamente, algo
sucedería. ¿Y por qué no iba a pasar también algo con el que hacía el
vigésimo séptimo?
— No pasó nada con los primeros veintiséis, excepto que no eran lo
suficientemente complejos para la tarea que se exigía. Fueron además
los primeros cerebros positrónicos que se construyeron y había que
realizar muchas pruebas de aciertos y errores. Pero todos ellos
estaban provistos de las Tres Leyes. No hay ningún robot, por
imperfecto que sea, que no se atenga a las Tres Leyes.
— El doctor Lanning ya me ha explicado eso, señor Robertson, y no
tengo el menor inconveniente en aceptar su palabra al respecto. Sin
embargo, el juez tal vez no lo considere asi. Esperamos una decisión
por parte de un hombre honesto e inteligente, que carece de
conocimientos de robots y las cosas pueden ir por mal camino. Por
ejemplo, si usted o el doctor Lanning o la doctora Calvin suben al
estrado y declaran que todos los cerebros positrónicos se construyen
según el principio de «acierto y error», como acaba de decir, el
fiscal les hará pedazos en un careo. Nada podría entonces salvar
nuestro pleito. Se trata de algo que debemos evitar.
Robertson gruñó:
— Si Easy pudiese hablar...
El abogado defensor se encogió de hombros.
— Un robot no es competente en calidad de testigo, por lo que eso
tampoco nos serviría de nada.
— Pero, por lo menos, conoceríamos parte de los hechos. Sabríamos cómo
llegó a ocurrir una cosa así.
Susan Calvin estalló. Sus mejillas empezaron a enrojecerse y su voz
mostró un poco de calidez.
— Sabemos cómo lo hizo Easy. ¡Se le ordenó hacerlo! Ya lo he explicado
al consejo y se lo explicaré ahora a usted.
— ¿Y quién se lo ordenó? -preguntó Robertson honradamente asombrado.
(«Nadie me había dicho nada -pensó resentido-. Esa gente de
investigación se consideran ellos los amos de "E.U. Robots", Dios
santo...»)
— Fue el demandante -explicó la doctora Calvin.
— Santo cielo... ¿y por qué?
— Aún no lo sé. Tal vez para que así se presentase un pleito y poder
ganar dinero.
Sus ojos azules destellaron mientras la doctora lo explicaba.
— En ese caso, ¿por qué no lo dijo Easy?
— ¿No resulta obvio? Se le ordenó que permaneciera en silencio
respecto de este asunto.
— ¿Y por qué debería ser tan obvio? -inquirió truculentamente
Robertson.
— Bueno, en realidad resulta obvio para mí. La psicología de los
robots constituye mi profesión. Aunque Easy no responda a las
preguntas directas acerca de la cuestión, si responderá en lo que se
refiera a algunos asuntos colaterales al asunto en si. Al medir el
creciente titubeo en sus respuestas en la medida en que se vayan
aproximando a la pregunta central, midiendo el área en que se halla en
blanco y la intensidad de la colocación de los contrapotenciales, será
posible, con precisión científica, que sus problemas no sean más que
el resultado de una orden para que no hable, apoyándose su fuerza en
la Primera Ley. En otras palabras, se le ha dicho que, si habla, se
infligirá un daño a un ser humano. Presumiblemente, ese daño afectaría
al incalificable profesor Ninheimer, el demandante, el cual, para el
robot, no deja de representar a un ser humano.
— En tal caso -intervino Robertson-, ¿no le puede explicar que, si se
mantiene en silencio, el daño alcanzará a «E.U. Robots»?
— «E.U. Robots» no es un ser humano y la Primera Ley de la Robótica no
reconoce a una empresa como si se tratase de una persona, de la forma
ordinaria en que actúan esas leyes. Además, resultaría peligroso
intentar levantar esa especie particular de inhibición. La persona que
la ha producido es la que podría alzar la prohibición de manera menos
peligrosa, porque las motivaciones del robot a ese respecto se hallan
centradas en dicha persona. Cualquier otro curso de acción...
Meneó la cabeza y cada vez comenzó a apasionarse más y más:
— ¡No permitiré que el robot resulte dañado!
Lanning la interrumpió con aspecto de tratar de aportar un poco de
cordura a aquel problema.
— A mí me parece que sólo podemos probar que un robot es incapaz del
acto por el que se le acusa a Easy. Eso sí podemos hacerlo.
— Exactamente -repuso el defensor, un tanto enfadado-. Eso es lo que
cabe hacer. El único testigo capaz de testimoniar acerca del estado de
Easy y de la naturaleza de la condición mental de Easy son los
empleados de «E.U. Robots». El juez no podrá aceptar su testimonio
como carente en absoluto de prejuicios.
— ¿Y cómo puede negarse al testimonio de los expertos?
— Pues oponiéndose a que le puedan llegar a convencer. Ése es su
derecho en tanto que juez. Contra la alternativa de que un hombre,
como el profesor Ninheimer, de una manera deliberada haya puesto en
peligro arruinar su propia reputación, incluso por una considerable
cantidad de dinero, el juez no aceptará sólo los tecnicismos de sus
ingenieros. A fin de cuentas el juez es un hombre. Si debe elegir
entre un hombre que haga una cosa imposible y un robot que también
efectúe algo fuera de lo corriente, es de lo más probable que se
decida en favor del hombre.
— Un hombre si puede hacer algo imposible -replicó Lanning-, porque no
conocemos todas las complejidades de la mente humana y no sabemos, en
una mente humana dada, qué resulta ser imposible y qué no lo es. Pero
si sabemos lo que resulta por completo imposible en un robot.
— En realidad, debemos de tratar de convencer al juez de todo eso
-replicó cansinamente el defensor.
— Si todo lo que llega a decir es una cosa así -se quejó Robertson-,
no sé cómo podrá salir adelante.
— Ya veremos. Es bueno saber y ser consciente de las dificultades
implicadas, pero no debemos tampoco desanimarnos demasiado. Yo también
he intentado mirar hacia delante unos cuantos movimientos en este
juego de ajedrez.
Hizo un movimiento firme en dirección de la robopsicóloga. Luego
añadió:
— Con la ayuda de la buena dama que está allí.
Lanning miró de uno a otro y dijo:
— ¿De qué demonios se trata?
Pero en aquel momento el alguacil introdujo la cabeza por la puerta de
la sala y anunció, casi sin aliento, que el juicio iba a reanudarse.
Todos tomaron asiento, examinando al hombre que había dado inicio a
todo aquel problema.
Simon Ninheimer tenía una cabeza con un pelo rojizo que parecía
plumón, una cara que se estrechaba más allá de una nariz picuda hasta
terminar en una barbilla en punta; también tenía el hábito de titubear
un poco a veces cuando iba a pronunciar palabras claves en su
conversación, lo cual le confería el aire de buscar siempre una casi
insoportable precisión. Cuando decía, por ejemplo, «el sol sale por...
el Este», uno estaba seguro de que había considerado la posibilidad de
que, algunas veces, se levantase por el Oeste.
El fiscal dijo:
— ¿Se opuso usted al empleo del Robot EZ-27 por parte de la
Universidad?
— En efecto, señor.
— ¿Y por qué lo hizo?
— Me pareció que no acabábamos de comprender de una forma total las
motivaciones de «E.U. Robots». No me fié ante su ansiedad por
colocarnos el robot.
— ¿Le pareció que era capaz de realizar el trabajo para el que
presuntamente se hallaba diseñado?
— Sabía que existía un hecho para que no fuese así.
— ¿Le importaría declararnos sus razones?
El libro de Simon Ninheimer titulado «Tensiones sociales relacionadas
con los vuelos espaciales y su resolución», había tenido una
elaboración de ocho largos años. La búsqueda de la precisión por parte
de Ninheimer no se confinaba a su forma de hablar y, en un tema como
el de la sociología, que casi por definición es imprecisa, le solía
dejar indeciso.
Incluso cuando el materíal ya se hallaba en galeradas de imprenta, no
tenía la sensación de haber terminado el trabajo. En realidad, le
ocurría todo lo contrario. Cuando se quedaba mirando aquellos largas
pruebas impresas, sólo sentía que algo le acuciaba a tachar las lineas
y volverlas a redactar de una forma diferente.
Jim Baker, instructor y muy pronto profesor ayudante de Sociologia se
encontró con Ninheimer, tres dias después de que llegase la primera
remesa de galeradas de parte del impresor, mirando abstraído aquel
montón de papeles. Las galeradas se presentaban en tres copias: una
para que las leyera Ninheimer, otra para que las corrigiera Baker de
una manera independiente, y una tercera, con la indicación de
«Original», en la que se debían pasar las correcciones finales, tras
una conferencia en la que se despejaban los posibles conflictos y
desacuerdos al respecto. Aquélla era la política llevada a cabo en los
diversos artículos en los que habían colaborado durante el transcrso
de los tres años anteriores y la cosa había funcionado bien.
Baker, que era más joven y que poseía una voz baja y zalamera, llevaba
sus propias pruebas de galeradas en la mano.
Se apresuró a manifestar:
— He corregido el primer capítulo y contiene unos cuantos gazapos.
— El primer capítulo siempre los tiene -replicó Ninheimer algo
distante.
— ¿Quiere que lo repasemos ahora?
Ninheimer hizo un esfuerzo para enfocar con los ojos a Baker.
— No he repasado las galeradas, Jim. No creo que eso interese
demasiado.
Baker pareció confuso.
— ¿Que eso no importa dice?
Ninheimer curvó los labios.
— He pedido que... se lo encarguen a la máquina. A fin de cuentas,
originalmente... se le presentó como un corrector tipográfico de
galeradas. Me han presentado un plan.
— ¿La máquina? ¿Se refiere a Easy?
— Creo que ése es el bobo nombre que le han puesto.
— Pero, doctor Ninheimer, creí que usted lo había dejado de lado.
— Al parecer, fui el único en hacerlo. Tal vez debí aceptar mi parte
en esas... ventajas...
— En ese caso, me parece que he perdido el tiempo corrigiendo las
erratas en este primer capítulo -replicó pesaroso el hombre más joven.
— No se ha desperdiciado nada. Podemos comparar el resultado de la
máquina con el tuyo para hacer una verificación.
— Si lo desea, pero...
— Di...
— Dudo que encontremos algo que esté mal en el trabajo de Easy. Se
supone que jamás comete un error.
— Ya lo veremos -replicó secamente Ninheimer.
Baker trajo otra vez el primer capítulo cuatro días después. Esta vez
habían aprovechado la copia de Ninheimer, a la que habian quitado ya
el adminículo especial construido para que pudiese trabajar Easy, así
como el equipo que se utilizaba para ello.
Baker exultaba de júbilo.
— Doctor Ninheimer, no sólo ha encontrado todo lo marcado por mí, sino
también una docena de erratas que me pasé por alto... Y todo el asunto
no le llevó más allá de unos doce minutos...
Ninheimer se miró por encima la hoja, en la que aparecían en los
márgenes unas marcas y símbolos por completo nítidos.
Dijo:
— No es tan bueno y tan completo como lo hubiéramos hecho tú y yo.
Nosotros hubiéramos incluido una nota acerca del trabajo de Suzuki de
los efectos neurológicos de una baja gravedad.
— ¿Se refiere a su artículo en Sociological Reviews?
— Naturalmente...
— Me parece que no puede esperar de Easy cosas imposibles. No puede
leer por nosotros la bibliografía que va apareciendo.
— Ya me percato de ello. En realidad, ya he preparado la nota. Se la
pasaré a la máquina y me aseguraré de que sabe cómo... encargarse de
las notas.
— Lo sabrá hacer.
— Prefiero asegurarme.
Ninheimer tuvo que concertar una cita para ver a Easy, y no pudo
encontrar un momento mejor que quince minutos a últimas horas de la
tarde.
Pero los quince minutos demostraron ser más que suficientes. El Robot
EZ-27 comprendió al instante el asunto de insertar aquellas
referencias.
Ninheimer se sintió incómodo al encontrarse por primera vez tan cerca
del robot. De manera casi automática, como si se tratase de un ser
humano, se encontró preguntando:
— ¿Te hace feliz tu trabajo?
— Muy feliz, profesor Ninheimer -replicó solemnemente Easy, mientras
las fotocélulas que formaban sus ojos brillaban en su normal
resplandor de un rojo profundo.
— ¿Me conoces?
— Partiendo del hecho de que me ha proporcionado un material adicional
para incluir en las galeradas, eso quiere decir que se trata del
autor. Naturalmente, el nombre del autor aparece en la parte superior
de cada una de las pruebas de galeradas.
— Comprendo... Así, pues, has hecho... deducciones. Dime -no pudo
resistirse a la pregunta-, ¿qué te parece hasta ahora el libro?
Easy respondió:
— Me es muy agradable trabajar en él.
— ¿Agradable? Esa es una palabra muy rara para un... mecanismo carente
de emociones. Me han asegurado que careces de emociones.
— Las palabras de su libro están de acuerdo perfectamente con mis
circuitos -explicó Easy-. Presentan pocos contrapotenciales, por no
decir ninguno. En mis vias cerebrales se puede traducir este hecho
mecánico en una palabra del tipo «agradable». En un contexto emocional
sí que es del todo fortuito.
— Comprendo. ¿Por qué has encontrado el libro placentero?
— Trata acerca de los seres humanos, profesor, y no de materiales
inorgánicos o de símbolos matemáticos. Su libro intenta comprender a
los seres humanos y ayudar a incrementar la felicidad humana.
— ¿Y eso es lo que intentas hacer, y la razón de que mi libro se halle
de acuerdo con tus circuitos? ¿Es eso?
— Eso es, profesor.
Los quince minutos concluyeron. Ninheimer se fue y se dirigió a la
biblioteca de la Universidad, donde estaban a punto de cerrar. Les
pidió que esperasen el tiempo necesario pata encontrar un texto
elemental acerca de Robótica. Luego, se lo llevó a su casa.
Excepto en lo que se refería al ocasional añadido de material de
última hora, las galeradas siguieron entregándose a Easy, y a partir
de él llegaban a manos de los editores, con pequeña intervención por
parte de Ninheimer al principio, y ninguna ya más adelante.
Baker dijo, un tanto incómodo.
— Esto casi me da la sensación de que no sirvo para nada.
— Pues debería proporcionarte la sensación de tener tiempo para
dedicarte a un nuevo proyecto -repuso Ninheimer, sin alzar la vista de
las anotaciones que estaba realizando en el último número de Social
Science Abstracts.
— No estoy en absoluto acostumbrado. Sigo preocupándome por las
galeradas. Es tonto, lo sé...
— Lo es...
— El otro día cogí un par de pruebas antes de que Easy las enviara...
— ¡Qué!
Ninheimer alzó la mirada, frunciendo el ceño. Se le cayó el ejemplar
de Abstracts que tenía en la mano.
— ¿Estabas perturbando a la máquina mientras trabajaba?
— Sólo fue un momento. Todo estaba bien. Oh, si, cambió una palabra.
Usted hacía referencia a algo como «criminal» y el corrigió de estilo
la palabra y puso en su lugar «imprudente». Le pareció que el segundo
adjetivo se adecuaba mejor al contexto.
Ninheimer se quedó cada vez más pensativo.
— ¿Y tú que crees?
— Pues yo me mostré de acuerdo con él. Quedaba mejor. Ninheimer dio
vuelta a su silla giratoria para enfrentarse con su joven ayudante.
— Mira una cosa, me gustaría que no lo volvieras a hacer. Si tengo que
emplear la máquina, me gustaría... poseer todas las ventajas que
proporciona. Si debo emplearla y no poder contar con tus... servicios
porque estás dedicado a supervisar el asunto, cuando lo que se afirma
es que no se necesita de ninguna clase de revisión, en ese caso no
gano nada. ¿Lo comprendes?
— Sí, doctor Ninheimer -replicó sumiso Baker.
Los primeros ejemplares de «Tensiones sociales...» llegaron al
despacho del doctor Ninheimer el 8 de mayo. Los revisó brevemente,
pasando páginas y deteniéndose para leer un párrafo aquí y allá. Luego
dejó a un lado los ejemplares.
Tal y como lo explicó más tarde, se olvidó del asunto. Durante ocho
años había permanecido trabajando en el libro, pero ahora, tras tantos
meses transcurridos, le habían atraído otros asuntos mientras Easy se
había echado sobre sus espaldas la pesada tarea de corregir el libro.
Ni siquiera pensó en donar el habitual ejemplar de obsequio del autor
para la biblioteca de la Universidad. Ni siquiera Baker, que se había
puesto a trabajar y que había dejado tranquilo al jefe del
departamento, tras el sofión recibido en su última reunión, recibió un
ejemplar.
El día 16 de junio acabó esta primera fase. Ninheimer recibió una
llamada telefónica y miró sorprendido la imagen que salía por la
placa.
— ¡Speidell! ¿Está en la ciudad?
— No, señor. Me encuentro en Cleveland.
La voz de Speidell temblaba a causa de la emoción.
— ¿Entonces, a qué viene esta llamada?
— Porque acabo de ojear su nuevo libro. Ninheimer, ¿se ha vuelto loco?
¿Ha perdido la cordura?
Ninheimer quedó envarado...
— ¿Hay algo que esté... mal? preguntó alarmado.
— ¿Mal? Me refiero a la página 562. ¿Cómo demonios ha podido
interpretar mi obra de la manera en que lo hace? ¿En qué lugar del
artículo citado presento una alegación de que la personalidad criminal
no existe, y qué es eso de que las agencias que velan por el
cumplimiento de la ley son los verdaderos criminales? Aquí dice,
permítame que se lo cite...
— ¡Espere! ¡Espere! -gritó Ninheimer, tratando de encontrar la
página-. Déjeme ver... Déjeme ver... ¡Dios santo!
— ¿Y bien?
— Speidell... No sé cómo ha podido suceder esto. Jamás lo he escrito
yo.
— ¡Pero así ha salido impreso! Y esta distorsión no es lo peor. Mire
la página 690 e imagínese lo que Ipatiev hará con usted cuando vea el
estropicio que ha armado con sus descubrimientos... Mire, Ninheimer,
el libro está lleno de este tipo de cosas. No sé qué ha estado
pensando al respecto, pero lo único que se puede hacer con este libro
es retirarlo del mercado. Y será mejor que se halle preparado para
presentar unas extensas disculpas en la próxima reunión de la
Asociación.
Speidell, escuche...
Pero Speidell había desaparecido de la pantalla con tal violencia que,
durante quince segundos, la placa estuvo brillando con imágenes
posteriores a la llamada.
Fue entonces cuando Ninheimer empezó a revisar a fondo el libro y
comenzó a marcar fragmentos con tinta roja.
Mantuvo los nervios en extremo calmados cuando se enfrentó a Easy otra
vez, pero sus labios aparecían pálidos.
Le pasó el libro a Easy y dijo:
— ¿Me haces el favor de leer los pasajes señalados en rojo en las
páginas 562, 631, 664 y 690?
Easy lo hizo así tras echarles cuatro ojeadas.
— Si, profesor Ninheimer.
— Pues esto no es lo que estaba en el oríginal de las galeradas.
— No, señor. No estaba.
— ¿Lo cambiaste tú para que ponga lo que dice ahora?
— Sí, señor.
— ¿Por qué?
— Señor, estos pasajes, tal y como se leían en su versión, eran de lo
más desagradables para ciertos grupos de seres humanos. Sentí que
resultaba aconsejable cambiar las expresiones para evitar que unos
seres humanos resultasen dañados.
— ¿Y cómo te atreviste a hacer una cosa así?
— La Primera Ley, profesor, no me lo permitía, por inacción, dejar que
unos seres humanos resultaran dañados. Ciertamente, considerando su
reputación en el mundo de la Sociología y la amplia circulación que su
libro recibiría entre los estudiosos, se hubiera llegado a infligir un
daño considerable a cierto número de seres humanos de los que estaba
hablando.
— ¿Pero, no te das cuenta del daño que todas estas cosas me van a
acarrear a mí ahora?
— Era necesario elegir la alternativa que resultara un mal menor.
El profesor Ninheimer, temblando de furia, se alejó de allí. Resultaba
claro para él que «E.U. Robots» le pediría cuentas por aquel asunto.
Se produjo una gran excitación en la mesa de la defensa, la cual
aumentó a medida que el fiscal desarrollaba los puntos clave.
— ¿Entonces el Robot EZ-27 le informó de que la razón para esta acción
se basaba en la Primera Ley de la Robótica?
— Eso es correcto, señor.
— ¿Y, en efecto, no le cabía la menor elección?
— Sí, señor.
— De lo cual se desprende que «E.U. Robots» diseñó un robot que
tendría la necesidad de reescribir los libros de acuerdo con sus
propias concepciones de lo que estaba bien. Y, sin embargo, lo hizo
pasar por un simple corrector tipográfico de galeradas. ¿No le parece
así?
El abogádo defensor objetó con firmeza y al instante, señalando que al
testigo le estaban pidiendo que adoptara una decisión sobre una
materia en la que carecía de competencia. El juez amonestó al fiscal
en los términos usuales, pero no cupo la menor duda de que aquel
intercambio había hundido a los demandados, sobre todo al abogado
defensor.
La defensa pidió un breve aplazamiento antes de comenzar el
contrainterrogatorio, empleando un tecnicismo legal al efecto, tras lo
cual se le concedieron cinco minutos.
Se volvió hacia Susan Calvin.
— ¿Es posible, doctora Calvin, que el profesor Ninheimer esté diciendo
la verdad y que Easy se viese motivado por la Primera Ley?
Calvin apretó los labios y luego dijo:
— No. Eso no es posible. La última parte del testimonio de Ninheimer
no deja de ser un deliberado perjurio. Easy no está diseñado para que
sea capaz de juzgar las materias en el estadio de abstracción
presentado por un libro avanzado de Sociología. No podría afirmar que
ciertos grupos de seres humanos llegarían a verse lastimados por una
frase en un libro de ese tipo. Simplemente, su mente no está
construida para eso.
— Sin embargo, supongo que no podremos probar eso a un lego -replicó
pesimista el abogado defensor.
— No -admitió la Calvin-. La prueba seria altamente compleja. Nuestro
único procedimiento continúa siendo el mismo. Debemos probar que
Ninheimer miente, y nada de lo que ha dicho nos obliga a cambiar
nuestro plan de ataque.
— Muy bien, doctora Calvin -respondió el abogado defensor-. Debo
aceptar su palabra en este asunto. Seguiremos tal y como lo habíamos
planeado.
En la sala, la maza del juez se levantó y cayó y el doctor Ninheimer
ocupó una vez más el estrado de los testigos. Sonrió un poco como
alguien que percibe que su posición es inexpugnable y que más bien
disfruta de la perspectiva de contrarrestar un ataque inútil.
El abogado defensor se aproximó con timidez y comenzó con voz suave:
— Doctor Ninheimer, ¿lo que pretende decir es que estaba del todo
inconsciente de esos presuntos cambios en su manuscrito hasta la
ocasión en que el doctor Speidell le llamó el dieciséis de junio?
— Eso es correcto, señor.
— ¿No miró en ningún momento las galeradas después de que el Robot
EZ-27 hubo leído las pruebas?
— Al principio fue así, pero me pareció que se trataba de una tarea
carente de utilidad. Confié en las alegaciones que había efectuado
«E.U. Robots». Los cambios... absurdos se efectuaron sólo en la última
cuarta parte del libro después de que, según imagino, el robot hubo
aprendido lo suficiente en materia de Sociología...
— ¡Nunca imagine nada! -le reconvino el abogado defensor-. Yo
comprendo a su colega, el doctor Baker, que vio las ultimas galeradas
por lo menos en una ocasión. ¿Recuerda haber prestado testimonio a
este respecto?
— Sí, señor... Como dije, me explicó que había mirado una página, e
incluso allí, el robot había cambiado una palabra.
El abogado defensor le interrumpió:
— ¿No encuentra extraño, señor, que después de un año de implacable
hostilidad hacia el robot, tras haber votado en contra de él en primer
lugar, y haberse negado a que sirviera para cualquier tipo de uso, de
repente usted decidiese poner su libro, su Magnum Opus, en sus manos?
— Yo no encuentro eso extraño. Simplemente decidí que yo también debía
utilizar la máquina.
— ¿Y se mostró tan confiado respecto del Robot EZ-27, así, tan de
repente, hasta el extremo de no molestarse siquiera en comprobar las
galeradas que corregía?
— Ya le dije que me encontraba... persuadido por la propaganda de
«E.U. Robots».
— ¿Tan persuadido que, cuando su colega, el doctor Baker, intentó
comprobar al robot usted le reprendió enérgicamente?
— Yo no le reprendí. Simplemente le dije que no me gustaba que...
perdiese el tiempo. Al menos, entonces pensé que constituía una
pérdida de tiempo. No capté el significado de aquel cambio de una
palabra en el...
El defensor le interrumpió con pesado sarcasmo:
— No albergo la menor duda de que recibió instrucciones acerca de que
el cambio de palabras quedase registrado.
Alteró su pregunta para impedir que le pusiesen objeciones.
— El punto principal en este asunto es que se mostró en extremo
furioso con el doctor Baker.
— No, señor. No estaba furioso.
— Pero usted no le entregó un ejemplar de su libro cuando lo recibió.
— Fue, simplemente, un olvido. Tampoco entregué a la biblioteca su
ejemplar.
Ninheimer sonrió con cautela.
— Ya se sabe que los profesores son muy distraídos...
El abogado defensor dijo:
— ¿No le parece extraño que, tras más de un año de un trabajo
perfecto, el Robot EZ-27 se equivocase precisamente con su libro? ¿En
un libro que había sido escrito por usted, que era, entre todas las
demás personas, el más implacablemente hostil respecto del robot?
— Mi libro era la única obra de importancia que tratase acerca de la
Humanidad con el que tuvo que enfrentarse. Entonces fue cuando
intervinieron las Tres Leyes de la Robótica.
— Ya van varias veces, doctor Ninheimer -añadió el defensor- que ha
tratado de pasar por un experto en Robótica. Al parecer, de repente se
ha empezado usted a interesar por la Robótica y ha sacado todos los
libros acerca de este tema que había en la biblioteca. Usted ha
testificado al respecto, ¿no es verdad?
— Un libro, señor. Y eso fue el resultado de lo que, al parecer, fue
sólo una... natural curiosidad.
— ¿Y eso le ha permitido explicar por qué el robot, tal y como usted
alega, ha distorsionado su libro?
— Sí, señor.
— De lo más conveniente. ¿Pero está seguro de que su interés por la
Robótica no ha tenido como finalidad permitirle manipular al robot
respecto de las respuestas que ha dado?
Ninheimer se puso colorado.
— ¡Claro que no, señor!
El abogado defensor elevó el tono de su voz:
— En realidad, ¿está seguro de que los presuntos pasajes alterados no
se encontraban en primer lugar tal y como ahora aparecen?
El sociólogo casi se levantó de un salto.
— Eso es... ridículo... Yo tuve las galeradas...
Presentaba dificultades para hablar y el fiscal se puso en pie para
terciar con suavidad en el interrogatorio:
— Con vuestro permiso, Su Señoría, intento presentar como pruebas la
serie de galeradas que hizo llegar el doctor Ninheimer al Robot EZ-27
y la serie de galeradas enviadas por correo por parte del Robot EZ-27
a los editores. Lo efectuaré ahora si mi estimado colega lo desea, y
se muestra conforme en pedir una interrupción del proceso para que se
puedan comparar los dos juegos de galeradas.
El defensor hizo un gesto impaciente con la mano.
— Eso no será necesario. Mi honrado adversarío puede presentar esas
galeradas de la forma que mejor elija. Estoy seguro de que mostrará
las discrepancias que alega el demandante como existentes. Lo que me
gustaría saber del testigo, no obstante, es si él también tiene en su
poder las galeradas del doctor Baker.
— ¿Las galeradas del doctor Baker?
Ninheimer frunció el ceño. Ya no era dueño de si mismo.
¡Si, profesor! Me refiero a las galeradas del doctor Baker. Atestiguó
al respecto que el doctor había recibido un ejemplar por separado de
las galeradas. Me gustaría que el escribano forense leyera su
testimonio si, de repente, presenta usted un tipo selectivo de
amnesia. O si se trata sólo, como dijo antes, que los profesores son
notoriamente muy despistados.
Ninheimer dijo:
— Me acuerdo de las galeradas del doctor Baker. No fueron necesarias
una vez que el trabajo quedó a cargo de la máquina de corregir
galeradas...
— ¿Por lo tanto las quemó?
— No. Las tiré a la papelera.
— ¿Quemarlas, tirarlas a la papelera..., qué diferencia hay? la cosa
es que se desembarazó de ellas.
— No hay nada malo en ello -comenzó a decir Ninheimer con voz
quebrada.
— ¿Nada malo? -replicó como un trueno el abogado defensor-. No hay
malo, excepto que ahora no tenemos ninguna posibilidad de comprobar
si, en ciertas galeradas cruciales, no ha sustituido usted una
galerada inofensivamente en blanco de la copia del doctor Baker por
una hoja de su propio ejemplar que deslizara de manera deliberada de
tal forma que el robot se viese forzado a...
El fiscal gritó una furiosa objeción. El magistrado Shane se inclinó
hacia delante, con su redondeado rostro realizando los mejores
esfuerzos para asumir una expresión de ira equivalente a la intensidad
de la emoción sentida por el hombre.
El juez dijo:
— Señor abogado, ¿tiene alguna prueba que respalde esa extraordinaria
declaración que acaba de hacernos?
El defensor contestó en voz baja:
— Su Señoría, carezco de una prueba directa. Pero me gustaría señalar
que, considerada de una manera apropiada, la súbita conversión del
demandante desde su antiroboticismo a su gran interés por la Robótica
y su negativa a comprobar las galeradas, o a permitir que cualquier
otra persona las revisara, sus cuidadosos esfuerzos por impedir que
cualquier persona viese el libro inmediatamente después de su
publicación, todo eso señala con claridad hacia...
— Señor abogado -le interrumpió impaciente el juez- éste no es el
lugar adecuado para unas deducciones esotéricas. El demandante no se
halla sometido a juicio. Ni tampoco es usted su acusador privado. Le
prohibo esta línea de ataque y sólo puedo señalar que la desesperación
que le ha inducido a hacer esto no le va a ayudar, sino que más bien
debilitará su caso. Si tiene unas preguntas legítimas que efectuar,
señor abogado, puede continuar con su contrainterrogatorio. Pero le
prevengo contra otra exhibición de esa clase ante la sala.
— No tengo más preguntas, Su Señoría.
Robertson susurró acalorado cuando el abogado defensor regresó a su
mesa:
— Por el amor de Dios, ¿qué bien puede hacernos todo eso? Ahora el
juez se ha puesto frontalmente en su contra.
El defensor repuso con toda calma:
— Pero Ninheimer está más bien desconcertado. Y le hemos preparado
para el movimiento de mañana. Entonces estará ya maduro...
Susan Calvin asintió con gran seriedad.
En comparación, la actuación del fiscal fue bastante suave. El doctor
Baker fue llamado y respaldó la mayor parte del testimonio de
Ninheimer. Los doctores Speidell e Ipatiev fueron también citados ante
el estrado, y expusieron, de la forma mas abierta, su indignación y
consternación ante la cita de varios
pasajes en el libro del doctor Ninheimer. Ambos expresaron su opinión
personal de que la reputación profesional del doctor Ninheimer había
quedado gravemente malparada.
Se presentaron como prueba las galeradas, así como unos ejemplares del
libro ya impreso.
La defensa no procedió a otros contrainterrogatorios aquel día. El
fiscal tampoco actuó más y el juicio se aplazó hasta la mañana
siguiente.
El abogado defensor realizó su primer movimiento al principio de la
sesión del segundo día. Requirió que se admitiera al Robot EZ-27 como
espectador durante los procedimientos.
El fiscal se opuso al instante y el magistrado Shane convocó a ambas
partes ante su estrado.
El fiscal dijo acaloradamente:
— Esto es obviamente ilegal. Un robot no puede penetrar en ningún
edificio para ser usado por el público en general.
— Esta sala -señaló el abogado defensor- está cerrada para todo el
mundo, excepción hecha de aquellos que tienen una relación inmediata
con el juicio.
— Una gran máquina, con una conocida conducta errática perturbaría a
mis clientes y a mis testigos con su presencia... Embrollaría todos
los procedimientos.
El juez pareció inclinarse a estar de acuerdo. Se volvió hacia el
defensor y le dijo reflejando una escasa simpatía:
— ¿Cuáles son las razones de su petición?
El abogado defensor contestó:
— Es nuestra opinión que al Robot EZ-27 no le es posible, por la
naturaleza de su construcción, portarse de la forma que se ha descrito
que se ha comportado. Será necesario realizar unas cuantas
demostraciones.
El fiscal medió:
— No veo que eso sea necesarío, Su Señoría. Las demostraciones
llevadas a cabo por unos hombres que son empleados en «E.U. Robots»
valen muy poco como prueba, dado que «E.U. Robots» es el demandado.
— Su Señoría -contraatacó el defensor-, la validez de cualquier prueba
está encaminada a una decisión por su parte, y no por parte del
ministerio fiscal. Por lo menos, ésta es mi presunción.
El magistrado Shane no tuvo más remedio que ejercer sus prerrogativas,
y contestó:
— Su presunción es correcta. De todos modos, la presencia aquí de un
robot puede plantear importantes cuestiones legales.
— Naturalmente, Su Señoría, no se debe permitir que nada perjudique
los requerimientos de la justicia. De no hallarse el robot presente,
se nos impedirá presentar de modo adecuado nuestra defensa.
El juez consideró la cuestión.
— Habría el problema de transportar el robot hasta aquí.
— Ése es un problema con el que «E.U. Robots» tiene que tratar con
gran frecuencia. Tenemos aparcado un camión enfrente del tribunal, que
está fabricado teniendo en cuenta las leyes que rigen el transporte de
robots. El Robot EZ-27 se halla dentro, metido en un embalaje y con
dos hombres que lo custodian. Las puertas del camión son
apropiadamente seguras y se han tomado todas las demás precauciones
que hacen al caso.
— Parece estar muy seguro -replicó el magistrado Shane, dando de nuevo
muestras de mal humor- de la decisión acerca de este punto estará a su
favor.
— En absoluto, Su Señoría. De no ser así, simplemente haremos regresar
al camión. No he realizado ningún tipo de presunciones respecto de
cuál sería su decisión.
El juez asintió.
— Se autoriza el requerimiento presentado por el abogado defensor.
El embalaje fue transportado en una gran carretilla de ruedas, y los
dos hombres que cuidaban de toda la operación lo abrieron a
continuación. La sala quedó inmersa en un silencio total.
Susan Calvin aguardó mientras se acababan de quitar todos los
precintos. Luego alargó una mano y dijo:
— Ven, Easy.
El robot miró en su dirección y extendió su gran brazo metálico. Tenía
más de medio metro de altura por encima de ella, pero la atendió
obedientemente como un niñito ante una orden de su madre. Alguien rió
nerviosamente en la sala, pero la risilla se le estranguló ante una
dura mirada por parte de la doctora Calvin.
Easy se sentó en una enorme silla que había traído el alguacil, que
crujió un poco pero que resistió su peso.
El abogado defensor dijo:
— Cuando resulte necesario. Su señoría, demostraremos que éste es en
realidad el Robot EZ-27, el robot especifico que ha estado al servicio
de la Universidad del Nordeste durante el período de tiempo que nos
ocupa.
— Muy bien -dijo Su Señoría-. Eso será necesario. Por ejemplo, yo no
tengo la menor idea de cómo se puede distinguir un robot de otro.
— Y ahora -prosiguió el defensor- me gustaría llamar al estrado a mi
primer testigo. Profesor Simon Ninheimer, por favor.
El escribano forense vaciló y se quedó mirando al juez. El magistrado
Shane preguntó, con visible sorpresa:
— ¿Está llamando como testigo de la defensa al propio demandante?
— Sí, Su Señoría.
— Confio en que sea consciente de que, en tanto en cuanto sea su
testigo, no se le permitiría ninguna de las facultades de que
disfrutaría de hallarse contrainterrogando a un testigo de la parte
contraria.
El abogado defensor respondió con mucha suavidad.
— Mi único propósito en todo esto es llegar a la verdad. No será
necesario más que efectuar unas preguntas muy educadas.
— Está bien -repuso el juez dubitativamente-. Usted es el que lleva
este caso. Llame al testigo.
Ninheimer ocupó el estrado y se le informó de que seguía bajo
juramento. Parecía mucho más nervioso que el día anterior, y de lo más
suspicaz.
Pero el abogado defensor le contempló con benignidad.
— En la actualidad, profesor Ninheimer, está usted demandando a mis
clientes por una suma de 750.000 dólares.
— Ésa es la... suma. Sí.
— Es una gran cantidad de dinero.
— He sufrido una gran cantidad de perjuicios.
— Seguramente no tantos. El material en cuestión sólo implica unos
cuantos pasajes en un libro. Tal vez se trate de unos pasajes
desafortunados, pero, a fin de cuentas, los libros aparecen a veces
con errores muy curiosos.
Las ventanillas de la naríz de Ninheimer se estemecieron.
— Señor, este libro hubiera representado el ápice de mi carrera
profesional. En vez de ello, me hace parecer un estudioso de lo más
incompetente, un pervertidor de unos puntos de vista mantenidos por
mis estimados amigos y ayudantes, y un partidario de unas concepciones
ridículas... pasadas de moda. ¡Mi reputación ha quedado alterada de
manera irrecuperable! Jamás podré mantener la cabeza alta en
cualquier... reunión de eruditos, sin tomar en consideración cómo
termine este juicio. Ciertamente no podré continuar mi carrera, que ha
constituido toda mi vida. El auténtico propósito de mi vida ha
quedado... abortado y destruido.
El abogado defensor no hizo el menor ademán para interrumpir su
discurso, pero se miró de forma abstraída las uñas mientras continuaba
la perorata.
Siguió con un tono de voz muy atenuado:
— Pero, seguramente, profesor Ninheimer, a su actual edad ya no puede
confiar en ganar más de, siendo muy generosos, unos 150.000 dólares
durante el resto de su vida. Y lo que le está pidiendo al tribunal es
que le ofrezca una recompensa cinco veces superior.
Ninheimer replicó con una aún mayor explosión emocional:
— No es sólo toda mi vida la que he arruinado. No sé aún por cuántas
generaciones se me señalará por los sociólogos como... un loco o un
maníaco. Mis auténticos logros quedarán enterrados e ignorados. No
sólo quedaré arruinado hasta el día de mi muerte, sino por todo el
tiempo que seguirá después, porque siempre habrá gente que no se
acabará de creer que todo haya sido obra de un robot, que fue el que
realizó todos esos añadidos...
Fue en aquel momento cuando el Robot EZ-27 se puso en pie. Susan
Calvin no realizó el menor movimiento para detenerle. Siguió sentada e
inmóvil, mirando hacia delante. El abogado defensor suspiró
imperceptiblemente.
La melodiosa voz de Easy se escuchó con total claridad.
Dijo:
— Me gustaría explicar a todo el mundo que inserté en las pruebas de
galeradas ciertos pasajes que parecían oponerse de una manera directa
a todo lo que se había dicho previamente...
Incluso el ministerio fiscal se había quedado tan desconcertado ante
el espectáculo de aquel robot de más de dos metros, que se levantaba
para dirigirse al tribunal, que no fue capaz de pedir que se detuviese
el procedimiento, que resultaba obviamente de lo más irregular.
Cuando pudo al fin serenarse, era ya demasiado tarde: Ninheimer se
había levantado de la silla del estrado de los testigos, con el rostro
demudado.
Gritó de modo salvaje:
— ¡Maldita sea, tenias instrucciones de mantener la boca cerrada...!
Se ahogó y dejó de hablar. También Easy permaneció silencioso.
El fiscal se había ya levantado y exigía que el juicio fuese anulado.
El magistrado Shane empezó a dar mazazos desesperadamente.
— ¡Silencio! ¡Silencio! Existen todas las razones posibles para
declarar la nulidad de las actuaciones, excepto que, en interés de la
justicia, me gustaría que el profesor Ninheimer completase su
declaración. Le he escuchado con la mayor claridad decirle al robot
que el robot había recibido instrucciones para mantener la boca
cerrada respecto de algo. ¡En su testimonio, profesor Ninheimer, no
realizó la menor mención a cualesquiera instrucciones impartidas al
robot para que se mantuviese en silencio respecto de alguna cosa!
Ninheimer miró en silencio al juez.
El magistrado Shane prosiguió:
— ¿Dio usted instrucciones al Robot EZ-27 para mantener silencio
acerca de algo? Y de ser así, ¿acerca de qué?
— Su Señoría -comenzó Ninheimer con voz ronca, pero no pudo continuar.
La voz del juez se fue haciendo cada vez más cortante:
— ¿En realidad ordenó que hiciese los añadidos en cuestión en las
galeradas y luego le ordenó al robot que mantuviese silencio respecto
de su participación en este asunto?
El fiscal presentó con el mayor vigor su objeción, pero Ninheimer
gritó:
— ¿Y eso qué importa? ¡Si! ¡Si!
Y salió corriendo del estrado de los testigos. Se vio detenido en la
puerta por el alguacil y se hundió desesperanzado en una de las
últimas hileras de sillas, con la cabeza sepultada entre ambas manos.
El magistrado Shane prosiguió:
— Me resulta de lo más evidente que el Robot EZ-27 ha sido traído aquí
para realizar una artimaña. Pero hay que tener en cuenta que esta
artimaña ha servido para impedir que se cometiese un error judicial,
por lo que no puedo sancionar por desacato al abogado defensor. Ahora
ha quedado claro, más allá de cualquier duda, de que el demandante ha
cometido lo que para mi resulta un fraude por completo inexplicable,
puesto que, aparentemente, sabia que iba a arruinar su carrera en el
proceso...
La sentencia, naturalmente, fue favorable para la parte demandada.
La doctora Susan Calvin anunció su presencia en los edificios de la
residencia para solteros de la Universidad. El joven ingeniero que la
había llevado en coche se ofreció a subir con ella, pero la doctora le
miró ceñudamente.
— ¿Cree usted que me va a atacar? Espéreme aquí.
Ninheimer no se hallaba de humor para asaltar a nadie. Estaba haciendo
la maleta, sin perder el menor tiempo, ansioso por alejarse antes de
que la adversa conclusión del juicio llegara a conocimiento general.
Se quedó mirando a la Calvin con cierto aire de desafío, y dijo:
— ¿Viene usted a avisarme que ahora me demandarán a su vez? De ser
así, no les va a servir de nada. No tengo dinero, ni trabajo ni
futuro. Ni siquiera podré abonar las costas de este juicio.
— Si lo que busca es mi simpatía -replicó la doctora Calvin con la
mayor frialdad-, va de lo más descaminado. Éste es el merecido pago
por sus acciones. Sin embargo, no habrá una contrademanda, ni contra
usted ni contra la Universidad. Incluso haremos lo que esté en
nuestras manos para evitar que acabe en prisión por perjurio. No somos
vengativos.
— ¿Así que esa es la razón de que no me halle bajo custodia por jurar
en falso? Ya me había extrañado. Pero, en realidad -añadió
amargamente-. ¿por qué deberían mostrarse vengativos? Ahora ya tienen
lo que querían.
— Si, tenemos parte de lo que deseábamos -replicó la doctora Calvin-.
La Universidad seguirá empleando a Easy, con unos honorarios de
alquiler considerablemente más elevados. Además, habrá cierta
publicidad clandestina en lo referente al juicio, lo cual posibilitará
el colocar unos cuantos modelos EZ más en otras instituciones, sin el
peligro de que se repitan todos estos problemas.
— ¿En ese caso, por qué ha venido a verme?
— Porque aún no tengo todo lo que quiero. Deseo saber por qué odia
tanto a los robots. Aunque hubiera ganado el pleito, de todos modos su
reputación habría quedado arruinada. El dinero que hubiera conseguido
no habría representado una compensación por todo eso. ¿Pero si habría
sido una satisfacción por su odio a los robots?
— ¿Le interesan las mentes humanas, doctora Calvin? -preguntó
Ninheimer con ácida burla.
— En lo que estas reacciones tengan que ver con el bienestar de los
robots, sí me interesan. Por esta razón, he aprendido también un poco
de psicología humana.
— ¡La suficiente para haberme engañado!
— Eso no fue difícil -replicó la doctora Calvin, sin la menor
pomposidad-. Lo dificil era hacer la cosa de tal modo que no llegase a
lastimar a Easy.
— Eso significa que se halla más preocupada por una máquina que por un
hombre.
Se la quedó mirando con un salvaje desprecio.
Aquello no conmovió a la doctora Calvin.
— Sólo lo parece así, profesor Ninheimer. Sólo preocupándonos por los
robots se llega uno a preocupar verdaderamente por el hombre del siglo
XXI. Lo comprendería mejor si fuese usted robotista.
— He leído ya lo suficiente acerca de robots para saber que no deseo
en absoluto ser especialista en Robotica...
— Perdón... Usted ha leído un libro sobre robots. Pero no le ha
enseñado nada. Aprendió lo suficiente para saber que podía ordenar a
un robot que hiciese muchas cosas, incluso falsear un libro, si lo
llevaba a cabo de una manera apropiada. Aprendió lo bastante para
saber que no le podía ordenar olvidar algo por completo y sin riesgo
de que fuese detectado, pero pensó que sí podía ordenarle simplemente
guardar silencio, para una mayor seguridad. Pero se equivocó.
— ¿Conjeturó usted la verdad a partir de su silencio?
— No tuve que conjeturar nada. Usted era sólo un aficionado y no sabía
lo suficiente como para borrar por completo todas sus huellas. Mi
único problema fue probar el asunto al juez y usted fue lo
suficientemente amable como para ayudarnos allí, pasando por alto la
robótica que tanto alega despreciar.
— ¿Esta discusión tiene algún tipo de propósito? -preguntó Ninheimer
cansinamente.
— Para mí, si -replicó Susan Calvin-, porque quiero que comprenda lo
mal que ha juzgado a los robots. Redujo al silencio a Easy diciéndole
que si le explicaba a alguien cómo usted había distorsionado el libro,
perdería el empleo. Eso mantuvo cierto potencial dentro de Easy hacia
el silencio, algo que fue lo suficientemente fuerte como para resistir
nuestros esfuerzos para hacerle hablar. Y le hubiéramos causado daños
a su cerebro de haber persistido.
»Sin embargo, ya en el estrado de los testigos, fue usted mismo el que
suscitó un contrapotencial aún más fuerte. Afirmó que, dado que la
gente pensaría que había sido usted, y no un robot, el que había
escrito los disputados pasajes del libro, acabaría usted perdiendo
mucho más que sólo su trabajo. Perdería su reputación, su modo de
vida, su respeto, su razón de vivir. Incluso perdería su memoria
después de su muerte. Usted mismo introdujo un nuevo y más alto
potencial, y eso es lo que le hizo hablar a Easy.
— Dios santo -exclamó Ninheimer, apartando la cabeza.
Calvin se mantuvo inexorable.
Prosiguió:
— ¿Comprende por qué habló? No fue para acusarle, sino para
defenderle... Resultaba algo matemático el que él iba a asumir toda la
culpa del crimen de usted, y negar que usted tuviera algo que ver con
el asunto. La Primera Ley exigía eso. Iba a mentir, a dañarse él
mismo, para que el perjuicio monetario sólo afectase a una empresa. El
lo único que queria era salvarle a usted. De haber comprendido bien a
los robots y a la robótica, debería haberle permitido hablar. Pero
usted no lo comprendió, como yo estaba segura que sucedería, tal y
como garanticé al abogado defensor de que usted no lo sabría. En su
odio hacia los robots, estaba por completo convencido de que Easy
actuaría como lo hacen los seres humanos, y que se defendería él mismo
y a su costa. Así su ira se desató contra él, pero fue usted el que se
destruyó a sí mismo.
Ninheimer respondió, con la mayor mala intención:
— Espero que algún día sus robots se vuelvan contra usted y la
asesinen...
— No sea bobo -repuso la Calvin-. Ahora lo que quiero es que me
explique por qué hizo todas esas cosas.
Ninheimer sonrió de forma distorsionada, una sonrisa carente por
completo de humor.
— ¿Debo desmenuzar mi mente, por curiosidad intelectual, y a cambio de
una inmunidad respecto de una acusación de perjurio?
— Enfóquelo de esa manera si lo desea -repuso la doctora Calvin sin la
menor emoción-. Lo que quiero es que lo explique.
— ¿Será de ese modo como protegerá a los robots de una manera más
eficiente de los intentos que se hagan contra ellos. ¿Comprendiendo
mejor las cosas?
— En efecto, así es.
— Verá... -siguió Ninheimer-, se lo diré... Sólo para observar que no
le sirva para nada. Usted no comprende las motivaciones humanas. Sólo
entiende a sus malditas máquinas, porque es usted misma una máquina,
aunque con piel.
Ninheimer respiraba pesadamente y no hubo el menor titubeo en su
perorata, en la que tampoco buscó la precisión. Era como si para él la
precisión ya no mostrase la menor utilidad.
Dijo:
— Durante doscientos cincuenta años, la máquina ha estado sustituyendo
al hombre y destruyendo todo lo que era artesanía. La alfarería ha
acabado en moldes y prensas. Las obras de arte se han visto
sustituidas por cachivaches estampados en una matriz. ¡Llámelo
progreso si lo desea! El artista se ha visto reducido a la
abstracción, confinado en un mundo de ideas. Debe diseñar algo en su
mente..., y luego la máquina se dedica a hacer el resto.
»¿Cree usted que la alfarería tiene bastante con la creación mental?
¿Supone que la idea es suficiente? ¿Cree que no hay nada en la
sensación de la arcilla en si, en observar cómo la cosa crece,
mientras mano y mente trabajan unidas? ¿Le parece que el auténtico
crecimiento no actúa como una retroalimentación para modificar y
mejorar la idea?
— Pero usted no es un alfarero -le dijo la doctora Calvin.
— ¡Yo soy un artista creador! Yo diseño y fabrico artículos y libros.
Hay algo más que simplemente pensar en las palabras y en colocarlas en
un orden correcto. Si la cosa fuera así, no habría en ello el menor
placer, ni tampoco la menor recompensa.
»Un libro va tomando forma en manos del escritor. Uno ve cómo los
capítulos crecen y se desarrollan. Se debe trabajar y recrear, y
observar cómo los cambios tienen lugar más allá incluso del concepto
de original. Uno toma entre las manos las galeradas y ve cómo se ven
las frases una vez impresas, y luego se las moldea de nuevo. Existen
centenares de contactos entre un hombre y su trabajo en cada una de
las fases del juego, y el mismo contacto es placentero y paga con
creces a un hombre por el trabajo que dedica a su creación, algo que
es superior a cualquier otra cosa. Y su robot nos ha robado todo eso.
— Pero lo mismo hace una máquina de escribir. Y una prensa de
imprenta. ¿Lo que usted propone es volver a la iluminación a mano y a
los manuscritos?
— Las máquinas de escribir y las de imprimir quitan algo, pero su
robot es el que nos priva de todo. Sus robots se han apoderado de las
galeradas. Muy pronto ellos, u otros robots, se apoderarán también de
la escritura original, de la búsqueda de las fuentes, de comprobar y
recomprobar los distintos pasajes, tal vez incluso de realizar las
deducciones para las conclusiones. ¿Y qué le quedará entonces al
erudito? Sólo una cosa: las estériles decisiones relativas a las
órdenes que habrá que dar al robot siguiente... Quiero salvar a las
futuras generaciones de estudiosos de un final tan diabólico. Eso
significa para mí mucho más que mi propia reputación y por lo tanto
estoy decidido a destruir a «E.U. Robots» por todos los medios que
estén a mi alcance.
— Pues lo más seguro será que fracase en su intento -repuso Susan
Calvin.
— Pero valdrá la pena intentarlo -afirmó Simon Ninheimer.
La doctora Calvin se dio la vuelta y se marchó. Procuró lo mejor que
pudo evitar el menor asomo de simpatía hacia aquel hombre destruido.
Pero no lo logró por completo.
1 «Goodfellow» significa, literalmente, «buen chico». (N. del T.)
NAVIDADES SIN RODNEY
Todo comenzó con Gracie (mi esposa durante casi cuarenta años) que
deseaba dar a Rodney permiso para pasar una temporada de vacaciones, y
la cosa acabó conmigo en una situación por completo imposible. Se lo
voy a contar si no le importa, porque tengo que decírselo a alguien.
Naturalmente, he cambiado los nombres y los detalles para nuestra
propia protección.
Ocurrió hace exactamente un par de meses, a mediados de diciembre,
cuando Gracie me dijo:
— ¿Por qué no le das permiso a Rodney para disfrutar una temporada de
vacaciones? ¿Por qué no debería celebrar también las navidades?
Recuerdo que en aquel momento no tenía enfocada mi óptica (existe una
gran cantidad de alivio dejando que las cosas se pongan neblinosas
cuando se desea descansar o, simplemente, escuchar música), pero las
enfoqué rápidamente para ver si Gracie sonreía o guiñaba de alguna
manera el ojo. En realidad, tampoco es que tenga demasiado sentido del
humor.
No sonreía. Tampoco guiñaba el ojo.
— ¿Por qué demonios iba a concederle un permiso?
— ¿Y por qué no?
— ¿Se te ocurre dar vacaciones al frigorífico, al esterilizador, al
holovisor? ¿Deberíamos apagar el generador de corriente?
— Vamos, Howard -respondió-. Rodney no es un frigorífico ni un
esterilizador. Es una persona.
— No es una persona. Es un robot. No desearía unas vacaciones.
— ¿Y cómo lo sabes? Y claro que es una persona. Se merece la
oportunidad de descansar y disfrutar de una atmósfera de vacaciones.
No iba a discutir con ella que aquella cosa fuese una «persona».
Supongo que conocerá esas encuestas en las que se indica que a las
mujeres es más probable que no les gusten o tengan miedo a los robots
de como les ocurre en igualdad de circunstandas a los hombres. Tal vez
esto se deba a que los robots tienden a efectuar lo que, en un tiempo,
en los malos tiempos, se llamaba «trabajo de mujeres» y las mujeres
teman convertirse en unos seres sin utilidad, aunque siempre pensé que
eso debería encantarles. En cualquier caso, Gracie sí está encantada
y, simplemente, adora a Rodney. (Ésta es su expresión al respecto. Un
día sí y otro también no cesa de repetir: «Adoro a Rodney.»)
Debe comprender que Rodney es un robot anticuado, que hemos tenido con
nosotros ya durante siete años. Fue ajustado para adecuarse a nuestra
anticuada casa y a nuestras anticuadas maneras de ser, y yo mismo me
encuentro del todo complacido con él. A veces pienso en conseguir uno
de esos empleos modernos y elegantes, en que todo se halla
automatizado, como el que tiene nuestro hijo, DeLancey, pero es algo
que Gracie nunca acabaría por poder resistir.
Pero luego pensé en DeLancey y dije:
— ¿Cómo le vamos a dar vacaciones a Rodney, Gracie? DeLancey va a
venir con su maravillosa esposa. (Yo siempre empleo esa expresión de
«maravillosa» en un sentido sarcástico, pero Gracie nunca se da
cuenta; resulta asombroso cómo insiste siempre en buscar el lado bueno
de las cosas, incluso cuando éste no existe.) ¿Y cómo vamos a tener la
casa en buena forma, y conseguir la comida y todo lo demás sin Rodney?
— Pero precisamente si se trata de eso -se apresuró a responder-.
DeLancey y Hortense podrían traer su robot y éste lo hará todo. Ya
sabes que no aprecian mucho a Rodney, y les gustaría sobremanera
mostrar lo que puede hacer el de ellos. Así Rodney descansará.
Gruñí y dije:
— Si eso te hace feliz, supongo que podemos hacerlo. Sólo será cosa de
tres días. Pero no quiero que Rodney se imagine que va a tener siempre
vacaciones.
Naturalmente, se trataba de otra broma, pero Gracie se limitó a
responder con rapidez:
— No, Howard, hablaré con él y le explicaré que esto sólo ocurrirá de
vez en cuando.
Ella no comprende por completo que Rodney se halla controlado por las
Tres Leyes de la Robótica y que no hay que explicarle nada.
Por lo tanto, tuve que esperar a DeLancey y Hortense, y me dio la
sensación de tener el corazón en un puño. DeLancey es mi hijo, como es
natural, pero es un individuo muy móvil y de los que están siempre en
la cumbre. Se casó con Hortense porque ésta tenía excelentes
conexiones en el mundo de los negocios y podía ayudarle en su ascenso
hacia la cumbre. Por lo menos había esto, y en ello confiaba, porque
si tiene alguna otra virtud jamás he llegado a descubrirla.
Aparecieron con su robot dos días antes de navidad. El robot relucía
tanto como Hortense y parecía igual de duro. Le habían sacado el
brillo para que resaltara al máximo y no exhibía en absoluto el
aspecto torpón de Rodney. El robot de Hortense (estoy seguro de que
había sido ella la que dictara su diseño) se movía absolutamente en
silencio. Por una razón que no acabé de captar, estaba siempre detrás
de mí, produciéndome casi un ataque al corazón cada vez que me daba la
vuelta y tropezaba con él.
Pero aún resultó peor que DeLancey se trajera a su hijo de ocho años,
LeRoy. Ahora es mi nieto, y puedo dar fe acerca de la fidelidad de
Hortense porque estoy seguro de que nadie la tocaría de forma
voluntaria. Pero tengo también que admitir que el meterle a él en un
mezclador de hormigón le mejoraría de una manera inacabable.
Lo primero que él hizo fue preguntar si habíamos enviado a Rodney a la
unidad de reclamación de metales. (Él lo llamaba el «lugar de la
juerga».) Hortense olisqueó y dijo:
— Dado que traemos un robot moderno, confío en que mantengas fuera de
la vista a Rodney.
Yo no dije nada, pero Gracie sí intervino:
— Claro que sí, querida. En realidad, le hemos dado vacaciones a
Rodney.
DeLancey hizo una mueca, pero no respondió. Conocía muy bien a su
madre.
Yo medié, pacíficamente:
— Supongo que para empezar podíamos ordenarle a Rambo que nos prepare
algo bueno para beber, ¿no os parece? Café, té, chocolate caliente, un
poco de coñac...
Rambo era el nombre de su robot. No conozco la razón de que todos
tengan que empezar por «R». No existe ninguna ley al respecto, pero
supongo que ya se habrá dado cuenta por sí mismo de que casi todos los
robots tienen un nombre que empieza con R. Esa R supongo que tendrá
que ver con robot. El nombre más corriente suele ser Robert. Deben de
haber más de un millón de robots que se llamen Robert, tan sólo en el
corredor del Nordeste.
Y, fráncamente, mi opinión es que ésta es la razón de que los nombres
de pila humanos ya no empiecen por R. Hay Bob y Dick, pero no se
encuentra ni Robert ni Richard. También hay Posy y Trudy, pero no Rose
ni Ruth. A veces tropiezas con algunas R fuera de lo corriente.
Conozco a tres robots que se llaman Rutabaga, y dos Ramsés. Pero
Hortense es la única que yo sepa que ha llamado a su robot Rambo, una
combinación silábica que no he encontrado nunca. Tampoco me ha gustado
nunca saber el por qué. Estoy seguro de que la explicación demostraría
ser de lo más desagradable.
Rambo probó desde el principio carecer de cualquier utilidad.
Naturalmente, estaba programado para llevar la casa de DeLancey y
Hortense, y era de lo más moderno y de lo más automatizado. Para
preparar unas bebidas en su propio hogar, todo lo que tenía que hacer
Rambo consistía en apretar los botones apropiados. (¡Me gustaría que
me explicasen para qué alguien necesita un robot que sólo apriete
botones!)
Es lo que él dijo. Se volvió hacia Hortense y manifestó con una voz de
muñeca (no se trataba de la voz de chico de ciudad de Rodney, con sus
atisbos de acento de Brooklyn):
— Señora, el equipamiento no es el adecuado.
Y Hortense dio al instante un bufido:
— ¿Quieres decir, abuelo, que aún no tenéis una cocina robotizada?
(Hasta que nació LeRoy no se me dirigía a mi con ningún nombre en
absoluto, aullando como es natural; pero luego, de pronto, me comenzó
a llamar «abuelo». Naturalmente, nunca me llamó Howard. Eso me
mostraría que yo era humano, o, más improbablemente, que ella era
humana.)
Dije:
— En realidad, está robotizada cuando Rodney se ocupa de la cocina.
— Eso me parece -respondió-. Pero ya no vivimos en el Siglo XX,
abuelo.
Pense: «Eso es lo que me gustaría a mi.»
Pero me limité a responder:
— Podrías programar a Rambo para que pusiese en marcha nuestros
controles. Estoy seguro de que puede verter y mezclar y calentar y
hacer cualquier otra cosa que resulte necesaria.
— Estoy segura de que si podría hacerlo -repuso Hortense-, pero
gracias a los Hados no tiene por qué hacerlo. No voy a interferir en
su programación. Eso le convertiría en menos eficiente.
Gracie intervino, preocupada, pero amistosa:
— Si no podemos interferir en su programación, en ese caso simplemente
deberíamos impartirle instrucciones, paso a paso, pero yo no sé cómo
se hace. Nunca lo he hecho.
Yo dije:
— Se lo podría explicar Rodney.
Gracie terció:
— Oh, Howard, hemos dado vacaciones a Rodney.
— Lo sé, pero no le vamos a pedir que haga algo. Sólo le diremos a
Rodney lo que hay que hacer, y luego quien lo haría sería Rambo.
En este momento intervino Rambo:
— Señora, no hay nada en mi programación o en mis instrucciones en
donde resulte obligatorio para mi el aceptar órdenes dadas por otro
robot, especialmente por uno que es un modelo más anticuado.
Hortense intervino de nuevo, siempre con suavidad:
— Claro que no, Rambo. Estoy segura de que el abuelo y la abuela lo
comprenden.
(Me percaté de que DeLancey no pronunciaba una sola palabra. Me
pregunté si alguna vez habría dicho lo más mínimo estando su esposa
presente.)
Dije:
— Muy bien. Verás lo que podemos hacer. Le pediré a Rodney que me diga
a mí las cosas y yo luego se las explicaré a Rambo.
Rambo no replicó nada ante esto. Incluso Rambo está sujeto a la
Segunda Ley de la Robótica, que le hace del todo obligatorio el
obedecer las órdenes de los humanos.
Los ojos de Hortense se acuciaron y supe que le hubiera gustado
decirme que Rambo era un robot lo suficientemente ajustado como para
que se le impartieran órdenes acerca de las cosas que me gustasen a
mí, pero un atisbo de algo distante y rudimentariamente casi humano le
impedía hacer algo así.
El pequeño LeRoy no se hallaba sometido a unas restricciones casi
humanas.
Dijo:
— No quiero tener que ver la espantosa jeta de Rodney. Estoy seguro de
que no sabe hacer nada, y si lo hace el abuelito se va a equivocar por
completo.
Pensé que sería algo de lo más agradable el poder estar a solas con el
pequeño LeRoy, durante cinco minutos, para poder razonar calmadamente
con él, con un ladrillo, pero el instinto de madre le decía siempre a
Hortense que no debía dejar nunca a solas a LeRoy con un ser humano de
cualquier clase.
Realmente, no había nada que hacer excepto sacar a Rodney de su nicho
en el armario donde había estado disfrutando de sus propios
pensamientos (me pregunto si un robot tiene pensamientos propios
cuando está a solas) y ponerle a la obra. Aquello resultó muy duro. Mi
robot tenía que decir una frase, luego yo debía repetir la misma frase
y, a continuación, Rambo hacía esto o aquello, luego Rodney decía otra
frase, y así indefinidamente.
Todo aquello costó el doble de tiempo que si Rodney lo hubiera hecho
todo por sí mismo, y aquello me sacó de mis casillas, puedo jurárselo,
porque las cosas tuvieron que hacerse así: usar el
lavavajillas/esterilizador, cocinar el festín de navidad, limpiar el
revoltillo de encima de la mesa o del suelo, en fin todo.
Gracie siguió quejándose porque se habían echado a perder por completo
las vacaciones de Rodney, pero no pareció percatarse en ningún momento
de que lo mismo había sucedido con las mías. De todos modos, siempre
he admirado a Hortense por la forma en que dice algo desagradable en
cualquier momento en que ello resulta necesario. Me di cuenta, en
particular, de que nunca llegaba a repetirse. Cualquiera puede
mostrarse desagradable, pero el convertirse en continuadamente
creativo en ser desagradable me llenaba de un perverso deseo de
aplaudir alguna que otra vez.
Pero, realmente, lo peor de todo se produjo en nochebuena. Ya se había
colocado el árbol y yo me encontraba agotado. No poseíamos un tipo de
situación en que una caja automatizada de adornos pudiese colocarse en
un árbol electrónico, y que con sólo apretar un botón se obtuviese
como resultado una instantánea y perfecta distribución de los adornos.
En nuestro árbol (confeccionado de un ordinario y anticuado plástico),
los adornos debían colocarse uno a uno, y a mano.
Hortense pareció trastornada, pero yo dije:
— En realidad, Hortense, esto significa que puedes mostrarte creativa
y realizar una disposición del conjunto completamente propia.
Hortense hizo unos ruidos con las narices, que más bien parecieron el
rascar de unas garras sobre una pared burdamente encalada, y salió de
la habitación con una expresión del todo obvia de náuseas en su
rostro. Me incliné hacia su espalda en retirada, contento de ver cómo
se marchaba, y luego comenzó la tediosa tarea de escuchar las
instrucciones de Rodney e irselas pasando a Rambo.
Cuando todo acabó, decidí descansar mis doloridos pies y mente,
sentándome en un butacón en un rincón alejado y poco iluminado de la
estancia. Casi había conseguido acomodar mi reventado cuerpo en el
sillón, cuando entró el pequeño LeRoy. Supongo que no me vio, o, una
vez más, me había simplemente ignorado como si yo constituyese sólo la
parte menos importante e interesante de los muebles que alhajaban la
habitación.
Lanzó una mirada desdeñosa hacia el árbol, y le dijo a Rambo:
— Oye, ¿dónde están los regalos de navidad? Supongo que el abuelito y
la abuelita me han preparado unos de los más piojosos, pero no quiero
tener que esperar hasta mañana por la mañana para tenerlos.
Rambo respondió:
— No sé dónde están, amito.
— ¡Vaya! -repuso LeRoy.
Volviéndose hacia Rodney, le dijo:
— Y qué pasa contigo, cara sucia. ¿Sabes dónde se encuentran los
regalos?
Rodney se hubiera encontrado en los limites de su programación, de
haberse negado a contestar a una pregunta, basándose en no saber que
se estaban dirigiendo a él, puesto que su nombre era el de Rodney. Y
no el de Cara sucia. Estoy casi seguro de que ésta podría haber sido
la actitud de Rambo. Sin embargo, Rodney estaba hecho de otra pasta.
Respondió educadamente:
— Si, lo sé, amito.
— ¿Así que dónde están, vomitona rancia?
Rodney replicó:
— No creo que sea prudente el decírtelo, amito. Eso disgustaría a
Gracie y a Howard, a los que les gustaría entregarte los regalos
personalmente mañana por la mañana.
— Escucha -le dijo el pequeño LeRoy-, ¿quién te crees que eres para
hablarme de esa manera, robot idiota? Te acabo de dar una orden. Y
tienes que traerme esos regalos.
Y en un intento de mostrar a Rodney quién era realmente el amo,
propinó al robot una patada en la espinilla.
Aquello fue un error. Yo lo había previsto un segundo antes de que
ocurriera, y aquél fue un segundo de lo más delicioso. A fin de
cuentas, el pequeño LeRoy ya estaba preparado para irse a la cama
(aunque dudaba de que nunca estuviese preparado para irse a la cama
antes de hallarse a gusto y dispuesto a ello). Por lo tanto, llevaba
zapatillas. Y lo que es más, la zapatilla se le salió del pie al dar
la patada, por lo que acabó estrellando con toda la fuerza los
desnudos dedos de su pie contra el sólido metal de acero cromado que
constituía la espinilla del robot.
Se cayó al suelo aullando, y al instante se presentó allí su madre:
— ¿Qué pasa, LeRoy? ¿Qué te ocurre?
En aquel momento el pequeño LeRoy tuvo la inmortal cara dura de
gritar:
— Me ha golpeado. Ese viejo monstruo de robot me ha golpeado.
Hortense empezó a chillar. Me vio y me vociferó:
— Hay que destruir ese robot tuyo.
— Vamos, Hortense -repliqué-. Un robot no puede golpear a un niño. Lo
prohíbe la Primera Ley de la Robótica.
— Pero se trata de un robot viejo, de un robot estropeado. LeRoy lo
dice.
— LeRoy miente. No existe ningún robot, por viejo o estropeado que
pueda estar, que llegue a golpear a un niño.
— Él lo hizo. Abuelito, él lo hizo -aulló LeRoy.
— Quisiera haberlo hecho yo mismo -respondí en voz baja-, pero ningún
robot me lo hubiera permitido. Pregúntalo tú misma. Pregúntale a Rambo
si se hubiera quedado quieto, en el caso de que Rodney o yo hubiésemos
pegado a tu hijo. ¡Rambo!
Di la orden y Rambo contestó:
— Yo no hubiera permitido que se le hubiese hecho ningún daño al
amito, señoras, pero no sé tampoco qué se proponía. Le propinó a
Rodney una patada en la espinilla con el pie desnudo, señora.
Hortense jadeó y los ojos casi se le salieron de las órbitas, tal era
su furia.
— En ese caso, habría alguna buena razón para hacerlo. Sigo queriendo
que se destruya tu robot.
— Vamos, Hortense. A menos que quieras estropear la eficiencia de tu
robot intentándolo reprogramar para mentir, será un excelente testigo
de todo cuanto precedió al puntapié. Lo cual no ha dejado de ser un
gran placer para mí.
Hortense se fue al día siguiente, llevándose con ella a un LeRoy con
el rostro pálido (resultó que se había roto un dedo del pie, algo que
no había dejado de tener bien merecido), y del siempre privado del
habla DeLancey.
Gracie se retorció las manos y les imploró que se quedasen, pero yo
observé su marcha sin la menor emoción. No, esto es mentira. Miré cómo
se iban con montañas de emociones y todas ellas placenteras.
Más tarde le dije a Rodney, cuando Gracie no se hallaba presente:
— Lo siento, Rodney. Han sido unas navidades horribles, y todo ello
porque hemos intentado pasarlas sin ti. Te prometo que eso no sucederá
nunca más.
— Gracias, señor -repuso Rodney-. Debo admitir que ha habido varias
veces durante esos días en que deseé con todas mis fuerzas que no
existiesen las Leyes de la Robótica.
Sonreí y asentí con la cabeza, pero aquella noche me desperté en lo
más profundo de mis sueños y comencé a preocuparme. Y he estado
preocupándome a partir de entonces.
Admito que Rodney se vio probado al máximo, pero un robot no puede
desear que las leyes de la Robótica no existan. No puede hacerlo, sean
cuales sean las circunstancias.
Si informo de esto, indudablemente Rodney será desmontado, y si como
recompensa nos facilitan un robot nuevo, Gracie, simplemente, nunca me
lo perdonaría. ¡Nunca! Un robot, por nuevo que fuese, por talento que
tuviese, no llegaría jamás a remplazar a Rodney en su afecto.
En realidad, nunca me perdonaría a mí mismo. Dejando aparte mi propia
relación con Rodney, no podría soportar el conceder a Hortense
semejante satisfacción.
Pero, si no hago nada, viviré con un robot capaz de desear que no
existan las leyes de la Robótica. Desde el momento de desear que no
existan a obrar como si realmente no existiesen, sólo existe un paso.
¿En qué momento dará ese paso y en qué forma revelará que ya lo ha
dado?
¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?
ROBOTS QUE HE CONOCIDO
Los hombres mecánicos o, para emplear el término de Capek
universalmente aceptado en la actualidad, robots, constituyen un tema
al que el moderno escritor de ficción científica se dedica una y otra
vez. No existe un invento no inventado, con la posible excepción de la
nave espacial, que se halle tan claramente representado en las mentes
de tantas personas:
una forma siniestra, grande, metálica, vagamente humana, moviéndose
como una máquina y hablando sin la menor emocion.
La palabra clave en la descripción es la de «siniestra», y en esto
subyace una tragedia, porque ningún tema que no sea de ciencia ficción
es tan bien recibido y con tanta rapidez como le ocurre al robot. Sólo
una conjura de un robot parece ser la cosa más a mano para un autor
medio: el hombre mecánico que demuestra ser una amenaza, la criatura
que se vuelve contra su creador, el robot que se convierte en una
amenaza para la Humanidad. Y casi todos los relatos de esta clase se
hallan pesadamente sobrecargados, tanto explícita como implícitamente,
con la enojosa moraleja de que «existen algunas cosas que la Humanidad
no debería llegar jamás a saber».
Desde 1940, esta triste situación se ha mejorado ampliamente. Abundan
los relatos acerca de robots; se ha desarrollado un punto de vista más
nuevo, más de tipo mecánico y menos moralista. En lo que se refiere a
este desarrollo, algunas personas (sobre todo Mr. Groff Conklin, en la
presentación de su antología de ciencia ficción, que lleva el título
de «Máquinas de pensar de ciencia ficción», publicada en 1954), donde
concedió, por lo menos parcialmente, crédito a una serie de historias
sobre robots que escribí a principios de 1940. A partir de entonces,
es probable que no haya en la Tierra alguien que presente una menor
falsa modestia que yo mismo, pues acepté ese presunto crédito parcial
con ecuanimidad y cierta facilidad, modificándolo únicamente para
incluir a Mr. John Campbell, Jr., editor de Astounding
Science-Fiction, y con el que he mantenido discusiones muy fructíferas
respecto de los relatos de robots.
Mi propio punto de vista ha sido que los robots constituyen material
para unos relatos, y no unas blasfemas imitaciones de la vida, sino
que son simplemente unas máquinas avanzadas. Una máquina no «se vuelve
contra su creador», si se halla apropiadamente diseñada. Cuando una
máquina, como una sierra eléctrica, parece hacer algo así, al
seccionar, ocasionalmente, algún miembro, esta lamentable tendencia
hacia el mal se combate con la instalación de mecanismos de seguridad.
Parece obvio que mecanismos de seguridad análogos deben desarrollarse
en el caso de los robots. Y el punto más lógico para tales mecanismos
de seguridad parecen ser los diseños de circuitos del «cerebro»
robótico.
Permitanme una pausa para explicar que, en ciencia ficción, no nos
peleamos con intensidad en lo referente a la auténtica ingeniería del
«cerebro» robótico. Se da por sentado que algún mecanismo mecánico,
con un volumen que se aproxima al del cerebro humano, debe contener
todos los circuitos necesarios para permitir al robot un ámbito de
percepción-y-respuesta razonablemente equivalente al de un ser humano.
Cómo puede llevarse esto a cabo sin el empleo de unas unidades
mecánicas del tamaño de una molécula de proteína o, por lo menos, del
tamaño de una célula cerebral, aún no se ha explicado. Algunos autores
suelen hablar de transistores y circuitos impresos. La mayoría de
ellos no explican nada en absoluto. Mi propio truco preferido es
referirme, de una forma en cierto modo mística, a «cerebros
positrónicos», dejando al ingenio del lector decidir de qué positrones
se trata, y a su buena voluntad de seguir leyendo tras haber fracasado
en alcanzar una decisión.
En cualquier caso, mientras he ido escribiendo mis series de relatos
de robots, los mecanismos de seguridad fueron cristalizando
gradualmente en mi mente como «Las Tres Leyes de la robótica». Esas
tres leyes fueron declaradas explícitamente, por primera vez, en El
circulo vicioso. Finalmente perfeccionadas, las Tres Leyes dicen lo
siguiente:
*
Primera Ley: Un robot no debe dañar a un ser humano o, por falta
de acción, dejar que un ser humano sufra daños.
*
Segunda Ley: Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas
por un ser humano, excepto cuando estas órdenes estén en oposición
con la Primera Ley.
*
Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia hasta
donde esta protección no esté en conflicto con la Primera o
Segunda Ley.
Esas leyes se encuentran firmemente incrustadas en el cerebro
robótico, o por lo menos en los circuitos que resulten ser los
equivalentes. Naturalmente, no describo los equivalentes del circuito.
En realidad, nunca discuto la ingeniería de los robots, por la buena
razón de que soy colosalmente ignorante respecto de los aspectos
prácticos de la robótica.
La Primera Ley, como pueden rápidamente observar, elimina
inmediatamente ese viejo y cansino complot, con el que no les aburriré
refiriéndome a él ya más.
Aunque, a primera vista, puede parecer que la fijación de unas reglas
tan restrictivas puedan amenazar la imaginación creadora, se ha
revelado que las Leyes de la robótica han servido como una rica fuente
de material para conjuras. No han demostrado otra cosa más allá de un
bloqueo de carreteras mental.
Un ejemplo podría ser el relato de El circulo vicioso, al que ya me he
referido. El robot de esta historia, un modelo muy caro y
experimental, esta diseñado para operar en el lado soleado del planeta
Mercurio. La Tercera Ley se ha incrustado en él con mayor fuerza que
la usual por razones económicas obvias. Ha sido enviado por sus
patronos humanos, al empezar el relato, para obtener algo de selenio
liquido para ciertas vitales y necesarias reparaciones. (El selenio
líquido se encuentra en forma de charcos en el caldeado lado de
Mercurio que mira hacia el Sol, según les pido que crean mis estimados
lectores.)
Por desgracia, el robot ha recibido su orden de una forma torpe, por
lo que la inserción del circuito de la Segunda Ley ha quedado más
debilitada que de costumbre.
Y lo que es aún más desafortunado, la charca de selenio a la que se ha
enviado el robot se encuentra cerca de un lugar con actividad
volcánica, y como resultado de ello existen en la zona concentraciones
considerables de anhídrido carbónico. A la temperatura reinante en el
lado expuesto al Sol de Mercurio, he dado por supuesto que el
anhídrido carbónico reacciona con bastante rapidez con el hierro para
formar volátiles carbonilos de hierro, por lo que pueden resultar muy
dañadas las articulaciones más delicadas del robot. Cuanto más penetre
el robot en esta área, mayor será el peligro para su existencia y más
intenso resultará el efecto de la Tercera Ley para que el robot se
aleje. Sin embargo, la Segunda Ley, que ordinariamente es superior, le
debe impulsar a avanzar. En un momento determinado, el inusualmente
debilitado potencial de la Segunda Ley y el desacostumbradamente
potente potencial de la Tercera Ley alcanzan un equilibrio, y el robot
no puede ni avanzar ni retroceder. Sólo puede dar vueltas alrededor de
un lugar equipotencial y trazar irregulares círculos en torno de ese
sitio.
Mientras tanto, nuestros héroes deben hacerse con el selenio.
Persiguen al robot provistos de unos trajes especiales, descubren el
problema y se preguntan cómo deben corregirlo. Tras varios fallos, se
descubre la respuesta correcta. Uno de los hombres se expone de manera
deliberada al Sol de Mercurio, de tal forma que, a menos que el robot
le rescate, seguramente morirá. Esto hace entrar en acción a la
Primera Ley, que al ser superior tanto a la Segunda como a la Tercera,
hace salir al robot de su inútil órbita giratoria y esto lleva al
necesario final feliz.
A propósito, tengo que decir que fue en el relato de El circulo
vicioso donde creo que utilicé por primera vez el término «robótica»
(definido de modo implícito como la ciencia del diseño, construcción,
mantenimiento, etc., de robots). Años después se me dijo que yo había
inventado el término y que no se había publicado nunca antes. No sé si
esto es verdad. De ser cierto, me siento feliz, porque creo que es una
palabra lógica y útil, y por lo tanto se la dono a los auténticos
trabajadores en este campo con la mayor buena voluntad.
Ninguna de mis demás historias de robots plantea de forma tan
inmediata el asunto de las Tres Leyes como ocurre en El circulo
vicioso, pero todas ellas derivan de una u otra forma de las Leyes.
Por ejemplo, existe el relato del robot que lee las mentes y que se ve
obligado a mentir, porque es incapaz de decirle a ningún ser humano
algo distinto a lo que el ser humano en cuestión desea escuchar. La
verdad, como pueden comprobar, casi de forma invariable origina un
«daño» al ser humano en forma de decepción, desilusión, incomodidad,
pena y otras emociones similares, todas las cuales resultan de lo más
visibles para el robot.
También está el rompecabezas al que se enfrenta el hombre que sospecha
que es un robot, es decir, que posee un cuerpo cuasiprotoplasmático y
un «cerebro positrónico» de robot. Una forma de probar su humanidad
consiste en hacerle quebrantar la Primera Ley en público, por lo que
se obliga de manera deliberada a golpear a un hombre. Pero el relato
termina de una forma que mantiene la duda, porque existe aún la
sospecha de que el otro «hombre» podía ser también un robot, puesto
que no hay nada en las Tres Leyes que impida a un robot el golpear a
otro robot.
Y luego tenemos los robots últimos, unos modelos tan avanzados que se
emplean para precalcular cosas tales como el tiempo, las cosechas, las
cifras de la producción industrial, los acontecimientos políticos,
etc. Esto se lleva a cabo a fin de que la economía mundial se vea
menos sujeta a los cambios caprichosos de esos factores, que se
encuentran más allá del control humano. Pero esos robots de última
serie, al parecer, siguen encontrándose sometidos a la Primera Ley. No
pueden, por falta de acción, permitir que los seres humanos lleguen a
resultar dañados, por lo que, de una manera deliberada, ofrecen
respuestas que no son necesariamente ciertas y que originarán
localizadas alteraciones económicas, previstas para que la Humanidad
pueda segir el camino que conduce a la paz y a la prosperidad. De este
modo, finalmente, los robots vencen en último extremo a su maestro,
pero sólo lo hacen en última instancia en bien del hombre.
Las interrelaciones entre el hombre y el robot tampoco se han dejado
de lado. La Humanidad puede conocer la existencia de las Tres Leyes a
un nivel intelectual y, sin embargo, tener un miedo por completo
desarraigable y desconfiar de los robots a un nivel emocional. Si
desean inventar un término para esto, lo podrían llamar «Complejo de
Frankenstein». Existe asimismo, por ejemplo, el asunto más práctico de
la oposición de los sindicatos, respecto de la posible sustitución del
trabajo humano por el trabajo de los ro